El peaje. Autor: Humberto Hincapié

A las siete de la mañana estaban listas para emprender el viaje a Mahopac, pequeña población a unos ochenta kilómetros al norte de Nueva York. Marlene le comento a Libia, que se daba el lujo de tener carro sin saber manejar, que si Guillermo no llegaba rápido se les iba a hacer tarde. Con toda tranquilidad le respondió que Guillermo no venía y era a ella a quien le tocaba manejar.

Era una fría y asoleada mañana de invierno cuando tomaron la autopista para visitar a Mercedes. El tráfico fluía muy bien y una hora más tarde llegaron al pequeño pueblo a las orillas del lago de su mismo nombre que lucía un típico paisaje invernal con arboles desnudos y un grupo de quinceañeros patinando  alegremente en el hermoso lago congelado que daba la impresión de ser un gigantesco espejo.

Después de los saludos de rigor y un buen desayuno, pasaron el resto del día manejando por los hermosos parajes de los alrededores y finalmente pararon en un restaurante campestre para almorzar.

Al salir del restaurante notaron que la temperatura había bajado mucho y el cielo se había cubierto de nubes. Cuando regresaban a la casa empezó a caer ligeramente la nieve. Una hora más tarde la nevada se intensificó y Marlene le dijo a Libia que era mejor irse antes de que las cogiera la noche. Empacaron presurosamente las cosas y  emprendieron el viaje de regreso. Al llegar a la autopista se encontraron con un tráfico terriblemente pesado y les tomó dos horas y media recorrer sesenta kilómetros hasta llegar al peaje de entrada a Nueva York. A pesar de ser sólo las cinco de la tarde, la oscuridad era completa y la fila de carros interminable. Por la radio escucharon que se recomendaba a los motoristas que evitaran la carretera No. 23 por malas condiciones del tiempo y baja visibilidad.

Los carros se movían a paso de tortuga y cuando estaban a unos cien metros de las casetas del peaje,   Libia exclamó:

—¡Mira, el carril de la izquierda está completamente vacío, métete para allá rápido!

Como obedeciendo una orden divina Marlene se atravesó una pequeña zona divisoria que estaba cubierta de nieve, y feliz y dichosa entró al carril vacío y siguió hasta entrar a la caseta del peaje, sin darse cuenta que era seguida por cientos de carros que creyeron que la cosa era con ellos también.

Cuando Marlene en la semioscuridad terminó de buscar los dos dólares y sacó la mano para pagar el peaje, al levantar la vista se encontró con un gigantón de ojos azules que la miraba lanzándole rayos y centellas de la rabia y le dijo con voz de trueno:

—¿La señora se da cuenta del problema tan grande que ha creado?  Usted se ha metido en contravía. Esta es la vía de los carros que salen de la ciudad, no los que entran.

Con una sonrisa de yo no fui, intentó dar reversa para ser parada en seco por el gigante de ojos azules que se había salido de la caseta y le gritó:

—¡No sea bruta carajo! No intente dar reversa ¿No se da cuenta que va a estrellar los carros que se vinieron detrás de usted? Tamaño lío el que armado. Ahora si se paralizó el tráfico por completo.

El gigante se entró a la caseta y desde el carro Libia y Marlene aterradas miraban que ahora hablaba por teléfono gesticulando. Su rostro estaba rojo y distorsionado por la rabia y de su boca le salían chorros de babaza. Mientras hablaba con alguien, las miraba de reojo con un odio reconcentrado y entre las cosas que decía, ellas alcanzaban a escuchar algo como “tengo aquí un par de viejas ignorantes que no saben manejar por el lado que es y paralizaron todo el tráfico”.

Sin saber de dónde, porque estaba muy oscuro, quince minutos más tarde aparecieron algo así como diez policías de tráfico que frenéticamente hacían sonar sus pitos, estiraban los brazos para un lado y para el otro, hacían señales para que unos carros pararan y otros siguieran hasta que después de una hora de una completa sinfonía de pitos, frenazos e insultos, el tráfico se normalizó y uno de los policías con fingida cortesía se les aproximó y les dijo:

—Ya pueden retornar al carril que les corresponde mis estimadas señoras. Tengan cuidado de no ir a pasar por encima de mí. ¡Cuánto diera por saber dónde aprendió a manejar usted por el lado izquierdo mi querida conductora!

—Pues en mi tierra, donde más —Le respondió Marlene con una sonrisa.

Inmediatamente el policía le ripostó:

—¿Y se puede saber de donde diablos es usted?

—De Australia, mí querido policía. Como le parece que allá manejamos por la izquierda. ¿Cómo le quedó el ojo?

Aceleró el carro y continuó el viaje de regreso, diciéndole a Libia:

—Menos mal que al policía no se le ocurrió pedirme la licencia de conducir por qué la deje en Australia.

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