La soledad del océano. Autor: Pedro Pujante Hernández

Millones de estrellas poblaban el negro cielo. Brillaban como luciérnagas de mar a la deriva del cosmos. La nave, en la inmensidad del océano, parecía un barco de juguete en manos de la incertidumbre. Una leve tormenta parecía amenazar con levantarse. Casi todos los tripulantes dormían hasta que el leve vaivén del barco comenzó a hacerse notable. Comenzó la actividad frenética por la cubierta y la sala de mando. Cada cual ocupó su posición y todo se dio sin contratiempos.

El barco era amplio. Más de doscientas familias vivían en él. Todas habían nacido en el barco.  Sus padres, los padres de sus padres e incluso los padres de éstos habían nacido en la nave. Su mundo se reducía a la embarcación. Su Historia se limitaba a cientos y cientos de documentos, antiguos grabados y cuadernos de bitácora que se acumulaban en una pequeña sala del camarote de proa.  Algún anciano recordaba vagamente historias de una isla. La tierra firme. Leyendas en las que  ya casi nadie creía.

Sólo la nave y el océano. Y nada existía más allá de la vasta masa de agua que todo lo envolvía.

¿Cómo empezó la travesía? ¿Cuál era su cometido? ¿Su destino? ¿Cuándo acabaría, si es que tenía que acabar? La gente había dejado de sentir el rumor de la certeza ante tales incógnitas. Todo era presente y océano.

Romus, hijo de Lenum tenía unos quince años cuando su padre comenzó a instruirle en el gobierno de los timones y las velas. Generación tras generación se habían ocupado de esta labor. Cada familia, de las doscientas que habitaban en la nave, desempeñaba una tarea específica y concreta. Era una misión o una herencia ineludible.

Su amigo Shapor era hijo de arponeros. A sus once años ya había cazado un tiburón martillo con sus propias manos. Edina, la hermana de Shapor, sería la mujer de Romus cuando fuesen adultos. Así estaba previsto, así había sido desde… siempre.

Una apacible noche, el pequeño Romus tuvo un extraño sueño. Un campo de amapolas interminable, árboles alargados como mástiles y un río que se perdía entre unas colinas. Sólo conocían estas imágenes por las antiguas fotos que yacían desde tiempos inmemoriales en los archivos de la nave. Aquella noche despertó sobresaltado con la fuerte impresión de que aquellas imágenes de árboles imposibles cuyas hojas se estremecían por el viento, eran reales. Tuvo, por unos instantes, la certeza de que ese paraje existía en algún lugar. Sólo son sueños e invenciones, decían los más antiguos de la nave. Se crearon para hacer el “viaje” más agradable. Todo ocurría por y para el viaje. No había nada que no tuviese que ver con el barco y con el viaje. El viaje, ¿qué viaje? Los viajes tienen un destino, pero el nuestro, pensaba Romus, no tiene un destino. Que no conozcamos nuestro destino no significa que no exista, le habría dicho su padre en cierta  ocasión. La  voz de su padre parecía esconder temores. Era como si se  intentara convencer a sí mismo. Nuestros antepasados, los primeros que habitaron la nave, eran sabios, hijo. Ellos iniciaron el viaje por alguna razón. Nosotros debemos seguir el camino emprendido por ellos, Quizá nunca sepamos a dónde nos dirigimos. Eso no importa. Nuestros hijos seguirán la travesía y los hijos de nuestros hijos y así sucesivamente. Al final, nuestra descendencia llegará a… No lo sabemos pero ellos lo sabrán. Ellos comprenderán que todo tiene un sentido y que gracias a nosotros han llegado a su Destino. Nosotros somos nuestro propio destino y el de nuestras familias.  Hay una tierra firme que nos dio la vida. Y allí hemos de ir. Mira hijo. Su padre le mostró los cabos que  nunca se habían usado. Le mostró la cadena oxidada del ancla. Estas cuerdas y esta vieja ancla sirven para fondear la nave. Si existen es porque algún día habremos de llegar a algún lugar.

Siempre la misma historia, la misma oscura y atávica historia.

En la nave todos eran  moderadamente felices. Nadie conocía una razón para estar triste. Todos se sentían especiales. Pertenecer a la tripulación de la nave era una especie de privilegio. Somos la Existencia, rezaba un viejo dicho de la nave. Nada ni nadie existe fuera de aquí. Y tal vez fuese verdad, pensaba Romus. Todo tiene sentido. Y Romus tuvo ese pensamiento siempre. Fue siempre feliz  hasta que tuvo ese extraño sueño.

A las dos semanas volvió a soñar el mismo sueño de verdes árboles y hermosos tulipanes enraizados en tierra firme. Y así durante varios ciclos lunares. ¿A dónde vamos? ¿Existen esos lugares verdes con grandes extensiones de vegetación? Los viveros artificiales de la nave nada tenían que ver con ellos. Eran plantas, sí, pero estaban dispuestas en líneas rectas.  Yacían alineadas de forma precisa y respondían a un ordenamiento geométrico y calculado. Tenían un sentido práctico: servían para producir el alimento necesario. Junto con la pesca, eran la fuente de energía de la tripulación. Sin embargo, en los sueños los tulipanes que se mecían con una brisa suave eran bellos. Aparentemente no servían para nada y eso les concedía un sentido casi mágico. En la nave todo tenía un sentido práctico. Todo estaba imbuido de una necesidad, de un halo de pragmatismo que le restaba belleza. Las velas, los cabos y las redes. Las escotillas, los mástiles y las brújulas. Todo respondía al mismo preciso plan. Todo estaba establecido para su uso. Y nada escapaba a esta ley en el barco. Incluso los juegos de los niños eran simuladas prácticas de pesca o de navegación.

Además, en el sueño había otra cosa: el cielo. Era de un azul distinto. Las nubes parecían  fantásticas almohadas. La brisa no era un mecanismo para hinchar los velámenes. Era un suspiro que acariciaba las ramas de los árboles. Eso no pueden ser sueños de nuestros antepasados, pensó. Deben haber sido reales.

Cuando Romus acababa sus lecciones de pilotaje disponía de un tiempo libre  para relacionarse con Edina. Hablaban de su futura vida como pareja en el barco y compartían sus pequeños secretos y sus grandes sueños.

Un tarde de mistral, apoyados en un candelero, hablaron. Romus le comentó su preocupación por los recurrentes sueños. Yo he soñado lo mismo, confesó Edina con la mirada perdida en el oscuro espacio azul que se extendía frente a ellos. Es bello soñar. Siento que hay algo por lo que vivir.

Aquella misma tarde pidió permiso a los Antiguos para visitar la cámara de los documentos. No tuvo problemas para acceder. Durante horas revisó antiguos cuadernos de bitácora, diarios y viejas libretas. Las más antiguas tenían extrañas cifras anotadas. Con ayuda de Swirt, el matemático de la nave, comprendió que eran fechas. Antiguamente, explicó, se utilizaban para medir el tiempo. Sí, los antiguos creían que era importante. Tal vez porque creyesen que todo tenía que tener un principio y un final. Hoy día sabemos que todo es continuo. Que el tiempo no existe fuera de nuestras mentes y por eso no tenemos la necesidad de medirlo. Había algo que llamaban relojes, parecidos a las brújulas, y  también calendarios. Mira aquí, y señaló un papel en el que se leía: 29 de agosto de 4445. Esto es una fecha antigua. Hoy día no sabemos exactamente a qué corresponden los números pero sabemos que medían el tiempo a través del sol.

Si las leyendas son ciertas. Si de veras vivieron nuestros antepasados en tierra firme todo esto puede que tenga su lógica. Si no es así, no hay razón para ocuparse de medir sustancias que no son necesarias. Medimos el viento para predecir una tormenta. Medimos el rumbo para no apartarnos de nuestra ruta. Todo lo demás carece de importancia. Sólo importa el viaje. Nosotros nunca sabremos cuándo ni para qué partió la nave. Nunca sabremos cuándo llegará ni a dónde se dirige la nave. Sólo importa mantener el rumbo. Siempre hacia el Este. Eso es lo que importa. Su voz denotaba cierto escepticismo y cansancio. Parecía repetir viejas palabras que había  oído miles de veces, que ni siquiera creía pero que tenía la obligación de creer. Pronunciaba las frases como si recitase un antiguo verso, una letanía ancestral y mágica. Pero si hay un destino, replicó Romus, deberíamos saberlo. Creo que tenemos derecho a saber a dónde vamos. Mira, hijo, si no sabemos a dónde vamos será por algo. Nuestros antiguos eran sabios y si no dejaron constancia del motivo del viaje alguna explicación habrá. Tal vez para protegernos o tal vez… no lo sé. Si hay una respuesta debe estar en este archivo. Busca, pero te advierto que puede ser que lo que encuentres no te guste. El ayer es traicionero como la tormenta del Norte. Se volvió y se marchó sin despedirse. Sus palabras se extendieron en la nada.

Después  de desempolvar papiros y extraños documentos durante un buen rato, Romus encontró algo que le llamó poderosamente la atención. Era un pequeño tubo de papiro de piel. Estaba enrollado cuidadosamente y atado con un cordel de cuero negro. El aire de la cámara estaba viciado. Comenzó a sentir un mareo y salió al exterior. El barco se tambaleaba. La brisa había cedido a una galerna, y una sutil llovizna comenzó a cubrir la cubierta de la nave lentamente. El gallardete empezó a ondear en todas direcciones. Parecía que se avecinaba un fuerte temporal.

Se dirigió a su camarote y extendió el papiro. Afuera los hombres recogían amarras e izaban las velas con violencia. El papiro casi se deshacía entre sus manos. Pudo, a malas penas, leer lo que parecía una carta o parte de un diario. “Hoy zarpamos”. Sin duda era el texto más antiguo que había en la nave. “ La subida del nivel del mar hace estragos. La población huye despavorida en  precarias embarcaciones…” Había fragmentos ilegibles. “y terremotos… por todo el orbe. No tenemos noticias de ninguna nave. Algunos… Todos habrán sucumbido al  gran tsunami. Nuestra nave es la última. La última masa de tierra va mermando por minutos. Estamos atracados sobre la cima más alta. El último reducto se desvanece. Ya vemos el océano que se cierne sobre nosotros. Quedan sólo unos minutos… la última porción de tierra sea tragada por el mar. No sabemos lo que nos aguarda. Sólo duda, muerte e incertidumbre…”

Ahí acababa el escrito. El papiro casi ilegible se deshizo en sus manos. Romus no entendía la totalidad del mensaje pero una idea clara se iluminó en su mente. No había destino ni horizonte para su travesía. El ancla seguiría pudriéndose hasta el fin de los días.  Nadie más leería esa carta. Sólo él sabría qué oscuro destino les aguardaba. No había más campos de tulipanes ni tierra firme. Sólo el barco y el infinito azul.

La tormenta arreciaba y un viento huracanado empezó a henchir las velas blancas como pulmones de tela en la soledad del océano.

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  1. Anabel

    Uno de los mejores relatos que he leido en mucho tiempo, te lleva hasta otros lugares como imaginarios pero reales al mismo tiempo. FELICIDADES. queremos massss.

  2. carmelo pincho

    El mejor relato que he leído en mucho tiempo, y luego dicen que si no hay calidad en la web,
    me encantaría leer más del autor

  3. roberto luis

    Me encanta el cuento Pedro. Parece evocar un tiempo perdido y a la vez inexistente. Mucha magia e intriga, en un cuento que no se sabe si es de ciencia ficción, de viajes,….
    fabuloso

  4. Humberto Hincapie

    Felicitaciones Pedro. Es un hermoso e interesante cuento. !Simplemente Fascinante!

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