La Niebla. Autor: Esteban Couto

Todo estaba envuelto de un blanco e informe celaje cuando desperté. El ómnibus oscilaba de un lado a otro en la carretera, avanzando lento y silencioso, adivinando el conductor, a cada kilómetro, cuál era la ruta exacta. Huaraz estaba muy lejos aún. Estar rodeado de aquella masa nebulosa me hacía sentir perdido, anclado en ese pequeño espacio que me trasladaba a mi destino pausadamente. Cerré los ojos, y en medio de esa oscuridad anónima pude reconocerla. Una atmósfera gris parecía cercarme en aquellos instantes, en esa densa neblina que me hacía evocar sus besos cálidos durante nuestras citas nocturnas en la urbe. La gran ciudad había quedado ya a kilómetros de distancia, pero un pedazo de ella se mantenía en mi pecho, brincando con el recuerdo de sus ojos y su sonrisa alba. Ahora lo sentía más que nunca.

Ancianos murmurando en la otra hilera de asientos, otros roncando exageradamente, muchachos tomándose de la mano, mi compañera de asiento moviéndose inquieta con los ojos cerrados, presa tal vez de alguna pesadilla. Todo me hacía evocarla. Todo me devolvía a sus brazos.

Las ventanas están heladas. Al tocarlas siento un frío milenario recorriéndome la piel, lacerándome los nervios. Dejé la urbe. Pero su recuerdo viaja conmigo, pese a la lejanía, como un fantasma dormido en mis concavidades.

Me hubiera gustado que ella viajara conmigo. Quizá estaría riendo ahora de mi pésima caligrafía en las ventanas húmedas del bus, procurando escribir su nombre lo mejor posible, diciéndole en silencio que no dejaba de recordarla un solo minuto, mi memoria manteniéndola presente. Pero no está. La muchacha de mi costado seguía inmersa en su pesadilla absurda, mientras mis ojos exploraban más allá de la ventana borroneada por las gotitas de agua y el nombre escrito en la superficie. Ma-rie-la. A pesar del frío intenso y de las gotas de lluvia allá afuera, su nombre se podía distinguir. Yo sonrío tan sólo de verlo ahí, repasando mis dedos sobre ese rudimentario escrito, intentando que permanezca indeleble.

Escuché voces alrededor, los ancianos murmuraban algo, los dos muchachos acercaban sus labios, un niño lloraba al fondo del bus, la niebla comenzaba a disiparse.

-Toma un papelito –me dijo alguien. Giré la cabeza. Vi a un anciano de tez morena y gesto afable alcanzándome con emoción un pedazo de papel-. Para que puedas ver la laguna debes limpiar la ventana.

Observé su mano por un instante, y rechacé su ofrecimiento de manera cortés, esbozando una sonrisa breve. No quería ver el camino, tampoco la laguna o el trayecto de la lluvia, sólo quería ver su nombre ahí en la ventana, nítido, como todos mis recuerdos.

El ómnibus ascendía más acelerado por la carretera. No había neblina. Esa etapa tenebrosa del viaje había quedado atrás. Pero sí había muchos baches. Entre tanto movimiento comencé a sentir náuseas. No conseguía entender cómo es que los conductores se habituaban a tan accidentada geografía. Mi compañera de asiento acababa de despertar. Limpió la ventana con una mano y apreció el paisaje. Divisé las marcas de mis dedos más arriba. Su nombre garabateado se apreciaba aún. No fue borrado. Sonreí. Aún en la frialdad que atacaba las ventanas su nombre podía distinguirse. Había dejado de llover; sin embargo, de la gráfica de su nombre hecha por mis dedos veía bajar una que otra gota de agua. Pronto, innumerables gotas comenzaban a recorrer la ventana de forma consecutiva. Observé extrañado aquella escena. Noté que la muchacha a mi lado no se había dado cuenta de aquel detalle, sólo miraba con tristeza allá al fondo de las colinas, el enorme valle que parecía nunca acabarse.

¿Por qué tu nombre se ha convertido en un torrente de lágrimas, Mariela? ¿Por qué todo adquiere un color ceniza? Me torturan los pensamientos, Mariela, la incertidumbre me consume. Insólito resulta ver bajar, como un llanto interminable, aquella catarata de gotas transparentes, alrededor de tu imagen difusa.

Desperté. Sentía que me ahogaba, que no conseguía respirar. Mal de altura, pensé. Miré por la ventana y la niebla espesa parecía haber regresado de improviso. Traté de recobrar el ritmo de mi respiración. Con dificultad, lo conseguí. El susto había pasado; aunque la preocupación por ver tanta niebla alrededor se encontraba allí, colándose por los pequeños resquicios del ómnibus.

Recordé las palabras de los abuelos: “Camino a Huaraz existe siempre un área de neblina. Más allá todo es claridad. El paisaje y la carretera se pueden apreciar nítidamente…”. Encogí los hombros, pensando que en el lugar donde me encontraba era época de niebla.

Miré a mi derecha. Todo se veía borroso aún.

La muchacha había vuelto a caer vencida por el sueño. Se le veía pálida, inquieta. Otra vez. Habrán regresado las pesadillas, pensé.

Al levantar la mirada vi, entre temeroso y angustiado, el nombre de Mariela goteando indefinidamente. Sus lágrimas no cesaban. Sentí una tristeza profunda, lacerante… Una tristeza que desbordaba un río en mi propio interior, destruyéndolo todo.

Noto mis manos más frías que de costumbre. Esta sensación de abandono me abruma. Hace mucho frío. Mi cuerpo parece haberse congelado, como si en mis venas la sangre se hubiese estancado. El viaje parece también más largo de lo habitual. ¿Cuántas horas habré quedado dormido? Miro mi reloj. Sorprendido observo que no marca ninguna hora, está en blanco. Perdido en el tiempo y el espacio mismo.

Estuve mucho tiempo con los ojos en vigilia. Nada de sueño. Y el ómnibus todavía no llegaba a Huaraz. Habían pasado muchas horas. Percibí cómo éstas se disolvían en el aire. No sé con qué tranquilidad me mantenía aferrado a aquel asiento, mientras al fondo la niebla continuaba esparciéndose, el ómnibus avanzando sin rumbo fijo, el nombre de Mariela diluyéndose en un arroyo de agua sucia.

El camino parecía seguir sinfín. Un miedo desconocido golpeó  mi pecho. Me toqué el cuello y sentí mi piel helada, mi ser ausente. Una lágrima recorrió mi rostro. Observé con nostalgia la ventana marcada con su nombre: Mariela. Gotas, un torrente, cayendo al unísono, una tormenta inundando el piso. Todo: un río fluyendo, subiendo por mi cuerpo, envolviéndome. Un río oscuro y verdadero que, inmediatamente, me ahogaba, me asfixiaba en una voz sin tiempo. La nada. Cerrados los ojos, encogido como en el vientre de mi madre, lo comprendí recién. Supe que aquel viaje se prolongaría infinitamente. Me dolía saberlo. Como un relámpago, pasó por mi mente la imagen de Mariela hundida en llanto, observando el agujero donde reposaba mi estrecha celda de cuatro paredes de sauce. Paulatinamente, me sumergí en la penumbra.

Al fondo, sólo existía la intensa atmósfera blanca cubriéndolo todo, el sonido imperceptible del reloj muerto, el camino incierto, el viaje que nunca terminaría, y que proseguiría lento, como una nave fantasma. Lento… muy lento… lento… al tiempo que todo se convertía en una mustia sombra, tras unos húmedos ojos verdes.

Anuncios

Un Comentario

  1. enrique

    Excelente relato Esteban. lleno de ternura y profunda tristeza.
    Aunque yo me presento tambien con el relato “un gran dia de playa” es justo reconocer un buen trabajo cuando es asi.

    un abrazo de otro “escritor”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s