Josep Brodski, todavía no marmol. Autor: Lauren Mendinueta

Italia es un sueño que sigue repitiéndose durante el resto de la vida.

                                                                                                                        Anna Ajmátova

Tomé el tren a las nueve y treinta, en una de las noches más frías del otoño de Viena. Traía la maleta de mi abuela Mercedes, mi London Fog, un ejemplar de Marca de Agua de Joseph Brodsky, dedicado para mí por Álvaro Rodríguez Torres, y un par de botas negras. Cómo definir lo que sentía, ese tren que tomaba iba a Venecia. Y aunque el tren marchaba hacia delante en el tiempo, gastando las últimas horas de octubre de 2001, también retrocedía hasta 1991 cuando desee por primera vez visitar el puerto sobre el Adriático. Esa noche, superpuestos la marcha del tren y mi recuerdo, no viajaba, permanecía frente a la realización de mi deseo. La noche colaboraba a mis sensaciones simulando la nada. El tren se internaba en un túnel que me llevaba sin escalas de Viena a Venecia, de Barranquilla a Venecia. Así, sin tiempo ni espacio, abrí el libro de Brodsky.

En el invierno de 1972 yo era un alma sin peso y Joseph Brodsky llegaba en tren por primera vez a Venecia, acompañado de su maleta y vestido en su propia London Fog. Ambos nos dirigimos a una cafetería; ambos, Brodsky y yo, esperábamos en la estación a una veneciana; ambas venecianas llegarían retrasadas, y en el espacio de nuestra espera percibíamos la marca imborrable de Venecia. De Venecia lo primero que uno siente es su olor. El mar se le viene a uno de golpe y lo sacude. Para mí, su olor es el de la lluvia sobre el mar, el del agua marina mojada por el agua celeste.

La vista, que es avasalladora, porque aminora con su fuerza la percepción de nuestros otros sentidos, no interviene mayormente si uno llega en tren a Venecia. La estación de Venecia tiene el encanto de lo bien conservado, y si no encontráramos, tan pronto nos bajamos del tren, la Mc en rojo y amarillo nos parecería estar llegando a una estación del siglo XVIII. Desde la estación del tren uno no ve a Venecia si, como el poeta ruso, llega en invierno y de noche. Tampoco la verá si es otoño y amanece envuelta en una espesa bruma.

El retraso de mi amiga, la poeta Silvia Favaretto, empezaba a inquietarme, y justo cuando me disponía a moverme de sitio, temiendo haberle entendido mal, apareció ella, vestida en impecable negro, sonreía entre alegre y apenada. Desde el Vaporetto vi por primera vez la ciudad. Mis sentidos pasaron pronto a ser suave acompañamiento. La vista en Venecia, actúa como el dedo de un fotógrafo, el cuerpo se transforma en cámara. Instalada en la habitación del palazzo sentí la ciudad detenida en ofrecida belleza. A diferencia de otras ciudades en las que uno presiente que se está perdiendo un acontecimiento irrepetible, a Venecia uno puede recorrerla como a un álbum de fotografías, intemporal dentro de múltiples temporalidades. Cuando antes del viaje leía Marca de Agua, me gustaba pensar que como Brodsky visitaría Venecia, ahora que he vuelto a Barranquilla siento nostalgia pues mi viaje es ya el pasado y el pasado es padre de la vida como el agua es su metáfora.

Brodsky volvió todos los inviernos con dos o tres excepciones debidas a ataques cardiacos propios o ajenos. La muerte, que con frecuencia nos impide los retornos, le devolvió para siempre a la ciudad. San Michele es el nombre de la isla cementerio de Venecia, allí fui con Silvia para visitarlo. Mi viaje a San Michele no empezó esa mañana del 31 de octubre; había empezado unos meses antes cuando el poeta Álvaro Rodríguez Torres descubrió que Joseph Brodsky había sido enterrado en Venecia. Él, que tal vez lo escuchó en la radio, y sabía de mi amistad con la poeta veneciana, me envió el dato por correo electrónico. Yo, a mi vez, le escribí a Silvia Favaretto contándole de nuestra gran admiración por el poeta ruso, y le pedía visitara la tumba llevándole una flor blanca. Para nosotros simbolizaba un homenaje no sólo a Brodsky sino también a Anna Ajmátova, nuestra amada Anna, y en ellos a toda la poesía rusa. Bogotá-Barranquilla, Barranquilla-Venecia, el homenaje incluiría una ciudad más, un poeta más.

Silvia me respondió que aunque ella lo ignoraba pronto descubriría en qué isla se encontraban reposados los despojos del poeta ruso, y, por supuesto, prometía llevar la flor. Transferida la respuesta vía correo electrónico a Bogotá, Álvaro Rodríguez le escribió al poeta Jorge Bustamante en México contándole de nuestra “intriga internacional”. Con Bustamante en Morelia, mejor que con nadie, se completaba nuestro arrojado homenaje. Jorge vivió en Rusia y es uno de los mejores traductores de la poesía rusa al español. Blok, Ajmátova, Sologub, Mandelstan y otros grandes poetas le deben bellísimas traducciones. Pero sobre todo yo, que no leo en ruso, le debo a Bustamante mis primeros acercamientos a esa maravillosa poesía de alma triste.

Todos estábamos emocionados, esperábamos que Silvia escribiera, enviando incluso una foto, sobre su visita a Brodsky. Los afanes diarios entre la universidad, el trabajo y los viajes, le impidieron a Silvia completar lo planeado. Así que esa mañana del 31 de octubre, ella y yo veríamos por primera vez la tumba y colocaríamos juntas la flor blanca.

Pero ¿cómo encontraríamos la tumba de Brodsky? desembarcamos en una isla casi sobre poblada y sin dirección. Una isla bellísima adornada por lápidas de mármol, bóvedas que ostentan nombres de duques, marqueses y marquesas, bellísimos ángeles y vírgenes que osaron mirar hacia atrás y en sus rostros quedó detenida para siempre la tristeza, paredes con largas inscripciones en latín que hablan al unísono de la furia de Dios y su misericordia. Belleza y silencio. Nos deslizamos entre árboles apenas vestidos de hojas, caminos cada vez más solitarios. Los italianos adornan sus tumbas con fotografías estampadas en porcelana, a veces nos deteníamos frente a la tumba de un bello adolescente.

                Una hermosa música se escucha

                
mientras el invierno despierta alrededor

                
está claro que en el puerto de la vida


                la muerte es la única soberana.

El poema de Anna Ajmátova, la traducción de Bustamante, se me vino a la boca; lo escuché como si de otros labios saliera, como si se completara letra por letra en aquellos difuntos. La isla de san Michele tiene tal encanto que uno podría elegirla como residencia inmediata. Uno podría como el personaje de Thomas Mann, Gustav Aschenbach, sumergirse en la agradable monotonía de la isla y elegir la muerte en Venecia. Después de caminar muchísimo, y casi a orillas de la resignación, nos topamos con una guía, una mujer muy joven. Silvia le preguntó por Brodsky, ella amablemente nos regaló un mapa. Sí, allí estaba la tumba, cuidada y llena de flores, en la lápida su nombre en caracteres latinos y cirílicos y las fechas pertinentes. Sobre la lápida un buen número de conchas marinas, treinta y tres, ¿traídas hasta allí por su amigo Derek Walcott para conmemorar la infancia del poeta a orillas del Báltico?

Si San Petesburgo es la Venecia del norte, Barranquilla es la Venecia efímera de América del Sur. Nací en la calle Felicidad, entre Cuartel y Líbano, en la casa de mis abuelos paternos Mercedes y Antonio. La noche de mi nacimiento llovió, abril aguas mil. Cuando llueve en Barranquilla la ciudad se transforma de terrestre a fluvial. Uno puede ver como automóviles y buses son arrastrados por las fuertes corrientes de aguas negras que surgen de las alcantarillas. No hay elementos insólitos bajando por las corrientes de los arroyos. De pequeña vi a mi abuela arrojando al agua el colchón de Israel, un empleado suyo que murió en nuestra casa consumido por un cáncer de garganta. Vi pasar en las corrientes: mesas, camas, espejos, cuadros, todo un mobiliario. Hace cincuenta años mi abuela fue testigo del primer muerto en un arroyo, un médico que se ahogó dentro de su automóvil. Para mí el agua ha sido fascinación y miedo. Crecí frente a un canal efímero.

El acontecimiento más importante de mi infancia fue mi primera comunión. Yo habría querido llevar el cabello largo y ensortijado, en cambio mi cabello era liso y me lo cortaron formando un círculo alrededor de la cabeza. Pero aún así fue el día más feliz de mi infancia. Esa mañana de octubre llovió. Las calles estaban empapadas y sucias. Por eso llegué a la catedral con mi vestido blanco ribeteado por el negro de las aguas. En San Michele quise contárselo a Silvia, pero callé. En silencio colocamos sobre la lápida una rosa blanca.

Frente a la tumba de Brodsky sentí en el aire esa mezcla de nobleza y vigor que se respira ante el monumento de un héroe conocido. Brodsky es la imagen de la serenidad en medio de la desgracia, de la gracia en medio de la tortura. ¿Acaso es posible en nuestro tiempo un heroísmo que no incluya la resignación? Bogotá-Barranquilla, Barranquilla-Venecia, Barranquilla-Bogotá, Bogotá-Morelia, Morelia- Venecia. Álvaro-Lauren, Lauren-Silvia, Lauren-Álvaro, Álvaro-Jorge, Jorge-Silvia, Todos-Brodsky. El mar debajo, fina playa, todavía no mármol.

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