El tren de juguete. Autor: Enrique Medrano

Solo llevaba un mes lejos, un mes tomando el tren. Y todas las mañanas en la próxima estación, la Ayala, vi a los mismos dos rubiecitos en pijamas. Un niño y una niña de entre diez y siete años. La más joven era ella. Agarrados de las manos, y solo soltándose por momentos, los dos iban inspeccionando desde afuera cada vagón, repitiendo una y otra vez la misma frase en ruso, sin atreverse nunca a entrar. Pero una mañana de camino al trabajo, en mi estación, la Salazar, vi a un hombre que siempre había estado ahí pero que nunca me había llamado la atención. Tenía el cabello rubio, ralo, y un gran bigote que pendía sobre su boca fina como yerba seca. Bajo sus ojos pequeñitos, llenos de brillos lejanos, dos bolsas de arrugas dibujaban una expresión de cansancio en su cara. Me acerqué a él. Ya cuando el tren llegó, entré al vagón y me senté al frente a él. Pronto llegamos a la Ayala y bajo la opacidad y la reverberación fantasmagórica del andén, escuché las voces de los niños. Cuando el hombre los oyó se puso rápidamente la capucha del abrigo y se hizo el dormido. Apretó duro la mandíbula y cerró los ojos, conteniendo la respiración como si fuese a zambullirse en agua. Las voces de los niños pronto se volvieron más corpóreas, y estos aparecieron junto al vagón. La niña se acercó a la ventana y repitió la frase de siempre. Luego se fue alejando con su hermano para ver el próximo vagón. El tren cerró las puertas y el hombre respiró de nuevo. Muy en lo hondo de sus ojos, parecía haber cristales rotos. Toda la maquinaria del tren arrancó y comenzó a arrastrarnos lejos. Afuera, vi a los niños perderse rápidamente. A la distancia, arrollado por el sonido largo y metálico del tren, escuché algo parecido a un llanto.

Cuando llegué al trabajo no pude evitar preguntarle a Vasily, un compañero de trabajo de ascendencia rusa, lo que podría significar aquella frase. Y después de intentar reproducirle la frase media mañana, lo meditó un poco y me dijo: Regresa. Te necesitamos.

Al día siguiente fui directo donde aquel hombre y me volví a sentar al frente de él. Llegamos a la Ayala. Él volvió a esconderse.  Los niños estaban allí, como siempre, repitiendo la misma frase, en su búsqueda. Fueron caminando por el andén. Con paso tímido, se aproximaron al vagón. Lo dude un momento pero al final le dije al hombre: podrías mirarlos, al menos. Cuando el hombre abrió los ojos supe que estaba haciendo lo correcto, que con esto comenzaba a hacerlo. Él bajó la vista y el tren cerró sus puertas automáticamente. Me quedé viendo al varón y éste me vio directo a los ojos. Algo en mi mirada lo hizo seguir al tren. La niña no le soltó la mano por un instante y haciendo un esfuerzo sobre humano, la vi haciendo todo lo posible por seguirle el paso a su hermano mayor. El hombre me vio con tristeza y ya no pudiendo evitarlo más, volteó hacia los niños, y los vio corriendo junto al tren en un intento por no perderlo jamás. Los tres se vieron por un instante lo suficientemente largo como para que se les llenaran los ojos de lágrimas. Pero pronto la oscuridad del túnel borró de la ventana la imagen de los niños, dejando al hombre solo, enmarcado entre tuberías y cables penumbrosos que aparecían y desaparecían como lo habían hecho sus hijos. El hombre contempló la ventana un momento. A través de su reflejo pude ver como el rostro se le llenó de lágrimas y sus manos le tapaban los ojos. Ya en la próxima estación el hombre se bajó. Esa fue la última vez que lo vi. Tampoco volví a ver a los dos rubiecitos. Esa misma tarde, después de un mes lejos, regresé a casa y le llevé un tren de juguete a mi hijo.

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Un Comentario

  1. MACGO

    Hermoso relato. Con tu permiso, citando la fuente, lo tomo prestado para acompañar una foto. Aunque dejé mi blog en febrero, sigue siendo público. Puedes tomar de él lo que necesites.

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