Un gran día de playa. Autor: Norman Diday

Un intenso olor a café recién hecho invadió rápidamente el exiguo espacio de nuestra auto caravana de alquiler.

Ella, Isabel, mi esposa desde hace 20 años y madre de nuestros dos hijos, que también compartían el pequeño habitáculo, había tenido la magnífica idea, aprovechando el frescor de esa mañana de Junio, de salir a buscar un surtido de dulces caseros típicos de la zona y que, poco a poco, iban entrelazando su dulce aroma con el más amargo del oro de las Américas, como llamaban al café en la Europa del siglo XVI.

La siempre difícil tarea de despertar a dos jóvenes en vacaciones, Ernesto y David fue, en esta ocasión, más fácil de lo habitual. Seguramente la perspectiva de un opíparo ágape mañanero, facilitó enormemente la labor.

Un, dos, tres y mesa, sillas, toldo, platos, vasos… todo en su sitio y dispuesto a servir para uno de los pequeños placeres de la vida: el desayuno.

“Oye mamá ¿Qué haremos hoy?” tanteo David con la boca llena de un dulce de nombre impronunciable y escupiendo migajas por toda la mesa.

“Hoy iremos a la playa”, respondió Isabel con una enorme sonrisa, mientras degustaba el primer sorbo de una taza amarilla tan grande como su cara.

El dia se presentaba propicio para tal actividad. Aunque la noche anterior había llovido ligeramente y las gotas de lluvia golpearon pertinazmente el techo de nuestra casa ambulante hasta bien entrada la madrugada, tras el amanecer, el cielo presentaba un espectacular color azul, apenas sesgado por alguna nube dispersa y un par de estelas de avión. A buen seguro, sería una excelente jornada de un verano recién estrenado.

Nuestra caravana, al igual que nosotros, pernoctó en un pequeño aparcamiento protegida por el alto muro de un cementerio, que creíamos sin uso, y detrás de un pequeño promontorio que ocultaba la playa de nuestra vista. Tan solo el sonido lejano de las olas nos revelaba su ubicación.

Una vez recogido el desayuno, al que contribuyeron muy eficazmente los pajarillos de la zona engullendo todo lo que aparentaba ser comestible, y ataviados con ropa ligera de abrigo para superar el rocío de la mañana, nos dirigimos, a buen paso, a nuestro destino, por un sendero flanqueado de margaritas blancas y amapolas de un rojo intenso.

¡Qué espectáculo! Ante nosotros, una inmensa franja de arena, jalonada por pequeños matorrales, que brillaba con fuerza bajo el incipiente sol atlántico. Las olas, abrazando suavemente la orilla con movimientos serenos y acompasados, nos daban la referencia de la enorme extensión que se presentaba ante nuestros ojos. Increíblemente, tal vez por la temprana hora, estábamos completamente solos.

“Papa, ¿podemos sentarnos un ratito aquí?” preguntó Ernesto, el mayor, tras el largo paseo y señalando una gran roca que parecía querer romper la monotonía de la arena. Asentí con la cabeza mientras me acomodaba en un lateral de la enorme piedra, con la esperanza de disfrutar del silencio del viento.

Apenas había cerrado los ojos, o así me pareció, cuando un ruido ensordecedor me sobresaltó; venía acompañado de una enorme vibración que me derribó al suelo y una lluvia de arena y barro enfango mi ropa.

Aun desconcertado, me incorporé a medias sacudiendo el polvo de mi ropa, cuando algo paso silbando tétricamente junto a mi sien izquierda, tan cerca, que pude sentir su calor y maldad. Girando sobre mí mismo, intentando averiguar qué estaba pasando, pude ver, a unos metros de mí, a mi familia, acurrucados junto a un pequeño terraplén, gritando presas del pánico y atenazados por el miedo. Al levantar la vista lo que pude ver me sobrecogió…no entendía nada…

Allá, en el horizonte, una enorme flota de buques de guerra escupía, de todos sus cañones disponibles, una salva tras otra de fuego mortal, que martilleaba sin cesar todo lo que había en nuestro derredor.

Acercándose a la orilla, cientos de barcazas, atestadas de jóvenes soldados, algunos casi niños, ocultaban el color del mar y tejían una estrecha tela de armas, hombres y barcos.

El miedo me tenía paralizado.

Ya en la playa, el combate era intenso y la actividad frenética. Unos luchaban por ganar, a costa de muerte y sufrimiento, unos pocos cientos de metros de arena; otros, escasos de moral e intendencia, se aferraban a un terreno ganado por conquista y defendido por desesperación.

Tableteo de ametralladoras, explosiones de granadas y morteros, rechinar de cadenas propias de los blindados, gritos de ayuda, de órdenes en dos idiomas, de pánico…dolor, dolor, dolor. Imposible oír el mar…

De pronto, una suave caricia en mi mejilla, acompañada de un beso aún más sutil, me hizo regresar. Estaba llorando con profunda tristeza, e Isabel, entre asustada y compungida, sintió lo que estaba sufriendo y me rescató con la dulzura que emana del amor. Toda la familia nos abrazamos intensamente

Había sido un sueño.

Era Junio de 2009, 67 años después del llamado Dia D en las costas de Normandía y delante de nosotros se encontraba, majestuosa, vacía y silenciosa, la playa de Omaha, donde desembarcaron los aliados con la feroz oposición del ejército alemán. Fue una masacre histórica.

Diez  mil vidas perdidas, diez mil almas preguntándose porque, diez mil espíritus atrapados para siempre en una playa, hasta ese dia, desconocida para el mundo.

Habíamos descansado junto al cementerio americano, famoso por numerosas películas y de permanente recuerdo de aquella locura colectiva.

Otras playas fueron visitadas aquel verano a lo largo de la costa normanda, otros pueblos, otros museos… nada volvió a ser igual después de aquel día de junio de 2009 en que sentimos tan de cerca el estremecedor espíritu de la guerra.

Una pequeña botella de cristal, procedente del botiquín de un barco hundido por una mina en esas costas, conteniendo un puñado de arena de esa lejana playa será el recuerdo permanente e imborrable de un gran dia de playa.

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Un Comentario

  1. antonio

    Sobrecoge el cambio de la serenidad a la acción mas dramatica. Buen trabajo.
    Me ha gustado mucho

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