Padre coraje. Autor: Aliver


Durante cuatro días el hombre vio cómo su nena de tres años, la penúltima de sus doce hijos, se derrumbaba entre vómitos y diarrea y no mejoraba por más agua de arroz que le daban. Ahora se veía a todas luces que ya no resistiría y él sabía que no podía esperar.

A principios del siglo XXI, vivian alejados de los centros poblados, sin caminos, ni medios de comunicación. Tenía 47 años, nació y creció en ese poblado aborigen situado a 3000 metros de altitud, dentro de una quebrada en el corazón del cordón cordillerano de Salta en la Argentina, en un paraje tan pequeño que ni en los mapas aparecía. Sobrevivía merced a los trabajos que podía realizar con sus propias manos y con la ayuda de su mujer y de sus hijos.

En ese lugar habitaban 20 familias aisladas de casi todo, viviendo en un puñado de ranchos donde no había caminos que lleguen hasta allí. Alejados de la civilización, debían caminar o trasladarse a lomo de mula o burro, que eran los únicos medios de transporte si querían  llegar a un lugar más poblado, generalmente en verano, porque en invierno era prácticamente imposible.

En esa zona montañosa se acumula el agua de las vertientes o deshielos cordilleranos, donde la gente cuidaba rebaños de cabras, ovejas y algunas llamas. Cultivaban papa o maíz para alimentarse, mientras las mujeres se dedicaban al hilado y al tejido en telares. Esos caseríos carecen de luz eléctrica y agua potable y no tienen posta sanitaria, ni médico, ni policía, salvo una escuelita que funcionaba en un pequeño ranchito.

A medida que crecen, los chicos colaboran con sus padres en el trabajo de la tierra, actividad que por su precariedad, ni siquiera pueden llamarse producción agropecuaria. Muchos viven del trueque: cambian lana de oveja y llama por harina, azúcar, yerba y alimentos.

En la madrugada y todavía en la oscuridad, cuando no pudo resistir más el sufrimiento de su hija, que en la noche había padecido una descompensación que le hizo temer lo peor, decidió salir del poblado con una mula. Abrigó a la nena y la cargó en una camita armada sobre la mula con una manta gruesa y marchó en busca de atención médica para salvarle la vida.

Utilizó la única ropa que tenía para andar en el camino: una camisa, y una campera. Nada más, ante temperaturas de alrededor de diez grados bajo cero. En ese trayecto solo habría frío y silencio, pero él no se acobardó.

Al principio, alumbró el camino con la linterna. El día amaneció frío y gris, bajó por un sendero apenas visible y poco transitado. Era una ladera pronunciada y peligrosa y aunque no se veía ni una nube en el cielo, no había el menor indicio del sol. Era un día completamente nublado, como si un velo intangible lo cubriera todo, como si una melancolía sutil oscureciera las cosas.

Lanzó una mirada hacia atrás, pero ni esa senda misteriosa, extensa y estrecha, la ausencia de sol en el cielo, el tremendo frío y lo extraño y sombrío de todo aquello, no lo impresionaron para nada. Y no porque estuviese muy acostumbrado a ello.

Esa helada producía en su piel cierta sensación de dolor y lo hacía acurrucarse dentro de su campera. Debajo de la camisa, se había envuelto un pañuelo en contacto con la piel desnuda. Por cierto que hace frío, pensó, mientras se frotaba la nariz y las mejillas entumecidas.

La senda se distinguía apenas y estaba resbalosa porque había caído algo de nieve especialmente para la mula. Era un hombre de barba,  pero el pelo de la cara no le protegía los pómulos, ni la nariz, que se hundían agresivamente y se notaba en el aire helado cada una de sus exhalaciones tibia y húmeda.

La niña completamente arropada no sabía nada acerca de termómetros. Posiblemente en su cerebro no existiera la aguda conciencia de una situación de ese frío intenso.

Siguieron durante varios kilómetros por entre las quebradas y luego cruzaron una amplia llanura cubierta de montículos, hasta llegar hasta el lecho helado de un arroyuelo. Eran alrededor de las diez y como estaban haciendo unos seis kilómetros por hora, calculó que llegaría a la bifurcación del arroyo al mediodía.

Mientras transitaban por esa zona pantanosa, se frotaba automáticamente los pómulos y la nariz con el dorso de la mano y de cuando en cuando cambiaba de mano. Pero por más que se frotara, en el instante en que dejaba de hacerlo se le entumecían los pómulos y enseguida la punta de la nariz.

Estaba seguro de que las mejillas se le iban a congelar. Pero, después de todo, no importaba demasiado. ¿Qué eran unas mejillas entumecidas? Un poco doloroso y nada más. Nunca resultaba grave.

Como era un observador agudo, advirtió los cambios que había experimentado el arroyo, las curvas, los meandros y las acumulaciones de troncos. Siempre miraba con especial cuidado dónde ponía los pies, cuidando especialmente el andar de la mula.

Se detuvo y estudió el lecho del arroyo y sus orillas y reflexionaba un rato antes de cada paso a dar, pisando con cautela y probando el suelo,  mientras se frotaba la nariz y las mejillas.

Aproximadamente al mediodía llegó a la bifurcación del arroyo. Estaba satisfecho de la velocidad que había logrado y se detuvo para descansar. En un breve instante un hormigueo se apoderó de los dedos de los pies y al sentarse ya no los sentía y eso lo asustó.

Golpeó el suelo con los pies varias veces, hasta que volvió a sentir el hormigueo. En verdad, no cabía la menor duda, hacía un frío terrible. Empezó a pasearse de un lado al otro, golpeando los pies con fuerza contra el suelo y agitando los brazos, hasta que volvió a entrar en calor y se tranquilizó.

Después sacó los fósforos y se dispuso a encender el fuego. Obtuvo leña entre la maleza y trabajó cuidadosamente. Partiendo de un fuego reducido, pronto logró una crepitante hoguera. No había tenido otra opción, porque veía que la niña se le moría.

Esos ojos negros grandotes y ese cuerpito tan enjuto, arropado con sábanas blancas y una frazada, lo cautivaban y al mismo tiempo lo conmovían. Le dolía  el alma verla frotarse las manitas despellejadas, por el frío tremendo de la montaña.

En silencio continuó el viaje entre las quebradas y cerros, cubriendo a la chiquita para que resistiera y con el corazón rebosante de ternura, aceleraba inconscientemente el paso.

Contra lo que pudiera pensarse, no hubo improvisación o locura en la decisión de salir a la madrugada. El sabía que de esa manera, alcanzaría a las seis de la tarde el pueblito de Salta donde estaba el único médico de los alrededores.

– Mi hija sufrió una fuerte descompensación y pienso que se estaba muriendo le dijo cuando lo vio, todavía conmovido pero más aliviado por haber conseguido el objetivo.

El médico sorprendido, se dio cuenta del cuadro de desnutrición, agravado por una gastroenteritis aguda y los signos vitales muy deteriorados de la chica, pero pensó que con muchos cuidados, por suerte podría recuperarse.

En ese humilde pero hermoso pueblito salteño, su caso despertó el espíritu solidario para acercarle ayuda a ese padre que, para muchos, ya tenía la categoría de héroe y lo bautizaron: padre coraje.

Los gestos de solidaridad se produjeron por doquier; ropas, alimentos y el afecto y la generosidad de los lugareños, muchos de ellos sumergidos en la más absoluta pobreza.

La cama de una de las habitaciones de la casa, que hacía de consultorio donde atendía el médico, ahora estaba llena de bolsas de todo tipo, pañales, botellas de agua mineral y paquetes de galletitas dulces, más que los que la niña debe haber visto en toda su vida.

El hombre acostumbrado a enfrentar los desarreglos de la naturaleza para mantener a una gran cantidad de hijos, todavía no reparaba en que lo suyo había sido una hazaña. Su humilde recompensa había sido esa popularidad, la sonrisa y los saludos de la gente y los chiquillos de la calle.

Pero si bien estaba contento, quería volver rápidamente a su lugar en la alta montaña, con los suyos. Ansiaba regresar con su hija a cuidar sus cabras, a sacarles leche, lana y a veces, cuero y carne. Hacer el pan y las tortillas en su horno de barro.

Su pequeña hija todavía no podía valorar la historia que fue protagonista con su padre. Una historia que habla de heroísmo y de solidaridad, de amor y sacrificio, por encima de las miserias y la desnudez que muchas veces envuelve todavía al ser humano de este  siglo XXI.

Todo ello constituye una de las peores contradicciones que el hombre moderno aun no ha podido resolver es que la riqueza y el confort de algunos, sigue coexistiendo con la pobreza, el sufrimiento y el hambre de otros.

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