Micaela. Autor: Claudia Viviana Parreño

Cimas como espadas erizadas de hielo, toda una cadena de picos agudos se extendían hasta el horizonte y el frío cortante lo hacía tiritar con violencia, a pesar del grueso abrigo. Martín sentía la humedad de la escarcha que se había formado sobre su cabello y pestañas, las horas pasaban y solo el temor a quedarse dormido lo obligaba a seguir con los ojos bien abiertos, a vigilar el sendero detrás de esas rocas –apenas un camino de cabras- por donde Micaela había bajado a pedir ayuda.

¿Cuántas horas habían pasado ya? El Sol aún no salía cuando ella partió, rozando apenas sus labios quebrados por el frío. Ahora debía ser por lo menos el mediodía, pero el sol era apenas un halo tras la bruma de la montaña, un fulgor leve que no calentaba ni reconfortaba.

Tuvo un breve destello de odio al pensar en Micaela ¿Por qué tenía que haberse caído él,  haberse fracturado tan tontamente la pierna? Si hubiera sido ella, podría haberla cargado hasta la base, y no tendría que estar ahí quieto esperando que la muy tonta no se perdiera en la montaña, rogando que no se cayera en un barranco o que al encontrar ayuda no pudiera orientarse hasta donde él se debatía entre la hemorragia y la hipotermia.

Bueno, al menos la irritación que sentía lo ayudaba a mantener el calor y ahuyentar un poco el sueño.

Qué ridículo, él que había escalado desde que tenía memoria, que había vencido las cumbres más difíciles, se había caído al romperse un bastón sobre el que apoyó todo su peso. Podía sentir la punta del hueso contenida por un torniquete precario y mojado de su propia sangre fresca.

¡Y esa estúpida que no regresa! No la había tratado bien últimamente. Ni en el viaje, ni antes. En realidad, tenía pocas gentilezas para con los demás, escudado en su mal carácter y su perfeccionismo. “Así soy yo, si no le gustaba podría haberse ido,  ¿no?” También le había pegado, eso lo recordaba, y de nuevo el cosquilleo y la irritación, como si no fuera suficiente con toda la adrenalina del accidente y la fractura.

Ella no podía quejarse, la había llevado en algunos viajes, había conocido una vida imposible para un gorrioncito gris, eso bien valía un par de moretones.

¿Ya habrá llegado a la base? Una hora más de camino hasta el campamento de gendarmería, y quizás otra hasta que prepararan el equipo de rescate.

No le gustaba deberle algo a ella… además, lo había visto débil e indefenso como un gatito, y se había desmayado de dolor unos minutos después del accidente. Ella lo arrastró hasta el alero junto a las rocas y esperó junto a él  que amaneciera para bajar a pedir ayuda.

Se arrepentía de haberla maltratado incluso mientras ella lo vendaba lo mejor que podía: “¡Estúpida! Ni siquiera un vendaje podés hacer bien, y cuidado al bajar, patitas de tero, si te caés nos van a comer los jotes a los dos, por qué no habré venido con alguien útil, no con una buena para nada.”

Estar tanto tiempo quieto le hacía doler la espalda, trató de acomodarse y una punzada aguda lo hizo jadear, la pierna volvía a dolerle luego de un par de horas de no sentirla en absoluto.

Se animó a mirar el pie, que sobresalía del vendaje: estaba negro, hinchado y brillante, como un cadáver flotando en el río.

“Pronto estarán aquí y me salvarán la pierna. Dos meses de dolorosa rehabilitación.”

Micaela lo atendería, siempre tratando de agradarlo, de cocinar lo que a él le gustaba, de vestirse como él quería, siguiéndolo en sus viajes… hasta le había dado todos sus ahorros, la herencia de una tía italiana, para pagar una costosa expedición a Perú. Dinero que, ahora recordaba, nunca le había devuelto.

Pero quizás de la forzada soledad de sus pensamientos, el recuerdo que ahora lo incomodaba era el de la primera vez que le había pegado. Tenía el ojo hinchado y un par de dientes flojos. Esa tarde él temió que lo delatara, pero al escuchar que hablaba por teléfono – “Un accidente en la escalera, una mala caída”, dijo – él supo que podía hacer lo que quisiera, que nunca lo acusaría frente a los demás.

A veces le sorprendía una mirada extraña, un gesto que no tenía que ver con el dolor de las golpizas. ¿Cambiarían las cosas ahora que él estaría en cama, convaleciente e incapaz de levantarle la mano si algo le disgustaba?

La tarde empezaba a declinar. Su débil luz se perdía entre la neblina fría y hostil y él trataba de no bajar los párpados, que se cerraban solos. ¡Si pudiera dormir unos instantes! ¡Estaba tan cansado! Pensó en Daniel, su compañero de escaladas doce años atrás,            que se cayó en un barranco y se había fracturado las piernas y un par de costillas. Igual que él ahora, tenía una hemorragia. El le había pedido que lo ayudara a acercarse a un refugio rocoso y que no lo abandonara por la noche. Pero Martín no lo movió, era una pérdida de tiempo ya que oscurecía y él contaba con bajar y pedir ayuda antes de que el sendero se perdiera entre la niebla. Caminó varias horas hasta llegar al puesto de guardaparques, y luego inexplicablemente olvidó decir que había un herido en la montaña. Se quedó dormido y fue de noche de nuevo, y recién al otro día los rescatistas encontraron el cuerpo que ya habían comenzado a devorar los jotes y las ratas. Martín nunca se liberó de la sensación de que esos picos y garras habían entrado en las heridas de Daniel antes de que hubiera muerto del todo.

Daniel Estrada. Su pelo rojizo y ojos pardos le recordaban a los de Micaela. Abrió los ojos de golpe, ya sin aturdimiento ni cansancio. Daniel Estrada tenía una hermana que lo adoraba y que vivía en Italia, en la casa de una vieja tía rica.

La oscuridad lo rodeaba. Ahora era lo mismo que tuviera los ojos abiertos o  cerrados. Quizás era su imaginación, pero escuchaba leves ruidos de patas y uñas, unos suaves movimientos cerca de su pierna que apestaba a sangre muerta.

Lleno de terror, se hundió en el negro vacío de la noche.

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