15 horas de viaje, Autor: Paola Risso Urra


Eran las seis de la mañana con cincuenta minutos, iba sin duda atrasada a tomar el bus con destino a Talcahuano que salía a las siete, este era ya el tercer viaje que hacía desde Castro hasta mi casa, tenía mucho que pensar en ese viaje, sólo quería reclinar el asiento y pensar si todo este cambio en mi vida valía la pena, bueno por lo menos tenía muchas horas para hacerlo, siempre y cuando no se sentara a mi lado ninguna señora parlanchina, o un viejo lacho, y no pasara nada fuera de lo común, o sea que por favor fuera un viaje normal, y sin quererlo se vinieron a mi mente los viajes anteriores, el primero,  cuando fui a la entrevista en Chonchi, nos fuimos tres en un asiento, porque a mi lado iba una señora con su hijo de unos diez años, bastante gordito, el niño se movía para todos lados y la señora estaba morada por llevar tanto peso encima, así que dando oído a mi buen corazón opté por levantar el separador de asientos y nos fuimos los tres todos apretujados desde Concepción hasta Castro. Luego de un mes viviendo en Chiloé vino un feriado largo así que aproveché para hacer el primer viaje hacia Talcahuano a visitar mi familia, el bus salía a las seis de la tarde, pero ya eran las seis con diez y el bus no partía cuando se me acerca el acomodador, señorita necesitamos hablar con usted, por favor ¿puede cambiarse al asiento número tres?, ya que la señorita que va al  frente suyo reclamó que el señor que iba a su lado estaba muy hediondo, y como su compañero de asiento es el padre de ese señor, entonces…ya ya está bien, total pensé, mi compañero también está un poquito fétido y me cambié, al rato se sube el señor hediondo con su padre, alegando a viva voz: ¡Qué se habrán creído estas yeguas que lo vienen a encontrar hediondo a uno, acaso no saben que el hombre bien hombre es feo, peludo y hediondo! Luego vino el viaje de vuelta;  a las tres de la mañana unos gritos desgarradores nos despiertan a todos era una joven que lloraba desconsolada, mi cartera, me acabo de despertar y mi cartera no está, acto seguido el bus paró en una comisaría cerca de Temuco, subieron los amigos de la ley y  nos encerraron por al menos una hora dentro del bus y la cartera no apareció, conclusión la cartera se la llevó alguno de los pasajeros que bajaron en Valdivia.

Segundo viaje de ida; cuatro de la mañana llegando a los Ángeles, un tipo despierta a todos con un alegato en la cabina con el chofer, ¡ No señor ya me dí cuenta que han cometido dos infracciones graves, el pito ha sonado toda la noche, no puede ser que sean las cuatro de la  mañana y ya estemos en los Ángeles, además este señor al volante lleva exactamente seis horas manejando, eso es lo que dice la famosa maquinita de ahí arriba, el acomodador le responde, oiga socio si ese asunto está malo, y la alarma de velocidad máxima también está mala, bueno como sea, no creo que esté malo porque le repito es imposible que en menos de once horas vayamos a llegar a Concepción si un viaje normal demora alrededor de quince horas, pero señor eso es en un viaje de día, en la noche no pasamos a todos los terminales, nos vamos directo, ¡no no!  yo quiero que paren en la primera comisaría que encontremos, además no se soporta el olor del baño y llevan la calefacción a todo trapo, uno paga doce lucas y la atención es como las reberendas, acto seguido paramos en la comisaría, se suben los pacos, el bus estuvo dos horas detenido, se cambió de chofer, se ventiló el bus y llegamos a Concepción quince horas después, como siempre, si eso es lo que quería conseguir el imbécil que alegó, lo logró y le digo imbécil, porque es primera vez que escucho a alguien alegar porque el bus va a llegar antes de la hora normal, y a quien se le ocurre estar mirando la velocidad a las cuatro de la mañana, sólo a un imbécil, bueno está bien ya sé lo que piensan y tienen razón, los imbéciles somos todo el resto que no alegamos porque un loco al volante arriesga la vida de todos.

Segundo viaje de vuelta; no podía ser, iba llegando a Puerto Montt y no había  pasado nada, era increíble, y la verdad había encontrado hasta fome ese viaje mejor ni pensarlo, llegamos al terminal de Puerto Montt subió un caballero bien campechano, se acercó a la señora que iba al frente mío;  oiga mi dama yo llevo el número 2, no señor aquí está mi pasaje, lo ve dice clarito 2, a ver el suyo, oiga caballero su pasaje dice 17: 30 horas y este bus va con destino a Quellón, pero la salida es 17:20, por lo tanto este no es su bus, ah no importa dice el señor, total me voy al lado suyo, si no hay nadie, llego más temprano, mejor todavía, la mujer lo mira enfurecida, pero no le dice nada, transcurren alrededor de veinte minutos, cuando pasa el acomodador, la mujer lo detiene, oiga joven este señor dice que lleva mi número de asiento, ¡¡oiga iñora no huevee’ si ya sé que me equivoqué de bus, y no le voy a quitar su asiento tampoco… que se ha creído que me viene a insultar reclama la mujer evidentemente muy exaltada, el joven acomodador se sonríe, y usted joven ¿por qué se ríe? ¿Qué le causa tanta diversión?, acaso no saben quien soy yo, bueno yo soy una profesora muy respetada en la isla, y viajo todos los fines de semana desde Puerto Varas hasta Quellón, por lo tanto soy una clienta habitual de esta línea de buses y no voy a permitir este tipo de maltrato, acto seguido toma el celular, aló amor, y le cuenta a la persona al otro lado del teléfono todo el escándalo entre sollozos, señor le dice al hombre que está a su lado, mi esposo quiere hablar con usted y le pasa el teléfono, ¡qué tengo yo que hablar con su mari’o iñora, corte el hueveo… ves amor me sigue ofendiendo ¿lo escuchas?, ya está bien amor y corta la llamada,  se dirige al acomodador y a su compañero de asiento, bueno les informo que mi marido me dijo que paráramos en la comisaría más cercana o bien anotara el número de reclamo para dar aviso de esta situación horrible que he vivido.

¡No por favor!, la comisaría de nuevo no!! Exclamé a viva voz y tan fuerte que los tres me miraron confundidos, entonces el acomodador aprovechó la ocasión y me preguntó si estaba dispuesta a cambiar mi lugar con el señor, o de lo contrario habría un asesinato arriba del bus, está bien, está bien y me cambié de asiento, al lado de la profesora amargada, porque no podía darle otro adjetivo.

Y  ahora que hacía el tercer viaje a mi ciudad de origen sólo quería pensar, reflexionar en mi nueva vida, porque cumplía 3 meses en esta isla y pensaba en todo lo que me dijeron , no vas a aguantar un año, el clima es horrible, llueve todo el tiempo, no existen las calles planas, sólo cuestas que te dejan con la lengua afuera, los chilotes son flojos, envidiosos, no  hay donde comprar ropa, hay uno o dos bancos, una tienda grande, un supermercado grande caro y sucio, porque la isla es monopolio de un par de familias, si lavas la ropa y no tienes buena calefacción, la ropa se demora una semana en secarse y finalmente cuando te la vas a poner estará tan hedionda que la echarás de nuevo al lavado, y así sucesivamente, me dijeron tantas cosas, inclusive que tuviera cuidado con los chilotes, porque si le hago daño a alguno o le levanto el novio a una chilota, o se me ocurre retar a un chilote en el trabajo , lo más seguro es que vendrían todos los brujos y sería violada por el Trauco, amarrada por la Pincoya con unas piedras enormes de las mismas que ocupan para los curantos y colocada dentro del Caleuche desde donde sería lanzada a las profundidades del mar, pero la frase que más atesoro hasta hoy fue la de un amigo que me dijo; sí, es verdad que Chiloé es lindo y vas a trabajar en un lugar paradisíaco, pero es como comer una torta entera que se ve deliciosa, al principio te la comes con ganas pero luego estás tan satisfecho que sólo verla te produce naúseas, y porque digo que esta frase me da siempre vueltas en la cabeza, porque he llegado a la conclusión  que después que te comes la primera rebanada de torta el cumpleaños se termina y debes volver a la vida cotidiana, porque estar en una isla no significa estar bajo una palmera semidesnuda comiendo cocos todo el día, acompañada de un náufrago musculoso, no señor, hay que ir igual al banco, hay que pagar cuentas, hay que ir al supermercado, hay que levantarse temprano a trabajar, hay que hacer trámites como en todos lados, y si los trámites son muy importantes tal vez debas viajar a Puerto, y como en ese viaje vas con tu mente metida en ese trámite y has pasado cien mil veces por el transbordador, ya no te bajas, y te olvidas que ese paseo de 20 minutos es la guinda de la torta, porque es la parte más deliciosa, pero lo más increíble de todo es que como nunca me olvidé de esa frase, cuando me siento muy abatida, me acuerdo de la famosa  torta y miro por la ventana de mi cabaña, o salgo al patio enorme de la empresa donde trabajo, y ahí está y pienso: “esta torta es mágica porque cada vez que necesito está ahí y no es que ella me satisfaga, soy  yo la que dejo de comerla por atender otras cosas, pero a diferencia del continente la torta estará siempre cerca para darle una mascada”. Eso es lo bueno, y es lo que me impulsa a quedarme, pero también echo tanto de menos a todos, antes me molestaban los gritos de Nachita mi sobrina corriendo con el perro de un lado a otro, ahora me emociona hasta escuchar su voz diciéndome Paola llegaste, llegaste y me acuerdo de mi papá y de ella que lloraban desconsolados en el terminal el día que me vine a Chiloé a vivir definitivamente, y ese es el dilema ¿qué hago, me quedo en esta isla hermosa y  difícil de aprender, o les doy el favor a todos y me vuelvo a mi puerto feo y hediondo?, pero mi puerto al fin y al cabo, donde están mis raíces, donde llegó mi bisabuelo desde Grecia a formar familia. En eso divagaban mis pensamientos, en el terminal de Ancud, cuando sube un joven más o menos de la edad mía perfumadito, buena percha y peinadito, trataba de hablarme, pero era lo menos que yo quería en ese momento, sólo le contestaba con monosílabos, cuando me dice: que lata viajar desde Chonchi hasta Ancud y ahora a Concepción, ah ¿tú vives en Chonchi? Le pregunté, sí, me responde, yo también y ¿en qué parte?, en las cabañas de don Alberto, ¡igual que yo! exclamé, pero como no nos vimos antes ¿cuánto tiempo llevas ahí? Dos meses me dijo, dos meses, yo llevo tres y ¿en cuál cabaña vives? Me pregunta entusiasmado, no me digas que tú eres esa mujer valiente que vive sóla en la cabaña del extremo del cerro, Sí, le respondí orgullosa, no no puede ser yo me cago de miedo, oye esto es una jugarreta increíble del destino tanto tiempo viviendo a menos de 10 metros de distancia y tener que venir a conocernos en este bus, ¿no te parece, que este encuentro tiene algún significado especial? ¿Me estás tratando de engrupir? Le pregunté picarona y coqueta ( así soy yo) jaja se río, pero piensa tengo o no tengo razón, me alegó,  es una simple coincidencia le dije, pero en el fondo sabía que el tenía razón, y al mismo tiempo no lo entendía porque como yo me he sentido toda la vida una heroína de telenovelas como dice mi amiga Carla siempre he creído a pies juntos en el amor a primera vista y este chico, caballerito, profesional, soltero según él, que a simple vista era el yerno ideal para mamá a mi no me hacía ni cosquillas, me cayó bien sí y me gustó que me encontrara una mujer única por atreverme a vivir en la punta de un cerro, pero me resistía a creer que él era el hombre de mi vida, le comenté también que estaba pensando seriamente en volver a mi tierra, porque si bien mi trabajo en el área de calidad de una empresa de choritos me encantaba, habían lazos familiares muy fuertes que estaban ganándole la batalla a la isla, no no te puedes ir ahora que te conocí, no puedes ser tan cruel, me recriminó, me halagó todo el resto del viaje, que era tan difícil encontrar una mujer linda e inteligente, que como podía estar sóla alguien como yo y todas esas cosas que te dicen cuando tratan de conquistarte, sólo me reí, nos dimos los respectivos números telefónicos y quedamos de vernos el próximo fin de semana cuando estuviéramos los dos en Chonchi,  iría a buscarme a mi cabaña, luego él se bajó en Concepción y  yo seguí con destino a Talcahuano,  tratando de entender aún que jugarreta quería hacer el destino ahora conmigo, porque estaba segura que este chico no sería parte de mi vida jamás y que yo renunciaría a mi trabajo en la pesquera de Chonchi y volvería a Talcahuano por lo menos antes de un mes

Llego el día Sábado y Robert me fue a buscar a la cabaña como acordamos, al verme me saludó eufórico me dijo que no había podido dejar de pensar en mí desde que se bajó del bus y me besó en la boca, yo le respondí el beso, para probar si me pasaba algo especial y nada, fue entonces cuando me sentí incómoda estando los dos solos en mi cabaña y le propuse salir a caminar por la costanera, esta bien me dijo, pero antes te invito a mi cabaña a tomar once me dijo, no me gustó mucho la idea pero acepté, lo único malo me dijo es que a lo mejor va a estar este chico con el que vivimos, te acuerdas que te comenté que vivía con dos más el Arturo y el Rodrigo que trabajan conmigo en la empresa, ellos son mis ayudantes,  si me acuerdo le dije, bueno  Arturo anda en Coronel, donde su familia, pero está  Rodrigo, es un pendejo tiene como 25 años, es medio loco, pero no te hagaí problema por él no lo pesquí no más, está bien le dije, en el fondo me sentí aliviada no estaríamos solos, y si era así trataría que la once fuera lo más rápida posible, para salir luego. Y caminamos los diez metros hacia su cabaña, abrió la puerta con su llave y yo me sentía extremadamente nerviosa sin entender el motivo, subi tras él los tres escalones hacia la entrada y al mismo tiempo se abrió la puerta del baño y apareció repentinamente él, ese naúfrago musculoso lleno de tatuajes que le faltaba a mi isla, pelo largo y mojado, piel muy morena, ojos muy negros, me miró profundamente, hola me dijo, hola le respondí, Paola él es Rodrigo, ella es la niña de la que te hablé, usted es la vecina que vive sóla en esa cabaña? Me preguntó con un pronunciado acento sureño que pensé que era chilote, (y al decirme usted recordándome también que era bastante más mayor que él), después supe que vivió mucho tiempo en Aysén, de ahí el acento, sí, dije, parece que han hablado mucho de mí aquí les recriminé riendo  y después de un par de horas se me había olvidado que íbamos a pasear a la costanera con Robert  y  ya la conversación de tres se había convertido en un diálogo entre mi náufrago y yo,  hasta que de pronto Robert le dice oye y tú no ibas a ir donde tu mina, haciéndole señas con los ojos? Ah sí si en una media hora más le responde, me decepcionó mucho pensar que se iría en media hora, pero se fue igual, y sentí rabia además de tener que hacerle el quite a Robert para que no se pusiera “calugón”, que bueno que atinó y nos dejó solos me dijo, si claro le dije desganada, pero cuando había pasado menos de una hora mi náufrago volvió, dijo que no se habían podido juntar con su mina, y pese a que había un sillón desocupado se sentó a mi lado, Robert hablaba y hablaba y yo acercaba mi mano a la de Rodrigo, y no sé como fue, ni cuando pero entrelazó mi dedo meñique al suyo, sin que Robert se diera ni cuenta, después Robert entró al baño, entonces yo me volteé hacia Rodrigo lo tomé por la cabeza y nos besamos apasionadamente como si estuviéramos solos en una isla (que ironía) olvidándonos de Robert, de nuestra diferencia de edad y del resto del mundo, tanto nos olvidamos que no percibimos ni el momento en que Robert salió del baño, nos hicimos como si nada, entonces Robert me agarró del brazo y me dijo vamos te llevo a tu casa, obviamente afuera me insultó me dijo que no podía creer que yo le hiciera eso, que Rodrigo era un mocoso, irresponsable, que no le llegaba ni a los talones a él y bla bla, hasta que me hartó y le recordé que entre nosotros no había ningún compromiso que recién nos conocimos hacía una semana y que se fuera a la cresta y yo me fui a mi cabaña y me acosté, no sé exactamente la hora en que golpearon mi puerta, bajé la escalera, abrí la puerta y frente a mí estaba mi náufrago musculoso, ¿quieres que te acompañe? Pasa le dije, y el entró, fueron sólo tres escalones que tuvo que subir, y sólo diez metros los que tuvo que caminar para llegar hasta mi cabaña y a mi me bastaron sólo quince horas de viaje para que el destino por medio de una movida estratégica me llevara hasta él. Ahora ya llevo más de un año en Chiloé, ganando obviamente todas las apuestas que decían que en menos de un año estaría de vuelta, talvez fue gracias a Rodrigo que me quedé y no renuncié al trabajo en Chonchi  y pese a todas nuestras diferencias y vicisitudes mi náufrago sigue junto a mí comiendo  cocos  bajo la palmera.

ahora cada vez que viajo a mi tierra pienso que esas quince  horas de viaje no son simplemente quince horas, son ni más ni menos el tiempo que separa mi vida de antes con mi vida de ahora.

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