¡Por fin, el fin!. Autor: Fernando Rivas

Cuentan algunos sobrevivientes, que el amigo Savir, vivía preocupado por lo que estaba sucediendo en el mundo… y un día.

Por fin sucedió lo que el viejo Savir había pensado durante muchos años.

Un dirigente, descendiente muy lejano del patriarca Noé, en un momento de locura y fanatismo, pulsó los botones y salieron de sus silos decenas de misiles con ojivas nucleares.

Las otras naciones, a la señal de alerta, respondieron automáticamente.

Gigantescos aviones cargados de bombas nucleares se dirigían a su objetivo.

En el mar, los submarinos  abrieron sus tubos lanza misiles.

El cielo se iluminó con cientos de luces que lo surcaban por diferentes direcciones.

Savir presentía que ese día llegaría,  y el 95% de los más de 7.000 millones de habitantes del planeta perecerían sin saber el verdadero motivo.

El anciano se preguntaba, ¿por qué tenía que ser un descendiente de las tribus de Israel,  pueblo elegido de Alá, quien desencadenara la tercera y última guerra mundial?

Sólo los países poderosos tenían bunker para resguardar a los mandatarios y sus

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familiares de la onda destructora y la radiación. Lo que sufriera el resto del mundo, no importaba, lo importante era acabar con todo lo existente, y el que quedase vivo, proclamarse único mandatario del mundo, y con las armas, regresar a la esclavitud.

Savir estaba consolando a su esposa Yram, en ese instante comenzaron a llegar  a su casa, todos sus hijos con sus esposas  y nietos.

Querían estar juntos hasta el último momento.

Como relámpago pasaron por la mente de Savir, el cómo y cuando se suscitaron los acontecimientos y el comienzo del principio del fin.

Después del diluvio universal, la tierra se convirtió en un paraíso, por doquier había árboles frutales, aves, carneros, camellos y todo lo que llevó Noé en su Arca.

Los viñedos y los trigales cubrían gran parte de los campos, las ovejas abundaban, todo era felicidad para las tribus en su comienzo.

Pero un día, los humanos que vivían en comunión espiritual, fueron cambiando, les entró la avaricia, cada uno de ellos quería poseer mayor riqueza que el otro, llegando al grado de quitarle al hermano sus pertenencias.

Ahí comenzaron las pequeñas guerras que al pasar los años se fueron generalizando, sin ponerse a pensar que Alá les había dado todo para que fueran felices.

Recordaba Savir, que en su niñez, en la casa de sus padres había flores y pajarillos, siempre veía los amaneceres y atardeceres de colores azules y dorados cuando pastaban las ovejas junto al río.

Siempre disfrutaba los dátiles que caían  de las palmeras que rodeaban un

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pequeño oasis, y se ponía a pensar, que el hombre pudo ser la creación perfecta junto con la mujer.

Pero algo le pasó al cerebro de  algunos hombres, que al momento de quitar al gran Alá de sus corazones, les entró la arrogancia, prepotencia, se volvieron corruptos, egoístas, libidinosos, mentirosos, vengativos y asesinos. Por no decir estúpidos.

Parecía que la única misión en su vida era la de atesorar riquezas, sin mirar a los que clamaban con humildad, un techo y un pedazo de pan.

Nadie sabe quien le puso precio a las cosas que Alá regaló para todos.

Se acordaba Savir que los profetas advirtieron lo que pasaría en caso de no seguir las escrituras de las tablas de Moisés donde estaban los mandamientos de Alá.

Nadie quiso hacerles caso, al contrario, se burlaron de ellos y los llamaron dementes, en muchos casos los mandaron a matar, y desde esos remotos tiempos, algo le pasó al hombre, donde siempre el poderoso robó y humilló al débil..

Recordaba Savir que esa historia se repitió en otros países del mundo, parecía una locura colectiva de los mandatarios, posiblemente Alá, estaba arrepentido de haberle entregado al hombre un paraíso terrenal.

Recordó a Nerón, cruel Emperador romano, despiadado y depravado, quien hizo matar a su madre Agripina y a sus sucesivas esposas, Octavia y Popea, luego mandó a matar a su maestro Séneca y se dedicó a perseguir y acabar a los cristianos.

Recordó al rey de los Unos, Atila, llamado el azote de Dios, quien invadió el Imperio de Oriente. No se quedaron atrás los Borgia, célebre familia de linaje

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español, oriunda de Gandía Valencia.

Poderosos en Italia por sus papas, familia cruel y degenerada, les gustaba tener orgías con los de su misma sangre y gozaban al envenenar a sus enemigos políticos y parientes.

La Santa Inquisición, tribunal eclesiástico instituido por Gregorio IX para castigar los delitos contra la fe católica, también se aplicó la represión por los delitos de apostasía, brujería y magia.

La inquisición española, instituida por Sixto IV, a instancia de los Reyes católicos (Fernando e Isabel) se estableció para castigar judicialmente a los herejes.

Las penas consistían en arrepentirse públicamente del error cometido a pesar de que este no existiera.

Lo común era, violación, tortura, muerte, e incautación de bienes.

A todos los “sin culpa” los quemaban con leña verde para expiar sus pecados.

Otros eran desmembrados en el llamado “potro”, una parte del botín era para los jueces y la iglesia, la otra para los reyes católicos. Una forma rápida de hacer dinero.

Muchos de esos personajes gozaban cuando los vasallos les decían nombres rimbombantes para su complacencia, como: Serenísima, Ilustrísima, Eminencia, Magnánimo, apelativos que aceptaron sin merecerlos, lo que demostraba que no había ningún rasgo de humildad, en lo que predicaban.

Un Emperador francés, llamado Napoleón, también quiso adueñarse de toda Europa, varias victorias de guerra le dieron prestigio, su campaña en Egipto, (La batalla de las pirámides) le dio renombre, luego su estrella comenzó a declinar

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cuando perdió en España y Rusia.

Recordó a, Adolfo Hitler, de origen austriaco, político alemán, fanático de los conceptos de la unidad racial, creía en la raza superior, odiaba a los judíos, mandó a matar a más de seis millones y desencadenó la segunda guerra mundial.

Trataba de adueñarse de toda Europa, y a pesar de los años que pasaron desde el holocausto,   siguió teniendo seguidores que tienen la loca idea de conquistar el mundo.

Se acordó de Stalin, jefe del gobierno ruso, eliminó y sometió a sus adversarios, destruyó toda oposición dirigiendo con mano dura y originando las famosas “purgas” que causaron miles de muertes.

La revolución China, costó millones de muertes, con el pretexto de un cambio social que terminaron con los hábitos, pensamiento, cultura y costumbres de un pueblo milenario, a esto se le llamó,”la destrucción de los cuatro ancianos”

La revolución no respetó nada, casas y personas fueron destruidas y los tesoros de arte mutilados.

Luego pensó en la guerra sin motivo de Vietnam, con la intromisión de otro país que no tenía que hacer nada en esas tierras, así como la llamada guerra del golfo, a quien un fanático bautizó como “La madre de todas las batallas” y otro la llamó “Guerra Santa” puras estupideces, lamentó Savir, el caso era matar y destruir para demostrar “fuerza”.

Al pasar el tiempo, en el ring de la historia se colocaron dos adversarios, uno llamado comunista y otro capitalista, los dos creían que sus doctrinas eran las mejores, Savir sabía  que ambos extremos eran malos para la humanidad.

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Parece mentira, que existieran pequeños “estadistas”, que a sus gobernados no los dejaban salir de su país, posiblemente para que no viesen que en otros lugares se podía vivir sin represiones.

Hay países que siguen pensando que son libres y soberanos y no se quieren dar cuenta que en realidad son esclavos de los poderosos en este tercer milenio.

No saben que de antemano fueron vendidos por sus dirigentes corruptos, al firmar tratados antipatrióticos, donde se comprometían a no fabricar, simplemente serían  consumidores de productos y maquiladores, una sutil esclavitud de mano de obra barata.

Existía un país que lo tenía todo, era la envidia del mundo, oro, plata, pesca, petróleo, fauna y flora envidiable, todo fue saqueado por mandatarios corruptos y entregado a países extranjeros para recibir una palmadita en el hombro.

En los últimos tiempos, la raza humana comenzó a devorar el alimento de sus

nietos, talaron los bosques, contaminaron los mares y la tierra, inclusive el espacio se convirtió en un basurero con deshechos de artefactos de la era “espacial”.

Algunos seres dedicados a la ciencia, presentían que la tierra en pocos años sería inhabitable, y tenían razón, he ahí su desesperación de tratar de  llegar a nuevos mundos y escapar de este planeta que se convulsionaba por la maldad humana, lamentablemente ya era tarde para lograrlo, al menos en este tiempo.

Pensaba Savir que el planeta ya había sufrido bastante por los mandatarios ambiciosos que protegían monopolios, cuando el ser humano normal, lo único que quiso siempre era vivir en paz, y estar en armonía con el ambiente.

En muchos pueblos se formaron agrupaciones políticas con diferentes banderas y

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estandartes, como aquellos de las cruzadas medievales, unos ostentando que eran

de pensamientos izquierdistas, tal vez se referían a la parte izquierda del cerebro, otros  de la llamada “derecha”.

El mundo era más que esas posturas increíbles e intransigentes.

Había bandos que se hacían llamar demócratas y los contrarios republicanos, su único fin era obtener todo el petróleo del mundo, y por ese energético, inventaban guerras.

Otros instituyeron “asambleas del pueblo” donde los pobres pobladores eran acarreados y atemorizados con ser castigados, en caso de negarse a escuchar y aceptar las ideas de algún “iluminado”, que por lo común, los dejaba más pobres de lo que estaban.

Savir pensaba, ¡cuanta estupidez hay en el ser humano!

En la realidad, lo único válido era trabajar la tierra juntos y vivir en paz, y jamás agredir a un semejante y menos tratar de quitarle sus bienes, al contrario, ayudarlo a superarse. ¿Sería que eso era muy difícil?

Luego comenzaron los llamados “idealistas” los conocedores de la verdad.

La única verdad es que se apropiaron de todo lo que estuvo al alcance de su mano. Otros agazapados, esperaban su turno para llevarse lo que dejaran los primeros, parecido a las aves de rapiña que esperan su turno para terminar de comerse a un cadáver.

El viejo Savir meditaba, que los políticos y mandatarios tenían el don de la levitación,  o sea, al asumir un cargo en la sociedad, algo les pasaba que se despegaban de la realidad y ya no sentían el piso. Savir pensaba que la tierra había

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sufrido por miles de años el maltrato de la mano del hombre.

O sería que Alá, el que siempre fue misericordioso, ¿ya  se estaba el enojado?

Savir se enteró que las nieves eternas comenzaron a derretirse, el planeta empezó a convulsionarse con temblores, inundaciones, actividad volcánica, terremotos, tsunamis, tornados, pestes, virus mutantes, enfermedades incurables como el sida y sus más de 40 millones de humanos contagiados.

Al romperse la capa protectora de ozono, los rayos ultravioleta penetraron con fuerza a la tierra causando cáncer a millones de terrícolas, la lluvia ácida empezó destruir las cosechas. Todo esto ya estaba escrito en el Apocalipsis.

A pesar de esos avisos, los llamados dirigentes políticos seguían ofreciendo lo que nunca fue de ellos, ni de nadie.

La tierra jamás fue nuestra, nosotros éramos de la tierra.

Al escucharse una lejana explosión, Savir abrazó a su esposa Yram, junto con sus hijos y nietos, toda la familia comenzó a orar, a lo lejos, la arenas del desierto se levantaron formándose en el cielo unos enormes hongos por las bombas nucleares que despedían una luz más intensa que el sol.

La familia, fuertemente abrazada, esperaba en una fracción de segundo la primera ola expansiva de muchas más, Savir gritó ¡Por fin, el fin!

Nadie llegó a darse cuenta, que varias naves ovoides de un gris metálico, provenientes de otras galaxias, se habían dado cita para ver que el hombre, cuidador del planeta tierra, había logrado su máxima estupidez, ¡destruir la tierra y terminar con la raza humana!

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