Hoteles ruidosos. Autor: Sam Corcobado Moreno

Cuando estoy en un hotel no hay nada que me excite más que oír a una pareja haciendo el amor en la habitación de al lado.

En París, la chica gritaba más que él. En Londres era el chico quien se dejaba las cuerdas vocales, inundando de alaridos el techo barroco de mi habitación. En Nueva York gritaban los dos al unísono, como dos cantantes de ópera interpretando “La Bohème” de Puccini.

París. La chica intentaba decir el nombre de él, pero no la entendía. Yo escribía algo sobre los pasteles recién hechos que se deshacían en las pastelerías del Barrio Latino; y también escribía que las iglesias parisinas tenían campanas que sonaban dentro de las cabezas de viejas con pañuelos anudados sin gracia. Todo eso lo escribía en una de mis libretas Moleskine, de tapa negra y tacto aterciopelado. La apoyé sobre la cama y cogí el vaso del cuarto de baño. De la misma manera que  hacen los espías en las películas, puse el vaso contra la pared para oír los gritos de ella. El lugar donde reposaba mi almohada era el sitio en el cual el sonido era más nítido. No me imaginaba que los vasos de cristal de los hoteles, esos que como mucho sirven para meter dentro la pasta de dientes y el cepillo, también funcionasen para escuchar a través de la pared. ¿O era para oír? Nunca conseguí diferenciar las cualidades de un verbo con el otro. La novia que tenía entonces me decía que nunca la escuchaba, y yo le decía que la oía:

“Te oigo, te oigo cariño”, y ella, rabiosa y con las uñas recién limadas, me apuntaba con el dedo índice: “¡No, no me escuchas!, no me has escuchado nunca”, gritando.

Oír: Percibir con el oído los sonidos.

Escuchar: Prestar atención a lo que se oye.

Estaba claro que yo no la escuchaba. Que oía sus reproches, sus voces y su malhumor; igual que en aquel momento oía los gritos de la chica de la habitación de al lado mientras le hacía el amor a su pareja.

Londres. La habitación de aquel hotel de Londres estaba preparada para un minusválido. Era la única que quedaba libre y me tocó a mí. El botones de aquella noche era una negra gorda con trenzas del tamaño de una zanahoria. Era como si un burro estuviese estirando mi mochila colgada en mi espalda, con ese sudor mezclado con la saliva tan desagradable. Le pedí una habitación a las doce menos cuarto de la noche. Creo que le faltaban 14 minutos para terminar su turno, así que el trabajo a destiempo la fastidió tanto que me dijo que solo le quedaba aquella habitación. “Tampoco necesito nada del otro mundo”, pensé. Me entregó la llave magnética y arrastré mis pies oliendo a espíritu de inmigrante. Entré, lancé la mochila a la cama y me tumbé boca abajo en el pequeño espacio que me quedaba entre la mochila y el suelo. No pasaron dos minutos de respiración a punto de explotar en mis pulmones,  cuando oí los gritos del chico de la habitación de al lado. “Aes” y “oes” entrelazados al ritmo del golpeo del somier contra la pared de mi cuarto para minusválidos. Me di la vuelta y miré al techo. Barroco, con orlas que parecían dibujadas por Miguel Ángel y esculpidas por Bernini. El chico gritaba desesperado, se debía estar retorciendo dentro de aquella chica impávida y fría que no parecía estar allí. Yo nunca había gritado de aquella manera, me parecía que el hombre tenía que morder la almohada y cerrar fuerte los puños, o coger las sábanas y deshacer la cama para que por la mañana, la limpiadora de la habitación pensase lo bien que se lo había pasado aquella maldita turista con el cuerpo de un hombre, cosa que ella, la limpiadora, hacía años que no sentía. El chico lanzó una A mayúscula contra su techo, mientras en Londres, la niebla de la madrugada empezaba a hacerse notar en los huesos de los viajeros tumbados, boca arriba, en su cama para minusválidos.

Nueva York. La Bohème (1896), es una ópera en cuatro actos del compositor italiano Giacomo Puccini. En una de las escenas más famosas, aparecen los dos amantes, Rodolfo y Mimí, abrazados después de haber hecho el amor. Aunque la ópera no fue bien recibida por el público en su estreno en Turín, más tarde se convirtió en una de las óperas más famosas del repertorio clásico. Me habían invitado al estreno de la ópera de Puccini el segundo día de mi estancia en Nueva York. Quería empaparme de la ciudad y aquella noche no llovió lo suficiente como para descartar ir a la ópera y quedarme encerrado en la habitación. El hotel estaba dentro de la isla de Manhattan. Lo había pedido como única exigencia. No quería salir de la aquella isla caótica en las dos semanas que estaría en la Gran Manzana. Era ya tarde la noche que volví de ver La Bohème, y dejé mi traje arrugado encima de la silla del escritorio minúsculo que tenía mi habitación. Miré el reloj del móvil porque creí que sonaba. Un ruido acompasado que al principio no logré comprender de dónde venía. Luego me di cuenta que provenía de la pareja que estaba en la habitación de al lado. Habían empezado su particular escena tórrida dentro de las sábanas blancas y duras de su cama. Me limité a quedarme desnudo sobre mi cama. Los pantalones tenían un par de rozaduras en el bajo, y los zapatos, caros y marrones que me había comprado especialmente para la ópera, habían sido pisados por la mujer de mi amigo Pedro en el bar donde terminamos tomando la última copa después de la ópera. Primero era ella la que gritaba. Do sostenido; quizás un Mi en si bemol, algo  más bajo; diez sacudidas después era un Fa doble sostenido y un Fa doble bemol y La La La, como la cantante que ganó Eurovisión hace tantos años para España. Luego le seguía el chico, más pausado, con pequeñas “aes” escritas en minúscula y un par de “úes” con hache intercalada; notaba que se mordía las ganas de gritar en mayúscula y dejar sin dormir al resto de la planta, pero los puños bien cerrados, las sábanas deshechas y los besos en el cuello de ella, porque seguro que eso a ella le encantaba. Las voces se unieron en un final de fiesta que parecía la última escena de la ópera que acababa de ver en el teatro de Nueva York. Llegaron al mismo momento al orgasmo y mis dedos también se llenaron de ese estúpido líquido viscoso que da la vida y ensucia tanto cuando estás solo. Cerré los ojos pensando en las parejas que estarían haciendo el amor en éstos precisos instantes, mientras yo, con la escena de La Bohème de la habitación de al lado, había tenido suficiente para tener mi propio orgasmo.

Buscaba un hotel para este fin de semana. Un hotel  que tuviese las paredes tan delgadas como las de esos tres hoteles de París, Londres y Nueva York. Cada fin de semana lo buscaba, pero llevo años sin encontrarlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s