Manaos y más allá. Autor. Zapicán

El viaje en avión desde Sao Paulo es largo pero bien vale la pena porque da tiempo a ir templando el ánimo para la experiencia que nos espera al descender en Manaos, en pleno corazón de la Amazonía brasileña. Esta ciudad de un millón y medio de habitantes, fundada por los portugueses en 1669, incrustada en medio de la floresta tropical más grande del mundo y recostada sobre el inmenso río Negro, es un centro de comercio típicamente fronterizo. Toda allí resuma ese aire tan especial que se respira en los confines. Más allá de Manaos está la selva, profunda, interminablemente espesa, mágica, traicionera, a veces impenetrable, capaz de tragarse una carretera o los restos de un accidente aéreo en apenas una semana…

Cumplí con mis compromisos laborales y a continuación decidí recorrer la ciudad, para empaparme de ese ambiente tan especial que se respira en Manaos. Realicé las consabidas visitas turísticas al Teatro Amazonas, inaugurado un 31 de diciembre de 1896, en plena época de oro del caucho amazónico. De esa impresionante obra arquitectónica, lo que me llamó más la atención fue un detalle curioso: La rampa de subida a la entrada principal está hecha de caucho, para que los cascos de los caballos que tiraban de los carruajes, al llegar no hicieran ruido. Así no molestarían a los artistas y al ilustre público, que disfrutaba dentro de la sala de una opera o concierto clásico. Un alarde de civilización, lujo y derroche,  en aquel rincón perdido de la selva. Visité también el Palacio Río Negro, otra demostración de poder y jactancia, construido en 1917 como residencia de un rico comerciante de “borracha” o caucho. Más tarde, dicha mansión fue sede el gobierno de Amazonas y desde 1997 es utilizada como lugar de celebración de exposiciones y espectáculos musicales. Finalmente llegué hasta el Mercado Municipal, construido sobre un margen del río, donde amarran los barcos que recorren las autopistas fluviales del corazón de América del Sur. El edificio, inaugurado en 1882, es donde se comercializan todos los productos regionales de la jungla. Una visita a sus numerosos puestos representa una verdadera experiencia ecológica, entrando en contacto con las frutas, la flora y las plantas más variadas de la cocina y medicina natural.

Antes de retornar al hotel, me detuve un rato a contemplar los pequeños barcos que desde allí recorren los principales ríos y sus afluentes, realizando un vital servicio de transporte y comunicación en esa inmensa y remota región. Los barcos tienen abiertos sus laterales y  dos o tres cubiertas superpuestas. Debajo de ellas cuelgan las hamacas que servirán de camas para los pasajeros que permanecerán varios días a bordo, mientras la embarcación remonta los ríos rumbo a los más alejados poblados de la frontera.

La vida de toda esta vasta región gira en torno a las vías de navegación porque ellas son las únicas formas de comunicarse, ya que las carreteras a través de la selva son peligrosas, de mala calidad y muy escasas. Permanecí un largo rato observando aquellos barcos de cabotaje, de diseño antiguo pero evidentemente muy prácticos para cumplir con el cometido que se les ha asignado y quedé maravillado por la incesante actividad humana que se desarrollaba en torno a ellos. Cuando anocheció, retorné al hotel convencido de que debía explorar mucho más este enorme y apabullante territorio. Mi verdadero interés radicaba en poder aventurarme más allá de Manaos, hacia las regiones aisladas de la selva amazónica, dejando atrás las comodidades de aquella ciudad que me resultó poco atractiva, internándome en los ríos selváticos para vivir una experiencia única y sin duda fascinante. Al día siguiente, me acerqué hasta un embarcadero situado junto al hotel y negocié el precio del pasaje con el propietario de una pequeña barca que realiza transportes fluviales hacia algunas cabañas y eco-hoteles construidos sobre islas o en las orillas de ríos, arroyos y lagunas, todos ellos ubicados en plena floresta tropical. Quería aprovechar al máximo esta oportunidad excepcional que se presentaba.

Finalmente me decidí por el pequeño albergue rústico de Acajatuba, con una parada previa para almorzar en el hotel Arianú, que queda a mitad de camino. El viaje hasta ese rincón perdido, donde me hospedaría durante tres noches excepcionales, duraría aproximadamente unas seis horas, navegando 65 kilómetros por el misterioso, ancho y oscuro río Negro (que hace buen honor al nombre), en dirección a la frontera con Colombia. Partimos muy temprano por la mañana, casi al amanecer y la temperatura era ideal para un largo crucero en barca. Mi temor a los mosquitos pronto se esfumó cuando un marinero me explicó que las aguas del río Negro contienen una sustancia natural que les impide procrearse. No supo darme una explicación científica pero los hechos posteriormente demostraron su razón. En los primeros kilómetros de esta verdadera autopista fluvial, llaman la atención las estaciones flotantes para la venta de combustible. La vegetación es tan densa y enmarañada que resulta casi imposible internarse en la jungla. Por ello, todos los poblados se encuentran en las orillas y únicamente los indios son capaces de penetrar esa maleza para construir sus aldeas selva adentro, alejadas de la visión de los hombres blancos.

Avanzábamos río arriba con relativa rapidez y me tumbé a disfrutar del maravilloso paisaje y la emocionante visión de los primeros delfines de río, con su piel de tonalidad rosada, que nos seguían a una prudencial distancia. Luego, con el transcurrir de las horas, su presencia y la de sus primos cercanos, los tucuxi o delfines grises, se tornaría una compañía habitual en nuestro recorrido. Nos íbamos alejando más y más de la civilización y de pronto comenzaron a aparecer densas y perturbadoras humaredas en el horizonte, señal de la quema indiscriminada de árboles que está destrozando la floresta brasileña. Vital pulmón de oxígeno para la humanidad.

Llegamos a Arianú a las tres horas de haber partido de Praia Ponta Negra. El complejo es un alarde de creatividad arquitectónica en medio de la selva. Construido en 1987 a nivel de las copas de los árboles, con dos torres de observación de 42 metros de altura, un helipuerto y ocho kilómetros de pasarelas entre los diferentes módulos. Allí se han hospedado desde los Reyes de España hasta cancilleres alemanes, primeros ministros y diversos presidentes. Las edificaciones, hechas todas en madera, armonizan con el verde  y la exhuberancia de la vegetación amazónica, pero para mi gusto son demasiado confortables y turísticas. Un lujo que no buscaba ni necesitaba en un rincón tan ecológicamente puro. Incluso descubrí que los monitos y los guacamayos que se acercan a comer de la mano de los turistas están semi amaestrados y nunca se alejan demasiado de las edificaciones, durmiendo algunos de ellos bajo los aleros de las terrazas.

Almorzamos y partimos enseguida en busca de algo, a mi manera de ver, mucho más genuino, más auténtico. Yo quería habitar unas viviendas sin aire acondicionado ni piscina ni televisión satelital ni internet. Aunque aclaro que tampoco deseaba  el drama de un viaje al corazón de las tinieblas, como nos relató Joseph Conrad en su insuperable aventura africana.

Cuando finalmente llegamos y desembarcamos en Acajatuba, reconozco que experimenté una indescriptible sensación de curiosidad y excitación interior. La jungla  nos envolvía en una forma casi sobrenatural. Allí se tiene la certeza de estar lejos, muy lejos de la civilización y sin embargo, todo parece estar en perfecta armonía. Impresiona un poco la soledad de aquel lugar pero inmediatamente la hospitalidad del personal y la presencia permanente de aves y animales salvajes, que se mezclan en total libertad con los visitantes, brindan una sensación reconfortante y esclarecedora.

El albergue de Acajatuba se encuentra ubicado sobre el río del mismo nombre, un afluente del Negro, muy cerca del archipiélago fluvial de Anavilhanas, el más grande del mundo. Cuenta con 20 cabañas rústicas de madera, construidas al estilo nativo, con techo de hoja de palma y baño privado en cada choza pero sin electricidad, a excepción de la tenue iluminación que ofrecen durante sólo dos horas al día unas bombillas de 12 voltios y una lámpara a queroseno en cada puerta. Todas las cabañas están montadas sobre pilares, a casi un metro del suelo, para mayor seguridad de los huéspedes, y entre ellas y las edificaciones de la administración y el comedor, la conexión es a través de pasarelas elevadas. También hay una torre de observación de 27 metros de altura, que permite admirar y disfrutar la belleza de los amaneceres y atardeceres en la selva o el río.

Mientras me asignaban una choza, un tucán se posó sobre la baranda y me observó detenidamente, haciendo girar su cabeza y su gran pico hacia un lado y hacia el otro. En la puerta del comedor, un guacamayo azul y oro esperaba pacientemente la oferta de nueces y frutas por parte de los huéspedes. Y luego al atardecer, mientras me refrescaba dándome un chapuzón en el río, gozando de una playita de arena blanca ubicada junto al embarcadero, observé como un niño nativo jugueteaba con un boto rosado, o sea un delfín de agua dulce. Tan idílico parecía todo el entorno y el espectáculo ante mis ojos, que al principio desconfié si no sería parte de un show montado cada día para satisfacer a los visitantes extranjeros. Pero luego noté como el niño se aburría con el juego y se alejaba por un sendero hacia la densa floresta, y eso me convenció que aún quedan, por fortuna, rincones absolutamente naturales en el mundo.

Al día siguiente salimos muy temprano de excursión, casi a oscuras, ocultos por la bruma matinal que subía del río, buscando evitar las marchas en esas horas de calor soporífero del mediodía. Partimos a pie todos los que nos hospedábamos en aquel albergue, rumbo al interior de la floresta. Éramos ocho caminando en fila india tras nuestro guía nativo. El grupo expedicionario lo componíamos un ornitólogo holandés, un matrimonio de turistas franceses, un profesor de biología alemán con su esposa y una pareja de jóvenes asturianos, con quienes hice amistad fácilmente. El indígena nos llevó monte adentro, por un sendero angosto e irregular, para descubrir con nuestros propios ojos la increíble flora y fauna de estas tierras semi vírgenes. Primero nos encontramos con un enorme Sumaumeira, el árbol más grande del Amazonas y todos tomamos docenas de fotografías del rey del bosque, luego de palparle, provocados por ese instinto tan primitivo del ser humano, que necesita tocar para creer…

Un poco más adelante, en un recodo del río, junto a una laguna, admiramos las majestuosas Victoria regias, los mayores nenúfares del mundo, bautizados así por botánicos del siglo XIX en honor a la reina Victoria de Inglaterra. Más tarde, caminando con sumo sigilo, nuestro guía nos señaló con su brazo extendido la copa de un arbusto, donde una hembra de perezoso y su cría mascaban hojas tiernas, mientras se movían con enervante parsimonia, mimetizados con el follaje. Y cada tanto nos sobrevolaba un guacamayo, alguna avecilla de plumaje brillante o un loro chillón. El ornitólogo holandés nos enseñó que en el estado de Amazonas habitan 700 especies de aves, o sea el 42% del total de variedades de pájaros que hay en Brasil. Una proporción impactante.

Entre las sombras de los árboles, lianas y plantas, vislumbrábamos a veces las siluetas de monitos saltarines y nos maravillaron los colores de las flores silvestres y las mariposas. Caminar por el bosque esa mañana fue una experiencia única para todos y nos abrió el apetito para disfrutar con el suculento almuerzo que nos esperaba en la posada. Dicho ágape consistía en sopa de pirañas seguida de varios ejemplares de pescados de la zona, enormes, carnosos y de sabores extraños, casi diría que muy poco acuáticos. Todo acompañado por jugos de frutas naturales de la selva.

Por la tarde, luego de una breve pero reparadora siesta, salimos en una canoa con motor fuera borda para reconocer la costa, con sus muros de vegetación densos e intricados que llegan hasta el mismo borde del agua e impiden el desembarco, excepto en las ocasionales playas de arena muy blanca. Cerca de ellas vislumbramos millares de plantas flotantes que semejan lotos y a veces ofrecen unas flores color violeta. También vimos algunos míseros caseríos de comunidades indígenas. Tras una hora de viaje por el río llegamos hasta una reserva de primates, financiada con fondos de cooperación internacional y allí desembarcamos. Caminamos por la zona de jaulas que se utilizan para la reintroducción de monos a su habitat natural y casi sin darnos cuenta, se nos fueron acercando vivarachos monitos ardilla, capuchinos, monos araña y hasta un mono con cara colorada, todos ellos libres, salvajes pero sin ningún miedo a los seres humanos. En esa reserva ecológica, muchos de ellos han sido curados de heridas e infecciones y por lo tanto, no sienten temor de acercarse a las escasas instalaciones que componen ese centro. Tomamos infinitas fotografías y conversamos con los especialistas que se encargan de la estación, y todos llegamos a la conclusión que esta es una obra digna de ser apoyada y visitada. A la vuelta, paramos para conocer una aldea de caboclos (mestizaje de blancos con indios) y comprar algunas artesanías de recuerdo.

 

Esa noche, después de cenar y antes que se apagara el generador eléctrico que ilumina durante dos horas el comedor de Acajatuba, volvimos a salir en canoa. Esta vez para recorrer los arroyos y pantanos vecinos, en busca de jóvenes yacarés (caimanes), que nuestro guía capturaba zambulléndose en las oscuras aguas y luego subía a la embarcación, para que pudiésemos estudiar de cerca aquellos extraños y casi prehistóricos animales. Una potente linterna ayudaba a ubicarles pero luego era cuestión de arrojo, seguridad en la maniobra y rapidez de reflejos para evitar una peligrosa mordedura. Retornamos al albergue de madrugada, exhaustos pero fascinados por la variedad de experiencias vividas aquel primer día. Cuando cerré la puerta de la choza y me tumbé sobre la cama, me invadió la oscuridad total y sentí como me arropaba un silencio profundo, sólo roto ocasionalmente por los peculiares sonidos de la selva, que en mi caso, tuvieron un agradable efecto arrullador.

A la mañana siguiente, zarpamos nuevamente en canoa, esta vez para visitar el archipiélago de las Anavilhanas, los igarapés (arroyos selváticos) y las igapós o islas inundadas. También pescamos pirañas y recorrimos ríos, lagunas y cachoeiras o cascadas, escondidas entre la boyante arboleda. Siguiendo con obediencia ciega los pasos y las instrucciones de nuestro guía indígena, confiando plenamente en su profundo conocimiento del lugar. Descubrimos infinidad de plantas medicinales, desconocidas hasta entonces por nosotros, vimos garzas y otras aves acuáticas, insectos difíciles de describir y fotografiamos sapitos y ranas de colores vivaces. Incluso, el matrimonio de alemanes juró que vieron una boa constrictor enrollada en el tronco de un árbol, aunque yo confieso que no vi nada.

Acabado el paseo, esa noche me retiré a mi choza más temprano que los demás. Ellos se quedaron charlando en el muellecito, admirando la enorme luna llena sobre el río, reviviendo mil y una anécdotas vividas aquellos días, pero mi vuelo de retorno estaba previsto para la tarde siguiente. Por ello, debía madrugar para tomar la barca que me llevaría de vuelta a Manaos. La fiesta para mi había terminado, pero prometí una segunda vuelta, en un futuro no muy lejano y en compañía de mi familia. Aquella noche, de nuevo dormí profundamente, acompañado por los misteriosos ruidos de la espesa jungla que me rodeaba y oyendo el canto triste de los pájaros nocturnos.

Con puntualidad, a las 15:30 el DC-10 de Varig carreteó y se elevó lentamente, esforzándose y crujiendo. Ostensiblemente pesado, con su capacidad de pasajeros y carga colmada. Viró sobre su ala izquierda y entonces allí debajo vislumbré el famoso “encuentro de las aguas”, donde el río Solimoes se mezcla con el Negro, creando un contraste bien visible a pesar de la altura. Sentí pena al partir y mi vista se perdió más allá de los ríos, en la inmensa floresta tropical, poderosa e impenetrable, extenso mar de vegetación color verde esmeralda. Desafiante al progreso, a pesar de la tala y quema desaforada que le practican con saña los humanos. Y dije adiós por esta vez a esa selva hermosa, eterna, útil y sabia, como sólo puede llegar a ser algo creado por nuestra Madre Naturaleza.

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