La Parva Está En La Era. Autor: Zacarias Sioro

(A mis padres;

 por saber prescindir de mí,

 cuando más falta les hacía).

Se había levantado temprano; de camino a la cafetera todavía resonaban las palabras que le había dicho a su hermano por la noche: “Mañana quiero ir a ver a papá y a mamá; hace tiempo que no sé nada de ellos”.

-Vale, diles que yo estoy bien -Le había encargado él.

Todavía en la nebulosa del sueño y maldiciendo la cafetera express, que no terminaba de encajar, abrió los ojos.

Media hora para salir -Se dijo a sí mismo, después de no sé cuantos segundos mirando el reloj de la cocina.

Había llegado a la estación, y en la taquilla de la parada, una extraña mezcla de olor a nocturno, a calor, a metal, a after shave, a sudor y a briega, le acabaron por despertar.

– Un billete para Loja, por favor.

– Andén tres, lo pone el letrero- le dijeron.

– Gracias.

Se iba hacia el autobús, extrañando un equipaje que no llevaba; se sentía raro sin nada colgado al hombro.

Pensó en comprar la prensa para leer, pero lo descartó. Prefería mirar viejos paisajes, quitarle el candado a la nostalgia y poner en su sitio todos los rincones que el recuerdo había robado al camino.

Ya en la carretera, la Vega. Esa vega que tanto le intrigaba la primera vez que vino y que le hizo pensar lo bonito que sería vivir allí, todo tan llanito, entre álamos, huertos y sembrados. Y sin embargo, ahora quería volver a sus montañas, a sus pechos, a doblar la espalda buscando la cima y  agarrarse a las retamas.

Parada. Bajó buscando el río mientras respiraba un aire que subía caliente, cargado de olor a fango, a cañas, a eucaliptos, a juncos y tejeringos. Llegó hasta la plaza de dónde salía el otro autobús.

– ¿Va para Algarinejo?- preguntó, ya junto al coche.

– Sí. Salimos en cinco minutos- le contestó el conductor, a la par que se sentaba al volante y cerraba su puerta.

Subió. Otras veces había tenido que esperar hasta el mediodía. Pensó, un tanto desilusionado, que así era mejor, podría coger el de las Fuentes y no tendría que buscar combinación con nadie.

Ya en el trayecto, serpenteando entre piedras grises y esparteras, entre chaparros y olivos, entre pinos y chumberas, pensó en muchas cosas. Miraba y pensaba.

El camino: testigo mudo, reclamo incierto, huella indeleble del paso de la gente, de los que se van y de los que se quedan.

Los cortijos: diseminados estratégicamente, prismas de cal y teja, artífices de todo lo que les rodea. Y pensó en las historias de risa y llanto, de amor y despecho, de deseos contenidos, de sueños imposibles que albergarían aquellas paredes de cal, de piedra, de barro, de cañizos y paja… ¿Se parecerían a la suya?

Sacudió la cabeza, se alisó el pelo, de frente a nuca y suspiró. -Puede que alguna sí- pensó.

El sol entraba por el cristal y ya empezaba a calentar más de la cuenta, echó la cortinilla y cerró los ojos…

Ni siquiera sabía si había dormido. El caso es que el autobús estaba en la plaza, frente a la iglesia, y la gente se estaba bajando.

Descendió. El siguiente coche no saldría hasta las dos y se encaminó hacia el primer bar que vio.

– Una botellita de agua y un refresco de naranja, por favor- pidió.

– ¿Quiere algo de tapilla?- le interrogó el tabernero.

– ¡Ah, sí!- estaba buscando los servicios y se llevó la bebida hacia una mesa. La tapa era de berenjenas fritas. Después pidió otra y le pusieron remojón. Ya no tenía más ganas de comer y se despidió para irse al autobús.

– ¡Hola!- saludó cuando llegaba a lado del chófer.

– ¡Güenas!- contestó el conductor sin mirarle.

– A las Fuentes, ¿podría pararme antes de llegar? En el cruce sale el camino para mi casa- le explicó al hombre.

Güeno, tú me avisas- dijo a la par que le daba la vuelta del billete.

– Gracias- contestó sentándose en la primera fila.

El viaje era lento, con muchas paradas y muchas curvas.

A medida que pasaba el tiempo y se acercaba al pueblo le iba entrando algo de nerviosismo, de cosquilleo, de ansiedad, de alegría, de inquietud… ¿cómo estarían?

Muchas veces había pensado en lo injusta que resulta la vida; ahora sus padres estaban allí, solos, perdidos en el campo, más viejos, más tristes, más orgullosos, más dignos… ¿hasta cuándo?

– Ahí, al salir de la curva, por favor- le indicó.

– ¿Qué vá pá Barranco?- le preguntó el conductor, mirándolo.

– Un poco más lejos, al Algarrobo- aclaró.

– ¡Uf, con lo que ehtá caiendo!- bromeó el hombre.

– ¡Je, qué le vamos hacer, cuando sea hay que llegar! Adiós- y se apeó de un salto, comenzando a andar.

Vé conDió!- escuchó tras de sí.

Iba caminando y por su cabeza desfilaban imágenes, palabras y ruidos que parecían flotar en la calima. Hacía un sol que reventaba los sesos, que los quemaba, los ojos se le achinaban protegiéndose de la luz, el cuerpo empapado y la botella vacía. Entró en la arena roja, la de la sierra, espesa y caliente, después el camino ya empezaría a bajar.

Se detuvo a la sombra de un chaparro, se sacudió la camisa tirándose del cuello y, sin saber por qué, se vio sentado en una piedra y la espalda recostada en el tronco. Hacía ya mucho tiempo, cuando comenzó a ir al colegio (tenía nueve años), se paraban siempre en aquel chaparro; sus compañeros se separaban para ir a las Lomas y él y sus hermanos seguían otro camino. Allí se había peleado por primera vez con alguien distinto de sus hermanos o primos: le habían llamado “burro viejo” porque tenía las rodillas llenas de mataduras. Sonrió, ni siquiera se acordaba de cómo terminó la pelea.

Mirando a lo lejos veía la tierra de rastrojos amarillentos, pajizos. La siega se había terminado y no parecía haber sido un buen año. Bajó la vista y se miró la mano izquierda, deteniéndose en aquella cicatriz del índice; era de cuando se cortó con la hoz, y todo porque su padre lo había cabreado:

Te voy a decí una coplilla quéoio porahí – Fue lo que le había dicho:

“Cuando uno no vale un duro,

se cambia por diez reales.

Y si son dos contra uno,

entonces, no solo no vales,

sino que además, te dan por culo”

 

Con el paso del tiempo, aquel “porculo” de la impotencia no se había vuelto a repetir (al menos eso pensaba). Se levantó. Había cambiado de idea: dejaría el camino y se iría por la vereda de la Cuadraílla y del Cerro. Al menos cogería la sombra de los olivos.

No sabía cuanto tiempo había transcurrido, pero ya andaba sin pensar, tambaleando el cuerpo, los ojos irritados y brillantes, hundiendo los pies en aquel polvo blanco que parecía tamo. Estaba en lo alto del cerro, junto a la vieja casa. Se quedó mirándola. Le faltaban algunas tejas, la chimenea rota y las paredes desconchadas, la piquera-puerta de entrada al pajar- estaba  entreabierta…

A medida que se iba acercando veía las tablas de la puerta hundidas, separadas, grises de agua y sol. La empujó;  un chirrido a madera, a óxido y a caliche, rompió el baile de la canícula. Entró. Las vigas habían cedido y haces de luz invadían aquella extraña quietud, la quietud y silencio que siempre había encontrado allí en sus huidas: las confesables e inconfesables, las permitidas y las prohibidas…

¡Qué lejos quedaban aquellos días de sudor y sueños! Se dio la vuelta y salió: un raro dolor, placentero, se adueñaba de los recuerdos.

Siguió bajando hasta rodear la casa de sus padres, orientada al norte. La yunta, todavía sudorosa, comía a la sombra del zabuco. La puerta del corral estaba abierta y debajo de la parra, el perro, que se levantó indolente a su encuentro; ni siquiera ladraba, solo movió la cola al acariciarle la cabeza.

Ya en el patio vio a su madre, de espaldas, en la cocinilla (ella lo llamaba el corgaizo). No le había visto -estaba sorda- y no quiso sobresaltarla; así que se dirigió a la casa, a la cortina de rayas, aquélla que su madre llevaba tanto tiempo queriendo cambiar y todavía no lo había hecho, estaba parda, soleada. La levantó y cruzó el escalón.

Allí estaba su padre, sentado de lado en la silla, el sombrero colgado del respaldo y el brazo apoyado en el último palo, con sus arrugas y su cuerpo chiquitillo, con su pañuelo anudado al cuello… Levantó los ojos y pegó un respingo:

– ¡Hombre, tú! ¿Cómo ehtá?

– Bien.

Le había contestado mientras se abrazaban. Después se fue hacia las cantareras, a beber agua en la vieja jarra de latón. Y secándose el sudor con la manga añadió:

– Voy a ver a mama.

Allí estaba, con su ropa negra, en cuclillas, en su mundo, que era más de los otros que de ella, gastada e incansable, fregando los platos en el barreño. Notó la presencia y volvió la cabeza…

– ¡Ay, hijo mío! ¡Bendita zea lavígen!- ya no hablaron más, se abrazaron hasta que él se separó.

– ¿Ah comío? -le preguntó ella, a la par que bajaba los ojos.

– Sí, algo -le contestó dándose la vuelta y caminando para donde estaba el padre. No quería verla llorar.

El padre había salido, seguramente para ver cómo llevaban los mulos el pienso. Cuando volvió traía el cebero en la mano…

– ¡Niño!, cámbiate la ropilla y vámono… que la parva ehtá en la era…

 

(Un niño-hombre del campo, que un día se fue a estudiar a la ciudad; éste puede ser uno cualesquiera de sus muchos viajes de ida y vuelta).

 


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  2. juan stuttgart

    Derroche de emociones y sentimientos por el paisaje y las gentes de andalucia. sublime.

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