Cruzando el Cocibolca. Autor:Roberto Bennett

Era una mañana de cielo luminoso y aire fresco cuando partimos de Managua, en un castigado Land Rover del gobierno nicaragüense. Íbamos en dirección al noreste, bordeando el lago que da nombre a la capital, también llamado Xolotlán, rumbo a la ciudad de Juigalpa. Ansiaba ver paisajes de belleza tropical insospechada, de esos que luego añorarás mientras vivas. En cambio, al atravesar los arrabales de Managua, surgieron barrios de una pobreza extrema, con casas desbaratadas y niños andrajosos y desnutridos que corrían junto a perros flacos detrás del todoterreno, gritando y ofertando con ansiedad varios productos para la venta: mazorcas de maíz, botellas de agua mineral, frutas y verduras.

Al avanzar por la carretera, la ciudad fue quedando atrás. De repente me encontré con campos semiáridos y llanos, ganado escuálido, enormes basurales al borde del camino y más gente miserable que malvivía en casuchas de madera, chapa y cartón. La dureza de ese escenario me dolió profundamente y trajo a mi memoria fotos y películas que había visto sobre la terrible pobreza de África.

Anocheciendo, a eso de las 7:30 de la tarde, entramos cansinos y sudorosos en Juigalpa por una estrecha carretera en reparaciones y muy bacheada, esquivando máquinas moto-niveladoras y grandes zanjas abiertas por la erosión de la tierra. Vimos gente por todas partes, envueltos en nubes de polvo que levantaban los autobuses y camiones que circulaban por la ruta. Juigalpa, junto con Boaco, son las dos poblaciones más importantes de la zona ganadera y lechera nicaragüense. Ninguna de las dos puede catalogarse como atractiva. Quizás con la excepción de algunas callejuelas, que a pesar de estar agujereadas por las lluvias, guardan un cierto aire del pasado esplendor colonial. Toda Juigalpa me pareció un gran mercado, con puestos de venta en las esquinas y gente caminando por las calles a toda hora.

La reunión con las autoridades de ese municipio fue cordial y distendida. Tratamos temas turísticos y urbanísticos e inventariamos todos sus proyectos hechos y por hacer. Los préstamos de organismos internacionales dependían de ello. Luego nos ofrecieron una cena improvisada, allí mismo en la sala de juntas, servida por los propios funcionarios municipales. El menú fue frugal, sencillo, muy poco variado pero la bonhomía de mis anfitriones, la abundante cerveza y el ron hicieron que pareciese una fiesta.

Nos alojaron en un hotelito humilde, con pocas habitaciones, llamado La Quinta. Ubicado frente al único centro médico de la ciudad y sobre una de las arterias principales, que registraba un intenso y ruidoso tránsito circulatorio. Por suerte, mi pieza daba al fondo, al final de una larga escalera, donde estaban los cuartos que tenían aire acondicionado, lejos del bullicio callejero. La habitación era limpia pero diminuta, casi claustrofóbica, iluminada por una solitaria bombilla que colgaba del techo y con un pequeño ventanuco en lo alto de una esquina. Por algún motivo extraño, las paredes estaban pintadas de color rojo intenso, lo que producía una sensación “burdelesca infernal” y era francamente difícil reposar allí. Abrí el postigo del baño para que se filtrara algo de luz natural y encendí el aire acondicionado, luego de estampar varios mosquitos contra esas paredes coloradas, donde las manchas de sangre se disimulaban mejor. A pesar de todo ello, logré dormir cuatro horas, hasta que mis colegas golpearon a mi puerta.

El amanecer en Juigalpa trajo un esplendoroso paisaje de bruma en las serranías que mejoró mi humor. El sol enrojecía la tierra y absorto contemplé una visión exuberante de espigadas palmeras y grandes árboles cubiertos por la tenue neblina. Desayunamos café con leche, pan tostado y queso fresco, en el único bar que estaba abierto a esa hora temprana. Luego, nos pusimos en marcha y siguiendo la pista hacia Puerto Díaz y el lago Cocibolca, fuimos descendiendo rumbo a las llanuras. Descubriendo largas extensiones de sabana, donde se encuentran las haciendas ganaderas más productivas del país.

Tres horas más tarde llegamos a la costa y entramos en la población, por llamarla de algún modo, de Puerto Díaz. Al acercarnos a la orilla, vislumbré una hilera de pequeños lanchones de madera, con sus velas plegadas. Había actividad a esa hora en el puerto. Los hombres abrían los pescados frescos en canal sobre unas tablas de madera y un ejemplar grande aún coleaba en el fondo de una canoa. Las mujeres oreaban pescaditos plateados bajo unos toldos de colores y niños descargaban al hombro los cachos de bananas. Me intrigaba aquel mundo primitivo, del que nosotros, viajeros procedentes del extremo austral del continente americano, conocemos tan poco. Y por todos lados se sentía la presencia de la selva, ahora mucho más cercana. Un caminante curioso observa sin pudor cuanto sucede a su alrededor y al mismo tiempo, sin querer, se implica, se estremece, se sorprende y participa con interés de los hechos que le rodean. Asumiéndolos a veces como propios, mientras su otro yo mira asombrado ante el repentino cambio de actitud.

Nos detuvimos junto a un rancho que servía de comedor y al bajar del polvoriento y caluroso Land Rover, sufrimos la primera decepción. El representante del gobierno en aquella aldea vino a saludarnos y de sopetón nos informó que la lancha rápida que debía transportarnos al otro lado del lago, para seguir nuestro viaje rumbo a Granada y Masaya, no había llegado. Según le habían dicho por radio, estaba averiada y no podría venir a buscarnos. La única alternativa que nos podía ofrecer era una pequeña chalupa de madera, con motor fueraborda, que usaban para comunicarse con los poblados vecinos. La disyuntiva era clara, arriesgarse en una lanchita a cruzar un lago ancho como un mar o volver sobre nuestros pasos, recorriendo nuevamente los caminos de tierra y serranía hasta llegar, muchas horas más tarde y tras bordear el inmenso lago, a la ciudad de Granada, seguramente en horas de la madrugada.

–Sería un viaje larguísimo y muy cansador,– dijo mi acompañante Aurelio y su colega Rosendo asintió con la cabeza.

Hay momentos en la vida cuando te das cuenta de tu escaso valor ante las adversidades. Podrás engañar a los demás pero tú conoces el terror que sientes al encontrarte frente a un peligro que nunca imaginaste. En ese momento, el instinto de preservación aconseja que te rindas y no sigas adelante. “Da un paso atrás”, te dice temeroso. Pero ese es el momento en que debes sobreponerte y vencer tus inseguridades interiores. Instante en el cual debes decirte que hay que continuar. Luego, con el paso de los años, seguramente descubrirás que ese fue de uno de los mejores episodios de tu rutinaria existencia.

Contemplando la inmensidad de aquel lago de aguas inciertas, de color verdoso oscuro y orillas lejanas e invisibles, desconfiando de la navegabilidad de aquella pequeña embarcación, confieso que estuve tentado de negarme a subir, prefiriendo la larga vuelta en la seguridad del vetusto todoterreno, por más caminos sinuosos y polvorientos que se nos presentasen. Pero pensé que nunca me lo perdonaría y que por fin estaba ante una situación límite, donde había que actuar con la mayor de las inconciencias. No era valor lo que me llevaba a aceptar algo así, si no más bien una necesidad extraña y morbosa que a veces nos obliga a intentar dominar nuestro miedo a lo desconocido y a los peligros por venir.

Junto a nosotros se había congregado una cantidad importante de pobladores del puerto. Curiosos por saber qué hacíamos allí y comprensivos ante nuestro dilema. Murmuraban en voz baja entre ellos y a veces sonreían. Todos mostraban interés pero en una forma discreta y reservada, aunque para nada distante. Los indígenas nicaragüenses son gente cálida y amable, un pueblo sufrido y valiente que lucha día a día por sobrevivir, a veces en condiciones casi infrahumanas. Me acerqué a una india mayor, gorda y canosa, que sentada en el suelo de tierra manipulaba con destreza e increíble rapidez unas varitas de mimbre, fabricando una cesta de boca ancha.

–¿Cuánto cuesta? pregunté interesado.

Ella primero me miró en silencio, muy seria, imperturbable y luego respondió:

–No es para vender, es para juntar frutas.

Callé conmovido, pensando en estos hombres y mujeres que han sabido superar la tristeza, el dolor, las luchas sin victoria y la pobreza de sus vidas. Seres con una pasión irrenunciable por la dignidad y la libertad. Que han sido humillados y sin embargo sonríen, con optimismo y esperanza en el futuro, superando con su fe religiosa ancestral la desolación que les rodea. El turismo, evidentemente, aún no ha golpeado a sus puertas y la venta de recuerdos y artesanías no entra en sus planes.

El lago Nicaragua o Cocibolca, como lo bautizaron los nativos Nahualt  y que quiere decir “lugar de la gran serpiente”, símbolo del dios Quetzalcoalt, es el segundo más grande de América Latina. Y sigue estando tal y como lo vieron los primeros exploradores españoles. Una gran masa de agua salvaje, aún por domesticar. Vale la pena aclarar que las pocas barcazas que lo navegan tampoco han cambiado mucho desde aquel entonces.

Puerto Díaz es un mísero poblado desangelado, con una única calle polvorienta y algunos humildes comercios ubicados en ranchos de madera y techos de paja y caña. De puerto, nada. Apenas un terraplén de tierra que se interna veinte metros, más o menos, dentro del enorme lago. Esto cumple la función de muelle improvisado. Hace unos años, algunos lugareños probaron su ingenio introduciendo una vieja cisterna de camión para transportar agua, pero el invento fracasó porque la cisterna, a pesar de estar vacía, no flotó y ahora descansa inclinada y semihundida sobre el fondo barroso del Cocibolca.

Por mucho que le llamen lago, el Cocibolca es para mí un mar interior. Una equivocación de la Naturaleza, que llenó este enorme espacio de 8.157 kilómetros cuadrados en el corazón de América Central con agua dulce y lo aprisionó entre volcanes, selvas, rocas milenarias y fértiles sabanas. Como único consuelo, le permitió tener tiburones y una conexión directa al Mar Caribe, a través del río San Juan. Por donde subieron los primeros navegantes españoles y luego los corsarios que asolaron estas costas durante siglos.

Mientras decidíamos los pasos a seguir, nos arrimamos a un puesto de venta de pescado y charlábamos animadamente sobre la pesca y las posibilidades de desarrollo turístico del puerto, cuando vimos acercarse a una pequeña embarcación con tres personas a bordo. Venían desde el sur, bordeando trabajosamente los pajonales del lago y atracaron cerca de donde estábamos conversando con el dueño de la pescadería. Al saltar a tierra, uno de los tripulantes, un muchacho nativo apenas adolescente, alzó una mano y pidió ayuda. Recién en ese momento descubrimos que había un cuarto integrante acostado en el fondo de la barca.

Ante nuestros ojos se presentó entonces un cuadro trágico y truculento, digno de un cuento de Horacio Quiroga. Un indígena, de unos 16 o 17 años, yacía tumbado en el fondo de la embarcación, sujetándose con fuerza el brazo izquierdo. Vimos una mano y su antebrazo terriblemente hinchados, casi como un balón. La piel amarillenta y brillante, a punto de rasgarse por la presión. Su rostro reflejaba un dolor intenso, que soportaba estoicamente en silencio, aunque sus ojos marrones y almendrados declaraban su gran susto, impotencia y desesperación. Había sido mordido por una serpiente venenosa, mientras recolectaba plátanos cerca de su aldea. El poblado se hallaba situado a unas tres horas más abajo por la ribera del lago y el muchacho llevaba cinco horas de sufrimiento. Sus acompañantes, dos hermanos y su tío materno, le habían traído en bote hasta Puerto Díaz, con la vana esperanza de que allí alguien pudiese hacer algo por aquel desdichado. Nos acercamos a ellos y mis acompañantes inmediatamente ofrecieron el Land Rover como ambulancia para transportarle hasta el dispensario médico más cercano, que se hallaba ubicado precisamente en Juigalpa. A mi me pareció una solución más que aceptable y entre todos ayudamos a transportar al herido hasta el todoterreno. Le acostamos sobre el piso de metal de la parte trasera y con unos sacos de arpillera, improvisamos una almohada. Raúl López, uno de mis tres compañeros de viaje, junto con el tío de la víctima, irían con el herido hasta el centro asistencial.

Este hecho fortuito y desgraciado, sellaba mi suerte. Ya no quedaba una vuelta atrás. No había más opciones abiertas. Debía ir en la embarcación y cruzar ese inmenso lago, a sabiendas de todas las inseguridades que ello acarreaba. Sin embargo, la decisión había sido tomada por mi  y no puedo decir que me disgustara. Aceptaba el riesgo y el peligro, porque tenía la excusa perfecta para tal acto de irresponsabilidad. Pensé en mi esposa y mis tres hijos pero era el azar quien mandaba, como sucede casi siempre en la selva. Esa selva de Nicaragua, misteriosa y salvaje, de belleza indescriptible pero también arisca e indescifrable, que atrae sin dar nada a cambio. Similar a las orquídeas, a las cuales los dioses del Trópico decidieron quitar el perfume, para compensar por la hermosura exótica que ostentan sus flores. Súbitamente sentí que la adrenalina fluía por mi interior y una sensación de fatalismo y resignación se apoderó de mi espíritu. Estaba escrito. Cruzaría el lago. Opté por seguir adelante, pese a los signos contrarios y lo descabellado de la idea. Atravesar ese enorme mar interior en una lanchita, bajo un sol de fuego, simplemente para acortar el tiempo del viaje, rayaba con la locura. Sin ninguna garantía ni un mínimo de seguridad. Pero era nuestro destino y nada ni nadie podía cambiarlo. Así me convencí a mi mismo de lo acertado de la resolución.

Lanzarnos a la travesía no tenía ni pies ni cabeza, aunque el hecho me atraía enormemente, quizá porque temía que nunca más se me presentara una oportunidad así. Desconozco la razón, pero  también tuve un pálpito y supe de inmediato que íbamos a lograrlo. Cruzaríamos el lago de este a oeste, en una embarcación de cuatro metros de eslora, con un solo motor fueraborda y apenas un toldo para protegernos del implacable sol del mediodía. El viaje nos llevaría cuatro o cinco horas, si el viento no se levantaba y complicaba la navegación. Iríamos cinco personas a bordo: mis dos compañeros de viaje, Rosendo y Aurelio, más el dueño de la lancha, un marinero joven y yo. Desconfiado, conté los viejos salvavidas y por suerte había suficientes para todos, aunque no estaba muy seguro de que flotasen en caso de emergencia, debido a su avanzado estado de deterioro.

Pensé que todo cuanto me sucediera en esa lancha sería una aventura personal inesperada, única e intransferible. Y siempre quise vivir algo así. Un episodio que sacudiera mi vida, a menudo demasiado sedentaria y me permitiera tener algún incidente inaudito para contar a mi familia y amigos. Lejos de la seguridad ficticia de una oficina y del confort artificial de un escritorio con aire acondicionado y música funcional. Una situación de peligro, riesgosa, de esas que sólo lees en libros o disfrutas en las películas, desde la cómoda protección de una oscura sala de cine. Iríamos navegando lejos de la costa, a sabiendas de que un rescate en caso de naufragio era casi imposible debido a las grandes distancias y la falta de elementos de emergencia por parte nuestra (ni un par de remos ni bengalas ni radio a bordo). Tampoco las autoridades locales contaban con equipos especializados en salvamentos náuticos, como ser lanchas rápidas, radar, etc. Todo eso sin olvidar la presencia de los tiburones que nos acecharían desde las profundidades del Cocibolca. Un extraño fatalismo comenzó a apoderarse de mi espíritu y con ello, una paz interior cercana a la más feliz de las incongruencias. Adopté una actitud de resignación total que me permitiría gozar al máximo del viaje. Quizás el triste  recuerdo de aquel infeliz indígena, muriéndose rumbo al dispensario de Juigalpa, tumbado sobre el duro piso de metal del Land Rover, mientras se sacudía y saltaba entre baches y zanjas del camino, me ayudó a tomar esa actitud tan pasiva. Todo estaba escrito y predeterminado en esta tierra primitiva. Nada ni nadie podía cambiarlo ni evitarlo. Ese era el designio de unos misteriosos dioses paganos, que aún controlan el sino de los hombres y mujeres en las selvas y sabanas de América.

Serían las 13:30 cuando zarpó finalmente la pequeña lancha desde el embarcadero de Puerto Díaz, rumbo a la otra orilla del lago. Partimos tras largas y arduas negociaciones con el dueño y patrón de la embarcación sobre el precio a pagar por el traslado. El cielo estaba despejado y era un hermoso día, muy caluroso. El bosque tropical nos miraba oscuro desde la orilla, mientras nos alejábamos de la costa de Chontales. El lago, en apariencia tranquilo, lucía vigoroso pero sin ánimo de lucha, con pocas ganas de jugarnos una mala pasada. Tras media hora de viaje, pasamos entre tres islotes volcánicos, tupidos de una selva que formaba un inexpugnable muro vegetal, paraíso de las aves y los monos que felices las habitan, sin presencia humana alguna.

El lago es extraño y misterioso, y se abrió de par en par cuando dejamos atrás los tres islotes. Teníamos suerte que era un día calmo, de poco viento y aguas relativamente mansas. Yo me acomodé cerca de la proa, de frente a nuestro objetivo y me sentí como los antiguos navegantes que surcaron estas mismas aguas en busca de fortuna y un prometedor futuro, aunque muchas veces lleno de incertidumbres, peligro y muerte. Mi mente fantasiosa disfrutaba con esta situación inesperada. Quería disfrutar de todo lo que estaba viendo y viviendo pero por momentos me atormentaba el recuerdo de aquel infortunado muchacho y su casi segura muerte por causa del veneno de la serpiente. Me aterraba la impotencia que habíamos sentido todos, sin poder hacer nada para salvarle. Tanta soledad,  desprotección y fragilidad para enfrentarnos a las fuerzas de la Madre Naturaleza.

Una hora después de haber dejado atrás Puerto Díaz, el joven marinero, que vestía un gastado pantalón corto azul y camiseta amarilla, y estaba encargado de llevar el timón del motor fueraborda, se acercó a pedirme fuego para su cigarrillo. Uno de mis acompañantes había solicitado llevar la lancha y el indio aceptó gustoso. Charlamos un rato bajo el pequeño toldo que nos protegía del castigo solar. Él me habló de la historia del lago y de los tiburones que habitan en sus aguas, antes abundantes pero hoy escasos por la pesca indiscriminada de las empresas japonesas que trajo el gobierno sandinista. Me contó algunas leyendas precolombinas, de los impactantes volcanes que bordean al Cocibolca y que de tanto en tanto le hacen temblar. Y sonrió irónico cuando le pregunté si era un ex contra.

–No señor, simpatizo con la gente del comandante Daniel Ortega.

Entonces pregunté por la situación política de Nicaragua y él me miró fijo. Dio una pitada a su cigarrillo y continuó conversando, pero ahora con mayor cautela.

–Yo no sé nada de política, no me interesa lo que sucede con el gobierno. Todos los candidatos son parecidos, prometen mucho hasta que llegan al poder. Después cambian… Para que todo siga igual… Estoy cansado de mentiras…

–Aunque ahora están mejor que con Somoza, ¿o no?

–No recuerdo cómo era aquello. Me fui de muy niño con mis padres a Houston. Pero seguro que sí.

Allí había vivido hasta cumplir los veinte años. Luego su familia había sido deportada por la “maldita Migra gringa” y retornados a Chontales.

–Me gustaría vivir seis meses aquí y seis allí, en Tejas.

–Es curioso– dije yo, –uno quiere a su tierra, sin embargo, si has tenido que partir siendo muy joven, ya no puedes vivir sin la tierra que te dio techo, comida y trabajo. Cuando uno tiene que alejarse de su hogar, se convierte en un ser desubicado. No estás a gusto en tu patria, pero cuando estás fuera  la  extrañas que es un horror. Te quedas vacío y sin alma al partir, pero tampoco la recuperas al volver. Te vas y deseas retornar. Regresas y quieres escapar otra vez. ¿No te parece una situación ridícula, esta lucha eterna por encontrar nuestro lugar en el mundo…?

El indio asintió con la cabeza y sonrió.

–Usted lo ha dicho muy bien, señor.

Rosendo Barboza, uno de mis compañeros de viaje, se acercó con aire amable y comentó que había hecho los cálculos en su GPS y nos faltaban aún tres horas y media de navegación.

–¿Qué le preocupa?— preguntó al verme tan abstraído en mis pensamientos.

–Pienso en aquel chico infeliz y me acongoja su destino. Pobrecito, morir así en la carretera, plenamente consciente que no tiene posibilidades de salvarse…

–Sí. A esta hora ya debe estar muerto o agonizando. No creo que llegue vivo a Juigalpa.

Los tres permanecimos en silencio un buen rato, observando las pequeñas olas que formaba la proa de la lancha al cortar las oscuras aguas del lago.

A las cinco de la tarde, vimos en el horizonte una serie de islotes con frondosa y abundante vegetación y al fondo, ya en tierra firme, el cono semi-cubierto por nubes del volcán Mombacho. Luego, las nubes se corrieron hacia el sur y el cielo se despejó, permitiéndome fotografiar a gusto al “viejo roncador”. Gruesas gotas de sudor se deslizaban por mi frente, introduciéndose en los ojos, provocándome un intenso escozor. El sol calcinante estallaba inclemente sobre nuestras cabezas y a pesar del toldo, había que mojarse frecuentemente la cara y la nuca con agua del lago. Un inmenso paisaje se disfrutaba desde aquella pequeña embarcación, mientras avanzábamos lentamente en dirección al puerto de Piedras Pintadas. Veíamos colinas boscosas en la lejanía del  horizonte y los volcanes Mombacho, Concepción  y Maderas un poco más hacia la izquierda. Acercándonos a los islotes de lava volcánica próximos a la costa, nos cruzamos con un solitario bote a remo y sus dos tripulantes nos saludaron amistosamente con el brazo en alto. El patrón de nuestra lancha explicó que eran los hermanos Ruiz, que transportaban plátanos, mandioca y mangos a la isleta de La Ceiba. Ahora navegábamos entre islas y observábamos con interés las minúsculas aldeas de pescadores ubicadas en sus orillas. A veces se las veía abrumadas por la presencia inhóspita de tanta vegetación a su alrededor. Detrás nuestro quedaba esa masa de agua profunda e impresionante que nos había permitido, quizá por ser la primera vez, cruzar en paz…

Cuatro horas y media después de haber zarpado, atracamos en un club náutico deportivo cercano a Granada. La ciudad más antigua de todo el continente americano que aún permanece donde fue fundada originalmente, en el año 1524, por Francisco Hernández de Córdoba. A pesar de haber sido asediada y saqueada numerosas veces por filibusteros tales como William Walker, hoy día conserva intacta toda su belleza y su magnífica elegancia colonial.

Los representantes locales del gobierno nicaragüense me recibieron  en el muelle y me hospedaron en “La Casona de los Estrada”, un pequeño hotel situado en una mansión tricentenaria, en pleno barrio histórico. Edificio de gran colorido, que hoy es una auténtica joya del patrimonio de la ciudad. Yo sólo deseaba disfrutar de una  ducha caliente, un par de cervezas bien heladas, una cena frugal y una cama lo más ancha posible, para poderme estirar a gusto. El haber permanecido sentado inmóvil tantas horas en aquella pequeña embarcación, casi siempre al sol, me había hecho transpirar hasta casi deshidratarme, provocando además dolorosos calambres en ambas piernas. Por fortuna, pronto me envolvió el sueño y esa noche dormí bajo un fino mosquitero, con las ventanas bien abiertas, arrullado por el canto de los grillos y las ranas que habitaban el frondoso jardín del hotel.

Al día siguiente y tras los saludos de rigor con mis nuevos anfitriones, nos encaminamos hacia el primer punto de encuentro. Me sentía eufórico y no entendía bien por qué. Tal vez por haber sobrevivido a la dura travesía y a las vicisitudes del viaje en aquella lancha tan precaria como mal equipada, o quizá era algo más profundo y difícil de analizar. Granada produce en el visitante una extraña sensación de estar viviendo en el pasado de nuestra América hispana. Todo en ella transmite color, sabor, señorío, placidez y amabilidad. Sus casonas, iglesias, monasterios, calles, plazas, y hasta su propia gente semejan una postal sacada de un libro de historia. Aventurarse dentro de sus patios interiores, con sus fuentes de agua cristalina que repiquetea al caer y hermosos jardines floridos, perfumados por suaves aromas tropicales, permite descubrir antiguos talleres de artesanos textiles, hábiles ceramistas o talentosos pintores. Y cualquiera de sus obras multicolores valen la pena ser adquiridas.

Aquella mañana caminé por toda la ciudad, visitando monumentos y edificios históricos de alto valor cultural, que reflejan una tradición digna de ser conocida. El motivo principal de mi viaje consistía en llevar a cabo una labor de  asesoramiento en gestión y planificación turística con las autoridades locales. La Granada colonial ha sido restaurada con aportes de organismos españoles e internacionales y hoy es una auténtica maravilla para el visitante. En compañía de mis compañeros granadinos recorrimos el Convento y la Iglesia de San Francisco (la más antigua de Nicaragua, fundada en el siglo XVI) con su valioso museo arqueológico precolombino, la Casa de los Leones (también llamada de los Tres Mundos), la Iglesia de la Merced, la Iglesia de Xalteva (situada en el lugar donde antes estaba ubicado el antiguo poblado indígena del mismo nombre), el Palacio Episcopal y la Catedral, ambos construidos frente a la gran plaza principal o Parque Colón.

Un sol de fuego azotaba aquellas angostas callecitas adoquinadas y francamente por un momento me sentí desfallecer. Así se lo hice saber a mis colegas, que gentilmente buscaron la sombra del parque para sentarnos y beber algo fresco, antes de continuar con nuestro recorrido, que terminaría de nochecita en el Palacio Municipal, con una cena ofrecida por el alcalde.

Mientras bebía mi refresco de frutas, observé a la gente del pueblo, en plena actividad a pesar del intenso calor reinante,  extendiendo mantas coloridas bajo unos toldos que les daban sombra, desplegando sobre ellas una amplia gama de productos frescos del campo, cosechados por ellos mismos para su venta al público. A continuación, almorzamos en la misma plaza un típico y sabroso vigorón, consistente en una ensalada de repollo con yuca y chicharrones, que se degusta de aperitivo o cuando se desea comer algo ligero.

Algunos niños se nos acercaron a mendigar pero había en ellos una actitud distinta a la observada en otras ciudades latinoamericanas. No registraban un signo de derrota ni resignación en sus caritas mugrientas. Para ellos, este era un modo de vida temporal, poco satisfactoria pero superable. No iban mal vestidos ni se les veía hambrientos ni desnutridos. Por momentos, interrumpían sus súplicas para corretear y jugar con los demás niños en la plaza. Luego volvían a mendigar, con una sonrisa pícara en sus rostros cobrizos. Concluí que los habitantes de esa parte del país tienen acceso a mejores condiciones de trabajo, quizá gracias a la entrada de divisas generadas por el turismo internacional que les visita. De todos modos, eran niños mendigos, que no deberían estar en las calles si no más bien en la escuela, educándose para  salir de esa situación tan indigna para cualquier ser humano.

Aquella noche, luego de la cena y los agasajos oficiales de rigor en el patio municipal, me retiré temprano a “La Casona de los Estrada” para descansar. Al día siguiente debíamos madrugar ya que nuestro próximo destino era la vecina ciudad de Masaya y su famoso volcán. Otro punto álgido en mi camino de inspección por los atractivos turísticos del país. Lamentablemente, las visitas a la Reserva Natural del Volcán Mombacho y la Laguna de Mecatepe, por falta de tiempo, deberían esperar a otra ocasión.

Granada, esa auténtica perla del período colonial español, pronto quedaría atrás en nuestro veloz periplo por Nicaragua, pero su bello recuerdo aún permanece imborrable, como una reliquia viva y palpitante. Al despedirme, agradecí a mis nuevos amigos granadinos el suculento ágape que tan gentilmente me habían ofrecido en aquel bello patio municipal. Una cena  plena de delicias exóticas para el paladar y perfumada con aromas tropicales procedentes de los jardines circundantes. Sin embargo, es curioso pero algo dentro de mi añoraba aquella otra comida en Juigalpa, mucho más humilde y sencilla, servida por camareros improvisados pero envuelta por la excitación que despertaba la aventura que se avecinaba al día siguiente con el cruce del Cocibolca, lugar donde habita la gran serpiente del dios Quetzalcoalt…

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