Con trenes. Autor: Norma Desmond

Durante un mes Charlota y Boris vieron todas las películas rusas que pudieron. En todas había trenes. Trenes de carga, trenes de carbón, trenes de prisioneros, trenes de turistas, trenes blindados, trenes de vapor, trenes eléctricos, trenes franceses, trenes japoneses, trenes de paso, trenes de juguete, trenes de madera, trenes de acero, trenes rojos, trenes negros, trenes decimonónicos, trenes futuristas, trenes quemados, trenes varados, trenes robados, trenes desolados. También vieron uno que otro tren de pasajeros. Vieron cintas de Meskhiev (Bajo el agua sombría), Kontchalovski (El círculo de intimidad), Guerman Jr (Soldado de papel). Tampoco dejaron de ver Nostalgia de Tarkosvki, que a primera vista pareciera no tener trenes. Vieron otras películas semi-rusas, como Chantrapas de Iosseliani y La mujer de los 5 elefantes de Jendreyko. Vieron también otras películas, extra-rusas: Double take (inspirada en un cuento de Borges, con Hitchcock como “actor-en-off”), En présence d’un clown de Bergman, Biutiful de Iñarritu, y You will meet a tall dark stranger de Woody Allen. Charlota decía que una película rusa sin trenes era como una comida invernal sin litchis o sin sopa de pistacho. Que diría Tolstoi, el gran León que siempre aborreció los trenes y vino a morir en una improvisada estación de tren. Un Tolstoi que inmortalizó las estaciones de tren con el final de Anna Karenina. Un Tolstoi que se enamoró del cine en sus últimos meses y quiso dedicarse a ser documentalista. El caso es que Charlota no podía concebir una película rusa sin trenes.

También fueron a ver obras de Chéjov y bailaron un par de milongas apresuradas, un par de forros acompasados, un par de fados acurrucados, un par de bachatas retocadas, un par de boleros olvidados. Vivieron en una escenografía technicolor: tempestades, pianos estáticos, perfumes de jazmín y comida tibetana. Pero igual siempre volvían a los cines del quartier latin. Charlota guardaba los tiquetes, que en los cines de “arte y ensayo” traían siempre impresa una portada en miniatura de alguna película clásica: Metrópolis, Los pájaros, Pierrot el loco, Cantando bajo la lluvia, y Denise Grey. Boris escribía apuradas reseñas de todas las películas que veía. De allí salían para los bares del canal Saint Martin y tomaban unas veces jerez y otras veces ron. Y de allí se iban para la casa de ella. Se disfrazaban de extraños y bailaban desnudos frente al espejo del placard. Boris había dejado de fumar y Charlota de tomar pastillas para dormir.

Se habían conocido en el vernissage de una exposición de fotografía rusa contemporánea en el Museo del Louvre. Charlota vestía de negro, con un vestido ceñido que tatuaba su cuerpo sutilmente. Medía 1 70. Era una belleza de “otra parte” para Boris (era una expresión sacada de un poema de Raúl Gómez Jattin), tan mediterránea como el sol de Cezanne. Su perfume era de jazmín. Boris vestía más informal, con un blue jean ajado y una chaqueta de cuero negra con muchos bolsillos (una copia-conforme de una foto de Roberto Bolaño). Charlota trabajaba en una asociación que ayudaba a mujeres cabezas de familia a buscar un empleo. Boris era locutor en una radio local en un programa bilingüe de madrugada dirigido a inmigrantes suramericanos como él que trabajaban a esa hora en oficios varios, como la mensajería y la celaduría. Esa noche hablaron de sus trabajos y Charlota rompió el hielo cuando se puso a recordar sus tiempos de modelo en las academias de arte de Lyon. Boris también evocó sus años de bailarín y profesor de salsa en Valparaiso. Hablaron de Estonia y de Argentina. Hablaron de Dostoievski, Maupassant y Borges. Quedaron de verse en una semana en el festival de cine ruso del cine Arlequin de la rue de Rennes. De hecho, se vieron al otro día, pero no en el vernissage dedicado a la pintura rusa del siglo XIX en el Museo de arte moderno de Paris (porque Boris llegó tarde y Charlota se fue temprano). Igual, tan rayuelados como estaban se encontraron por azar caminando por el canal Saint Martin unas horas  más tarde. Desde esa noche, su vida empezó a rodar a 24 imágenes por segundo. Se regalaron libros de filosofía antigua y de cine posmoderno. Se fueron deslizando por esos días fríos de una París otoñal y la intemperie los forzó a filmarse-en-interiores. Sus cuerpos se devoraron con furor. Dos lenguas se metamorfosearon en un dialecto provenzal, en donde se confundían las expresiones francesas y españolas. Incluso cuando callaban y sólo se acariciaban la espalda y se besaban el cuello, una fragancia de lavanda y de eucalipto los envolvía. La verdad es que terminaron por inventar y conjugar nuevos verbos que sólo ellos comprendían. Se fotografiaron en blanco y negro. Escucharon música de Noir désir (“le vent nous portera”!) y de Spinetta (“yo quiero ver un tren”!). Compraron varias veces billetes de lotería pero nunca se la ganaron y eso que siempre apostaban al mismo número.

Charlota y Boris planearon un viaje a Yalta, al extremo oriente de sus sueños. A la península de Crimea. Era un viaje que tomaría 48 horas sin escalas. Era un trayecto que se desviaba de la famosa ruta del Orient Express. Planearon una vida juntos, lejos de sus pasados. Lejos de los deberes y de los aguaceros de abril. Los dos serían traductores y cambiarían sus nombres. Se llamarían Laura y Santiago. Empezarían una vida-de-cero. Escribirían cuentos y novelas a cuatro manos sobre fantasmas propios y prestados. En Yalta crearían un cine club dedicado al cine suramericano. Verían muchas películas argentinas. Su nombre sería: “cine del otro mundo”. A sus dos hijos los bautizarían en la fe ortodoxa (aunque los dos fueran ateos, o tal vez por eso) como Anton y Anna. De viejos volverían al Mediterráneo y morirían allí, en la vieja casona señorial de Charlota.

Pero al final del mes, Charlota recibió una oferta de trabajo en otro país y Boris tuvo que regresar a su continente a ocuparse de asuntos familiares. En principio, se separarían solo por un tiempo y luego todo volvería a ser como antes. Se escribirían todos los días y se contarían en detalle todas las películas que verían. Sin embargo, ni en Granada ni en Santiago pasaban películas rusas. A pesar de eso, Boris y Charlota se siguieron escribiendo y hablaban de las películas que habían visto juntos y poco a poco las historias y las imágenes se les fueron embolatando y todo empezó a hacer parte de una única película que los dos decidieron llamar: “trenes a Yalta”. En la distancia, comenzaron a escribir una novela a cuatro-manos. La historia estaba situada en la Yalta de la guerra de Crimea en 1853. Un día se dejaron de escribir. Se volverían a ver en uno de esos viejos cines del Quartier Latin un lunes al atardecer. No dijeron el año ni el director. Seguramente sería una película rusa con muchos trenes. La película con más trenes de la historia.

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