Cierra España. Autor: Ignacio Tomás

Un pedrisco adecuado –del tamaño de bolas de billar– bajando de Roncesvalles te va colocando en situación: al llegar a Larrasoaña decides que ésto no es lo tuyo y que en el próximo bus te vas a casa; pero amanece y sigues caminando: las babosas del camino asombran; pasar Pamplona te da para cuestionarte cualquier cosa porque ya una cosa sabes, con certeza legendaria: no abandonarás jamás hasta llegar a Santiago, puerta santa a las siete y media de la mañana arrastrando una pierna con un tobillo destrozado tan sólo un rato después: al bajar la escalera de la plaza de La Quintana ves y tienes presente cada momento del camino; tan sólo han sido mil kilómetros y la mochila ya es parte de ti, así como el tobillo reventado, que te hizo parar en Logroño, a tomar aire en una plaza a la izquierda de la catedral donde la más espectacular rubia que vieron los tiempos te indicó el camino al albergue: claro, pareces un pordiosero pero tu aun no serás consciente de ello más que cuando para celebrar el roto tobillo y tu obligatoria parada te vas a comer adecuadamente y preguntando llegas a un sitio que se llama “en Ascuas” y al entrar una mujer guapa te mira estupefacta y giras la mirada a la derecha y un comedor lleno de gente vestida bien te mira sin querer mirarte: en camiseta bañador sandalias un tobillo arrastrando y aspecto de casi todo menos de algo miré a la mujer y le dije “perdone” porque en ese momento te das cuenta de que estas en el camino y no en la realidad y debes mantenerte fuera: el tiempo de girar hacia la puerta la mujer preguntaba “es usted peregrino” cuando por las pintas era mas de pedir limosna (me la dieron dormido en la escaleras de la catedral de Burgos, fui tan burro que la dejé en el cepillo de la catedral)

Si, eres peregrino, claro, sólo eres peregrino porque perdiste tu identidad y estás encantado con ello, si, perdone, no me había dado cuenta de mis pintas ”es peregrino, no se preocupe” y me puso mesa y me dieron de comer demasiado bien, demasiado, algo impresionante: la cuenta fue ínfima y la amabilidad y consideración de esa gente me sorprendieron por primera vez: en todo el camino gozábamos de la misma consideración; en el mesón San Caetano, en Santiago, es algo ya espectacular: los días que comí allí inolvidables; que manera de comer, que calidad, que finura y que elegancia; que gusto, que ganas de volver….pero andando, que daba gusto volver al albergue de Logroño a media tarde y descubrir junto a tu cama la rubia legendaria que también peregrinaba: la casa Rusia demostró su calidad hasta el final; no sé si lo hice yo, pero desde ese momento arrastrar el tobillo machacado era algo liviano, sutil y delicado, como los garrotes y los dulces que nos dio el peregrino al salir de Logroño junto al Pantano: Marcelino es un crac, imposible pagarle nada; como Aldo Angeletti que en el albergue junto al Pisuerga se enfadó cuando bajo ningún concepto le dejé lavarme los pies “como Jesucristo a sus apóstoles” porque yo no soy Jesucristo pero se arreglo dejándole que me invitara a agua y café (y no sé qué licor maravilloso del cual todo desconozco) aunque seguí camino hasta Boadilla: parar en el albergue de Eduardo es un lujo sólo para peregrinos y sabios de verdad, que maravilla.

Porque el pedrisco bajando de Roncesvalles te lleva de retorno a la realidad: cuando la lluvia duele y hace moraduras, te planteas seriamente que es lo que estás haciendo, y cuando decides que eso es lo que quieres hacer te das cuenta de que no has decidido nada porque el camino es tu vida y la peregrinación es presente en tu cultura y es la esencia de ti mismo lo que vas sacando, la esencia de ti mismo hasta tu error más temprano y tu aberración más profunda, la esencia de tus errores y tu naturaleza ensimismada; el ser fuera de toda cosmética y por eso cuando pasas junto a un pedrusco a tu vera con peregrino sentado llorando sólo murmuras un saludo por no molestar, dar señal de que estás y si necesita algo te lo dirá pero tú sigues tu camino y esa peregrina sigue llorando porque es lo normal, y llegados a ese punto sabes perfectamente que llora por sí misma y eso es bueno, y que será una mujer maravillosa en la noche en el albergue cuando la casa Rusia se ha lavado el pelo y ya preparas el día siguiente porque realmente aunque agotado tienes ansia de volver a caminar y te causa afán la parada, aunque aprendiste que hay que parar en todas las iglesias, así como en todos los bares y cuando entras a una iglesia directamente el cuerpo te baja toda la temperatura y al persignarte refrescas el cuerpo entero con el agua bendita y el sosiego te llena los músculos agotados del camino, feliz de seguir caminando aunque el tobillo duele más de lo normal pero lo minimizas y te sigues engañando pero de repente antes de Sarria te alcanza alguien subido en un camello lo cual no te extraña en absoluto porque después de piedras lloros granizos Logroño Casa Rusia y un funambulista con un bastón que alguien desde encima de un camello te quiera llevar la mochila es lo normal; que acabes haciendo amistad con ellos es parte de la esencia Ignacio; la camella de nombre Rubia me llevó un rato la mochila lo cual se agradece enormemente, y creo que me apreciaban: en el Obradoiro me las dejaron un rato al cargo y ninguna de ellas me hizo ningún extraño; se portaron de lujo. Aunque a veces la presencia de la Casa Rusia se hacía evanescente pero en Sarria cenamos adecuadamente en el mismo hotel que dormía la hija de Bush y luego nos pegamos una juerga de las que quedan en nosotros y jamás contaremos, con los jevis de un garito aplaudiéndonos y qué bonito es todo cuando ella se lava el pelo, pero amanece y si subes la cuesta a la ermita de San Marcos es que ya has bordeado el aeropuerto de Lavacolla y ya hueles la Puerta Santa: cuando acaba la cuesta a la derecha de la ermita de San Marcos se adivinan entre nieblas raras las agujas de la catedral y lloras, es ahí, pero hoy no llegas a misa y paras y duermes en el monte del gozo donde las peregrinas bailaban descalzas en un barracón con música y todos éramos tan solo peregrinos acreditados, de nueva Zelanda y Australia, Norteamericanas y Rusa, Maoríes y Hawaianas, Españoles y Brasileños, bailábamos nunca sabremos porqué, aunque lo intuí al subir la cuesta después de Santo Domingo de La Calzada cuando salía el sol y como una epifanía las mujeres empezaron a coger las flores del camino y ponérselas en el pelo: es la mayor exquisitez y elegancia que he podido ver en mi vida, que momento más impresionante, que guapas estaban todas con las flores del camino en el pelo, que fresca mañana porque Nájera es fría y Thomas se volvió en Burgos y me invadió la tristeza; Claudia debió quedarse, al no soportar su frágil tobillo roto y el rigor del camino no me dejó quedarme con ella unos días aunque ella lo deseaba (y yo también) pero eres camino como una parte del paisaje, como los insectos o las piedras, como el pedrisco o el barro, no eres nadie y eres parte del paisaje y nunca eres tan feliz que cuando ya has olvidado hasta tu nombre sigues caminando y eres una gorra y un garrote tan sólo un peregrino, que llegando a Astorga los turistas los llevan en autobuses a vernos pasar y nos hacen fotos; y calas la gorra y pasas, y no es una pose simplemente sabes que no eres más que una parte del paisaje asentado en la tierra más que los elementos geológicos: el camino lo hacen los peregrinos, que están ahí desde siempre y siempre estarán ahí y son tan del paisaje como las catedrales y las ermitas, y tú no eres tú que no eres nadie que solo eres peregrino que tu patria es el camino y anda que andarás que nunca llegarás y a veces ríes y a veces lloras, unos días llueve y otros días hace sol, y te hundes y te levantas y te exaltas y te deprimes y sabes quién eres: acabas sabiéndolo por una ecuación compleja compuesta de kilómetros recorridos bares pasados que nunca volverás; iglesias, sol y esfuerzo y placer de hacerlo, y una canción en un bar que te trae una novia que nunca debiste dejar y una que nunca debiste conocer, un amor que nunca reconociste, un error que te ocultabas, y oyes las canciones y repasas los libros que leíste y ya sabes por qué hasta el último momento de tu vida lo has repasado en su esencia sin pasión y comprendiéndolo y entiendes que el conocimiento no es científico sino de uno mismo y comprendes que la Santa Compaña existe y te acompañan los muertos un trozo de tu camino y sabes que no estás solo y que van contigo porque nunca te dejaron, y los entierras ya adecuadamente y te liberas pero aparece un recuerdo de algo que no hiciste y quizá debías haber hecho pero sabes que nada tiene importancia porque no eres nadie solo eres un peregrino que arrastra una pierna, se toma medio litro de coñac en un bar frente al palacio de congresos de Santiago a solas porque tiene miedo de acabar, porque el dolor es muy agudo pero no quieres acabar, porque bajas las escaleras de la plaza de la Quintana y entras por la Puerta Santa demasiado rápido te ves tras el apóstol y le dices: jefe: soy yo. Vuelvo a casa, vuelvo al camino, y sólo tú sabes por qué lloras, solo los peregrinos nos reconocemos por el color el aspecto y el placer y el desconcierto: mañana no hay nada que caminar ¿Qué haremos ahora? ¿En qué consistía la vida? Que se hace, que se vive ahora, donde está la realidad, sentado en las escaleras de la puerta de platerías a las siete treinta y pero aun no las ocho el sonido de un arpa inundaba ese amanecer en Santiago de un peregrino ya cumplimentado ante el apóstol, un arpa llenaba todo y apenas pasaba nadie porque aun era muy temprano y ese momento esa escalera y esa calle, y decides que bueno, habrá que comer algo y entras a la cafetería y la casa Rusia te espera sin haber quedado pero los dos sabemos que nos espera y qué nos espera y entonces comes algo como si fueras normal aunque en esa ciudad no estorban peregrinos zarrapastrosos y sosegados y sales y vuelves a la catedral y los japoneses te hacen fotos, e intentas disimular como si fueras un turista pero se te nota, de largo se nota quien ha peregrinado y quien es un turista, pero te plantas siempre y no sabes como de alguna manera cerca del Apóstol, en la plaza la Quintana o alrededor, nunca te alejas, era el objetivo, y lo has cumplido aunque sabes que ni era el objetivo ni has cumplido nada; ahí está la Puerta Santa y los turistas disfrazados diciendo que son peregrinos con horas de autobús hacen cola creyéndose iguales a los peregrinos que hemos caminado desde Roncesvalles a Santiago desde el siglo nueve hasta el futuro y hemos cruzado la puerta santa sabiéndo

Que es paz y es piedra

El fin del camino.

Un gesto adusto, un andar tranquilo

Un no saber qué hacer e intentar encontrar otra vez el camino para poder seguir pero las moraduras se fueron y el tobillo duele ahora como jamás lo había hecho y la realidad te espera si es que existe y vienes y vas y es deplorable, lamentable, execrable pero sabes que aunque caiga granizo llueva o haga sol hay que seguir andando hasta el final que entonarás nunc dimittis cuando corresponda y nada más, y sigue la vida y el camino es tu lugar en tu cabeza al que siempre retornas y te encomiendas

Como una oración.

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  1. Amelia

    La manera tan particular de narrar su “camino”, hace que durante unos minutos y sin ni siquiera darse cuenta, una esté oliendo la flor que llevaban en el pelo esas señoritas, una, se retuerza de dolor en el tobillo y una, note el polvo del camino fusionado en la piel.
    Seguramente es una opinión poco válida literariamente; sólo puedo opinar como lectora y me ha encantado.

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