El viaje de Adrián. Autor: Angeles Rosique Labarta

Estaba expectante, nervioso, Adrián se iba de viaje. No entendía muy bien lo que significaba, pero lo que si tenía claro era que iba a algún lugar distinto.

Observaba meticulosamente a su madre que iba poniendo la ropa encima de la cama, toda plegada y en montones diferentes. Adrián estaba sentado en una pequeña silla de mimbre que tenía en la habitación para jugar. No decía nada, solo miraba.

Al acabar de sacar la ropa de los cajones e ir poniéndola en la maleta, Adrián pregunto a su madre:

– Mama ¿donde vamos?, ¿está muy lejos donde vamos?

– No, hijo, no está muy lejos, yo diría que ni lejos ni cerca. –Contesto su madre, pero Adrián no quedó contento con esa respuesta, más bien no había comprendido que quería decir “ni lejos, ni cerca”.

– Pero mamá ¿Qué quiere decir ni lejos ni cerca?

– Bueno quiere decir, que solo hay unas dos horas de viaje, eso no es ni muy lejos ni muy cerca. El lugar donde vamos está a unos doscientos treinta kilómetros, así que no es muy lejos.

Adrián se quedo mirándola ya que en el fondo intentaba comprenderlo, sabía que su madre intentaba explicarle lo que él le preguntaba, pero en algunas ocasiones no lograba comprender lo que le había contestado su madre. Las maletas estaban ya en el maletero y Adrián se disponía a entrar en el coche, se sentaba siempre en la parte trasera, al lado de la ventana, aunque no llegaba para ver mucho, intentaba por todos los medios que su madre le pusiera siempre un cojín y así podía observar durante el viaje.

La hora de la salida era otra experiencia para Adrián, no paraba de preguntar: ¿falta mucho, cuando llegaremos? …..aquella era una de esas frases que todos los niños repiten en el momento que se meten en un coche, incansable y repetitivo la pronunciaba unas treinta o cuarenta veces durante el trayecto, siempre la misma frase, la misma pregunta fuera el trayecto de cinco minutos como de tres horas. Su madre ya estaba acostumbrada, y con un temple sereno caracterizaba, y sin un resquicio de nerviosismo, dejaba que Adrián preguntará una y otra vez, ella con todo el amor le contestaba una y otra vez la misma respuesta “ya llegamos cariño, queda poquito”. Adrián se quedaba tranquilo, y seguía observando con sus grandes ojos castaños el paisaje que pasaba veloz por la ventanilla.

En esa época no era obligatorio el cinturón de seguridad, por lo que Adrián tenía la total libertad de ir de un lado al otro de la parte trasera, para observar lo que le iba explicando su madre.

– Mira Adrián, esa es la montaña de Montserrat, ves que bonita.

– Si, si que es bonita, pero es muy rara, tiene como nubes…

– No son nubes Adrián, es la forma que tienen sus piedras, está montaña es única sabes, dicen que tiene esa forma porque hace muchos, muchos, muchos años estaba debajo del mar. Así que se modelaron sus formas por medio del roce del agua.

– ¿Dices que estaba bajo el agua?- pregunto Adrián cada vez más interesado por las cosas que le decía su madre.

– Bueno, no sé sabe exactamente si fue así, han tenido que pasar miles de años. Pero, la forma de sus rocas es algo inédito, algo único, ¿las ves?, continúo la madre.

Adrián se quedo con la nariz pegada al cristal de la ventanilla observando aquella maravilla. Aquella montaña le parecía mágica.

Era un día soleado, la temperatura de unos veinte grados hacía que el viaje fuera una experiencia única, normalmente viajaban en verano y como el coche no tenía aire acondicionado era bastante pesado, Adrián en la parte de atrás se quejaba siempre del calor que pasaba. Su madre le abría las ventanillas de los asientos delanteros, así le llegaba una tenue brisa que hacía sintiera un poco menos de sensación de ese calor asfixiante que hacía en verano. Pero, este viaje no era en verano, estábamos en el mes de marzo, y pocas veces hacía el tiempo tan maravilloso de este día.

La carretera con apenas coches hacía que la conducción fuera más agradecida. Pasaban ahora por la Panadella, una zona montañosa, con pueblecitos pequeños, en los que se podía comprar embutidos y pan auténticamente artesanal, Adrián sabía que había un pueblo muy especial en el que su madre le compraba las salchichas de carne que tanto le gustaban. Ese pueblo se llama Sant Guim de Freixenet, cada vez que pasaban por la carretera sabía cual era exactamente su localización, había un desvió a mano derecha con un letrero que indicaba el pueblo a tres kilómetros. Siempre al llegar allí, Adrián le decía a su madre si pararían a comprar las salchichas. Aquel día no podían parar, ya que no iban de regreso, así que le dijo que a la vuelta pararían a comprar las salchichas.

Al llegar a Tarrega pararon a tomar algo y a que Adrián fuera al baño, Adrián en todos los viajes tenía que haces “pis” como decía, pero su madre sabía que no era exactamente el “pis” la razón de está vez por lo que quería parar. Siempre paraban en el mismo lugar, una especie de masía antigua convertida en bar-restaurante, en la parte trasera había un patio cerrado con una valla metálica y allí había cuatro perros. Eran perros de caza, no muy grandes de color caramelo. Adrián los había visto en uno de los viajes alertado por sus ladridos, eran perros muy nerviosos pero a la vez cariñosos con los niños. Uno de ellos lo vio la primera vez recién nacido, el dueño al ver el interés de Adrián, le había explicado que había nacido hacía cuatro días, aquello para él fue mágico. Ante el interés y la ilusión, el dueño le dijo que siempre que pasaran podía visitarlo y además le propuso a Adrián que le pusiera un nombre. Adrián no se lo podía creer, miraba a su madre con una expresión que pocas veces había visto, a la vez de extrañeza y a la vez sorpresa, los ojos se le habían engrandecido como platos, iluminados de una luz de alegría, miraba a su madre sin poder pronunciar una palabra.

– Venga Adrián, ¿Qué nombre le vas a poner?, ahora serás como su padrino, tienes que darle un nombre.

– Pues, no sé mamá, tengo que pensarlo, el nombre es para siempre. – Se quedo pensativo mirando hacía arriba, cuando de sopetón miró al perrito y dijo:

– Ya está, se llamará Guim, si creo que es el nombre, Guimmm!!!

Todos se quedaron callados, ante aquel exaltado momento, le había puesto el nombre de Guim por el pueblo, por las salchichas. Así no se le olvidaría. Aquel día cuando pararon a tomar algo, y al querer ver a su apadrinador perrito que ahora ya tenía un año, Adrián salió del coche corriendo y fue hacía la parte trasera de la casa. No se oía nada, ningún ladrido, y cuando observo el habitáculo se dio cuenta de que no estaban. Fue corriendo hacía su madre, y casi saltándole las lágrimas, le dijo:

– Mamá, mamá, no están, los perros, no están. –Le había invadido por completo la tristeza, en su mente se acumulaban toda clase de interrogantes sobre donde estarían, pero el que más le apesadumbraba era pensar que estarían muertos.

– Adrián, los abran llevado al campo, son perros de caza. Quizás hoy es día de caza, no te preocupes, entraremos en el bar y hablaremos con Daniel.

Daniel era el dueño y el hombre que propuso el apadrinamiento a Adrián. Cuando entraron en la cafetería, algo había cambiado, los camareros no eran los mismos. Adrián se quedo mirando todo el recinto intentando encontrar a Daniel, miraba sin decir nada, cogido de la mano de su madre.

– ¿Y el señor Daniel, no está? – pregunto su madre, al camarero que había en la barra.

– No, señora, Daniel ya no está aquí.

– ¿Y donde lo podemos localizar?

– Bueno, el señor Daniel y su familia se han ido, hace tres meses vendieron el restaurante a mi padre. Se fueron creo yo que a Teruel, me parece que eran de por ahí.

– ¿No lo dirá en serio? – dijo ella un tanto sorprendida.

– Si señora, creo que Daniel estaba enfermo, así que se han ido al pueblo, nosotros no sabemos mucho, mi padre les compró el restaurante y poca cosa más.

Entonces Adrián, todo efusivo se acerco a la barra intentando hacer que el camarero se fijara en él, ya que por su altura no podía verlo desde detrás de la barra. Y con una voz trémula y nerviosa les pregunto:- ¿Oiga, oigo, aquí, sabe donde están los perritos? – Adrián hacía verdaderos esfuerzos para alcanzar la altura de la barra para que el camarero lo viera. El camarero se acerco hacía la barra y miró hacía el suelo, allí estaba Adrián, desconsolado, y a punto de llorar.

– Hola pequeño, bueno los perritos se los llevó el señor Daniel, pero antes de irse me comento que uno de sus perros lo había adoptado alguien muy especial, que le puso un nombre y que cada vez que pasaba por aquí lo venía a ver, ¿no serás tu, verdad?

– Si, si, soy yo. Yo le puse el nombre al pequeño, se llama Guim. –Adrián empezaba a calmarse, veía una luz, pensaba que quizás Daniel hubiera dejado a Guim en aquella casa. Bien pensado, Adrián era casi su dueño.

– Bueno, bueno, así que tu eres el que puso el nombre a Guim, pues tengo una sorpresa para ti, ¿quieres verla? – le pregunto el camarero, ante la pregunta Adrián miró a su madre excitado, no sabía que imaginar, ni que pensar, pero estaba totalmente alucinado.

– Bueno, Adrián este señor quiere enseñarte algo, creo que deberías acompañarlo, a ver que sorpresa es.

Adrián corrió hacía la entrada de la barra de la cafetería yendo hacía el camarero, este le cogió de la mano y se lo llevo hacía la parte trasera.

Salieron a un gran patio, que no era el que Adrián siempre había visto. Era una especie de terraza en la parte lateral de la masía, allí había unos cuantos árboles y varias jaulas, Adrián se quedó parado, con el semblante desconcertado cuando de pronto vio como Guim se lanzaba contra él, tirándole al suelo, revolcandosé por aquel suelo polvoriento, mientras su madre se empezaba a reír como pocas veces lo había hecho. Adrián estaba emocionado, su perro, lo había reconocido, le quería. Ahora para él toda esa angustia que había padecido durante aquellos minutos, que le aparecieron horas, había desaparecido. Guim estaba allí por una sola razón, cuando Daniel enfermo tuvo que marcharse a un pueblo de Teruel, Rodenas. Allí, le había recomendado el médico que se pondría mejor, tenía una enfermedad pulmonar y si no salía de la polución o lugares que contaminaban sus pulmones irían deteriorándolo hasta llegar en principio a tener que llevar una botella de oxígeno pegada a su cuerpo, y más tarde posiblemente un final terrible. Vendió el restaurante y se marchó, pero puso una condición al nuevo dueño. Guim tenía que ser bien cuidado y cuando fuera a verlo Adrián dejarlo que jugara con él. También le pidió que hablara con la madre del niño y le pidiera un favor. Le dijo que Guim tenía que ser adoptado de verdad y tener una familia, como él había dado a los demás perros. Pensó que Adrián era su dueño, su padrino y alguien especial, siempre había sentido ese perro algo especial también por aquel niño que cada vez que pasaba por aquella carretera se paraba a verlo.

Tenían que tomar una decisión y la verdad, es que a la madre de Adrián no le hacía mucha gracia, no porque no le gustaran los animales, que era todo lo contrario, era por la responsabilidad y su cuidado. Un perro no es un juguete, no es algo que hoy puedas tener y mañana abandonar. Has de ser responsable, sentir que es parte de ti, y que se deben de cuidar. Adrián miró a su madre con una expresión de suplica, de ruego, hubiera hecho cualquier cosa que le hubiera pedido por llevarse consigo a Guim.

– Mamá, por favor, lo cuidare como si fuera una persona. Te lo ruego, siempre he querido tener un perro….

– Espera en el coche, voy a hablar con este señor. –le dijo su madre, y sin decir ni una palabra Adrián fue hacía el coche, despacio y sigiloso, como si se estuviera escondiendo de algo y no quisiera hacer ruido.

Su madre estuvo hablando con el camarero, durante unos minutos Adrián rezó todo lo que sabía para pedirle a Dios o a los Ángeles que su madre le dejará quedarse con Guim, cerraba fuertemente los ojos, apretándolos como si por medio de esa fuerza pudiera comunicarse con Dios para rogarle que su madre le dejará quedar con el perro.

Al cabo de un rato, su madre se giro hacía el coche, miró fijamente a Adrián y con una señal con el dedo índice le indico que fuera hacía ella.

Salió rápidamente y corriendo como una gacela fue hacía su madre.

– Bueno, Adrián, nos lo quedamos..-sin dejar acabar la frase Adrián chilló, grito y salto como una especie de cometa, no paraba de dar vueltas a su alrededor, de gritar ¡Viva, viva, tengo un perro!

– Bueno, bueno Adrián me puedes escuchar un momento, creo que deberíamos hablar primero, debes saber algo.

– ¿Qué mamá?, que bien, que contento que estoy –decía todo ilusionado.

– Mira, Adrián Guim se viene con nosotros, si, creo que te quiere y tu a él. Además creo que eres responsable y podrás cuidarlo. Solo que tenemos que encontrar una casa, no puede vivir en una ciudad, es mejor que este al aire libre para que pueda correr y disfrutar de la naturaleza, así que….

– ¿Qué mamá, que pasa?, dímelo, dime por favor- emocionado por todos aquellos momentos no podía casi ni respirar.

– Que nos vamos a vivir a un puebliecito, no te había dicho nada porque quería que fuera una sorpresa, pero ante tantas, creo que está sería poca cosa. Así que nos quedamos con Guim y nuestra nueva casa está en La Almolda, un pueblo pequeño, tranquilo, sano, con aire puro y creo que además te va a gustar mucho.

Cogieron el coche y siguieron la carretera nacional II, después de pasar Lerida y otros cuatro pueblos, Fraga, Candasnos, Peñalba y Bujaraloz, llegaron por una carretera recta de siete kilómetros que separa Bujaraloz de La Almolda.

Un pueblo en la falda de un cerro, sin apenas vegetación, parecido a un desierto, eran Los monegros una zona esteparia única en Europa constituida por cerros , llanuras y barrancos, que pocas personas saben la riqueza que significa. Aunque cuando pasas por la carretera todo es seco, no hay prácticamente árboles, su flora y fauna contiene una larga lista de endemismos junto a numerosos casos de distribuciones biogeográficas disyuntas y especies vicariantes que la relacionan con la presente en el Norte de África y las estepas asiáticas, lo que hace sospechar un pasado remoto común y la condición de isla biológica de Los Monegros. Se han calculado 5.500 especies inventariadas hasta la fecha, de las que 3.700 son artrópodos, lo que representa que menos del 1 % del territorio peninsular contiene en torno al 10% de la diversidad ibérica estimada. En la zona de Bujaraloz está salpicada por pequeñas balsas de agua salada que se forman a partir del agua de la lluvia y como no, por ríos, que también están presentes. No falta la fragancia de romero y tomillo y los chillones campos de girasoles.

También la temperatura es extrema depende de las épocas del año caracterizándose por temperaturas anuales extremas de -10ºC a más de 40ºC .

El clima puede considerarse como continental árido. Todo esto se lo explico su madre durante el recorrido de los más o menos unos ochenta y ocho kilómetros, que está vez a Adrián le parecieron un soplo de aire. El final del viaje junto a su compañero hizo que se olvidara del “pis”, del “cuanto falta” .

Al legar a Bujaraloz su madre se paro en el comienzo de esa carretera recta de siete kilómetros que une a los dos pueblos, miró hacía el final y recreándose en esa maravilla de paisaje que ese día precisamente hacía que fuera inolvidable, diviso la ermita y el repetidor de televisión que hay en lo alto de la sierra.

Estuvo unos minutos observando aquel pequeño pueblo, que a partir de ese día sería su pueblo, su hogar y su vida.

– Adrián hemos llegado, está es tu casa.

 

15 comentarios

  1. Para Juan Carlos:
    Yo tambien busco y busco un pueblo para «VIVIR»……vivir intensamente, vivir sin dolor de alma, sin nudos en la garganta, sin sufrir cada día por alguien, un lugar donde dar y recibir sea lo mismo, dónde cuando llames a alguien no tarde ni un ápice en responder, un lugar dónde lo importante sean las personas, lo que sienten, lo que son…..¿existe?….
    «Gracias Juan Carlos por estar siempre a mi lado». Besosss

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