Night. Good. Pretty. Autor: Kathleen Heil


Llegamos el 23 de diciembre al Hostal Ugly Monkey en León y cada uno cogió una litera. No pedimos una habitación privada porque Jaime quería ahorrar dinero para comprar un paquete turístico que vendía el hostal y que incluía entre otras cosas andar en trineo sobre la ceniza de un volcán muerto.  Discutí con él intentando disuadirlo―quería subir el mismo volcán con una organización sin ánimo de lucro en vez de hacer la tontería que nos vendía el Ugly Monkey (cuyo nombre también me parecía una estupidez); después de seis semanas en Centro América, era la primera vez que veía una empresa para turistas que intentaba devolver nuestro dinero a la comunidad, y pensé que lo podíamos aprovechar; me molestaba que al viajar por el país, cualquiera fuera el sitio, al final el dinero siempre llegaba a las manos de gente gringa, igual a mi.

Al final no fuimos al volcán con ninguna organización porque encontré un dato en mi guía sobre una catarata que se llamaba La Iglesia.  Pensé que podía ser entretenido ir a La Iglesia para Nochebuena, dado que yo estaba muy lejos de mi casa en New Orleáns (o más bien la casa de mis padres) y Jaime aún más de la suya en Madrid. Todo el  mundo tenía el Lonely Planet, la Biblia de Gringo Travel, y, fuéramos donde fuéramos, si el dato provenía de ella, los demás mochileros estarían allí.  Pero yo tenía una Rough Guide antigua que compré en Internet por cuatro dólares, y la información sobre La Iglesia no provenía de la Biblia, así que pensé que podríamos pasar el día de la Nochebuena juntos, solos en el camino por primera vez.

A la mañana siguiente cogimos una camioneta por seis córdobas que nos dejó en un puente.  Acabábamos de bajarnos cuando una niña de unos seis años me dijo

—¡Feliz Navidad! —Yo le contesté  —¡Hola bonita!  ¡Feliz Navidad!— con una gran sonrisa.  Dos segundos después, en vez de seguir su camino me dijo —¡Dame una moneda seño! — Fingí no haberle entendido, aunque la mano tendida expresaba claramente lo que quería.  Me miró a los ojos diciéndome —Eres muy mala–, pero sonaba  como —Ere muy mala—; la gente en Nicaragua no pronuncia la ´s´, por lo que todo suena más sencillo de lo que es.  Mi nivel de español era bastante bajo, pero bastaba para saber cómo negarse a dar dinero a niños y entender que era insultada por ello; bastaba también para pelear con el oficial en la frontera de Nicaragua por el impuesto de entrada mientras él retenía mi pasaporte.

Cuando la niña se fue, me sentí mal y aún más avergonzada por estar con Jaime, que me miraba fijamente con su cara de no sé qué.

—Happy Nochebuena, —me dijo con esa mezcla de inglés y español. Al final él hablaba mejor mi idioma que yo el suyo y a veces se reía de mí cuando intentaba hablar español, entonces me callaba dejándole hablar fueramos donde fueramos.  —Merry Christmas Eve,—  contesté, aunque en New Orleans no se dice sino que se celebra. Lo besé en la boca y Jaime sonrió de una manera distante.  El trecho no estaba señalado y la verdad es que mi Rough Guide era tan “rough” que tampoco indicaba a dónde teníamos que llegar.  Empezamos a seguir el río, que de repente se convirtió en el único camino por recorrer.  Estaba a la espalda de Jaime, y después de unos quince minutos de trecho, empezó a llover, pero no mucho.  Empecé a llorar, pero no mucho, y por la lluvia Jaime no se enteró de mis lagrimas. Igual hacía calor, aunque no mucho. Por efecto del agua y el sudor,  su camiseta empezó a pegarse al cuerpo. Me fijé en sus hombros anchos mientras lo seguía saltando por las piedras del río.

Dicen que las mujeres se enamoran por la personalidad de un hombre, pero yo me enamoré de Jaime por su sexo, por su cuerpo desnudo. Parecía un kouros, aunque era español y no griego. Era alto, guapo, de piel suave y a la vez masculina.  Nos conocimos en un bar de salsa en Antigua, Guatemala y desde que lo vi decidí que en vez de viajar sola iba a continuar con él porque quería estar a solas, pero no mucho.  Cuando bailaba quedaba claro que sabía como habitar en su cuerpo, en sus piernas largas, en sus caderas definidas.  Vivía en su físico y por la física, la cual estudiaba en La Universidad Complutense; se fijaba en los procesos que no se podían ver sino sólo entender.

Como yo, como todos los mochileros que estaban en Centro América, se escapó de su vida en Madrid porque no entendía bien que hacía allí.  Decidió tomar una pausa en su doctorado para pensar las cosas, pero la verdad no quería pensar en ellas. Yo tampoco. Acababa de terminar un Master de pintura en Italia y volví a New Orleans porque mi visado había expirado. Pero allí no había nada más que un lío y después de unos meses ya tenía ganas de huir. Debido a todo esto estaba hecha un lío, así que daba igual que pidiera otro préstamo, lo hice y me fui de viaje otra vez.

Después de media hora de haberle seguido, empecé a preocuparme.  Ya no llovía, ya no lloraba yo, pero aún no habíamos llegado.

—Oye, ¿A dónde me llevas?

—Dios mío, ten paciencia, ya llegaremos.

—Venga, ya sabes que no tengo paciencia ni Dios.

Quería que mis palabras sonaran como una broma, quería dar a nuestra excursión un tono ligeramente irónico, como si me diera igual que fuese Nochebuena. No me importaba pero estaba molesta, aunque no entendía muy bien por qué.  Quizás porque a Jaime no le gustaba que le tomase el pelo.  Cuando lo hacía, siempre ponía mala cara.  Quizás porque pensaba que mi idea de ir a la Iglesia era una estupidez.

Después de otra media hora llegamos.  El tamaño de la catarata no era nada impresionante, y alrededor había bolsas de papas fritas y latas de cerveza a medio terminar.  Pero igual la escena era bonita, bonita por la ausencia de mochileros y por el ruido del agua que era tan fuerte que casi podía acallar mis pensamientos turbulentos.

Jaime miró con desprecio la basura que había por todas partes y dijo algo sobre la gente nicaragüense.  Le dije algo sobre los mochileros y me sentí mal.  Se desvistió y se zambulló en el agua.  Lo seguí.  Empecé a tocarle para quitarme los pensamientos que corrían por mi mente, no quería pensar, quería estar en sus brazos. Sentía algo más, algo que ya sabía que con Jaime nunca iba a tener.  Nos tocamos unos minutos pero el agua estaba fría, entonces salimos y nos vestimos.

Quería que me preguntara qué me pasaba, quería que se diera cuenta de lo que tenía en la mirada, pero solo me sonrió y dijo que deberíamos volver al hostal antes de que atardeciera.

Desde la catarata vimos el camino que habríamos tenido que recorrer en vez de seguir el río y esta vez lo tomamos.  Cuando llegamos a un puente que cruzaba un arroyo, Jaime se giró y me besó fuerte. Al acercarse a mis labios hizo que el puente se moviera y por el miedo que me dio le apreté fuerte. En sus brazos tenía una sensación que era algo más que corporal, una expansión de sentimiento que reconocía como extraordinaria y patética a la vez. Las palabras se me escaparon de la boca―X, Y, Z.  Qué pensaba Jaime, no tenía la menor idea.  X is to Y as Y feels for X.

Me desvistió, pero no hicimos el amor.  Hubiera sido peligroso por lo estrecho y débil que era el puente.  Nos tocamos hasta que cada uno llegó al orgasmo. Nunca me ha gustado que alguien me masturbe hasta el orgasmo, me parece una manera de llegar que sólo aumenta lo vergonzoso que sea el deseo a veces, es como pedirle a alguien que te hurgue la nariz.  Al terminar me miró con ojos satisfechos y maliciosos.

Ere muy mala, —me dijo Jaime, imitando a la niña que habíamos visto antes, riéndose irónicamente, como si las tres palabras que yo le había dicho fuera también una broma.

Al verle reír, con una sonrisa vacía le dije otra vez:

—Merry Christmas Eve, —y lo besé.

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