Viaje a los Volcanes. Autor: María Dolores Cuña Loeda

La llegada a Lanzarote no nos permitió la vista de los volcanes, como esperábamos.  Las nubes cubrían toda la vista y prácticamente no vimos nada hasta que estábamos a muy pocos metros del suelo.  Nuestra amiga Cristina, que vive en la isla desde hace unos pocos meses, nos esperaba en el aeropuerto.

Recogimos el coche de alquiler que previamente habíamos reservado por teléfono y después de pagar el importe por cuatro días, salimos rumbo a Puerto del Carmen, localidad turística perteneciente al ayuntamiento de Tías, donde Cristina presta sus servicios como funcionaria después de aprobar una difícil oposición del grupo A.

El hotel, que fue escogido por Cristina debido a la cercanía de su casa, es un conjunto de edificaciones (pequeños apartamentos) en torno a una gran piscina.  Los huéspedes son mayoritariamente ingleses y alemanes, de modo que nosotros éramos los únicos nacionales allí.

La habitación era en realidad un apartamento de planta baja.  Después de dejar las maletas salimos andando hacia el puerto con el fin de encontrar un lugar donde poder comer alguna especialidad de pescado de la zona.  Cristina nos llevó a una cervecería decorada con elementos náuticos, donde comimos en la terraza boquerones fritos, así como un pescado que llaman cherne, acompañados de los consabidos mojo picón y  mojo verde, que  según pudimos observar, ponen con prácticamente todos los platos.

Después de una corta sobremesa y un paseo por la zona del puerto, nos dirigimos andando hacia el hotel con el fin de deshacer las maletas y proyectar el resto de la tarde con Cristina.  Llegados los tres a la habitación, nos encontramos con el hecho contundente de que no estaban las dos maletas. Nos miramos unos a los otros y empezamos a buscar: el dormitorio, el salón-cocina, el baño…  Nada, no estaban.  En el armario encontramos el bolso de mano que había llevado yo y que Rafael había tenido la precaución de guardar.  Ya con los nervios alterados nos dirigimos a la recepción del hotel, donde pusimos el asunto en conocimiento de la empleada, que con gesto escéptico, nos decía:

─¿Cómo que faltan las maletas?  ¡No puede ser!

Como nosotros insistimos en que hiciera algo, se dirigió a un camarero que estaba a cargo del bar y que parecía un encargado, el cual hizo los mismos gestos de extrañeza, sin saber qué hacer.  Exigimos ver al director pero nos dijeron que estaba en otra isla, ya que era domingo y hasta el día siguiente no vendría. Desde luego, estaba claro que no pensaban llamarle.

Después de instar a que llamaran a la Guardia Civil, regresamos al apartamento, donde Cristina, haciendo gala de sus dotes detectivescas, había inspeccionado el lugar y había descubierto huellas de unas zapatillas deportivas en el alféizar de la ventana, que estaba pintado de blanco, y en el suelo de lava volcánica, donde se apreciaban huellas de pisadas, una de entrada y otra de salida.  Asimismo  en el cristal se veían las marcas de unos dedos.  El pasillo que circundaba los apartamentos estaba rodeado de una verja metálica y un seto vegetal que separaba  el complejo hotelero de la calle, al final del cual, a unos pocos metros de nuestro alojamiento se veía un agujero cuadrado de grandes dimensiones donde encontramos las mismas huellas. Además, el seto vegetal había sido cortado recientemente y los trozos estaban en el suelo, en la calle.  El resultado de nuestra investigación se lo pasamos a los dos agentes, un hombre y una mujer, que llegaron al poco rato.

Los dos guardias nos hicieron preguntas sobre lo que llevábamos en las maletas y nos pidieron que les describiéramos algunas prendas, lo que hicimos con lujo de detalles, sobre todo una chaqueta blazer de mi marido, que tenía unos botones de la Compañía Trasatlántica, (cuyos barcos mandó Rafael durante muchos años), que yo le había cosido.  Le dijimos que no llevábamos dentro ni dinero, ni joyas, sólo ropa.  Ellos inspeccionaron la habitación y dedujeron que los ladrones habían actuado con prisa, ya que no advirtieron la bolsa de mano que estaba en el armario y que contenía una cámara de fotos y otra de video.  Por otra parte, en el pasillo exterior había una cámara de seguridad a cierta distancia, de modo que esperaban estudiarla y sacar alguna conclusión.  Nos dijeron que teniendo en cuenta que habían pasado varias horas no nos hiciéramos ilusiones de encontrar lo perdido.  No obstante, nos rogaban que fuéramos al Cuartel a hacer la correspondiente denuncia.

Cristina estaba desolada, pues se consideraba responsable por habernos buscado precisamente aquel alojamiento y mi marido estaba deseando cambiarse de calzado, después de la caminata para comer y volver.  Salimos pues, hacia el Cuartel de la Guardia Civil que precisamente nos había mostrado Cristina (¿premonición?) al pasar cerca cuando volvíamos de la comida.  Como la Avda. de Juan Carlos I, nuestra calle, estaba en obras, había que dar un gran rodeo hacia el Cuartel, por lo que cogimos el coche y nos dirigimos allí.

Parece que los guardias tenían mucho trabajo, por lo que el joven que estaba “de puertas” nos rogó que nos sentáramos,  esperando que llegaran sus compañeros. Cristina nos urgía para que fuéramos a comprar algo de ropa para dormir antes de que cerraran las tiendas, pero nosotros nos resistíamos heroicamente.  Después de un buen rato y mientras nos lamentábamos,  se nos acercó el guardia y nos dijo que no quería que nos hiciéramos ilusiones, pero le habían dicho por teléfono que habían aparecido “unas maletas”.   Ante la pronunciación casi inexistente de las eses finales característica de los canarios, yo pregunté:

─¿Cuántas?

Doh ─dijo el guardia─ Y tienen ropa.

Se nos iluminó el semblante.  Cristina y yo nos miramos esperanzadas. Rafael no decía nada, estaba cansado y desesperado, pero se espabiló al oír la noticia. Al parecer, habían aparecido en una calle cercana al hotel, abandonadas en el suelo.

Llegaron los guardias y sacaron del coche nuestras maletas:  maltrechas, con las cremalleras rotas, pero con la ropa.

─Su chaqueta está, desde luego  ─dijo sonriendo el agente, mirando a Rafael.

Corrimos a ver el desaguisado y a primera vista parecía no faltar nada.  Se había puesto el día más frío, por lo que mi marido aprovechó para ponerse la famosa chaqueta, que, con los vaqueros que llevaba, daba una imagen “arreglá pero informal”.

Los guardias nos aconsejaron volver al hotel y verificar si faltaba algo, y al día siguiente hacer la denuncia.

Cuando llegamos al hotel con nuestras maletas rotas, la recepcionista puso cara de creérselo.  En realidad creo que dudaban de nuestra honradez, pues parece que están acostumbrados a que los extranjeros hagan denuncias de falsos robos para cobrar seguros.  Por un momento pensamos en irnos del hotel y buscar otro, pero eran las diez de la noche y estábamos cansados. Entonces insistimos para que nos dieran otra habitación menos accesible, por lo que nos pusieron en otra que estaba en el primer piso, a donde se ascendía por una especie de escalera de caracol.

Ya en la habitación, que era exactamente igual que la de abajo, nos pusimos a vaciar las maletas.  Cristina se dedicó a colgar en el armario toda mi ropa, lo cual hizo en un santiamén.  Parecía que no se quedaba tranquila hasta hacernos olvidar el problema, como si fuera culpa suya.  Estaba todo: la ropa, los medicamentos de mi marido, un par de libros, todo.  Cosa curiosa, alguna ropa mía se encontraba en la maleta de Rafael, lo que nos hizo suponer que los guardias se la encontraron desperdigada y la guardaron como supieron.

En eso llamaron a la puerta y allí estaba de nuevo la pareja de la Guardia Civil, que querían asegurarse de si faltaba algo.  Les informamos de que estaba todo y les reiteramos nuestro agradecimiento y nuestra confianza en la labor de la Guardia Civil y quedamos en ir al día siguiente a poner la denuncia. Se despidieron:

Gracias, señora.  Se hace lo que se puede, pero el CSI no somos…

Aunque estábamos cansados, había que cenar algo y nos dirigimos a un restaurante que tenía el descriptivo nombre de O Churrasco, que estaba en la misma calle.  Se puede suponer que en condiciones normales no iríamos a un restaurante gallego, pues cuando viajamos nos gusta comer lo propio del país, pero aquel día no era nada normal.

Nos atendió el dueño, que era de Pontevedra, y que nos ofreció una lista de platos gallegos y no gallegos.  Tomamos unos pinchos variados y una cazuela de champiñones y gambas, así como aguacates rellenos y un revuelto de ajetes y gambas, todo compartido.  Después tomamos helados de postre.

El día había sido bastante sorprendente, pero aún no se habían acabado las sorpresas.  Después de que Cristina se despidió nos dispusimos a acostarnos, pues nuestros espíritus, al igual que nuestras fuerzas, estaban llegando al límite.  Cuando retiré la colcha de la cama descubrí sobre la almohada una mancha de considerable tamaño y un olor a tabaco en las sábanas que ya me hizo entrar en shock.  Ni corta ni perezosa, y sin quitarme las zapatillas, me dirigí con la almohada a la recepción, dispuesta a armarla.

Al llegar a este punto del relato me acuerdo de mi primo Gonzalo, quién en nuestra última conversación telefónica cuando le conté que nos íbamos de vacaciones a Canarias, me dijo:

¡A ver sobre qué vas a reclamar esta vez!

Se ve que Gonzalo me conoce, sabe que yo soy un poco exigente, también conmigo misma, pero pónganse en mi lugar y díganme qué hubieran hecho ustedes en aquella situación.

La recepcionista no hizo ningún gesto, como si el asunto no le sorprendiera.  Se limitó a decirme que me iba a dar otras sábanas, cosa que hizo de inmediato, sacándolas de una habitación cercana.  Yo le reproché que viviendo del turismo, proyectaran una imagen tan cutre de nuestro país, si tenemos en cuenta además que la mayoría de los clientes son ingleses y alemanes.

Como no se pueden pedir peras al olmo, me fui con mis sábanas limpias y me dispuse a hacer la cama, pues ya eran horas de dormir, después de tantos disgustos.

Por la mañana hicimos planes de darnos un chapuzón en la piscina que veíamos desde la terraza de nuestro cuarto, pero lo primero era lo primero, y había que ir sin falta al Cuartel a cumplir la obligación cívica, después de desayunar, claro.  Como el hotel no sirve desayunos, cruzamos la calle sorteando las obras y llegamos a un bar que anunciaba pomposamente English Breakfast.  Pedimos a la camarera zumo de naranja, huevos a la plancha y lo que ella llamó bacon inglés, con un café con leche, desayuno lo suficientemente contundente para enfrentarnos al nuevo día.

Cuando llegamos al Cuartel nos encontramos a dos parejas de alemanes y a un señor solo, que se nos habían adelantado y como la cosa parecía que iba para largo, nos fuimos, siguiendo el consejo de un joven guardia, que nos dijo que era mejor ir por la tarde a hacer la denuncia.  Por lo visto la mayoría de las denuncias eran de extranjeros, y los intérpretes trabajan por la mañana, razón por la cual hay más gente a esa hora.

Al lado había un centro comercial y aprovechamos para comprar unas maletas en el mismo, pues había varios pisos donde se encontraba de todo, incluso un puesto de cosmética para las manos donde un chico me interpeló en inglés para hacerme una demostración de unas sales del Mar Muerto que dejaron mis manos finas y suaves.  No tuve más remedio que practicar mi mal inglés, pues el chico no sabía nada de español. Pensamos que hay que tener valor para venir a vender algo sin saber español, pero nos dimos cuenta de que no sólo éramos los únicos españoles en el hotel, sino que casi en toda la isla.  Ya desde tan temprana hora, los turistas extranjeros desfilaban con pantalones cortos y las espaldas al aire, rojas como cangrejos y llenas de manchas.  Incluso en el hotel, los saludos del personal eran también en inglés.  Total, que no compré las sales del Mar Muerto, porque entre otras cosas costaban cincuenta euros, y además el tratamiento se complementaba con una crema de parecido precio.  Ya era bastante con pagar ciento siete euros por las maletas, aún con el descuento que nos hizo la vendedora, que se apiadó cuando le contamos que nos habían robado.

Por cierto, que nunca habíamos visto un establecimiento en que hubiese tantas botellas de bebidas alcohólicas como en el supermercado que había allí.  Eran metros y metros de estantería con vino, cervezas y toda clase de licores espirituosos, pero mucho más de lo que puede haber en un hiper.  Se ven que los ingleses practican con fruición el drinking, incluso se diría que vienen de vacaciones para beber.

Dejamos nuestras flamantes maletas en el hotel y preguntamos por el director, pues queríamos saber qué opinaba, además de qué medidas pensaba tomar para resarcirnos de alguna forma, aunque, dado el panorama reinante, no nos hacíamos ilusiones.

La recepcionista nos indicó que el director nos esperaba y que pasáramos a su despacho.  El hombre se presentó y escuchó el relato de nuestras desdichas con atención.  Después empezó una serie de lamentaciones sobre la clase de turismo barato que llegaba al hotel últimamente, de lo mal que iba la economía y de las trampas que hacían los extranjeros que pretendían cobrar falsos robos a los seguros de viaje, sin advertir que prácticamente nos estaba insultando. Habló de las peleas de las parejas borrachas en las habitaciones, que exigían largas sesiones de limpieza de las camareras.   Dijo que su seguro no se hacía cargo más que de lo depositado en las cajas fuertes de las habitaciones (en las cuales, dicho sea de paso, no caben las maletas), y que había decidido no cobrarnos la primera noche y de las otras tres hacernos un considerable descuento.  Yo, ofendida, le expuse mis argumentos de que le considerábamos responsable de la seguridad del hotel y le reclamé por la desidia y suciedad de la habitación, a lo que él respondió que iba a tomar medidas con la camarera.  Rafael me hacía gestos de que lo dejara correr, pensando seguramente en el tiempo que perdíamos sin ir a la piscina.  La verdad es que salimos de allí con el corazón encogido, tanta era la pena que nos dio el director, a quien sólo le faltó llorar.

Bajamos a la piscina, que ya estaba llena de gente, aunque la mayoría no se bañaba, pues el agua no estaba demasiado caliente todavía.  Rafael se atrevió a darse un buen baño, y yo me puse a leer mientras tomaba el sol hasta el mediodía, pues habíamos quedado con Cristina en ir a buscarla al Ayuntamiento para salir los tres a comer.  A aquellas alturas, ella ya habría hablado con sus compañeros de trabajo para que nos recomendaran sitios interesantes.

En efecto, a las tres de la tarde recogimos a Cristina en el Ayuntamiento, donde ella nos presentó a sus compañeras y salimos con dirección Sudoeste hacia un pueblo llamado El Golfo, donde nos dijeron que encontraríamos un restaurante para comer pescado, muy interesante.  Llegamos allí en unos veinte minutos después de atravesar Yaiza, uno de los pueblos más importantes, con una construcción bastante bonita, representante de la tipología local, que consiste en casa cúbicas, con los tejados planos.

El restaurante en cuestión se llama Bogavante, y sirve gran cantidad de pescado, muy fresco, que nosotros apenas conocíamos.  Uno de los que más nos ponderaron se llama vieja, que a Cristina y Rafael les gustó, pero yo debo decir que no me entusiasmó especialmente, como tampoco el famoso cherne del día anterior, dicho sea de paso.  Comimos, como digo, vieja y cazuela canaria (pescado también) con papas arrugás y en consabido mojo.

Dimos un paseo por el pueblo que tenía algunas casa antiguas con unos balcones de madera muy bonitos, y después tomamos dirección al Sur, por una carretera que estaba bordeada por las salinas llamadas de Janubio, muy extensas.  Llegamos a Playa Blanca, que, como dice su nombre, es de arena blanca, algo raro allí, y bastante larga,  jalonada de tiendas de souvenirs, donde compramos algún recuerdo a unos comerciantes indios.  Cristina compró unas zapatillas deportivas para su hijo, y cuando se las envolvían descubrió que tenían una mancha en el cuero blanco que fue imposible de quitar, a pesar de los esfuerzos del vendedor que nos quería convencer de que aquello no era nada, ya que no tenía otro par.  Menos mal que a base de quejarnos le devolvió a Cristina parte del dinero pagado.

En Playa Blanca encontramos una tienda de la Fundación César Manrique, donde también estuvimos comprando postales y algún detalle para regalos.  La dependienta nos dio muchas explicaciones sobre César Manrique, haciéndonos saber de su intervención en el paisaje y en la conservación de la naturaleza salvaje de la isla, así como de sus obras de arte que están en la mayoría de los lugares públicos, e incluso en las rotondas, que ya nos habían llamado la atención.

Volvimos a Puerto del Carmen, pues ya iba siendo hora de ir a poner la denuncia, antes de que se hiciera de noche.  Una vez allí, con las dichosas obras tuvimos que dejar el coche bastante lejos e ir andando al Cuartel.  Entonces sí que el establecimiento estaba alterado: se veían guardias entrar y salir constantemente, y el teléfono no paraba de sonar.  Mientras esperábamos le comenté a Rafael que la dotación del puesto debía de estar compuesta por unos veinte individuos por lo menos.

Como ya llevábamos allí un buen rato y ya había anochecido, nos pidieron cortésmente que volviéramos al día siguiente, pues podrían atendernos mejor.

Cuando nos levantamos al otro día nos aseamos y salimos con el propósito de hacer la denuncia de una vez por todas.  Por tanto, nos dirigimos al cuartel sin desayunar y esta vez sí, nos atendieron bastante pronto.  Mientras esperábamos, ya nos saludaban todos lo que pasaban, como a viejos conocidos.  Llegaron también nuestros guardias, y charlamos un momento.  Supimos que él era de Sevilla y ella de allí, de Tías.  Por fín, nos mandaron pasar a un despacho donde estaba una agente de uniforme que se llama Eva y que nos contó que es de Orense (¡qué raro!) y supongo que será uno de los intérpretes de la Guardia Civil,  pues la oimos hablar con alguien en inglés por teléfono.

Nos atendió otro joven muy eficiente que iba escribiendo y hablando conmigo, que también nos contó que su bisabuelo, su abuelo y su padre habían sido guardias civiles.  Aprovechamos para preguntarle por el número de efectivos que había y nos dijo que ochenta y cuatro. ¡Si cuando yo digo que aquella es una zona peligrosa…!

Terminada la denuncia que firmó mi marido, y dado que nos dijeron que habían estudiado la cámara del hotel y comprobado que el robo lo había llevado a cabo un solo individuo, se me ocurrió preguntar si habría que ir a declarar en caso de juicio.

No contestó el guardia.  Basta que lo hagan por videoconferencia.

En este momento de la lectura, mi primo Gonzalo estará pensando:

¡Hala! ¡Tú sigue metiéndote en líos, hija…!

Total, que un poco más y nos quedamos a vivir en el Cuartel, que desde luego hubiera sido más seguro que nuestro hotel.

Por fin, cumplido el objetivo, fuimos a hacer un desayuno continental, pues el británico ya nos parecía demasiado para repetir.  Después nos fuimos un rato a la piscina, aprovechando el tiempo, que aunque no era veraniego, estaba agradable.

Aquella mañana nos había llamado Cristina desde el trabajo para pedirnos que la recogiéramos a las dos y veinte, pues tenía permiso para salir antes, con el fin de que aprovecháramos el tiempo para ver cosas por la tarde.   Salimos pues, con destino a Arrecife, que es la ciudad más importante de la isla, y comimos allí, en un pequeño mesón de comida típica, y después salimos con dirección al Norte, pues teníamos interés en conocer los Jameos del Agua, formaciones naturales de lava volcánica, de las cuales habíamos oído hablar a todo el mundo.

Atravesamos pueblos con nombres como Tahiche, Teguise, Guatiza, Arrieta, Punta Mujeres, con carreteras estrechas en perfecto estado de conservación, pero que se  iban haciendo cada vez más naturales, sin señales de tráfico apenas.  Se nota que han querido conservar el entorno lo más intacto posible.  A partir de allí todo lo que nos rodeaba iba pareciendo un paisaje lunar, tal era el aspecto del suelo de lava negra que se apreciaba en toda la lejanía, en los montes y en el llano.  Subíamos cada vez más, pues la costa iba siendo acantilada, y por fin llegamos al paraje donde se encuentran los Jameos del Agua, una serie de cuevas formadas por la lava de un volcán llamado La Corona, que erupcionó hace tres mil años.  En el interior de una de las cuevas existe un lago natural donde se da una especie de cangrejos pequeños, albinos y ciegos, cuyo origen no se conoce, que allí llaman  jameítos.  Esta imagen es la que eligió el artista César Manrique para promocionar la isla, y se reproduce mucho en las cercanías, así como en forma de souvenir para los turistas.

Saliendo de la cueva grande se encuentra el Jameo Chico, donde hay un pequeño jardín botánico,  y en el exterior han construido una especie de piscina color de aguamarina (debido a la pintura del estanque, claro) que encaja perfectamente con el entorno.  Además hay un centro de interpretación de los volcanes, interesantísimo para los aficionados a la Geología.

Recorrimos todo el espacio que está bastante comercializado, aunque con mucha dignidad, y, después de ver la Casa de los Volcanes, entramos como es de rigor, en la tienda de recuerdos.

Seguimos hacia el Norte, pues queríamos ver el Mirador del Río, paraje del que habíamos oido hablar a Gerardo, mi cuñado, quien me había dicho que la vista de la isla Graciosa era inigualable desde allí.

Todo el camino seguía siendo un paisaje de otro mundo.  Pasamos cerca de la Cueva de los Verdes, pensando en verla a la vuelta, si nos quedaba tiempo, pues estaba relativamente cerca de los Jameos. Los caminos se cruzaban sin que encontrásemos ninguna casa, sólo lava por todas partes.  Por fin llegamos a la costa norte, donde está el Mirador, algo espectacular: entre la bruma y el viento ya muy frío a aquella hora de la tarde, se distinguían perfectamente no sólo la Graciosa, sino Montaña Clara, el Roque del Oeste y Alegranza.

Exaltados, nos aproximamos todo lo que pudimos al borde del acantilado que está guarnecido con una barandilla de piedra, para disfrutar de aquella maravilla de la naturaleza.  El viento tenía una fuerza devastadora, parecía que íbamos a volar de un momento a otro.  Muchos otros curiosos se acercaban para disfrutar del espectáculo, pero el crepúsculo se echaba encima rápidamente y el frío también.  Aprovechamos para hacernos algunas fotos, como queriendo robar el instante mágico, inolvidable, al lado de una escultura en hierro de César Manrique que señala el mirador y que representa un pez y un ave.  Este nombre de Mirador del Río procede de la lengua de mar de unos dos kilómetros que separa Lanzarote de la Graciosa, que es llamada por los locales el Río.  Las obras de acondicionamiento que permiten disfrutar de las vistas se deben también al artista lanzaroteño.

Hablamos con un joven del país que estaba disfrutando del espectáculo como nosotros y que nos dijo que el pueblo que se veía en Graciosa, enfrente, sólo tenía quinientos habitantes y que era el más importante de todo el conjunto isleño, llamado Archipiélago Chinijo.

Como el día se nos acababa, nos quedamos sin ver la Cueva de los Verdes, que dicen que es en realidad una prolongación de los Jameos.  ¡Qué le vamos a hacer!  Otra vez será…

Al empezar el retorno me apeteció ver y tocar una planta para nosotros desconocida que estaba por todas partes, entre la tierra volcánica y que Cristina me explicó que se llama tabaiba.  Más tarde Marina, mi botánica de cabecera, me dijo que es un endemismo propio de Canarias.  Mejor hubiera hecho en no ser tan curiosa, pues debí de frotarme los ojos después de tocarla y sufrí una molestia en el derecho durante un par de horas, aunque me lo lavé profusamente con agua mineral de la botella que tenía para beber.

Cuando nos aproximábamos a Puerto del Carmen, Cristina sugirió que fuéramos a Playa Honda, donde ella iba a trasladar su domicilio en breve.  Como no tenía la llave, sólo pudo enseñarnos el edificio.  El pueblo esta muy bien, con casas de pocos pisos, habitado por gentes peninsulares, con muchas tiendas y un centro comercial muy grande.  Dimos un paseo y entramos en él.  Resulta que había rebajas y Cristina se empeñó en regalarme una cocotte, un tipo de cazuela francesa de hierro fundido que hace unos guisos muy ricos, y que yo había pensado hace tiempo en comprarme, pero el peso que tiene me echaba para atrás.  Cristina la compró sin decirme nada cuando yo estaba distraída y me la puso en las manos. ¡Prometido, Cristina, cuando vengas te haré un pollo a la cocotte!

En Playa Honda entramos en Casa Tere, un merendero regentado por una Granadina con quien Cristina ya había trabado conocimiento, pues son paisanas, que nos puso unas raciones de boquerones para chuparse los dedos.  No sé si fue a consecuencia de ello, pero mi ojo dejó de darme la lata.

Al día siguiente ya era veinticinco de marzo, día de nuestra salida hacia Tenerife.  Después de desayunar y hacer las maletas nuevas, decidimos llevar las viejas a casa de Cristina, por si podía hacerlas arreglar, tal como habíamos quedado la víspera.  Luego nos acercamos a Arrecife, que está a unos veinte minutos en coche, para tomar un aperitivo en el Arrecife Gran Hotel, como Cristina nos había recomendado.  El hotel tiene diecisiete pisos, en el último de los cuales hay una cafetería con unas vistas maravillosas sobre la ciudad y la playa.  Dejamos el coche en el parking que está precisamente en los sótanos del edificio y subimos en un ascensor de cristal que permite ver la playa y la ciudad conforme se sube.  Pedimos dos copas de vino y unas croquetas, que sirvieron sobre un lecho de pisto manchego y decoradas con unos hilos de puerro frito, todo delicioso.  Había cantidad de extranjeros, supongo que la mayoría huéspedes del hotel,  haciendo fotos.  Tomé nota de lo del puerro frito para ponerlo en práctica en casa, con gran contento de mi marido.

Después volvimos hacia Tías a recoger a Cristina para ir a comer en IKEA, que está en las proximidades del aeropuerto.  Lamentamos no haber podido ver el Timanfaya y la Montaña de Fuego, como habíamos proyectado, pero no contábamos con los incidentes policiales que nos ocuparon nuestro primer día de vacaciones.  Las probabilidades de verlo desde el aire durante el viaje a Tenerife tampoco eran buenas, pues salíamos en el vuelo de las ocho y media de la tarde con la compañía Binter Canarias,  ya anochecido.

El aeropuerto tiene un mural blanco que ocupa toda una pared, que es obra también de César Manrique.  Estuvimos allí aguardando las dos horas de rigor después de facturar, aprovechando el tiempo para hablar con Cristina, que se empeñó en quedarse hasta que embarcamos.

El avión era nuevo, pequeñito y cómodo, en contra de lo que me había prevenido Marina de los aviones entre islas. Tal como habíamos pensado, no pudimos ver los volcanes ni nada, pues la noche se cernía sobre nosotros y sólo se adivinaba el mar cuando nos aproximamos a Tenerife.

Cuando llegamos eran las diez de la noche y llovía torrencialmente.  Manolo y Lala estaban esperándonos para llevarnos al hotel.  Por el camino Rafael y su amigo intercambiaron noticias de amigos comunes y de los cambios que habían ido sucediéndose en la isla, pues mi marido volvía a Tenerife después de veintidós años y para mí era la primera vez.

Tomamos un piscolabis en la cafetería del hotel y nos despedimos hasta el día siguiente, para ir a descansar.

La habitación era una estupenda suite en el sexto piso, gracias a los buenos oficios de Manolo, que todos los días va a tomar el café y a hacer tertulia en la cafetería del hotel y es amigo de la directora.  Desde las ventanas se veía toda la plaza y parte del puerto de Santa Cruz.

Bajamos al comedor y nos dimos un homenaje con el desayuno de bufet.  Después de un paseo por las calles cercanas donde se concentra gran actividad comercial, nos encontramos en la cafetería con Manolo, pues habíamos quedado a las once para darnos un paseo hasta la hora de comer.

La mañana estaba húmeda, pero sin llover. Cuando encontramos a Manolo nos dijo que nos invitaban a comer en el Casino, donde la oferta gastronómica es excelente.  Dimos un pequeño paseo hasta su casa, que está muy cerca y allí nos encontramos con Lala, que nos enseñó su comedor lleno de objetos que recuerdan la vida de los barcos.  Incluso Manolo tiene una iluminación especial en esta especie de santuario, con muebles antiguos, muy bonitos.

Cuando salimos del ascensor para dirigirnos al Casino, que está al lado del hotel, nos enteramos de que había un apagón eléctrico producido por un rayo, pues en alguna parte de la isla se había desatado una tormenta. Las tiendas estaban a oscuras, excepto las que tenían un sistema de emergencia.  Pensamos que tuvimos suerte de que no  nos pillara la avería dentro del ascensor.

Como era ya una hora prudente nos acercamos los cuatro al Casino y después de sentarnos en un rincón con vistas al puerto, nos informaron de que debido al apagón, que afectaba a toda la isla, no se podía cocinar.  Sólo disponían de los platos del menú, que estaba hecho previamente.

Manolo estaba muy decepcionado, pues pensaba obsequiarnos opíparamente, pero no tuvimos más remedio que comer el menú del día, que por cierto era estupendo.  Los camareros se movían con elegancia y discreción, así como con una deferencia exquisita hacia nuestros amigos, dirigiéndose a Manolo como “don Manuel”, pues él es uno de los más antiguos socios del Casino.

Por la tarde, después de un descanso en el que cada uno se fue a su casa, Manolo y Lala vinieron al hotel, donde hicimos un poco de tertulia y tomamos un refrigerio, pues no se podía hacer otra cosa, dado el tiempo reinante. Allí probamos una bebida sin alcohol a base de manzana que por aquí no se conoce, llamada Appletiser.  Está muy buena, es una pena que en la Península no se encuentre.

Lala me trajo un chaquetón en previsión de la excursión que haríamos el día siguiente, pues seguía lloviendo y sin pinta de cambiar ni de subir la temperatura.  Rafael había llevado algo de ropa de abrigo, pero yo fui con el vestuario de verano, que en Lanzarote me había ido muy bien.

Por la mañana, después del desayuno recibí un mensaje electrónico de mi cuñado Gérard, quien me mandaba una foto de sus nietos, Florence y Harry, preciosos, que viven con sus padres en Inglaterra.  El empleado de Recepción fue tan amable de imprimírmela.  Esto es una de las ventajas de las comunicaciones electrónicas, que nos permiten estar siempre comunicados.

Salimos temprano con Manolo y Lala hacia la zona de La Orotava, con el fin de comer en Tacoronte, en un restaurante de carretera llamado Casa Nazario, que hace unas codornices a la plancha, famosas en toda la isla.  La carretera ascendía  abruptamente y cada vez se veía el mar más lejos.  Las codornices, tal como se preveía, estaban estupendas.

El café lo tomamos en El Sauzal, un pueblo que está más abajo, en el valle.  La cafetería era como un balcón con mucho cristal, desde donde se veía todo el panorama de las casas, con su arquitectura de balcones de madera y la vegetación de chumberas.  Después hicimos una breve parada para visitar a la hermana de Manolo y su familia, que viven en aquella zona, en una casa típica con un gran jardín,  para enseguida, regresar pasando por Puerto de La Cruz.  Esta es una ciudad típicamente turística, pero llena de estilo, con pequeñas playas, grandes hoteles, muchísimos apartamentos de vacaciones, y la consabida infinidad de tiendas de recuerdos, además de espectáculos callejeros, durante todo el año, no sólo en verano.

Por la noche hicimos una reunión en la cafetería del hotel con nuestros amigos, que vinieron con su hijos, nuera y sus dos nietas.  Tanto Manolo hijo, como Ana, su mujer, son farmacéuticos y por la mañana ya habíamos visitado su farmacia, de camino a nuestra excursión a La Orotava.

El día veintiocho era la víspera de la marcha y no quisimos irnos sin ver el Teide, que ya estaba previsto desde el principio de nuestro viaje.  El día se presentaba bueno, pero nos habían advertido de los cambios que se dan en las alturas.

Manolo y Lala nos acompañaron con su coche, un Mercedes un poco antiguo, pero muy bien conservado y confortable.  En Santa Cruz hacía un día soleado, pero habíamos cogido ropa de abrigo, por lo que pudiera presentarse en las proximidades del volcán.

Cuando empezamos a ascender a la montaña, nos encontramos con una niebla que se espesaba más y más.  La estrecha carretera se oscurecía por momentos: habíamos llegado a lo que allí llaman “el mar de nubes” .  La travesía duró sus buenas dos horas, y menos mal que se nos cruzaron menos de media docena de vehículos, pues la visibilidad era casi nula.  Al cabo de dicho tiempo, como por arte de magia, salió el sol y las nubes quedaron por debajo de nuestro nivel.  Allá arriba se divisaba el Volcán, con su cumbre nevada.  La sorpresa llegó cuando nos encontramos nosotros también con la nieve.

Echamos pie a tierra en Las Cañadas del Teide, paraje muy interesante con sus formas un poco fantasmagóricas, producto de las erupciones, y que da lugar a la existencia de numerosas leyendas.  Parece ser que en el año 1492 hubo una gran erupción, y la última registrada fue en 1798.

La vegetación es especial, desconocida fuera de allí.  Nuestros amigos nos hablaron del tajinaste, que es un endemismo protegido, que presenta unas flores bellísimas, pero que en este momento no se veía.  Varias de estas especies están protegidas, por encontrarse en peligro de extinción, y el Parque del Teide está reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

No llegamos al pico, que es el más alto de Canarias y también de España, con sus 3.718 m. Hacía un frío intenso, con un viento helado procedente de la cima, a dónde sólo se puede subir en el teleférico.  Nos conformamos con quedarnos en la base del mismo, donde está el Parador de las Cañadas del Teide.  Desde el comedor se divisaba el volcán entre nubes, que poco a poco se fueron disipando y nos permitieron gozar de la visión.

Después de una magnífica comida decidimos bajar, pues había amenaza de nieve.  Habíamos oído que los días anteriores estaban cortadas algunas carreteras, pero creíamos que en este momento no había problema, puesto que no se veía ninguna señal de advertencia.  Entonces tomamos otro camino, por una zona llamada La Esperanza, y nuestra sorpresa aumentó cuando vimos nieve en los arcenes.  En realidad estábamos subiendo, pues había que pasar un puerto de montaña, que aún así hacía más fácil el descenso, pues evitábamos el “mar de nubes”.  Poco después empezó a nevar con bastante consistencia, aunque como el tramo era más corto, pronto llegamos a una cota donde la meteorología nos era más propicia.  Paramos en un bar de carretera y nos tomamos un “leche y leche”, que es una especie de café con leche al que se le añade leche condensada, muy propio para adelgazar.

Para entonces el tiempo se había normalizado, pues ya estábamos casi al nivel del mar.  Santa Cruz nos recibió con un poco de lluvia, como en los últimos días.

Nos retiramos temprano para hacer las maletas.  Al día siguiente, después de desayunar nos despedimos de Manolo y Lala, que se acercaron al hotel y esperamos a Juan Carlos, que nos llevaría al aeropuerto.

Juan Carlos Díaz Lorenzo es un periodista amigo de Rafael, a quien no veíamos desde hacía tiempo y a quien le hubiera gustado estar con nosotros más días, pero que no pudo, debido a sus múltiples ocupaciones, entre otras la publicación de su último libro sobre los volcanes de la isla de la Palma, su tierra natal.  El vuelo de regreso salía desde el aeropuerto Reina Sofía y Juan Carlos nos llevó en su coche hasta allí, lo que aprovechamos para intercambiar impresiones durante el viaje y después de facturar, en el aeropuerto, mientras comíamos unos bocadillos.

El vuelo transcurrió normalmente.  Llegamos a Vigo con la satisfacción de haber visto, después de todo,  y aunque de lejos, el Volcán.

Vigo, junio 2009.

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