El viaje. Autor: Remedios

Miré hacia todos lados. El silencio me sonó a muchas voces hablando en secreto y la luna me quedaba tan cerca que hasta sentí ganas de meter la mano en la claridad. Avancé despacio. Por el camino angosto las piedras brillaban igual que si fueran de vidrio. Nada rompía el orden de lo común, pero se mantenía en mí la esperanza de haberlo logrado. De pronto me detuve. Desde los árboles altos bajaron volando unas mujeres que envueltas en la neblina me gritaron:

–         ¿Y tú, qué quieres. No te gusta estar muerto?

–         ¿En dónde es aquí? Pregunté. Lo extraño de la referencia no ensombreció la emoción de encontrarme por fin ante un mundo que superaba lo imaginado.

–         En ninguna parte, pero todavía queda mucho  campo. Respondió la que se adelantó cerrándome el paso.

Le busqué la cara. Su aspecto, igual al de una substancia nebulosa, sólo dejó traslucir unos ojos fijos. Entonces, haciéndome a un lado, busqué la luz y anoté:

“Hablan en metáforas, son alegres y se parecen  a los espantos”. Luego, para darles confianza, les conté que era inventor. I.n.v.e.n.t.o.r  deletree. Me sorprende que podamos entendernos. Viajo por el tiempo y aquí aparecí.

Antes que terminara de explicarles, interrumpieron.

–         ¡Aaaaaah! Entonces por qué mejor no te apareces allá adelantito, en la parte de los hombres. Ahí hay uno que le gusta hacerse invisible.

Presentí la ofensa. En definitiva no eran amistosas. Descubrí que en cualquier lugar que estuviera me había llevado el coraje. Sin pensarlo cogí una piedra, pero antes de que pudiera tirarles, se arremolinaron de golpe completando la burla.

–         ¿A poco nos vas a matar? Y muertas de la risa, se volvieron a meter entre las ramas.

El comportamiento elemental me sugirió la duda. ¿Había equivocado los cálculos? Consulté mi libreta. Al margen de una hoja encontré la advertencia: “La dispersión de las moléculas a través del tiempo y del espacio, para después conformarse en materia, provoca un estado de somnolencia que puede traducirse en visiones”

Busqué un lugar para recuperarme del cansancio. No pasó mucho tiempo desde que aliviado por la aclaración, decidiera continuar el viaje.

El camino bajaba y subía como enredado en aquella loma. Si bien mi reloj se había parado, me supuse las horas. La atmósfera era densa y a lo lejos  ya se adivinaba la rueda de un sol. Apenas doblé una curva me topé con un muro. Se extendía muchos metros a lo ancho  hasta perderse en la distancia. Dividía sus lados una puerta de dos hojas, que abiertas dejaban salir un torrente de luz.

Me niego a aceptar que sentí nostalgia. La necesidad de demostrar el éxito de la aventura,  trasladarme 3000 años al futuro, volvía trivial ese trance. De cualquier manera, acepto que  pensé en los años de desvelo, en la sonrisa irónica de los incrédulos y por qué no,  en la noche en que casi me arrepiento ante los ruegos de la mujer que juró, por lo  más sagrado, que me creía. Aún así, las imágenes pasaron rápidas y no me demoré en entrar.

Aquí, permítanme hacer una pausa. Abundaré para el caso en las siguientes consideraciones.

Que soy un hombre repudiado por la ciencia. Que la decepción hizo propicia mi huida y que  llevado por el azar, encontré refugio en un sitio lo bastante lejano para dejar actuar sin reserva mi talento. Que la imposibilidad de contar con material sofisticado, se transformó en la virtud de utilizar los objetos que estaban a mi alcance, tales como la maquinaria de un tractor, las aspas de algunos abanicos, dos alambiques y entre otros utensilios circunstanciales, me apena decirlo, el hueso de una ballena que tuvo a bien morirse a la orilla de aquella playa en cuyo pueblo encontré, además de admiración, el aprendizaje de un idioma, que me sorprende haya sobrevivido los años.

Ahora prosigo.

La seguridad con la que atravesé aquel umbral, no evitó que un ligero temblor me hiciera arrastrar los pasos. Noté que el brillo era provocado por numerosas veladoras que colocadas en el suelo de tierra, formaban una espiral. Me inquietó que el espacio fuera inferior al de su aspecto externo. En lo alto estaba oscuro, resultado deduje, de las emanaciones de humo que al volverse espeso  ocultaban la parte del techo.

Un templo. Dije en voz baja, quizá excedido por la tensión.

Comprendí  rápidamente. El suceso evolutivo consistía en que las primitivas figuras en bulto, habían sido substituidas por el hecho de tener que adivinarlas en los reflejos  que producía la luminosidad de las velas. Para confirmar mi teoría, logré ver en las paredes la larga procesión de unos ángeles, el resplandor de sus trompetas y una vírgen. El nuevo concepto me maravilló.

Me perdía en el arrebato de las visiones, cuando un viento repentino hizo titubear las velas. ¿Cómo narrarles el asombro? Las pequeñas llamas cayeron al suelo y juntándose la una con la otra, como en una pequeña avalancha, rodaron hasta formar una bola de lumbre.

Intenté correr, pero una voz me detuvo en seco.

–         Más vale que te quedes porque te acaban de pedir. Ordenó.

–         Quién me pide. Respondí automáticamente sin analizar el absurdo de que la lumbre pudiera hablar.

–         Una que no deja de llorar para que  aparezcas, pero de aquí para allá no se puede.

–         ¿Y de allá para acá? Pregunté  con la misma inercia del miedo.

–         Sí, respondió. Asómate.

Al fondo en una esquina, se abrió un rectángulo que dejaba ver un claro. Me desplacé llevado por el arranque  que provoca la curiosidad. Antes de alcanzar lo que creí la orilla, choqué con algo duro. Tanteé el imperceptible material. Del otro lado vi a Soledad, mi pobre soledad, hurgando en lo que al parecer había sido un incendio. (¿Por qué las cosas suceden cuando uno no está?) Alcancé a divisar  entre los escombros un asiento ruinoso. Le hice señas para darle consuelo sin meditar en lo inútil de aquel acto. Muy pronto reaccioné. Alguien pretendía chantajearme por medio de una ilusión óptica. Me volví rápidamente. En ese instante escuché un zumbido. Revisé la barra indicadora de señales que llevaba colocada como una venda de fierro en mi muñeca. Me quedaba poco tiempo. Era necesario asegurarse de que las coordenadas eras las correctas para regresar a la máquina. Ajusté algunos botones. El error traería la muerte inmediata.

Ocupado en estas necesidades, tardé en darme cuenta que la lumbre se había extinguido. La luz del rectángulo era tenue. Estaba en penumbra. Encendí la lámpara meticulosamente colocada en la cavidad del hueso de un ojo que colgaba de mi pecho como una medalla. Volví a mis observaciones. Algo o alguien hacía dibujos en la ceniza.

–   ¿Quién vive? Pregunté con cierto valor.

–         Nadie. Me respondieron y sentí en mi oído el aliento de una boca.

–         Por favor, supliqué olvidando la dignidad, necesito saber.

Hubo una pausa hasta que por fin se dejó ver la figura.

–         Soy el que se hace invisible. Dijo.

Me sentí confortado por la nobleza de la profesión, pero los minutos pasaban y pregunté de prisa.

–         ¿Quién hizo la magia?

Me miró sin contestarme. Luego, murmuró comprensivo:

–   Necesitas una prueba. Yo la tengo. Es mi fórmula de la invisibilidad.

La tentación fue inmediata. Me debatía entre salir a buscarla o regresar antes de que fuera demasiado tarde.

Como si me leyera el pensamiento, aseguró:

–         De que te sirve regresar sin nada. Lo que hay  aquí es una copia de lo que hay allá de donde tú vienes.

–         ¿Nada ha cambiado?

–         No. Siguen las envidias. ¿A ti también te dijeron que estás muerto?

–         Sí. Respondí con una sonrisa.

–         ¿Ves?  No te preocupes. Si te quedas yo te ayudo a construir otra máquina.

–         Aquí traigo los planos. Acerté a decir convencido  por el argumento. ¿Está muy lejos donde vamos?

–         No. Mira, me respondió tocándome con su mano de gas.

–          Me sentí liviano. En un segundo cayó de mi brazo la pulsera que desapareció sin mí antes de tocar el suelo. No existen palabras para describir el estado de felicidad que comenzó a inundarme cuando nos elevamos.

La vida en este lugar no ha variado mis convicciones. Logré construir un artefacto de posibilidades tan asombrosas que he decidido continuar el viaje, ahora sin el peligro, cuando así convenga de ser visto y en compañía amistosa.

El ocio es el rasgo común de esta civilización. Desacostumbrados a mi diligencia, hay quienes aseguran que hasta me creen capaz de convencer a los muertos.

Yo por mi parte, doy gracias a las mujeres que se han mostrado dispuestas a colaborar, llevando en misión especial este documento, escrito para mayor observancia, en la libreta que contiene los planos.

Este mismo será enterrado al azar, dejando al destino la gloria de aquel que lo encuentre y cuyo resultado dependerá de su ingenio. Que así sea.

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