El desfiladero del Taolai. Autor: Félix Remírez Salinas

Abracé a Xie Lihua y ambos permanecimos en silencio, mirando el acantilado que se abría frente a nosotros. El arrullo del río lejano entrelazaba armonías con la brisa y el frufrú de las azaleas que colgaban del desfiladero. El frío era intenso y nuestro aliento creaba volutas de vaho que vibraban inquietas en el aire antes de desintegrarse. Las lágrimas no llegaron a humedecer sus ojos canela –era una mujer fuerte- pero intuí que lloraba en su alma. Comprendí que aquella barranca no separaba sólo los antiguos territorios exteriores de los del Imperio sino, también, su vida de sus anhelos.

Todo había comenzado dos semanas antes. Uno de esos viajes de negocios que conducen a lugares recónditos en donde algún político montó una factoría alejada de todo, quizá sólo por el capricho de hacerlo. Jiayuguan, una ciudad de unos pocos cientos de miles de almas, es un enclave chiquito en China, perdido en el lejano oeste del país, no lejos de la frontera con Mongolia, sobre los restos de la antigua ruta de la seda. De arquitectura sobria y costumbres provincianas, la presencia de extranjeros es aún motivo de curiosidad. No es fácil llegar a ella. Sus comunicaciones son escasas y esto no es algo casual. En la región se hallan ubicadas ciertas instalaciones militares y el aislamiento es la mejor medicina para conseguir total discreción. Un tren diario, de esos que arrastran lánguidamente decenas de vagones llenos de pasajeros adormilados, y unos pocos vuelos semanales a Xian y Lanzhou son todas las opciones. Así que no es sencillo coordinar el viaje y, mucho menos, lograr que sea rápido.

Era Enero. Nevaba en toda China y la azafata del pequeño avión chapurreó en inglés que nos encontraríamos con una temperatura de diez grados bajo cero. El aire cimbreaba el aparato y, de tanto en tanto, la lluvia golpeaba las ventanillas. Las nubes cenicientas y cerradas no nos permitieron ver el suelo hasta que estuvimos a apenas cien pies de la pista. En realidad, aterrizamos sobre una capa de hielo en donde las marcas habituales de un aeropuerto, las luces y las señales, habían desaparecido bajo la nieve. La terminal era un pequeño edificio de baldosines azulados en donde se apiñaban unas banquetas de acero, una desvencijada cinta manual de recogida de equipajes y un par de servicios. Unos carteles en inglés mostraban indicaciones para los extranjeros pero eran ininteligibles o, mejor dicho, francamente graciosos.

Fue entonces cuando la conocí. Era una mujer menuda, guapa, con un pelo negro y unos ojos plenos de encanto. Calculé que tendría unos veinticinco años. Aguantaba en alto un cartelón con mi nombre y lo agitaba para hacerse ver, aunque era evidente que el pasajero al que esperaba sólo podía ser yo. Se dirigió a mí con espontánea alegría y se presentó. Su inglés era bueno. Lo había aprendido en la escuela superior y, aunque jamás había salido de Jiauyuguan, tenía un acento mejor que el mío. Además, su sonrisa – franca y alegre- compensaba cualquier problema de sintaxis que pudiera tener. Vestía un abrigo azul, de un tono que seguramente en Europa habría sido considerado chillón pero que, allí y sobre ella, lucía elegante. Estábamos rodeados de una treintena de viajeros que, entre que eran saludados por sus familiares y se detenían a mirarme como el objeto exótico que era, se habían apelotonado en torno a nosotros. Xie Lihua se abrió camino sin miramientos, empujando a un lado y a otro. Yo me limité a seguirla, arrastrando la maleta. Costó introducirla en el pequeño maletero de su coche pero lo logramos. Ella había decorado el automóvil porque, en aquella ciudad, un vehículo sin engalanar no es digno de ser conducido. Los asientos estaban cubiertos de bordados de puntillas, con intrincados motivos, zurcidos pacientemente por su hermana; colgaban del retrovisor toda clase de amuletos y cintas de colores que protegían al coche de desgracias de diversa índole, y el volante estaba acolchado con una mullida funda de lana de yak. Lihua nunca había oído la palabra “tuning” pero no tenía nada que envidiar al mejor especialista. Condujo con destreza por caminos que a mis ojos no existían. La nieve lo cubría todo y yo no podía descubrir señal alguna que me indicara las direcciones. Marchábamos por el centro de la carretera, echándonos de tanto en cuanto a un lado cuando nos cruzábamos con un camión. El orden de las calles me desconcertaba. Los carriles izquierdo y derecho se entremezclaban sin concierto y los peatones y los ciclistas ejecutaban una coreografía compleja, acompañada de bocinas de todo tipo, en la que parecía un milagro que no hubiese accidentes.

El hotel era coqueto y recoleto. Estaba adornado con guirnaldas rosas que formaban arcos y pérgolas junto a una fuente que se alzaba en el centro de la entrada. Lazos rojos, amarillos y alguno que otro de un verde estridente se mezclaban anárquicamente con sedas y banderolas blancas. Luego supe que se había celebrado una boda el fin de semana anterior y que, aún, no habían tenido tiempo de desmontar el escenario. Xie Lihua hizo las gestiones y, poco después, estaba ya instalado.

La tarde y los tres días siguientes los dedicamos a hacer las gestiones que me habían llevado a Jiayuguan. Cada mañana, ella estaba esperando sonriente en la recepción, me conducía a la fábrica del cliente, traducía con empeño mis explicaciones y me dejaba de vuelta en el hotel al atardecer donde, con gestos y mucha buena voluntad por parte de las camareras del establecimiento, me hacía servir unos macarrones o un sándwich vegetal que era casi lo único que cocinaban al estilo occidental. Seguía nevando y todo estaba congelado. Los transeúntes caminaban lo más aprisa que el hielo les permitía y se cubrían con mascarillas para evitar que el frío les helara los pulmones. En la televisión creí entender, mirando el mapa que mostraban, que la borrasca se iba a intensificar aún más en los días venideros. Así fue. Cuando finalicé mi trabajo, el viernes, los viajes aéreos estaban cancelados en gran parte del país y el tren que unía la ciudad con Lanzhou estaba bloqueado por la nieve en algún lugar remoto. Las previsiones no eran buenas y mi acompañante me hizo saber que debería quedarme unos días más hasta que se reanudaran los vuelos. Cuando notó mi estupor, sonrió – Xie Lihua siempre arreglaba todo con su sonrisa- y me dijo que no me preocupara, que ella se encargaría de que mi estancia fuera agradable e inolvidable. Se despidió con un enigmático:

– Mañana a las diez, estate aquí abajo con un abrigo grande y zapatos fuertes. No lo olvides. Mañana a las diez.

Por la mañana, parecía un contrasentido disfrutar de aquel cielo azul, despejado y límpido, y ver que los termómetros casi bajaban a veinte bajo cero. Pero esas cosas son normales en los inviernos de Jiayuguan tras noches de raso y estrellas. Seguí las recomendaciones de la chica y me puse encima todo lo que pude. Dos pares de calcetines, dos camisetas, un jersey de cuello alto y la chaqueta más gruesa que encontré en la maleta. Tomé los guantes y bajé. Xie Lihua no me vio. Estaba distraída leyendo un libro, sentada en uno de los sillones junto a la fuente. Parecía abstraída e interesada. Intenté ver qué leía sin darme cuenta que los caracteres chinos no me permitían saber siquiera de qué trataba su lectura. Se levantó en cuanto me vio y me invitó a entrar en el coche. Era una mujer distinta. Sí, tenía la misma sonrisa, pero ahora se mostraba más cercana, más charlatana, como si distinguiera muy bien las jornadas laborales y profesionales del asueto del fin de semana.

Condujo a través de la avenida central, a cuyos lados se apretaban pequeñas tiendas que mostraban toda su mercancía en estanterías exteriores que desafiaban el invierno. Los comerciantes parecían distribuirse por áreas. El ambiente se llenaba de olores que componían acordes de fragancias. Aquí, una veintena de puestos de venta de té, todos alineados uno tras otro, con sus diferentes colores y aromas entre los que relucía el lung ching dorado, dulce y relajante si se toma templado. Más allá, fruta: peras, duraznos, papayas, manzanas, limones, naranjas de la China – de dónde, si no- , dragones de fuego, lichis, mandarinas, sandías, pomelos. Al otro lado, carne, legumbres y cestones con mantou aún calientes. Un poco más adelante, miles de cartones de tabaco, todos con llamativas letras en chino y, justo en la esquina, un tenderete de ropa con batones estampados de dragones retorcidos y manteles con serpientes gigantescas. Lihua manejaba despacio pero, aún así, yo no tenía tiempo suficiente para observar todo lo que discurría, como en una película, al otro lado del cristal.

El mundo dio un brinco cuando, tras unos veinte minutos de camino por el campo, el horizonte se quebró con la silueta de un palacio. Una ciudad amurallada completa, majestuosa, imponentemente recortada contra el cielo azul. El fuerte de Jiayuguan nos esperaba y era parte de lo que Xie Lihua quería mostrarme. Las saeteras, cubiertas de nieve, se alzaban muchos metros hacia el cielo, y los pasadizos eran aún transitables. Las rampas de subida estaban heladas. El patio de la torre de entrada estaba blanco y espíritus ausentes parecían observarnos desde los ventanales. Cuando llegamos arriba quedé absorto por la vista. La muralla china serpenteaba por valles y montañas ribeteando el relieve y el horizonte. Hasta donde la mirada alcanzaba, el muro defensivo se extendía de este a oeste continuando fielmente las prominencias del paisaje. Allá cerca, me explicó Lihua, comenzaba la gran muralla; allá estaba el origen de la magna obra con su primera piedra, la que de verdad separaba a los mundos bárbaros exteriores del gran imperio de la dinastía Ming que dominaba el continente y, fuera del cual, poco existía entonces que mereciese interés. El fuerte, del siglo XIV, se construyó en el único oasis que se había encontrado, en el límite del Gobi. Por allí pasaban los mercaderes que se dirigían, en largas hileras de cabalgaduras y camellos, desde Persia hasta Xian a lo largo de la ruta de la seda. Aquel fuerte significaba para los viajeros alcanzar la tranquilidad y el sosiego después de las largas jornadas en la estepa, la seguridad de caminos empavesados y vigilados, la certeza de dejar atrás el territorio de los pueblos asilvestrados para entrar en la modernidad del imperio. Xie me relató la leyenda que describía su meticulosa construcción. Antes de iniciar los trabajos, el gobernador a cargo del paso fronterizo preguntó al maestro arquitecto cuántas piedras y de qué tipo se necesitarían para completar la obra. Sin inmutarse por la magnitud y dificultad de la pregunta, el artesano fijó un número concreto y pidió una más como seguridad. Cuando, varios años más tarde, el palacio se completó había sobrado exactamente una única piedra, lo que maravilló a todos. Aquel pedazo de roca se colocó en un lugar preferente, sobre el dintel del arco principal, en honor a la sabiduría del arquitecto. Y aún permanece allí. Xie Lihua alargó su brazo indicando la mítica piedra con el orgullo de pertenecer a una civilización capaz de aquellas proezas. Encontré entonces a una mujer culta, conocedora de la historia con una profundidad que nunca hubiera imaginado, capaz de expresarse – aún en un idioma que no dominaba- con un entusiasmo y una convicción que encandilaban. Me contó de cómo se distribuían las funciones dentro del fuerte; de los guardias que cada noche encendían antorchas sobre las torres y daban voces de alerta cada hora; de las fiestas que el gobernador ofrecía a sus huéspedes; de las concubinas que reclutaban entre las adolescentes de la zona; de los mercaderes que llegaban cargados de especias y paños desde la India o desde Arabia. Me habló de la pagoda que se yergue en el centro del patio de armas, con sus estancias decoradas con frescos y suelos de azulejos; de los paseos de las doncellas entre los cedros o los sauces del parque, de las oropéndolas que la emperatriz cuidaba y de las leyendas de garzas mágicas que anidaban al borde del estanque. Relató los llantos de los deportados que debían dejar la patria para siempre, saliendo precisamente por las poternas de este fuerte para que las autoridades certificaran el destierro. Cuando tornaban sus ojos para ver China por última vez, los centinelas les apuraban a alejarse de la protección de la barbacana y adentrarse en el temor del desconocido desierto. Me contó de batallas sangrientas contra hordas de enemigos que asaltaban la frontera y eran repelidos con valentía por los soldados del emperador. De gobernantes crueles, de siervos compasivos.

– Te admiro- dije, de pronto- sabes más tú sola que toda una clase de estudiantes de historia en mi país.

Yo creía que aquellas palabras la halagarían pero Xie Lihua no sonrió. Por el contrario, pareció turbarse con una expresión triste que duró sólo un instante. Estaba intrigado y deseaba saber qué pasaba por su mente pero ella interrumpió mis pensamientos:

– Ven, aún tenemos muchas más cosas que ver.

Me dejé llevar. Las laderas que se extendían más allá del fuerte reflejaban el sol y parecía como si un enorme espejo cegara todo lo que se encontraba más allá de la antigua frontera. El camino, abierto por algún camión entre la nieve, se estrechaba a medida que se alejaba del palacio. Un kilómetro más adelante, una tienducha de campaña, pobremente fabricada, albergaba una fogata que ardía entre unas piedras y a un guardián cubierto de hollín y cenizas que salió a nuestro encuentro. Lihua le dijo algo, puso unas monedas en su mano y el guardia nos permitió continuar. Me hizo descender del coche y caminamos. Había un gran silencio, apenas roto por algún graznido de aves que permanecían ocultas entre la maleza. El terreno era pedregoso y entre la nieve asomaban dibujos que las rocas creaban caprichosamente.

– Mira, la primera torre. Aquí comenzaba todo. Desde aquí alertaban al paso fronterizo de la llegada de enemigos.

Era la torre número uno de la Gran muralla china. El primer mojón de los miles que se extendían hasta el Pacífico. Los siglos habían hecho mella en ella y su parte superior estaba derruida. La erosión del viento, de la lluvia y del granizo había redondeado sus aristas pero aún así desafiaba al mundo después de centurias. Una roca con una inscripción en chino anunciaba que era allá, justamente allí, donde el país del centro – que eso es lo que significa China- comenzaba y se constituía en faro de la civilización antigua.

Pero todavía quedaba lo más importante. Xie Lihua sonrió como si supiera la impresión que me iba a causar la siguiente imagen. Tomó mi mano- en un gesto que me sorprendió- y me hizo caminar un poco más.

De pronto, surgió de la nada. Un desfiladero de ochenta metros de profundidad y trescientos de ancho se desplomaba bajo nuestros pies. Abajo, muy abajo, el río Taolai se abría paso a duras penas entre los hielos que habían bloqueado la garganta. Las paredes totalmente verticales a ambos lados, parecían labradas con cinceles gigantescos. Se trataba de una enorme cicatriz en la tierra, una herida abierta en medio de Asia, que se desbordaba por decenas de kilómetros de este a oeste. Ni siquiera miré a Xie. No podía dejar de observar aquella hondonada extraordinaria que separaba el continente en dos. Aquí, China, la civilización. Allá, la barbarie, el páramo, el desierto inhóspito. Era una visión que atraía, que hipnotizaba. Miré finalmente a Lihua sin atreverme a decir palabra. No era preciso. Ella podía ver en mis ojos cuán agradecido estaba por haberme llevado hasta allí. A pesar del frío, no sentamos al borde del gran cañón del Taolai. Estuvimos así largo rato hasta que los jirones rojizos que asomaban por el este nos anunciaron que pronto llegaría la oscuridad. Aquella noche la invité a cenar. Ella eligió el lugar y fue tan cortés que escogió un restaurante pequeño donde servían comida que sabía no me resultaría muy extraña. Insistió en que probara la salsa de tamarindo agridulce y me enseñó a preparar los rollitos de pato laqueado con hebras de apio. Rió al ver mi torpeza con los palillos y brindamos con té y licor de hierbas. Unos grandes faroles de seda con candelas en su interior nos envolvieron en una luz cálida y cercana, en una atmósfera mágica, de esa que invita a contar cosas y a escuchar desdichas. La cascada de una fuente ronroneaba suave en el porche. De más a lo lejos llegaba una melodía triste que alguien punteaba en un guquin.

A los postres le pregunté qué estaba leyendo cuando la sorprendí ensimismada en el hall del hotel. Llevaba el libro aún en su bolso. Eran poemas de Shu Chung. Sin pedírselo, me tradujo uno:

Hay nubes blancas en el cielo,

grandes acantilados se elevan hacia lo alto.

Interminables son los caminos de la tierra,

montañas y ríos obstruyen el camino:

te ruego que no mueras.

Por favor trata de venir nuevamente.

No intenté decir nada. Hubiera estropeado la magia de los versos tan bien declamados por ella. Tampoco le dije que aquellas palabras eran maravillosas pero supo que así lo sentía con sólo mirarme. Me prometió que me regalaría un libro de Shu Chung si lograba encontrar una edición traducida.

Aquella noche, Xie Lihua no sonrió pero yo la encontré más encantadora que nunca. Me contó de su desesperanza por no poder salir de Jiayuguan, de sus infructuosos intentos de marchar con una beca a Pekín, de unos padres tradicionales que no entendían que no quisiera casarse ya con algún hombre adinerado, de sus lecturas de poesía en la soledad de la biblioteca, de su ilusión por viajar por un mundo que sólo conocía por la televisión y los libros. Se sentía desafortunada, abandonada a un destino que le era imposible romper. Si en la Edad Media, la garganta del Taolai era el linde de los exiliados que no podían regresar, ella ahora la sentía como la muralla que no le permitía escapar.

– A veces pienso que hay un río Taolai entre tu mundo y el mío, entre lo que quiero vivir y lo que me dejan vivir – bajó la mirada como si se avergonzara de contarme aquellos pensamientos.

Intenté convencerla de que todos, en mayor o menor medida, nos enfrentamos a nuestros Taolais; que todos anhelamos saltar al otro lado de la frontera, hacer lo que no hemos hecho, sentir lo que no hemos sentido, vivir y perder amores.

– ¿Sabes? – me confesó – , las personas no hemos aprendido nada. Conozco unos versos de Yuan Chi. Murió casi hace dos mil años y nadie hoy le recuerda, pero sus palabras permanecen tan vigentes que las releo muchos días.

– ¿Qué dicen? – pregunté.

Ahora un gran lamento se apodera de mi mente.

¡Si sólo tuviese mi hogar en otro lugar!

Volvimos a la garganta del río en los días que siguieron. Aunque ya no nevaba, el aeropuerto permanecía cerrado y no me apetecía tomar el tren y pasarme veinte horas en él. Repetíamos la rutina. Llegábamos al desfiladero y nos sentábamos junto al abismo, sin apenas hablar, tan sólo mirando la hondura del precipicio, intentando escuchar los rumores de viejas batallas, de antiguos sollozos, de los millones de seres que habían hollado antes aquel lugar. El Taolai era ajeno a nuestras miradas y proseguía su lento fluir entre los hielos que intentaban aprisionarle.

La última tarde antes de partir, – por fin se habían reanudado los vuelos hasta Xian-, Xie Lihua me dio las gracias por haber sido tan paciente al escucharla. Fue entonces cuando la abracé en un acto que, de no haber estado solos, podría haber sido malinterpretado por sus compatriotas. Le dije que algún día lograría atravesar su río, que nuestras vidas quizá se encontrarían nuevamente en otro lugar, que no había despeñadero tan agreste y profundo que su inteligencia y su juventud no pudieran vencer. Que conseguiría cruzar el Taolai que rasgaba su corazón. Que yo cruzaría el mío. Sonrió y me besó en la mejilla.

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  1. Yon

    Me ha gustado mucho este relato, porque cuenta una experiencia personal y para mí está muy bien escrito y es ameno.

  2. Mónica

    La historia atrae. Esa mezcla entre descripción pintoresca del paisaje y trama humana me ha gustado mucho

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