En el corazón de Madrid. Autor: José Antonio Rodríguez Morales

Era uno de esos días friolentos y grisáceos de octubre  avisando un año frio en el corazón de Madrid y tomando un café en el “StarBucks” frente a la Plaza Callao.  Me miro a mi mismo recordando la frase, “callao”, es decir muy callado, en total silencio mirando a través del cristal hacia la plaza. Hace mucho frío, pues un café bien caliente es lo mejor para comenzar este día,  ¡Pero qué día!… Es uno de esos días que no tiene principio y mucho menos final. Miro al rededor del establecimiento y veo una señora de unos 50 años de edad con un periódico abierto en las manos, pero me fijo más de cerca con disimulo y está muy acomodada  durmiendo en el sofá acojinado y con unos ronquidos que apenas se oye. En fin, cada cual a su asunto.

 Miro a otro lado a través del cristal y en la plaza veo la repartidora de publicidad, y los que reparten el periódico,  estos tienen el inicio de un día  que no parece tan difícil. También el que se baja con prisa del autobús frente a la Gran Vía, parece  tener el día ya marcado; el que sale del metro subterráneo atolondrado de frío se apresura directamente a su destino; también puedo ver desde aquí el que camina a pasos ligeros o el que está sentado esperando al  acompañante. Y aún el mendigo que se para en su esquina envuelto en sus harapos sucios,  parece ya tener su destino. ¡Cuánto haré hoy!… Se dirá a sí mismo, mirándose las manos todas sucias y temblorosas de frío, ¡Pobre hombre!…

Mientras ocurre todo esto a mi alrededor, sigo disfrutando de un buen café, lo que al instante pasa un joven de prisa y  <“Splash”> ¡mi café bien calientito!… ¾Discúlpeme, llevo mucha prisa, ¡Perdón!  No ha sido mi intención. El joven tropieza conmigo y me echa a perder el café. ¾Le invito a otro café, y lo que usted quiera, Vale?… me dice todo angustiado. ¾Por favor, perdone mi torpeza. ¡No pasa nada hombre!…

 En lo que  me sirven otro café, le pregunto: disculpa la indiscreción, pero usted, ¿A dónde se dirige con tanta prisa? El apuesto joven con una sonrisa en el rostro contesta: Voy a casarme.  ¿A casarse?  (Lo cual me digo para mí mismo: “otro con su destino ya marcado”) ¡Sí!… Y si me permite, voy con prisa. Perdona, antes me dijo lo que quieras, verdad?  Así es, ¡dígame!  ¿Puedo acompañarle? ¡Bueno, bueno!…¾haciendo un gesto con la cabeza, dice: en estos momentos necesito un testigo ¡Urgente!, si no tiene inconveniencia y quiere ser mi padrino, puedes venir. ¡Claro que no!, es decir, sí, sí que quiero.  Pues mi destino es el ahora. Pero, ¿ese equipaje?, ¡hacia dónde te diriges? Creo que me dirijo al mañana. ¡Mm! El mañana tiene un lugar, ¿No? No lo sé aún. Sólo es una contestación a tu pregunta. Pues en estos momentos no tengo un lugar específico a dónde dirigirme.

 Mientras salen del establecimiento, el hombre “filósofo” que observa el mundo a su alrededor le dice: ¡Oye! Voy a ser tu testigo y aún no se tu nombre. ¡Discúlpame!… El joven le extiende una mano de saludo cordial y la otra mano sobre su hombro izquierdo, y le comenta: Tengo tanta prisa que olvidé presentarme. Pero, ¿Cómo te llamas tú?

¡Federico!… ¿Qué tiene de especial un día lunes como hoy tan temprano, además de nublado y frío?

¡Solo avanza! Si me sigues preguntando tantas cosas nunca llegaremos temprano a mi boda.

Estos dos siguen hablando por el camino y alcanzado unos pasos más adelante, el novio dice: ¡Mira! Allí, allí es el lugar, al lado de la Catedral. Creo que todos están preparados y todavía no llego.  ¡Calma tío!, que un novio con cara de angustia y desesperación no es bueno para inicial una nueva vida en compañía. Como lo anuncian todos los sacerdotes: … ¡para toda la vida!

Llegando al lugar Federico se impresiona y expresa: ¡Ohhhh!… ¡Pero qué pomposo esta todo! El carruaje, la alfombra hacia el altar está forrada de pétalos de rosas en distintos colores. Este lugar está soberbio ¡Madre mía!…  Y el niño que cruza la alfombra de un lado a otro, este niño parece el portador de anillos, tan rubio y sus ojos como el fondo del mar, parece un ángel.  Se ven algunos jóvenes con modernos estilos de recortes y toda una vestimenta de marcas famosas, otros más clásicos, pero de igual manera se observan muy alegres. Parece una boda de estas en las que todos están de acuerdo. Se percibe una atmosfera de alegría entre la gente.

Al entrar al lugar de la  ceremonia  me escurrí por la orilla y me asomé por una de las ventanas de fachada antigua, que por cierto acristaladas, pero con las dos puertas abiertas de par en par, parece que la celebración es aquí también, la alfombra de pétalos continua por la derecha hacia el patio interior, donde al fondo se ven mesas y sillas muy adornadas. Pero antes de ellas un lazo gigante entre la alfombra y el lugar. ¡Cuánto detalle!. Sigo observando, y al otro lado del patio aparece una anciana de apariencia de un siglo de años,  ¡Vamos! “una historia viviente”  un tanto jorobada y de piernas flacas, se acerca a mí con una mirada muy viva y una sonrisa a flor de labios, que por cierto, rojos como el carmesí y me pregunta: ¿Eres el testigo? ¡Eh! Creo que sí. Contesté alucinado con todo este acontecimiento.  Me coloca en las manos una tijera y me dice:

Tú serás el afortunado en cortar el lazo ¿Yooooooo?  ¾Contesto con los ojos saltados de sorpresa.

Sí, tú. Y no se hable más. Esta vieja cascarrabias. Tiene casi cien años y con una energía que ya los más jóvenes desearíamos tener. ¿Qué hago ahora? No conozco a nadie, la gente es media extraña, pero a la vez simpática. Sólo conozco al novio de un día que aún no ha terminado y que sigo sin saber su nombre. Otro personaje se acerca a mí. Un señor mayor con un esmoquin, parece que es el mayordomo y me pregunta: ¿Es usted el testigo de esta magna ocasión? Me parece que sí. ¾¡Mm! Creo que mi día comienza a tener destino. Tome, esto es talla 48 creo que le queda.

Esta es una persona de algunos 55 a 60 años con  gesto un tanto gruñón, pero muy respetuoso. ¾Pase conmigo, me indica el caballero. Le sigo y mientras camino tras de él paso por lugares maravillosos, de aspecto antiguo, y conservado por muchos años. Estas puertas parecen de cedros muy grandes que abren a cada lado y de las que atravieso por una de ellas alejándome del lugar del festín…  ¿A dónde nos dirigimos? Creo que debe asearse. ¡Cierto!, con este nuevo atuendo debo lucir guapo en la fiesta, ¡soy el padrino!…

Ya listo y de vuelta  nuevamente al lugar de la actividad, me encuentro con una niña de cabellos largos ondulados y de unos ojazos tan brillantes como las primeras margaritas de primavera, parece una princesita muy bien vestida y me saluda: ¡Hola!,  extendiendo su mano para saludarme, me pregunta: ¿Cómo se llama ustede?

Federico.

Usted debe ser el padrino. ¿Verdad?

Exacto. Y tú pequeña princesita ¿Cómo te llamas?

María Isabel.

¡Mm! Como la Reina Isabel. Que nombre encantador. ¿Y qué edad tienes?

Siete  años y medio, casi ocho.

Bueno, casi ocho años ¡eh!  ¿Eres familia del novio?

Sí. Soy su hija.

¡Ah! El novio ya tiene sus retoños.

¿Cómo dice usted?

¡Nada!, ¡nada! niña de casi ocho años.

Hija, ¡dime una cosa! ¿Quieres mucho a tu papá? (Por crear alguna conversación entre ambos).

Sí, mucho.

¿Y tu mamá?

No sé. Se está prohibido hablar de ella en esta casa.

Perdón por la indiscreción.

¡No pasa nada!

Oye, ¡qué educada eres!

¡Gracias señor!

Y usted ¿De dónde viene? Su acento no es de aquí. ¾¡Mm! Con el dedo en la boca y un gesto de yo no sé,  le contesto. De por ahí, de ayer, del nuevo mundo, de las Américas jovencita. ¡Eso! de las Américas. ¡Ah!… Claro, ahora entiendo el porqué de su acento. He viajado mucho con mi papá y me parece divertido conocer los diferentes idiomas y sobre todo los acentos de los países de América del Sur a los que visitamos a menudo. Cuando sea grande quiero estudiar idiomas, ¡pues como viajamos tanto! ¾Diciendo esto, al mismo tiempo que sube sus hombros, sus manitas  las eleva también, como queriendo decir siempre estoy con mi padre…. ¡Qué inteligente eres María Isabel. Y como hablas!, pareces una niña de más de ocho años…

Mientras conversábamos, aparece de la nada un joven muy apuesto dirigiéndose a la actividad, ¡Vamos!  “un galán de culebrones”  bien recortado y de torso bastante fornido;  moreno con una altura de aproximadamente un metro noventa o tal vez mas. Se acerca y saluda con una sonrisa a flor de labios mostrando sus dientes perfectos y blancos ¡ah! y de ojos verde oliva, a lo que le contesto el saludo y sigue su camino. (Este tiene un aire parecido a la anciana). ¾Ese es  mi tío. Expresa la niña con mucho orgullo. ¡Sabes!  y tiene  muchas novias, ahora, pero casi todas son más grandes que mi tío. Algunas pueden ser mis abuelas ¡ah! y con mucho dinero. Muchas vienen a buscarlo en Ferrari, en coches descapotables, y a veces en limosina.  Le hacen regalos muy costosos. Yo le pregunto por qué se pasea con esas señoras más mayores que él, qué cuál es la más que le gusta, o con cuál de ellas se va a casar. Y me contesta que las quiere a todas y que nunca se casaría con algunas de ellas. Además, me dice que no es mi asunto, que estoy muy pequeña para entender las cosas de los adultos. Entonces, me da un abrazo y me dice que me quiere mucho y yo a él. ¿Eso te dice? Sí… Bueno, creo que ya estoy listo, ¿qué te parece mi atuendo? Muy guapo el padrino ¡eh! …A lo que le contesto muy orgulloso ¡Gracias hija!

Al llegar al lugar de la ceremonia, todos están ubicados en sus asientos y sólo faltan la pareja nupcial  y ¡Claro!  El padrino. ¿Dónde estará el novio?, ¿por qué se demora tanto?, ¿Sabes tú donde está tu papá? Debe estar aún mirándose en el espejo, ¡je, je!… Mi papá es muy presumido.  ¿Y la novia?, que tampoco aparece… ¡ah mira!… ya llegó tu papá.

En el altar están el ministro o el que va a celebrar la ceremonia, el músico presto a tocar la tan esperada señal de la entrada de la novia; el niño portador en su lugar, la anciana con su rosa tan grande en el pecho que cubre parte de su diminuto y delgado cuello y el novio que parece sumamente nervioso, pues se mueve mucho e incluso le habla al oído a la anciana, lo que trata ella de calmarlo.

  1. Mientras estoy frente al altar, me pregunto: en qué lio me he metido, aquí con unas personas que no conozco de nada. Yo, el padrino del novio que aún no conozco ni siquiera su nombre. ¡Cómo acepté todo esto…yo y mi “bocaza”!   Y vuelvo a preguntarme: ¿Dónde está la novia?  

El novio sigue paseándose de un lado a otro, parecido a un futuro padre frente a la sala de parto, y como todo un padrino, trato de calmarlo también. Escucha, ya vendrá… no te angustie. ¾Mientras tanto le digo al oído: soy tu testigo oficial y aún no se tu nombre de pila. ¿Cómo te llamas? ¡Je, je, je!  ¾El novio creando  una pequeña carcajada dice: ¡Disculpa! Ni siquiera he tenido la oportunidad de agradecerte el favor de que seas mi testigo. Que mal educado soy. ¡Gracias por aceptar ser mi padrino de bodas de esta forma tan improvisada! Y me llamo  Braulio Duhamel, pero mis amigos me llaman Duhamel. Estaré siempre en deuda contigo. Y le digo, ¡Braulio Duhamel!, bonito nombre te han puesto, el segundo nombre es Árabe ¿Verdad? Así es.

En ese instante, todos comienzan a mirar hacia atrás, parece que la novia está llegando. Pero no, sólo es un joven muy bien parecido, cuya vestimenta parece ser alguien importante en esta gran ceremonia. Aquí parece que la genética de la gente guapa está en la familia, ¡digo yo!  Esta vez es un caucásico de ojos grandes marrones amarillosos muy expresivos que hace de manera espontanea  una inspección alrededor de todos los invitados, parece   entre unos 33 y 35 años de edad. Que comienza a caminar hacia el altar acompañado de una chica muy parecida a él, mientras el músico inicia la música nupcial, y comento, ¡Ah!… Es la novia  ¿Verdad? Y mirando fijo hacia ellos, me contesta: No, ella es mi futura cuñada, la testigo. ¡Qué!… Casi lo digo a viva voz, no lo  puedo creer, ¡A dónde me he metido!… Todo esto lo digo para mí mismo, quedando aún más atolondrado que aquellos que salían del metro subterráneo de la Plaza Callao de Madrid. ¡Madre mía!…

En fin, ante la felicidad que afloraba entre aquella pareja y transmitían a todos, al igual que  cuando cae la lluvia moja a todos por igual, ya no me quedó otra cosa que afirmar a viva voz la frase clásica final.  ¡Que vivan los novios!…

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