Odisea de un viaje. Autor: Ramón Walterio Godoy

Todos los años viajamos con mi señora a San Luis, para pasar las fiestas de fin de año con los familiares. Como quedaron algunos asuntos pendientes  en nuestra ciudad, decidimos que viajaría yo solo en ómnibus y  una vez solucionados,  regresaría para continuar con nuestras vacaciones.

No siendo común que viaje solo, y teniendo en cuenta el clima festivo que vivíamos  por el feliz encuentro familiar, no me resultó extraño que fuesen muchos  los que se dieron cita en la  Terminal de Ómnibus para despedirme.

Mientras esperábamos   la hora de la partida, se hacían muchas bromas. La principal era sobre quien  sería mi compañero o compañera de viaje; estaba dentro de las posibilidades que fuese una agraciada joven de blonda cabellera y armónicas formas que se encontraba esperando en la misma plataforma, luciendo una hermosa remera blanca con inscripciones en la parte anterior que no se podían leer por “las irregularidades del terreno”. Yo simplemente decía que iba a poder leerla con tranquilidad cuando se sentara a mi lado…

Pero también se encontraba esperando el mismo ómnibus una monjita con su impecable hábito blanco, mostrando en su rostro la serenidad y la paz interior que le da la vida dedicada a la oración; mi señora aseguraba que ella sería mi compañera de viaje.  Cuando llegó el momento de la partida   por enésima vez me recomendó: -No te olvides de bajar el bolso cuando llegues a San Francisco. Acuérdate  que ahí van las llaves de la casa.

-¡Cómo me voy a olvidar si es lo único que llevo!

La compañera de viaje como ya lo había pronosticado mi señora  (y para bien de todos) resultó siendo la monjita.  Enseguida entablamos una entretenida conversación, contándome entre otras cosas, que se dirigía a Paraná a pasar unos días en un Colegio Religioso de la misma Congregación donde  se desempeñaba actualmente. Cuando llegamos  a San Francisco Cba. me despedí de ella, y  rápidamente me dirigí   a reservar pasaje en otro ómnibus que  me llevaría a mi ciudad, ya que el viaje no era directo. En la boletería de esa empresa, un letrero muy claro indicaba que la atención se iniciaba a  partir de las nueve.

Pensé hacer tiempo tomando un café en la  misma terminal, pero cuando me dirigía a la confitería me encontré  con un íntimo amigo que, con su esposa, cinco hijos pequeños y numerosas valijas debían esperar el ómnibus para viajar a Córdoba. Sin pensarlo dos veces le ayudé con su equipaje y convenimos en tomar juntos el desayuno; mientras lo preparaban conversamos de muchas cosas que nos eran comunes; la familia, el trabajo, etc. y felices de ese casual encuentro.

En el momento que me disponía a saborear el café que nos habían  servido, se me ilumina el cerebro (tal vez un poco tarde) y me doy cuenta que en el apuro por descender para hacer rápido la reserva de pasaje, olvidé retirar mi bolso del compartimento  de equipajes, a pesar de todas las recomendaciones que me había hecho mi esposa para que eso no me sucediera.

-No te olvides, en cuanto llegues a San Francisco retira el bolso…

–Pero sí, no soy opa, como me voy a olvidar si es lo único que llevo…

Para colmo de males recordé que  las llaves de mi casa, para mayor seguridad, las había colocado en el bolso…

Me despedí rápidamente de mis amigos y fui en busca del ómnibus pero lamentablemente para mí, ya había partido con destino a San Fe- Paraná, último punto de su extenso recorrido.

Traté de serenarme hablándome con palabras tranquilizadoras (como lo  hago siempre en situaciones difíciles) aplicando aquello de que  “si tu problema tiene solución porque te afliges, y si no tiene solución para que te afliges”, aunque muchas veces no es fácil aceptarlo. En este caso me di cuenta que la situación no era para desesperarse y menos para angustiarse.

Así es que me dirigí a  la Central Telefónica poniéndolos en conocimiento de lo que me sucedía y, con un  espíritu de colaboración poco común que me sorprendió gratamente, buscaron el número y me comunicaron en el acto con la oficina de la empresa  en Santa Fe. El encargado de la misma también me atendió en forma muy amable, y al explicarle lo que me había sucedido con palabras  tranquilizadoras me manifestó que no me preocupara, ya que personalmente se encargaría de bajar el bolso y enviármelo a mi domicilio en el primer coche que saliera con ese destino.

Mucho más tranquilo, con la seguridad de que sólo necesitaría  algunas horas para que todo volviera a la normalidad, tomé el ómnibus que me llevaría a mi casa.

Llegué aproximadamente a las once y de inmediato llamé nuevamente a Santa Fe para saber a que hora me enviarían mi bolso CON LAS LLAVES DE LA CASA (era lo único que me interesaba). Pero sorpresivamente me dice que no saben lo que  ha sucedido pues el ómnibus que  tenía que pasar a las nueve aún no lo había hecho, pero me reiteró que  me  quedara tranquilo  porque en cuanto llegara se encargaría de despachármelo. .

Para mayor seguridad,  reitero mi llamado a las trece, y me informan que el ómnibus se encuentra detenido por fallas mecánicas, pero que ya salió un auxilio a buscarlo así es que pronto estaría todo solucionado.

Pero mi tranquilidad se agotó. El calor era agobiante, y la imposibilidad de entrar a mi casa para darme un baño y descansar me puso muy mal. Pensé en llamar a un cerrajero pero indudablemente hasta las cuatro o cinco no iba a encontrar ninguno.

Por eso opté de inmediato por lo que me pareció más práctico y seguro. Viajar a Santa Fe. Son dos horas de viaje y así superaría  de una vez esta molesta situación.

Llegué  a la  terminal de ómnibus  en el preciso momento que salía uno directo a Santa Fe y pensé que mi suerte comenzaba a cambiar. Todo el viaje lo hice hablándome tranquilamente,  sin reproches, total el problema sería molesto pero  no grave, y menos aún faltando tan poco para solucionarlo,  terminando esta odisea que pasaría a ser sólo una anécdota más.

A las quince llegué a la  terminal de ómnibus en Santa Fe y,  con la ansiedad lógica me dirigí de inmediato a la oficina de la empresa deseoso de  poder abrazarme con mi querido bolso rojo. Pero una desagradable sorpresa me esperaba. Me atendió el señor que había recibido mi pedido telefónico.  De la manera más amable posible me explicó que, como el ómnibus llevaba mucho atraso por la falla mecánica, mandaron los pasajeros que descendían en San Fe con el coche que había ido a  auxiliarlos, pasando directamente a Paraná sin entrar a Santa Fe y por lo tanto mi bolso, mi querido bolso había seguido viaje a Paraná.

Ese coche regresaría desde Paraná recién a las 20 con destino a Mendoza, así es que tendría que esperar hasta esa hora para encontrarme con mi bolso causa de mi angustia y desazón.

Sin detenerme a analizarlo y dispuesto a terminar de una vez por todas con esa situación, pregunté que distancia había a Paraná y el horario de los ómnibus. Cuando me indicaron que estaba en marcha un ómnibus con ese destino lo tomé de inmediato. Ni el paso por el túnel subfluvial que siempre despierta mi admiración, ni el bello paisaje paranaense lograron cambiar mi pensamiento obsesivo. ¡Mi bolso y mis llaves!

Descendí aprisa y corriendo fui hasta la oficina de la empresa deseando  sólo que llegara el momento de encontrarme con mi querido bolso. Expliqué rápidamente lo que me había sucedido y con el comprobante  en la mano esperaba que me entregaran lo que en ese momento era lo que más ansiaba.  Pero desgraciadamente no sucedió así.

Me explicó la señorita encargada, con un tono de  voz sumamente amable, que, como el coche llegó fuera del horario la oficina ya estaba cerrada. Por lo tanto sólo habían hecho descender los pasajeros, pero todas las encomiendas y demás cosas las traerían aproximadamente a las veinte, cuando iniciara el viaje de regreso.   Por primera vez desde que empezara mi problema sentí que todo estaba en mi contra y que mis fuerzas comenzaban a flaquear. No obstante estaba dispuesto a jugarme la última carta: encontrar el ómnibus en su parada.

No resultaría tarea muy sencilla pues no tenía un lugar fijo,  si no que  paraban en distintos lados según los choferes que lo conducían. Aunque los datos que me suministraron eran muy poco precisos, me puse en marcha para tratar de encontrarlo sin tener en cuenta  el rigor de la elevada temperatura. Caminé unas doce cuadras buscando entre calles cortadas, con subidas y  bajadas, el lugar donde estacionaban el vehículo. Parecía que mi esfuerzo resultaría inútil. No se veía por ningún lado y nadie sabía darme alguna información. Cuando mis fuerzas parecía que llegaban a su límite y mi estado anímico estaba a ras del suelo,  mi  perseverancia tuvo su premio. Al  llegar a una calle cortada  bajo una hermosa sombra, se presentó  ante mis ojos como la más hermosa aparición, el ómnibus tan buscado. Nuevamente me ilusioné pensando que mi suerte empezaba a cambiar.

Pero enseguida comprendí  que era sólo una ilusión. Pregunté en la casa que estaba enfrente si allí paraban los choferes de ese ómnibus, pero la respuesta fue muy desalentadora. No  tenían idea donde se hospedaban. Dejaban el vehículo ahí nada más que por la frondosa  sombra.

En la próxima casa que pregunté no me fue mejor; salió a atenderme una señora de edad y a mi desesperada pregunta sobre el paradero de los choferes me contesta “no lo escucho porque soy sorda”. En el punto máximo  de mi desesperación me dije: ¡Será posible que hasta una sorda me encuentre hoy! Le repetí varias veces la pregunta pero tampoco me pudo ayudar.

Por momentos sentía que mi estado anímico se derrumbaba. Tal vez por eso se me ocurrió intentar abrir el compartimento de los equipajes. Con gran sorpresa se abrió y aunque había  muchos paquetes y encomiendas, mi querido bolso no estaba. Y para colmo de males la sordita que se había quedado observándome me dice -¿y usted porque abre eso si no es suyo? Me pareció  que no valía la pena darle alguna  explicación, aunque también consideré la posibilidad que hiciera la denuncia policial y terminara entre rejas ¡Cómo me estaban saliendo las cosas no era de extrañar que eso sucediera!

Continué con mis averiguaciones y después de mucho preguntar, un taxista me dio el dato exacto.  Pero al llegar a la casa indicada presentí que mi gestión  no tendría éxito. Eran las 17,  40º a la sombra, aire acondicionado en pleno funcionamiento… Llamé varias veces hasta que por fin me atendió una dama  sólo  por la mirilla  respondiéndome que tenía orden  de no despertarlos hasta las 19, resultando inútiles mis argumentos de la situación que estaba pasando. Le manifesté que no me movería del  umbral de su puerta y para demostrarlo me senté sobre él. Pero a los cinco minutos tuve que cambiar de opinión ante el calor insoportable, y busqué refugio bajo unos árboles cercanos que daban una refrescante sombra, pero teniendo siempre a la vista la puerta de la casa ¡No se me iban a escapar!

Unos veinte minutos después, como para acortar la espera decidí llegarme nuevamente hasta el  ómnibus para efectuar una nueva inspección visual, ya que no podía convencerme que mi bolso no estuviera con los equipajes. Lamentablemente el resultado fue el mismo, del bolso ni noticia.

Volví al refugio sombreado y pensé que rezar podía ser una buena medida para soportar la espera  y aquietar los nervios; lo hice destinando mis plegarias a San Antonio como protector de las cosas perdidas, y le rogué que me diera una manito en esa emergencia que ya superaba todo lo que podía haber imaginado.

Después de un rato sentí la necesidad absurda de ir a efectuar una nueva inspección al ómnibus (ya lo había hecho dos veces)  pero esta vez además de mirar nuevamente la bodega, decidí mirar adentro, al  lado del asiento del chofer, pero tampoco estaba. Decepcionado y sin ninguna esperanza seguí mirando en el interior del  ómnibus y ¡Oh, sorpresa! ¡No lo podía creer! En la parte media, entre dos asientos lo veo, ahí estaba mi bolso, razón de todas las vicisitudes pasadas.

Me volvía   más tranquilo al tener la seguridad que muy pronto tendría por fin conmigo al “perdido”, pero con  una loca premonición    probé  la puerta del  ómnibus por si estuviese sin llave. ¡Oh, sorpresa!  Esta  se abrió sin ningún problema en cuando toqué la manija. ¡Felices los que pueden tener tanta confianza!

Sin pensarlo dos veces subí al interior del coche y me apoderé de mi querido bolso y cual hábil “descuidista” descendí rápidamente, cerré la puerta y eché a correr. Cuando doblé la esquina lo abrí y saqué mis llaves que era lo  único que me importaba, por si algún policía me había visto en acción y llegaba a detenerme. ¡Parecía mentira! ¡Terminaba de robar mi propio bolso!

Felizmente parecía que esta vez mi suerte estaba cambiando ya que aparentemente nadie me vio, y pude llegar a la terminal de ómnibus de Paraná, en el preciso momento que salía un coche con destino a Santa Fe.  Eran las 19. Cuando llegué a Santa Fe  tuve que ocultarme del encargado de la boletería ya que era la  persona que conocía  lo que me pasaba.   No quería tener que explicarle como lo había conseguido. Justo en ese instante salía un ómnibus con destino a mi querida ciudad, volviendo todo a la normalidad.

Llegué a las 23, y recién me di cuenta que estaba viajando desde las 24 horas  del día anterior, y que en todo ese tiempo no había comido nada, ni tomado ni un sorbo de agua. En  una despensa  compré una botella grande de gaseosa, y luego en  la tranquilidad de mi hogar, distendido, liberado de las tensiones pasadas, en media hora la  terminé,  lo que demostraba la gran  deshidratación en que me encontraba.

Faltaba comunicarme con mi esposa para informarle del “pequeño” inconveniente que había tenido y que me impidió le hiciera saber que había llegado a nuestra casa “con toda felicidad”.

Cuando hablé no tuve necesidad de darle muchas explicaciones.  Alertada por su intuición o sexto sentido presentía cual había sido el problema.

-¡Que pasó! ¡Seguro que te dejaste olvidado el bolso en el ómnibus!

-Sí, algo de eso hay. Después te lo cuento. Ahora sólo quiero acostarme a descansar un poco. Tuve un día muy ajetreado. 

5 comentarios

  1. Bueno…. no es la primera vez que leo algo de lo que escribis y me gusta, pero la verdad, este me gustó mucho mucho!… La lectura se hizo muy entretenida desde el principio hasta el fin… FELICITACIONES por dos!: 1° por la narración, y 2° por participar del concurso! Saludos!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .