Hay calma, una calma absoluta y sospechosa. No sopla una leve brisa de aire. Y ahora pienso, que de hallarme en la misma situación en mi tierra, rodeado de los amplios sembrados de trigo y cebada que se asientan en las laderas del pueblo donde nací, por primera vez los encontraría estáticos y silenciosos. Y al contemplar las fibras de grano ordenadas en columnas verticales, bajo un cielo cobrizo culminado por un poderoso sol amarillo, me sentiría como si formara parte de un óleo de Van Gogh. Donde también y en ausencia de aire, las aves, incapaces de remontar el vuelo, atraídas por la inevitable fuerza de la gravedad, se desplomarían como si fueran balas de plomo.
¡Y el mar…! Con echar un vistazo se me revuelve el estómago, pues está como un plato. Plácido… silencioso; igual que un lago de aguas estancadas. Aunque por añadidura mucho más diáfano. Sus aguas azules son tan transparentes, que a su lado, las aguas de un arroyo de montaña parecerían contaminadas. Y el silencio que me envuelve, que nos envuelve a mi hermano y a mí; porque no estoy solo. De otra forma a estas alturas ya estaría desquiciado. Puedo escuchar con sobrehumana claridad los latidos de mi corazón y cada vez que expiro aire surge de mi interior un violento vendaval. Ya que estamos perdidos. ¡Perdidos en el Mar Egeo!
Fue hace un mes o algo más cuando levamos anclas en “El Ática” – ya saben – “Atenas,” capital de La Hélade. Atrás dejamos el caos encabezado por el desorden del puerto de “El Pireo,” con sus toneladas de chatarra, su suciedad y sus enormes petroleros patrimonio de opulentos armadores como “Nyarchos” o el archifamoso “Onassis,” allí fondeados. Después, sucesivamente, fuimos arribando a las primeras islas: Egina, Poros, Hidra… Salimos del “Mar de Mirtos” y pusimos rumbo a las “Cícladas”: Ceos, Páros, Náxos, Andros, Mikonos, nos aguardaban. Todos enclaves hermosos, pero en determinados casos la belleza encubre un reverso letal, y ninguna de ellas se libró de verse salpicada con dantescas tragedias inmemoriales y misterios ocultos aún hoy sin resolver. La cosa es que un solo hecho; poner los pies en cualquiera de ellas, además de fascinarme, me producía escalofríos a la vez que me hacía sentir vulnerable.
Y aquí estamos, perdidos, nos hemos perdido. Así de sencillo. Lo malo es que la idea de realizar este – en principio plácido viaje – partió de mí y de mis laboriosos estudios de Historia en la Universidad. De modo que la culpa es… mía. Sí. ¡Mea culpa! Y me arrepiento. Empero sé que la verdadera culpa es de Sócrates, el eminente Filósofo. Animado por la idea de llevar a la práctica algunos de sus apasionantes principios, tales como: “Lo humano consiste en el conocimiento” o “Hay que organizar la propia conducta y orientar la busca de la felicidad de un modo racional” o “El mayor de los males que afligen a la humanidad es la ignorancia” terminé por caer en la trampa que encierran sus palabras. Ya que lo primero que di por sentado, es que conozco a mi hermano cuando no es así. He ahí mi primer error: “El conocimiento.” A continuación me dejé llevar por la soberbia al figurarme que navegar en aguas concurridas como de hecho son las del Egeo no implicaría un riesgo mayor que hacerlo en una laguna. Y ahí estuvo mi segundo y fatal error: “La ignorancia”
El último día que divisamos tierra partimos de Andros, y según era mi parecer pusimos rumbo al Mar Icario; deseaba ver la isla que lleva su nombre: Icaria, luego Sámos, de la que me habían contado tiene unas espectaculares bahías sobre las que asoma la cabeza gris del monte Cerceteus. Para a continuación, bordeando la costa de Turquía, penetrar en el “Estrecho de Dardanelos” y fondear finalmente en el “Cuerno de Oro”, o la antigua y magnífica “Constantinopla”, ahora “Estambul”, donde pasaríamos los últimos días y donde nos aguardaba el avión de regreso a España.
Y ahora, lo hemos perdido todo, o mejor dicho, el único que en realidad parece verdaderamente perdido soy yo. Pues mi hermano, pese a ser un par de años mayor, aún no ha asimilado nuestra situación o ¿tal vez… sí? Lo cierto es que de momento se comporta como si nada le afectara y dedica el santo día a tomar el sol y a pescar sin descanso. Claro que, gracias a él, aún no nos hemos muerto de hambre. Dado que nuestras reservas alimenticias se agotaron hace cinco días. Quizá el truco para no derrumbarse resida en reaccionar como él. No hay por qué tomarse las cosas tan en serio. ¿O quizá sí? En el fondo a veces me gusta pensar que es mi “Ángel Guardián”, pues apenas me reprocha nada y sé que me vigila y vela por mí, cuando la culpa de nuestra situación la tengo yo y sólo yo. Pues soy el inútil que olvidó comprar los bidones de diesel para el sencillo motor de 25 C. V. de la embarcación (un velero de un solo mástil y nueve metros de eslora) el irresponsable que cometió la frívola insensatez de no instalar un equipo de transmisión; y quien en definitiva se ha sobre valorado. ¿Cómo pude siquiera llegar a creer que con mis conocimientos de náutica me bastaría para adentrarme en mar abierto? Y ahora, una vez que la brújula está averiada o, más extraño aún, parece haberse desquiciado, se ha consumido la última gota de gasoil, y lo peor, el mástil está seccionado (tras un minucioso examen tanto mi hermano como yo sólo encontramos una explicación lógica al hecho: un defecto de fábrica) es cuando de verdad soy consciente de mí ¿deliberada? Inconsciencia. Y aunque por las noches la estrella polar indica el lugar exacto donde está el norte (lugar hacia donde deberíamos dirigirnos) ¿de qué sirven mis conocimientos si resulta que el viento dejó de soplar hace días?
En el fondo creo que es en tales circunstancias y durante el discurrir de estas noches estrelladas y relajantes, o a lo largo de días de tedio abrasador, inmerso en el duro compás que impone la atroz soledad, sólo interrumpida por algún errático y delirante comentario de mi hermano, donde he empezado a comprender la realidad de Grecia. Porque fue aquí donde sucedió, y no en otro lugar: En las islas del Egeo. Sí, aquí surgió la base que sustenta nuestra autocrática cultura occidental. Me paso noches enteras de desvelo intentando averiguar el origen y estructura del Universo; por otra parte, algo que ya hacía en el siglo V a. de Cristo el filósofo Anaxímenes de Mileto, quien llegó a la curiosa conclusión de que el aire es el origen de todas las cosas. Y ahora incluso me inclino de su parte y le doy la razón, y pienso que no andaba del todo equivocado. Pues qué otra cosa es el viento sino aire en movimiento. Y estamos a su merced, como debieron estarlo las Trirremes de los conquistadores helenos en su época. Pero hay otra cosa que conforme va transcurriendo el tiempo me preocupa más. ¿Cómo es posible que tras quince días o más, navegando o vagando a la deriva, no hayamos sido localizados por una sola embarcación? Sin duda, nuestros familiares, al no recibir noticias habrán dado cuenta a las autoridades de nuestro extravío. Y lo que es más ¿cómo es que encontrándonos en uno de los mares más transitados, ni siquiera hemos avistado el perfil de un solo mercante? Mala suerte o… ¿casualidad? Y, además, ahora tengo una nueva certeza o visión del… bueno; digamos que este estado de obligada pasividad me ha habituado a pensar de otra forma, y también he aprendido a observar con detenimiento y a comprender que por mucho que uno se esfuerce en dominarlo, el mar siempre será vasto, salvaje e insondable.
La otra noche, observando las constelaciones, al igual que hacía el astrónomo Hiparco en su tiempo, me puse a elaborar una lista de las pocas estrellas que conozco. Cuando él tenía el tiempo y la tranquilidad necesaria para hacerlo ¡de todas! Tiempo es lo que a ellos les sobraba y a nosotros nos falta. En mi caso experimento la angustiosa sensación de que el tiempo cada vez discurre a mayor velocidad, y se acaba, y cuando quiera darme cuenta, seré pasto del Egeo. Lo siento… No puedo evitarlo. Mi carácter pesimista me induce a considerar las cosas en su vertiente más ácida. No ocurre así con mi hermano. Su forma de pensar y razonar es exactamente opuesta a la mía. Lo cual tal vez suponga, y sólo digo “a lo mejor,” el único camino cierto hacia nuestra salvación.
Por ejemplo, el otro día, en medio de un mar sospechosamente tranquilo le dio por bañarse. Sin pensárselo dos veces se lanzó al agua desnudo. Cuando a mí sólo con asomarme a la borda y comprobar como lo que en principio es el azul celeste más limpio, se torna azul marino, luego se convierte en gris y finalmente, donde no alcanza la luz, se transforma en el negro más letal, me produce escalofríos. Pues bien, él estaba en el agua con las gafas y el tubo observando embobado, sin un ápice de intranquilidad – lo afirmo porque le conozco y estoy seguro de que disfrutaba – cuando de más abajo, de la terrible oscuridad surgió un escualo. Y yo, sólo de ver a un bicho plagado de resaltes que sobresalían de la boca como estiletes, comencé a gritar como un loco rogándole que saliera cuanto antes. Lo reconozco. Me puse hecho un histérico. Por otra parte, mi exagerada imaginación me hizo verlo por anticipado entre las mandíbulas del pez. En cambio se figuran qué hizo él. ¡Ni se inmutó! Con pasmosa tranquilidad se volvió, se sacó el tubo de la boca, y cuando tuvo al animalito de frente, le golpeó en el “hocico.” El bicho, asustado cual manso corderito, desapareció. Lo cierto es que al principio no sólo el animal sino la situación me pareció terrible y descontrolada. Me disponía a recriminarle cuando él con su mirada inocente y su innato poder de seducción, merced al cual logra hacer que situaciones absurdas y complicadas parezcan lógicas e incluso sencillas, me desarmó. Resultado final: Nada había sido tan peligroso como creí.
Pero fue al cabo de un rato, cuando atraídos por el olor del cebo que mi hermano utilizaba para la pesca, vinieron otros peces. Entonces la cosa se puso fea. Pues capturar un solo pescado en medio de tanto bicho resultaba imposible; los escualos seccionaban el sedal y se comían, no solo el cebo, sino también al pez que acababa de morder el anzuelo. De modo que al final mi hermano se alteró. Agarró el bichero y enardecido se puso a ensartar tiburones igual que un banderillero clava banderillas. Le dije que no se molestara, pero para qué, si aquello parecía entusiasmarle…
Transcurrido un mes y pico nuestra situación era ya preocupante. Al principio usábamos crema para protegernos contra el sol; ya saben: Factor 12, 13, 15… Nos rasurábamos diariamente, nos lavábamos el pelo con champú, y hasta cocinábamos el pescado que mi hermano capturaba. Pero la bombona de gas se agotó. En cuanto al agua potable solo nos quedaba un bidón de escasos veinticinco litros. Ja. Así que ya pueden hacerse idea de cuál era nuestra situación y de cómo estábamos: ¡Hechos un desastre! ¿Imaginan cómo comíamos? ¿No? Aunque lo piensan, verdad. ¡Pues crudo crudito! ¿¡Cómo iba a ser si no!? Qué asco, dirán. ¡Pues nada de eso! Cuando a uno le muerde el hambre en el estómago hasta dolerle con saña todo, y digo “todo,” sabe increíblemente delicioso. Hasta una porción de carne cruda y putrefacta. Claro está que ¿no circula por ahí una teoría – con sus evidencias – que ciertos antropólogos mantienen, que nos señala en época remota como a meros carroñeros? Pues bien, yo apoyo esa teoría. Pero es que, además, no éramos bestias; conservábamos cierto pundonor, sí; y en ocasiones, cuando el hambre no nos acogotaba, aliñábamos las capturas. Por cierto, naturalmente el noventa por ciento de nuestro menú consistía en pescado, aunque de cuando en cuando había excepciones y disfrutábamos de un menú especial. Así resultaba cuando atrapábamos a una gaviota que despistada o agotada descendía a pernoctar en cubierta. E incluso hubo una vez en que la suerte nos favoreció con un gran alcatraz. Pero el no va más fue descubrir que no estábamos solos, teníamos compañía. Se trataba de una familia de ratas. En concreto nueve en total. Las muy pícaras pululaban en la sentina del barco. No tardaron en caer una tras otra y… Bueno… En fin. Mezclábamos todo con aceite y especias, que de eso, curiosamente, y no me explico a santo de qué, embarcamos en exceso. De modo que elaborábamos algo parecido a esa mezcla que hacen los japoneses y llaman: “chuchi, Cuqui o Susi.” Y entraba. ¡Vaya si entraba!
Entonces sucedió. Al décimo día de nuestro segundo mes de calma avistamos tierra. Sin duda era tierra. Pues por lo que vimos a través de los prismáticos se trataba de una pequeña isla, sin árboles apenas, pero con una extensa y verde pradera en su cima. Y a la izquierda de la isla, divisamos las fláccidas velas de un barco que… ¡progresaba! Como ya he señalado las velas estaban desplegadas y aunque no soplara viento la nave avanzaba ligera, pues de sus flancos sobresalían una veintena de palas. Como es natural en principio nos excitamos y hasta gritamos de júbilo, pero luego ya no. Algo extraño había en ello. Sobre todo cuando la apreciamos de cerca. Asombrados, contemplamos la prodigiosa forma que tenían de evolucionar. Navegaban – ¡lo juro! – levitando unos centímetros sobre las aguas. Entonces fuimos conscientes de su inusual, bello, o más bien extraño diseño: Aquel barco era… un Trirreme. Sí, se trataba de una réplica a escala. Como las de los griegos de tiempos inmemoriales. Pero claro, haciendo un rápido balance de nuestra alarmante situación, a fin de cuentas, ni siquiera le prestamos significación al detalle. Ya que tan sólo nos interesaba una cosa. ¡Librarnos como fuera de un suplicio que poco a poco se estaba transformando en lenta agonía! Y ahí, delante de nosotros, estaba la que podría ser nuestra primera y quizá última oportunidad.
Efectuamos el repertorio más increíble de aullidos, aspavientos, súplicas, e incluso insultos obscenos que uno pueda ingeniar e imaginarse. Pero la tripulación seguía sin vernos o… ¿Parecían no vernos? Y tampoco escucharnos. Más aún, era como si no existiéramos o como si nos halláramos en un ¿plano diferente? En ese momento lo vi. Estaba sólidamente amarrado a la parte inferior del mástil de la embarcación, y hablaba, o más bien voceaba cualquier desvaríe en griego ¿arcaico?
No obstante, aquella embarcación. ¿Cuál era su procedencia? Tuve un presentimiento. Fue entonces cuando en mi mente se proyectó mi tercer curso de Historia. Ese año en el auditorio de la Universidad se organizó una representación bastante verosímil sobre la “Odisea de Homero.” Y algunos de sus fragmentos hasta se recitaron en griego, pero no en el griego en uso, sino en el primitivo. Y ahora aquella voz, no solo el tono sino su forma de vocalizar sonaba exactamente igual. Con un leve temblor en mi pulso, reflejo no sólo de mi propia debilidad sino también de mi emoción, decidí comprobar mi sospecha. Sólo tuve que orientar los prismáticos hacia la popa de la misteriosa embarcación y ¡allí estaba la rúbrica grabada en arcaico! Pese a mis escasos conocimientos el gráfico no escapó a mi percepción. Ya no había duda: ¡Se trataba del “Argos”!
Fue en ese preciso instante cuando procedentes de la isla escuché o llegaron a mí con cierta claridad unas voces o más bien un coro de voces de mujer. Recuerdo que de súbito me quedé estupefacto. Porque, sin igualar en armonía a cualquier reputado orfeón de una gran filarmónica, en cierto modo, aquellas voces me resultaron agradables y sobre todo serenas, dulces y sino ¿¡divinas!? No obstante y sin comprender por qué era así, oculto tras aquellos misteriosos cánticos percibí algo desagradable y letal, y cuyo origen era claramente sobrehumano. ¿Lo intuí? O lo supe desde un primer instante. No se trataba de una expedición de rescate y tampoco la extravagante representación de un millonario filántropo.
La Trirreme pasó a nuestro lado y sin detenerse continuó progresando hasta perderse de vista. Y aquellos cantos… ¡Nos ordenaban lo que debíamos hacer! Y me impulsaban a hacerlo. Debía saltar. ¡Saltar al agua y nadar! Aunque fuera contra corriente. Ése era mi único fin. No cesar, hasta reunirme con su génesis y formar parte de…
Percibí un chapoteo al otro lado del velero. Era mi hermano. ¡Se había lanzado! Retraído en mi propia lucha interna me había olvidado por completo de él. Mientras corría hacia el extremo opuesto de la embarcación una angustia repentina. No, dolorosa, y por instantes insufrible, penetró en mi cabeza. Era algo desagradable. Como si alguien, después de reventarme la tapa del cráneo, con el cerebro al descubierto, hurgara en su excrescencia exterior y con lentitud me insertara agujas en el. Comencé a sentirme mareado, sometido al efecto de unas voces cuya intensidad inigualable y melancólica las hacía irresistibles. Me asomé a la borda. Mi hermano estaba ahí. Asido a la proa. Por fortuna aún no se había desprendido de la embarcación. Pese al poder de seducción de las voces supe que su mente también se debatía en una marea de sentimientos contradictorios. Y algo más; si aún no se había marchado era porque, por encima de todo, no quería dejarme. ¡Me aguardaba! Pero ¿por cuánto tiempo? Con solo echarle un vistazo pude darme cuenta de su estado. Mostraba una actitud muy diferente a la habitual, y con una voz rara, poco convincente y mucho menos convencida, me incitaba:
- ¡A la isla! Vamos… ¡Allí…! Allí es… Hay que ir.
Comprendí que había poco que hacer. Alentarlo a que subiera al barco por su cuenta resultaría tan absurdo como hablarle a un sordo por la espalda. Decidí que lo mejor era seguirle la corriente y le dije:
- ¡De acuerdo ven y ayúdame a bajar! Ya sabes… No me siento muy seguro en las escalerillas…
Afortunadamente soy bastante torpe y mi hermano conoce mis dificultades.
Se acercó para ayudarme y tuve que hacerlo: ¡Le golpeé! Le golpeé en la sien con uno de los cortos pero resistentes remos de la embarcación neumática (que estaba pinchada y amparados en nuestra inutilidad, tampoco habíamos sido capaces de reparar antes de partir a nuestra accidentada aventura.)
Izarlo medio inconsciente fue una tarea de titanes. Mi hermano es delgado pero alto y su peso es considerable. Y yo estaba aturdido, pues el enloquecedor canto que acababa de doblegar su conciencia, a cada minuto, debilitaba más la mía. Logré amarrarlo a un camastro del camarote. Luego volví a salir, y como una hiena enjaulada me puse a deambular de un extremo a otro del barco. ¡Dios! Aquella letanía… ¡Aquellos cánticos celestiales… o diabólicos, herían mi espíritu y mi voluntad! Estaba a punto de saltar cuando algo falló en mi debilitado organismo y me desmayé.
Cuando desperté me encontraba en la confortable habitación de un hospital en Turquía. Nos habían encontrado navegando a la deriva cerca de la isla de Lemmos. Al menos eso me dijeron. Todavía recuerdo lo que pregunté:
- ¿Qué isla era aquella? ¿Lemmos?
- ¿Cuál? Me preguntaron ellos a su vez.
- No sé… ¿Lemmos no? Repetí. Y me quedé un rato mirándoles desorientado.
La respuesta fue tajante.
- No.
Pero lo que me desarmó por completo fue su nueva pregunta.
- Y diga… ¿Puede explicarnos cómo era esa isla a la que acaba de referirse?
- Ah… La isla… Entonces no es… No era… Lemmos.
- No. Y por favor, limítese a responder. Es importante.
- Pues… pues… pequeña. Era muy pequeña. Y verde. Con una gran pradera…
El silencio se mantuvo. Yo añadí.
- Vaya… Así que no era… Lemmos ¿Verdad?
Uno de ellos, el que parecía llevar la batuta, suspiró. Luego dijo.
- ¡No!, no señor. Mire… Lemmos es grande. Tiene coches, casas iglesias, playas… un puerto y hasta un pequeño helipuerto
A continuación, retorciéndose las manos con ansiedad, me preguntó.
- Dígame y su isla… Esa isla de la que habla… ¿Recuerda que tuviera algo… semejante?
Todavía pensé que quizá todo hubiera sido una simple alucinación. Y como ninguno dijo nada se me ocurrió preguntar.
¿Hay allí, en Lemmos… Quiero… decir, un coro de mujeres, o algo que se le parezca que te reciban cantando?
Sólo obtuve otro coro pero, esta vez de sonrisas forzadas, y una respuesta tajante.
- ¡No! Nada de eso. Esto es Turquía señor, no Hawai…
Sin embargo, entre el apretado equipo de asistentes que me rodeaba un hombre maduro: médico, anestesista, auxiliar, ¡qué sé yo!, no me quitaba los ojos de encima y parecía estar sinceramente turbado.
Luego, cuando los demás especialistas y enfermeras salieron, se inclinó sobre mi oído y en un susurro chapurreó algo en mi idioma. Perplejo, le oí decir:
- Raro. Muy muy raro, sabes… Tu hermano cuando vuelve en si… también pregunta exacto, exacto… lo mismo…
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