Cuando llegué a París, María y yo dormíamos muy pegados, en la pequeña cama de su habitación, en una residencia para estudiantes del Opus Dai de Neuilly. Procurábamos hacer el menor ruido posible. Pasadas las doce de la noche, me colaba por la ventana y me marchaba antes de las seis.
Sólo pasé seis meses en París. Después, las circunstancias me obligaron a regresar. Había llegado a París con el producto de la venta de mi automóvil. Tenía veinte años.
Me recostaba en una banca de alguna Place y me quedaba dormido un poco más de tiempo. Después entraba al metro. Había aprendido a distinguir el «mundo de abajo», el del metro, y el «mundo de arriba», el de la ciudad. Muchos hombres, auténticos «hombres-topo» pasaban más tiempo de sus vidas en el «mundo de abajo», el mundo subterráneo que en el «mundo de arriba». Me gustaba bajarme en una estación cualquiera y elegir una Sortie, pues al salir de las estaciones del metro, tenía la sensación de despertar de un sueño. De un sueño distinto, cada vez. En el «mundo de arriba», también, descubría siempre, al emerger, algún sitio completamente nuevo, diferente, mágico. Una ensoñación.
Así, un día podía salir en alguna estación del Boulevard Vichy. Caminaba por Montmartre, y volvía a hundirme en el «sueño profundo» de la siguiente estación. Bajaba en Montparnasse, me internaba el cementerio e indagaba dónde estaban las tumbas de Baudelaire, de Cioran o de Cortázar. En el Pére Lachaise, buscaba las tumba de Moliere o de Victor Hugo. Muchas veces, estando dentro del cementerio, caía algún chubasco. Y el antiguo cementerio adquiría, bajo el agua y el cielo gris, una repentina oscuridad, un aspecto lúgubre y terrible. Los cementerios me recordaban la temporalidad de la vida y no me permitían el lujo de volverme un engreído. Los cementerios igualaban a todos los hombres: ricos, pobres, guapos, feos, inteligentes, tontos, mediocres y talentosos. De todos quedaba, debajo de alguna lujosa tumba, o de un montículo de tierra; de alguna tumba decorada con una lápida y un cristo, o un crucifijo o un ángel de mármol, o sin decoración alguna, una osamenta o polvo. Nada más.
Salía en una de las estaciones del Arco del Triunfo o de la Torre Eiffel. O viajaba en el tren sub-urbano que, pasando de la Gare d´Austelitz, se elevaba a la altura de los terceros o cuartos pisos de los edificios habitacionales, donde, ajenos a los «vouyer del metro», los habitantes de clase media, hacían sus vidas, a través de las ventanas y los balcones, ante las miradas de todos esos indiferentes ojos.
Otro de mis pasatiempos era pasar toda la mañana, o parte de la tarde, en la Gare de Lyon o en la Gare du Nord. Las estaciones de ferrocarril siempre me gustaron por el anonimato con el que se podían pasar el día personas como yo, o los vagabundos o los pobres diablos de París. Una estación de ferrocarril es un sitio donde nadie se está quieto. Donde todo el mundo tiene un destino y está ahí, sólo de paso. Pero, a diferencia de la vida, todo el mundo acepta, gustoso, esa temporalidad; porque ahí sí tiene la certeza de dirigirse a un lugar conocido y, en muchos casos, a un lugar mejor. Me sentía feliz, mediante la contemplación gratuita de los viajeros que llegaban y se iban. Recorría con lentitud los andenes. Me gustaba pasar ahí el día, ocioso. Cada vez que un tren llegaba o se marchaba, se producía, en el andén, un ajetreo frenético. Pero este se esfumaba tan pronto como los pasajeros bajaban al andén o subían y se acomodaban en el tren. Lo que ocurría en las estaciones me parecía el espectáculo más bello del mundo.
Los fines de semana salía con María y sus compañeros de La Sorbona. Les gustaba ir a un café del Quai D´Anjou, en la Ile Saint-Louis. O frecuentar a los bares de Saint-Michele o de Saint-Germain-de-Prés. Era el mes de marzo. Los Alerces, que están junto al Sena, habían perdido sus hojas. El cielo era gris. El agua del Sena permanecía estática y sólo se agitaba cuando pasaba alguno de esos barcos llenos de turistas que, lejos de disfrutar el viaje, mueren de frío y saludan, estúpidamente, a las personas que están sobre los puentes que atraviesan el río.
Entramos en una boulangerie y compramos pan y charcutería. Alguien llevaba tres botellas de vino blanco. Bajamos por una escalera de piedra a la orilla del Sena, por debajo del Pont D´l Alma. Ahí encontramos a un cínico clochard, a sus anchas, tendido en el piso, leyendo. Vestía con pantalones de pana de canalillo ancho, color chocolate, y un saco a cuadros. Tenía puesta una boina de lana en la cabeza. Bebía vino espumoso, de una botella verde.
—Le vendo un poema para su novio —le dijo a María, en un pésimo inglés.
—¿Un poema para mi novio? —le preguntó, me tomó del brazo y nos acercamos—. Está bien. Tome estas monedas.
Los demás se adelantaron, descorcharon las botellas de vino y las colocaron en una pequeña hornacina, junto al río. Empezaron a comer y a beber.
El clochard recitó el poema:
—Stop all the clocks, cut off the telephone/Prevent the dog from barking with a juicy bone/Silence the pianos and with muffled drum/Bring out the coffin, let the mourners come/Let the airplanes circle moaning overhead/Scribbling on the sky the message: He is Dead/He was my North, my South, my East and West/My working week and my Sunday rest/My noon, my midnight, my talk, my song/The stars are not wanted now: put out every one/Pack up the moon and dismantle the sun/Pour away the ocean and sweep up the wood. For nothing now can ever come to any good.
María y sus amigos rompieron en aplausos para celebrar la declamación del clochard.
—¿Usted escribió ese poema? —le preguntó María.
—Oui, mademoiselle, c´était moi —respondió el clochard, se puso de pie del asqueroso piso, cubierto con grasa y tierra, e hizo una ridícula caravana.
—¡No es cierto! Págale, porque lo recitó muy bien —le dijo Laurent a María, un compañero de la universidad—. Es un poema de W. H. Auden. ¿Qué nadie aquí vio la película Cuatro bodas y un funeral?
Echamos a reír. Bebimos hasta la madrugada. El viento frío nos congelaba. La nariz de María estaba roja y tenía los labios partidos. Se veía hermosa, golpeada por el frío. En Tlaquepaque, yo nunca comí quesos añejos ni bebí vino. Esa fue mi primera vez. Me emborraché. Más tarde caminamos largo rato, hasta Champs Elysées. Laurent y María tenían mucho en común. Más de lo que yo tenía con ella. Florence y yo, en cambio, teníamos más en común. Nos quedamos unos pasos atrás de ellos.
—¿También estudias arquitectura? —le pregunté a Florence.
—No, estoy aquí de viaje por unos días- Soy de Grenoble. Soy prima de Laurent.
—Qué lástima…
—Y tú, ¿qué haces en París? ¿Estudias?
—No, bueno, podría decirse que sí… Camino. Leo mientras camino.
Florence echó a reír.
—¿Lees y caminas al mismo tiempo?
—Leí en alguna parte que las calles son libros. Los rostros y los pies las palabras, que escuchamos en las calles, las historias de dolor, de felicidad y de apatía, forman los relatos de esos libros que son las calles sobre las cuáles perfilamos nuestros pasos. Así que, durante todo el día, leo las calles.
Por un momento sentí ganas de besar a Florence. No era fea; tampoco era guapa. Pero María, Laurent y los demás, caminaban cerca de nosotros. Además, esa noche, como cada noche, dormiría con María. Y debo de haberle parecido muy raro a Florence, porque quiso que volviéramos con el grupo. Esa noche llegamos muy borrachos a la residencia para estudiantes. Al quitarme los zapatos los pies me dolían. Sentí ganas de meterlos en una tina de agua caliente y dejarlos ahí, remojando toda la noche. María y yo casi no hablamos. Nos fuimos a dormir y, a la mañana siguiente, muy temprano, me salí por la ventana. Fue la primera vez que, antes de marcharme, María no me retuvo unos minutos.
En mayo empezó a hacer calor. Un calor asfixiante. Guardé los suéteres, el abrigo y la bufanda en la mochila. El cielo cambió sus tonalidades grises por un azul más uniforme. Las nubes empezaron a surcar el cielo, pero ya no eran esos nubarrones, sino un número reducido de nubes pequeñas, muy blancas y ligeras que, empujadas por el viento, avanzaban lentamente.
Caminaba por el Jardin des Tuilieries. Los árboles, todavía deshojados, parecían estirarse para alcanzar el cielo. De pronto, a lo lejos, alcancé a ver a María y a Laurent. Estaban observando los edificios que componen todo el complejo del Musée du Louvre. Lo cuál me pareció normal dado que estudiaban arquitectura en La Sorbona. Me escondí detrás de un módulo de información para turistas y, desde ese lugar, los observé discretamente. Laurent llevaba un libro grande, supongo que de monumentos arquitectónicos, y se lo mostraba a María. Después de darle algunas explicaciones, miraban los detalles del edificio, que supongo, habían visto primero en las ilustraciones. Laurent le tomó la mano, le besó rápidamente los labios, y se despidió de ella. En ese momento caminé hacia el otro lado del museo y me perdí por las calles hasta que llegué al Sena.
Esa noche, al llegar a la habitación, le pregunté a María:
—¿Qué hiciste hoy?
—Nada en especial. Fui a la facultad, como todos los días. Y tú, ¿qué hiciste?
—Pasé todo el día, otra vez, en el cementerio Pére Lachaise —le mentí.
¿Por qué le mentí a María? Creo que en ese momento, no lo supe. Ahora me doy cuenta de que, de haberle dicho que la había descubierto con Laurent, mis días en París se habrían terminado. Ya casi no tenía dinero y, si seguía en la habitación, con María, me alcanzaría para estar en París durante otro mes. Los días que siguieron la pasé deprimido. Me encerré en mí mismo. Dejé de salir con María, Laurent y sus amigos. María tampoco me insistía mucho que los acompañara. Supongo que no sabía cómo decirme lo que estaba ocurriendo con Laurent, seguramente, se sentía culpable. Finalmente, yo había vendido mi automóvil y viajado hasta París sólo para estar con ella. Ahora los paseos en solitario estaban más relacionados con el hecho de imaginar a María y a Laurent recorriendo París, admirando la arquitectura de la ciudad, tomándose de la mano y besándose. Esa fue mi primera decepción amorosa. Sin embargo, también fue cuando descubrí que, en medio del dolor, una parte de las personas se vuelve más receptiva y todo, el exterior y los encuentros adquieren formas distintas. Los colores son más vivos y los encuentros con las personas, por nimios que sean, cobran un significado: el significado que les queramos dar.
Un día, muy caluroso, hacía fila detrás de un bebedero público. Moría de sed y quería tomar un poco de agua. Delante de mí había una joven, un poco más grande que yo. Debe de haber tenido veinticinco o veintiséis años. Bebía como un camello. Cuando dejó de hacerlo, respiraba agitadamente, me volteó a ver y me dijo en español:
—Sólo un poco más.
—Todo lo que quieras —le dije.
Al fin, dejó de beber y se secó con el canto de la mano el agua que le escurría por el mentón. Se paró cerca de allí. Bebí poco agua, para alcanzarla antes de que se marchara.
—Hace calor —le dije, cuando le di alcance.
—¡Uf!
—¿De dónde eres?
—De Colombia, de Medellín ¿Tú?
—De México.
—Venimos de países peligrosos…
—Eso dicen, aunque a mí nunca me ha pasado nada… Yo soy Carlos.
—Yo soy Sherap Palmo.
—¿No dijiste que eras colombiana? ¿Qué clase de nombre es ese?
—Es mi nombre budista.
—Sherap Palmo —repetí, pensativo.
Sacó un turbante y lo enredó en su pelo. Colocó las manos hacia arriba, juntó los dedos y empezó a decir: «Ooommm». Y después rompió en risas debido a la cara que puse.
—Mañana me regreso a Colombia. Estuve en el Encuentro Internacional de Meditación de París. ¿No escuchaste hablar de él?
—No, nunca.
—¡Qué raro! Todo el mundo habla de él.
—¿Te gustaría hacer algo hoy?
—Quisiera conocer algún sitio lindo de París. Estuve encerrada toda la semana en el monasterio budista Damchos Ling.
—Bueno, yo me he dedicado a conocer París y te puedo enseñar algunos rinconcitos.
—Quiero ir a la Rue Saint-Denis. Quiero ver a las prostitutas. Quiero ir a Montmartre, ver las sex shops. Quiero pasar afuera del Moulin Rogue.
—¿No dijiste que estuviste en un monasterio budista durante una semana? ¿Tan reprimida estuviste? Nunca pensé que eso pudiera hacer un encierro espiritual.
—Sí, pero, ¿quién podría decir que vino a París y no vio todo eso?
Caminamos durante todo el día por el Quartier Latin. Entramos a las sex shops de Montmartre. Sherap Palmo no logró convencerme de entrar en una cabina. Siempre me parecieron sitios depravados. En la noche vimos a las prostitutas, en las esquinas, levantando las piernas sobre la saliente de la lámina de algún automóvil aparcado en Montmartre o en la Rue Saint-Denis. Al final del día, entramos al Belle Gueule, un bar. Las ramas de los árboles abrazaban una farola amarilla, muy potente. La gente iba y venía por la calle. Bebimos cervezas y, cerca de la media noche, nos besamos.
—Tengo que irme —dijo ella, después de consultar su reloj de pulsera.
—Yo también. Tengo que estar en un sitio antes de la media noche o me cerrarán.
Nos despedimos en la acera. Ella paró un taxi que la llevaría a su hotel y yo corrí al metro, donde me perfilé hacia Neuilly.
—Hueles a cerveza —me dijo María, cuando entré en la habitación.
—Tomé algo en un bar.
—¿Solo?
—Sí, solo.
Quince días después de conocer a esa chica, sentí que tenía que regresar a casa. María nunca me habló de Laurent ni yo de Sherap Palmo. Empecé a recorrer las calles de París con mayor urgencia. Temía regresar y que algún rincón maravilloso de la ciudad hubiera permanecido intocado por mis ojos.
Llegó el día en el que tuve que telefonear a mi padre:
—¿Así que vendiste el automóvil que te regalé, abandonaste los estudios, sólo nos enviaste dos cartas en seis meses y quieres que te envíe dinero para tu boleto de regreso?
Me negó el dinero.
La última noche que pasé con María fuimos a cenar. Ella me prestó el dinero para mi boleto de regreso. Dos meses después, cuando intenté pagárselo, me pidió que no la volviera a buscar y que me olvidara del dinero. Cenamos un entrecot a la mostaza y vino tinto de la región de Languedoc. Fue María, por supuesto, la que ordenó por los dos. Esa noche no pasó nada entre nosotros. La atmósfera en la habitación era asfixiante. Por la mañana, cuando desperté, noté que ella fingió seguir dormida. Le dejé un recado, despidiéndome de ella, y salí por la ventana. Mi avión salía del aeropuerto Charles de Gaulle dentro de cuatro horas.
Decidí dar un último paseo por Champs Elysées. El paraíso de los griegos, los Campos Eliseos, era, también, el paraíso de los parisinos. Aunque, quizá, no había sido el mío. Era otoño, un fuerte viento golpeó los árboles de la avenida y una poderosa escampada de pequeñas hojas secas desprendiéndose de los árboles voló por todas partes. En el RER noté que traía una hoja seca enredada en el pelo. La tomé entre mis manos y pensé: de entre todas esas millones de hojas secas, ésta se quedó conmigo. La guardé en mi mochila, sobre la que había cocido un escudo de París, y bajé en el aeropuerto. Faltaba una hora y media para mi partida.
Desde entonces, nunca he regresado a París. Nunca he vuelto a saber de María.
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