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El no-lugar de dos ciudades. Autor: Ricardo Ramírez Requena

11 may

Marc Augé llama a los aeropuertos no-lugares. También a las habitaciones de hotel, a las estaciones de metro o tren, a las autopistas, a los supermercados. Sucede que amo esos lugares (o no-lugares). También los puertos, las paradas de autobuses. El movimiento, el tránsito, el viaje, la ida, el regreso. Parafraseando a Cees Nooteboom, son lugares en donde dependemos de los otros. Otro conduce, es responsable de tu seguridad, coordina, atiende. Dependes de quien arregle la cama, de quien cocine, de quien marque tu ticket. Dependes de su puntualidad, de su sentido de la responsabilidad. Es decir, son esos sitios en donde aún somos, de alguna manera, nómadas. Puertos, hoteles, paradas, estaciones, adquieren su sacralizad por el tránsito, por el no vivir ahí, por la no permanencia. Somos por y desde la incertidumbre. Es decir, reúnen la esencia de nuestra realidad y posmodernidad. Augé lo llama sobremodernidad. Incluye a los medios de comunicación, es decir, el teléfono, el móvil, Internet, cámaras. Los determina como espacios en donde no hay intimidad en las personas. Discrepo de él. La soledad es intrínseca a nuestra naturaleza. Somos solos. Y reducir esos espacios a no-lugares, es no vivirlos desde la realidad fenomenológica de nuestro ser. La calle es el espacio del encuentro. Los no-lugares de Augé son la nueva plaza, el nuevo parque. Hablo de un espacio en donde se puede dar el reconocimiento del otro, desde la soledad de cada quien. Llenamos la mirada de lo que corre frente a nuestros ojos, de los olores que respiramos en el mercado, del vaivén musical de los otros en nuestros oídos. ¿Vivimos un tiempo de regreso al nomadismo, de redescubrimiento de él gracias a la globalización?, ¿hemos aceptado que todo pasa, que poco permanece por fin?

Todo viaje es un viaje hacia adentro también. Dormir, transitar fuera de los espacios cotidianos tuyos es salir de ti mismo. Solo así nos encontramos (o nos perdemos, cosa que a veces también queremos tanto). Estamos al descampado.

¿Me habitan las ciudades o solamente se recorren?, ¿qué tan de paso es uno?, ¿cuánto de ellas llevamos en las entrañas? He recorrido tantas ciudades, he vivido quizás, en demasiadas. Cinco ciudades antes del uso de razón, una sola en veinticinco años. ¿De cual soy realmente?, ¿De aquella en donde nací o de aquello en donde transito? En esta, en donde vivo ahora, me siento apenas testigo de sus andares y mutaciones. De las otras, alguien que las busca siempre en sueños.

Se me esconden, me evaden, me seducen con silencios de mujer, con secretos de los que no se nada. ¿Qué tan de ellas puedo ser?, ¿Qué tanto puede ser uno de lo que ama?

Siete Troyas llevo dentro, siete Troyas que mi cuerpo se reparten. Me recorren, me averiguan, me espían en la noche. Las habito, las escribo. No sé más nada.

¿Cómo se comenta, se cuenta, el viaje de otro?, ¿con qué palabras se puede referir uno a las palabras del otro? Hacia 1937 Mariano Picón Salas visita Europa. Escribe sendas meditaciones alrededor de Francia y Alemania, además de España y Bohemia. De estas notas, reseñan de viaje que hace don Mariano, me sacude la que hace de Italia. Picón Salas se da cuenta desde un principio que esa maravilla de país ha sido comentada por muchos y, más aún, en esos comentarios surgen generalmente los mismos asombros, con palabras de distintos talantes. Goethe, Stendhal, Durero, Burkhardt, Simmel, Nietzsche, Mann, Manuel Díaz Rodríguez. Generalmente todos comienzan el viaje por el norte y sus primeras escalas son Milano y Venecia. Me he preguntado muchas veces si el hecho de que las estadías de Gracilaso dela Vegafueron hacia el sur haya determinado la referencia a sus pisadas enla Bota.Gracilasovisitó y vivió en el sur de Italia como militar y por él, encontramos la primera reforma de la poesía escrita en español, gracias a las influencias del metro italiano. También le deben los ingleses: Shakespeare, Byron, Shelley. Aparentemente, el norte trae luces y tradición del contar. Picón empieza su viaje por Venecia, continúa hacia Ferrara y Rávena y termina en Florencia. Él, al igual que Díaz Rodríguez (cosa venezolana entonces) no deja de sorprenderse con la belleza de sus mujeres. Las sigue, admira y escribe. Se fija en las estudiantes: “estas muchachas que son el más vivo y bello pueblo que exista en Europa, se esparcen con sus pizarras y sus libros por entre el laberinto de las calles, tarareando sus canciones”. Más adelante se fijará en las formas de ellas: reconoce a Botticelli andando por las calles.

Picón Salas toma como compañeros de viaje a Stendhal y a Burkhardt. Dialoga con el francés y el alemán. Para los tres, Italia es la casa del sol y la primavera. Lírica y conmovedora es la exaltación de Stendhal de sus helados y el café, melancólica además. La sensibilidad de los italianos para él es viva e irritable. Se desvive por su chocolate y su Panettone así como por la música de Rossini: “música del estómago bien comido y del corazón bien regado, música que está-al alcance de cualquiera- en el aire de Italia y la contiene en sus vinos y los quesos y el imponderable café negro de los italianos”. Y más adelante: “Italia es la patria de la melodía, y la melodía significa la aventura puramente humana de los corazones”. La melodía tiene mucho que ver con la medida. Al hablar del arte en Italia, Stendhal hace hincapié en que la raza ardiente de los italianos encontró el arte para librarse del crimen o para purgarlo. Las pasiones pueblan el alma italiana. Se debate, de manera parecida a los españoles pero también de muy distinta manera (son dos talantes diferentes), entre cierto ascetismo y una pulsión pagana de la vida. Creo que por ello encontramos figuras como Galileo, Bruno, Savonarola, Leopardo, Pasolini: hombres que hicieron de una pasión de la tierra y el cielo, una forma. La fiereza y la vehemencia italiana se concentran en su arte, refinándose.

Tensa, densa, profunda la visión del catolicismo, de la política italiana por parte de Burkhardt. Para él, la gran pregunta es: “Mirar a Italia es pensar lo que seríamos sin ella”. Italia esla Arcadiaalemana. La tierra de la luz, el equilibrio que sostiene a Europa, y con ello, hago peso en los espíritus del continente. “En solo doscientos treinta años, precisamente entre 1300 y 1530, aquí se crearon las grandes formas de la felicidad de que ha disfrutado plenamente nuestra civilización. La sombría danza de la muerte aquí se convirtió en animada danza de la vida. Emana de la tierra italiana, como de ningún otro suelo europeo, una poderosa voluntad enérgica”, nos dice. La línea de sus formas, su belleza concreta, la búsqueda interior del hombre la recorre.

Ardor en la medida. Esa es para mí la definición de Italia. La he encontrado en sus obras, sus calles, su comida, en los cuerpos de sus mujeres. Al igual que Picón Salas, los viajes que he realizado a Italia los he hecho con acompañantes literarios (la guía Manuel Díaz Rodríguez y de Alejandro Oliveros, por ejemplo). Encontré similitudes en las impresiones, a pesar de mediar más de cien años entre el viaje del primero y el mío. Más de dos mil años de impresiones semejantes hay. Y nunca pasa su belleza.

En mi caso, también viajero venezolano como Díaz Rodríguez, Picón Salas y Oliveros, ocurre con dos ciudades: Ferrara y Vincenza. Entre las bicicletas en Ferrara y los edificios de Palladio en Vincenza, hay cercanías. Una doñita en bicicleta volviendo del mercado, con las bolsas atrás y atestadas y alguna de las edificaciones, como el Teatro Olímpico, tienen mayor semejanza que salinas de mar y arena. Hombre y naturaleza se unen. No hay antagonismos entre civilizaciones y barbaries. Pasan los siglos y el paseo al final de la tarde es un leve eco del saludo de una puerta bañada por el sol o la nueve a cualquier parque que tenga enfrente.

Hay un orden en el tiempo que él mismo se trasciende. Hay un temple.

Como la trattoria al frente de la estación de tren, llamada Venezuela. Uno llega de viaje y vuelve a encontrar la misma tierra que lleva adentro: una idea de país, una nostalgia de tierra que acogió pesares, un presente que solo espera sudores para ser revelado.

Aquí, entre una ciudad y otra, entre sus partes medievales y renacentistas, uno aprende a agradecer el perderse. A verse sin caminos. Sin dolientes.

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Publicado por en 11 de mayo de 2011 en Concurso de Relatos 2011

 

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