El bus de los caminos alzados. Autor: Carolina Lui Lam Postigo

By vagamundosmoleskin

La mochila se había caído bajo el sueño de toda las mañanas, el despertarse temprano un día lunes como hoy no era nada interesante para uno, tan solo una cotidiana y larga espera en el bus, cuyo recorrido adormecía a los demás pasajeros quienes se tambaleaban con el frenar y andar de su recorrido. Al escuchar las pocas monedas, que dispersas en la negra mochila se habían caído, me desperté, pedí permiso a la amiga de a lado, quien sujetaba su cartera como si uno o algunos le fueran a robar, con cara de pocos amigos arrimó sus piernas y a la poca luz pude encontrar mis dos soles tan sucios como la mano del cobrador quien se acercaba haciendo sonar sus varias moneditas de  poca nominación.

“Pasaje, pasaje, a donde vas amiga”- me dijo sin más cuenta, y pensaba “a este que le importa donde baje” pero sin hacer más problemas le dije: “Acá, a Grau”, proporcionándole la moneda de dos soles, abrió su mano de moneditas chinchineantes y separando unos centavitos, inmediatamente le enseñe mi carnet diciéndole “medio”; dándole una vista rápida al plastiquito rectangular, cambió inmediatamente de monedita entregándome un nuevo sol. Así se alejó haciendo juguetear a sus dichosas moneditas bajo el sonido desesperante de la “paga o si no te bajas”. Cerré el bolsillo con el único sol de regreso a casa, y suspirando un poco saque mi mp3 para escuchar otra música distinta a la tan florida chicha popular y repitente, de todos los carros a los cuales me había subido.

Mirando a la calle exhalé otro suspiro preocupante, ya llevaba 10 minutos en la misma pista sin que el bus avanzara, observé al cobrador quien se bajo  y grito: “México, Manco Cápac, Grau”, veía como este se aproximaba a las personas quienes retrocedían con recelo o simplemente se alejaban corriendo para alcanzar otro bus cual los llevaría a su rumbo.

La gente subía precipitada arrimando y empujando a otros quienes se amontonaban en la parte posterior, ya con todos los asientos ocupados y sin espacio alguno, al fin el bus avanzaba lentamente, esperando a alguno más a quien cobrarle y sacarle la gaseosa del día.

Hacía frío, en las calles gélidas por la masividad de la neblina que bajaba cubriendo, primero a los altos edificios y luego a las bulliciosas calles. Todos exhalaban y respiraban haciendo que las ventanas se llenaran de vapor y que mis deditos dibujaran con desesperación alguna carita que distrajese mis pensamientos.

Los cláxones sonaban, retumbando en la paredes, en los cristales de las sin fines de peluquerías de la calle Manco Cápac, y los sonidos estridentes de un grupo de huelguistas situados en la plaza cuyas banderolas se agitaban al compás de las voces entrecortadas de hombres y mujeres  que clamaban derechos y más derechos.

Eran las 8 y media, las 8 y treinta y uno, 8 y treinta y dos, el tiempo corría y sin correr el bus mi impaciencia se extendía, pero alguien se me adelantó diciendo: “Chofer, ya pues, hasta que hora tenemos que esperar tu regalada gana, tenemos prisa” y este, mirando su retrovisor: “señora, no es mi culpa, el tráfico está pesado”, contestándole: “ábrete a la izquierda, no ves que los carros están pasando, además que más gente quieres hacer subir, si no ves que estamos repletos, ya”, “Por Díos”. Otros le daban la razón a la señora, y haciendo ya forzado el pedido, el chofer no tuvo más remedio que abrirse y avanzar; mi cólera estaba ya enfriada viendo que el bus corría un poco y que las luces de los semáforos nos daban las “buenas verdes siguientes”, sin embargo después  de tanta maravilla, un policía nos paró.

El chofer no tuvo más remedio que estacionarse a la derecha, junto a las patrullas blancas y de luces rojas que se intercalaban con las rápidas y fugaces idas y venidas de las personas. Así el policía se acercó diciéndole: “Tus papeles”, el chofer lo miró y parándose se acercó a la guantera sacando una bolsita sucia con varios papelitos dentro de este. Se los entregó al policía quien empezó a buscar y después de una larga y exacerbante espera, hizo bajar al chofer  a quien le dijo: “Vistes que te pasaste la luz roja” y con un movimiento de cabeza el otro negó. El policía sacó sus papeletas de a lado de su pantalón, las tomó y llenándolas apresuradamente en un escribir ya sabido por su labor, bajo las miradas de todos en el bus, el chofer desesperado le habló algo al oído, el policía lo miró y terminando de escribir, le entregó el papel, y se retiró.

Bajo un arranque de furia, subió y golpeo la puerta de su carro tan fuertemente que todos los pasajeros nos asustamos un poco y sin más remedio que seguir hacia adelante, arrancó el bus.

Aún atiborrado de pasajeros intranquilos y cansados al mismo tiempo con el sudor goteante ya sea de preocupación o de meramente estar en pie y seguir el camino en el mismo estado sin poder sentarse ni un minuto en ese fatigoso seguir y seguir, junto al mismo zumbidillo estridente del motor y sus viejos asientos empolvados por el humo que sus demás compañeros chatarreros expedían al pasar, pese a toda contradicción continuábamos en nuestro desesperado e impaciente llegada a nuestro destino.

La señora que había gritado antes, ya había bajado en el paradero anterior y en su asiento se acomodó otra señora con su hijito en brazos, lo cargaba tan sutilmente como si el cristal fuese mas duro de romper que él. Lo tomaba con tanto amor que sublimizaba mi larga y ardua espera. Cerré mis ojos por un momento y pensé en la paz, en el maravilloso lugar donde todo ser irreal pudiese alojar los más dulces y apaciguantes deseos hasta que repentinamente escuche un alarido, todos los pasajeros volteamos a ver, era una mujer vestida en una bata de flores cuyo marido la había golpeado en el rostro y cuyas manos todavía podían dejarse ver en el rostro de la gorda señora.

Le gritaba en palabras pesadas e hirientes, ella lloraba junto al niño pequeño agarrado del faldero de su madre, él también chillaba con esos ojitos chicos e inocentes aprendiendo que el golpe puede más que una palabra.

El carro avanzó y todos ya nos habíamos olvidado del incidente, además por que ninguno de nosotros tendría el agrado de bajarse y defender a la pobre señora; así es la realidad pues, ya nadie se involucra en cosas ajenas, ya nadie ayuda a su prójimo y ya nadie defiende lo justo.

En la Avenida Grau, ya muy cerca de mi destino, el tránsito se paralizó. Dos hombres llenos de sangre y una ambulancia ululante era el más fuerte sonido que a la proximidad se escuchaba, el choque había sido frontal, dos carros uno de color negro y otra de color rojo, estaban destrozados, los policías hacían denodados esfuerzos por controlar el terrible tráfico, a seis cuadras de la Facultad, me bajé.

Corrí viendo mi reloj y sabiendo que llegaría tarde pues los lunes son así, y sobre todo por esta avenida. Llegando a la Facultad de Medicina, puedo decir que, todavía recorro sus pasillos y abriendo puertas sin fines, viendo a mi  lado innumerables personas, me siento feliz, de llegar a mi rumbo, a mi futuro.

Abro el salón y la clase ya había comenzado, me acomodo en el último asiento de la fila de la derecha y medito un instante en el suspiro tranquilizante de un crudo día, veo la pizarra y escucho a mi profesor quien en su explayado tema hace ver que la medicina es un arte y que yo me encuentro en este, siendo una minúscula parte y a su misma vez su todo.

Lo logré.

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3 comentarios para “El bus de los caminos alzados. Autor: Carolina Lui Lam Postigo”

  1. elena Dice:

    me encanto tu cuento, es muy interesante sobre todo por que es algo cotideano, te felicito.

  2. Dora María Dice:

    Cuento o descrición?

  3. Dora María Dice:

    Cuento o descripción?, sigue intentando.

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