Sueño de mar mientras regreso. Autor: Leonel Ramírez Cerquera

By vagamundosmoleskin

Voy contando las estrellas por cada metro de pavimento, mientras mis compañeros de viaje van silenciosos en la profundidad de la noche. Unos sobre otros reponen el cansancio de sus cuerpos, tan indefensos, contrario a la prepotencia  humana cuando nos jactamos de ofender a los dioses  y de humillar a nuestros propios hermanos.

Parece que fuéramos volando por montes y valles, con el viento que silba en  mis oídos,  que por ratos tapona mi cabeza con el vértigo de los años. Ya son 12 horas de ir oteando en la ventanilla con el deseo de llegar pronto a las playas de palmeras frente al mar.

-¡Oye, mi señora, despiértate! Vamos a entrar a la sierra, por aquí dicen los residentes que atracan, roban y hasta secuestran a los viajantes.

Enseguida abre sus ojos por un instante y allá entresueños mira a su alrededor y se vuelve a dormir, luego deja caer su cabeza sobre mis hombros. “Mejor así”, dije. “Si nos atracan o morimos no sufre, ni se da cuenta. Sólo sabrá de su existencia cuando esté frente a San Pedro”. Yo sigo con los ojos abiertos para luchar contra quien sea, claro, si el miedo me deja levantar de esta silla con mi amada entre los brazos, quien cada vez más se está doblando en busca del calor y por los saltos del autobús va amortiguando los golpes sobre el vaivén de estos quebradizos terrenos.

Antes de comenzar la serranía, el conductor principal le entrega el volante a su auxiliar, quien bruscamente acciona el cambio  y se acomoda esquivando las interminables luces de camiones y buses, que vienen en sentido contrario. Por un momento,  la vía queda apagada por entre nubes y gotas  de lluvia que incesantes golpean las ventanas.   ¡Cómo  se ablandan las montañas y se oscurecen mis pensamientos!  Por el otro lado,  los relámpagos empiezan a encandilar al conductor y cesa un poco la borrasca, pero por desgracia, surge aquello que se comentaba en los viajes pero que no se creía, tras cinco años de burocracia militar del gobierno. Desde un recóndito zanjón y por aquella hondura que atraviesa la sierra,  van apareciendo entre la maleza y el chorro de una cascada,  una veintena de hombres armados de traje y sombrero camuflados.  Cada quien levanta su compañera y hasta dormidos nos hacen bajar y se identifican como guerreros de la verdadera Patria. “¡Esto es un asalto!”, grita uno de ellos. Enseguida, nos solicitan los documentos y quien dice ser el comandante se sitúa detrás de un árbol con un pequeño portátil a verificar nuestras identidades con unas listas allí almacenadas.  “Buscamos a un fugitivo, por orden del comando”, dijo el primero que habló.  A la final sólo hay gritos y vivas a la revolución  y nos entregan a cada uno un comunicado en contra del gobierno y de su seguridad democrática. Una vez superado el percance,  partimos con los nervios de punta. El conductor acelera su máquina a todo dar mientras  celebramos la suerte de haber salido con vida de aquel lugar, hasta con risas y burlas por los llantos y gritos de algunas mujeres y plegarias de otras. Así continuamos nuestra marcha.

Cuando aún no habíamos salido del susto, divisamos otro retén, pero de inmediato reconocimos que era el ejército oficial, situado diagonal a un restaurante de la vía. Allí nos bajamos al control de rigor, pero nadie habló de la parada de los rebeldes. Así seguimos sin otra novedad que el frío de la madrugada en tierras extrañas, más congelado que los vientos del Sur de nuestra tierra laboyana.  Eran ya las dos de la mañana, a unos diez kilómetros arriba de la cumbre de la sierra volvimos a ver unos movimientos extraños de otras fuerzas militares que resultaron ser también ilegales. El susto fue menos tenso que el primero,  pues ya estábamos acostumbrando a los peligros en estas tierras inhóspitas y abandonadas. Había unos cien hombres y mujeres bien camuflados y con equipos pesados,  que subían a cuatro camiones y a tres camionetas blancas 4×4, blindada y con vidrios polarizados. Tan pronto llegamos,  nos hicieron detener delante de aquel parque automotor. Fueron quince minutos de espera, interminables y preocupantes. Alguien de nuestro grupo de excursionistas dijo que había visto colocar una bandera blanca en la camioneta envuelta en una valla de las autodefensas, que parecía ser la señal de entrega de armas al gobierno en su programa de desmovilizados. No volvimos a saber nada más de ellos, sólo que encabezamos la caravana. Una hora más tarde se desviaron de la carretera central hacia la izquierda de Córdoba, por una vía destapada. Fue un mero descanso, porque de todos modos sentíamos temor e inseguridad.  Incluso, algunos turistas pensaban lo peor:  un fatal encuentro con sus eternos enemigos del monte, los guerrilleros.

Ya al amanecer, todos dormían. Este desvelo del ascenso a la sierra con tan desagradables sucesos hizo que nuestros sueños se alargaran. De nuevo la pesadez de los cuerpos se batía entre unos y otros.  Sus cabezas se movían al compás rítmico del automotor, cuando sólo pude dormir unos minutos por la pesadilla de los encuentros y no era para menos, no podía dejar de vigilar por haber tomado la responsabilidad  del viaje sin que nadie me lo pidiera. Pues, mi compañera y demás familiares me comprometían a hacerlo. Además, un nudo sobre mi nuca me encendía la cabeza,  que no me dejaba de doler en lo profundo de los parietales; el frío y los sucesos en la montaña, aceleraban mi pena que no había experimentado en mis primeros cuarenta años.  Aunque a la final pude soportar estos peligros,  con temperamento y corazón de hierro.

Pero,  cuál no sería una última sorpresa de la noche,  cuando surgieron de una alcantarilla unos hombres vestidos de policía con brazaletes de guerreros. Nos hicieron bajar en cuestión de segundos y nos amenazaron con sus armas de corto alcance  y de inmediato  comenzaron a esculcar las maletas de viaje, los bolsos y  los bolsillos. En su búsqueda todo lo dañaron y nos arrebataron cuanto llevábamos de valor y luego se perdieron en un taxi de servicio público y dos motocicletas de alto cilindraje. Afortunadamente, habíamos depositado el dinero en los bancos e íbamos con todos los gastos pagos. Tan pronto llegamos a la Estación de Policía más cercana se dio la noticia y se dispuso la persecución.  El Comandante de la Estación estimó el monto del ilícito en veinte millones de pesos entre  aderezos y dinero.

A pesar de estos tropiezos del viaje continuamos hasta cumplir nuestros sueños. Ya amanecía en las planicies cenagosas donde las garzas jugueteaban en los manglares y hundían su pico entre el fango.  Cuando divisamos por primera vez el mar, el sol se levantaba sobre él y algunas olas chocaban contra las rocas y otras,  se perdían allá en el piélago infinito del planeta, envolviendo nuestra vista en la distancia. Entonces,  el tiempo avanzaba a nuestro favor,  pues el conductor hacía rodar el auto con delirio hacia el litoral, después de haber dejado las tragedias entre nubes y árboles, y el sabor amargo de las lágrimas en la brisa de la sierra. Ahora, todos emocionados,  agradecían a Dios y a los santos,  y pletóricos de la dicha seguíamos sobre el borde los acantilados y las playas blancas de sal y aceite. Veíamos unos mástiles de variados colores asomarse en el horizonte, que poco a poco se iban agrandando con su cuerpo de edificio tendido sobre el agua. Otros estaban anclados meciéndose como niños en hamacas pendulares de balcones de las antiguas casas de nuestros abuelos.

Con los ánimos puestos vimos el encuentro entre los dos elementos azules del verano, donde el cielo y el mar se juntan,  taponados por espumas blancas y,  en un santiamén, bajo el sol perpendicular ya estábamos pisando sus arenas blancas que ampollaban nuestros pies y encandilaban nuestros ojos de encendido sexo al llegar acalorados, al proyectar sus rayos infrarrojos en cuerpos de mujeres cubiertas con sedas dentales que ondeaban en las tenues olas de la playa.  Enseguida, nuestras mujeres celosas por aquellos cuerpos de ninfas, se lanzaron al agua como ballenas que dan su coletazo mientras respiran sus envidias al quedar desnudas por la lengua efervescente de las olas lascivas de Santa Marta. Así, uno a uno de la veintena de compañeros de viaje nos fuimos despojando de la timidez y el miedo, hasta desnudar nuestros cuerpos ante esa amargura placentera y núbil. Luego,  logré subirme a un acantilado a repasar una y otra vez la playa curvilínea de turistas y palmeras, hasta que poco a poco volví a adueñarme de las palabras y frases de las musas y desde mis entrañas de poeta me quedé lelo observando por el ojo de la cámara, aquella inmensidad de océano, que desde mi niñez soñaba broncearme, la que en un día no muy lejano será de nuevo nuestro aposento,  para cuando se acabe de descongelar los polos y nevados de la Tierra, donde moriremos contaminados.

En estos momentos se me nubla la mente y caigo en supina delante de su majestad, el rey de reyes naturales: “Poseidón, dios de las aguas, que acabó con el ejército griego en su regreso. ¿No será posible volver a casa? Aunque aquí,  ya no existe el Monte Olimpo, ni el Mar Nereo con sus 50 hermosas ninfas sino el Mar  de nuestra Tierra, mar de misterios y ricos tesoros guardados desde la Conquista y la Colonia, de monstruos y sirenas, ninfas y ballenas, tiburones y delfines, relatos de navegantes y piratas, que se fueron y no volverán jamás.  Ahora, este es el mundo del calentamiento por descubrir y solucionar, en vez de la política imperial de viajar a otros planetas.  Con su rugir eterno y  la música solemne de sus animales, un quejido lastimero me entristece, empiezan a caer las sombras y a morir la playa.  Pienso, “desde qué lontananza del  ponto  se apaga el astro de los cielos, en su descenso final de cada día para seguir esperando en silencio nuestro regreso. “Entretanto, me levanto y me lanzo al mar, ya no me reconozco”.

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Una respuesta para “Sueño de mar mientras regreso. Autor: Leonel Ramírez Cerquera”

  1. Lily Chavez Dice:

    Leonel, es un gusto leer material tuyo. Hice ese viaje junto a tu voz de narrador, me dejé llevar por la historia, algo así como me sucede con tu poesía…que dicho sea de paso, está presente con sus imágenes en este relato. Un abrazo y hasta un nuevo encuentro con la palabra.

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