El gran choque
Tras seis horas de vuelo despierto con el trágico ajetreo de los carros del desayuno. Me pregunto por qué nos despertamos tan temprano, afuera todo es negro. Pero no, tras un minuto vuelvo la cabeza hacia la ventanilla y se abre ante mis ojos el rojo sangre de un horizonte degradado a azul que se va oscureciendo en un cielo absolutamente nítido. Amanece en la mítica India. En 45 minutos habremos llegado a Delhi.
El gran choque no es sobrevolar el Himalaya y ver los picos atravesar la espesa manta de nubes, ni tampoco cruzar en taxi la destartalada capital de 4 millones de habitantes. El impacto es el sumergirse en las infinitas callejuelas de casas de madera labrada atestadas de pequeños comercios y contemplar el ingente variopinto de personas de toda condición y vehículos suicidas haciendo sonar sus bocinas incansablemente. Creo que voy a ser embestido en cualquier momento por una bicicleta o un rickshaw. Y a pesar de la latente putrefacción todo me parece excitantemente atractivo.
Hora punta en Katmandu. Nadie se inmuta en el ajetreo. Trompicones y muchedumbre en las estrechas calles. De vez en cuando, en algún cruce o pequeña plaza, el barullo se expande. El gentío ni intimida ni frena a motos y ciclistas que hacen sonar sus timbres todo el tiempo. Voy al encuentro de Dendi, mi futuro guía supongo. Música india y turistas en la terraza del Kathmandu Guest House. Lo adornan con cenefas, imagino que por el Dasain Festival. Hasta aquí me ha traído un rick-shaw, en quince segundos, resultó que estabamos al ladito mismo. Ahí me recibe un santón barbudo y ataviado de todos los colores y abalorios, me colma de pequeños pétalos de flor, me dice “holi men” y me planta un punto rojo en plena frente. Me pide pasta, ya no me cuadra, le doy la única moneda que tengo y se va indignado diciendo “only one rupia”.
Cae la tarde, el bullicio ha desaparecido. Hace rato que camino perdido. Las únicas luces son las de las motos al pasar. Unos chicos, con una vela como única iluminación, excavan reparando algo en medio de la calle. Voy a tener que preguntar antes de que por aquí no pase nadie. Amablemente me indican. Como siempre la dirección contraria es mi predilecta. El camión más grande del día ocupa ahora toda la calle. Intenta pasar dificultosamente entre el socavón de los obreros y unos cables que amenaza con arrancar. No problem, entre 8 jóvenes guían y evitan el desastre. Un chico se descuelga de la parte posterior del camión e intenta entablar conversación, me pregunta de dónde soy, cuándo volveré y se enzarzan en discusión éste y otro sobre las fechas del Dasain Festival y es que no tienen ni idea de los días del mes en que vivimos. Entonces les digo que en dos días empieza el festival, por decir algo, y los dos asienten unánimes. Nos despedimos en nepalí y en inglés.
Ya de vuelta a mi hotel, en la plaza desierta una vaca deja caer su peso, justo en medio, en el que durante el día es un hervidero de comerciantes, paisanos y turistas de aquí para allá. Esta madrugada temprano tengo que ir al encuentro de Dendi, el joven sherpa que hará las veces de guía y compañero de expedición. Mañana empezaremos a caminar al encuentro de los Annapurnas.
Pedales a fondo
Me levanto tarde. ¡Maldita sea! Cruzo Durbar Sq. y Thamel como el rayo. El ambiente a las seis y media por las calles es espectacular. Hoy sólo pregunto una vez y llego directo al Katmandú Guest House, punto de encuentro. Ahí está Dendi tan tranquilo, sin inmutarse por el retraso. La estación de autobuses está abarrotada, los hay a cientos. Cogeremos uno a las 7:45 h. La gente se desplaza a sus pueblos por el Dasain. Tomamos té con leche y esperamos nuestras somosas. La mochila parece ir a salvo encima del autobús, pero el que la coloca y ata se suena los mocos encima. Para ser el autobús turístico sólo veo nepalíes. Todos los que hoy viajan son hindús que van a ver a sus familias por el Dasain. Las chicas visten sus mejores galas de colores muy intensos. Sube una anciana a pedir y un chico a vender relojes. Dendi viene ataviado con su mejor camisa, sus tejanos y una mochila que hace 1/3 de la mía.
El precipicio amenaza con tragarnos en cada curva y adelantamiento. Sin duda, es lo más peligroso que voy a hacer en mucho tiempo. Tardamos dos horas en salir de Katmandú sumergidos en la caravana de autobuses. Al poco nos adentrarnos en angostos valles cubiertos de selva. Esto es como una montaña rusa y Dendi está vomitando por la ventana. En una de las paradas sube un chico ciego, más bien diría directamente sin ojos, cantando una dulce melodía sin parar, le damos unas monedas.
Dendi, ya recuperado de su vomitera, alarga su manaza, atrapa con dos dedos un mosquito parado en el vidrio, lo acerca hasta la ranura abierta de la ventana y se va volando tan tranquilo.
Llevamos recorridas ocho horas de gargantas atravesando y flanqueando valles cuando llegamos al esperado Besisahar. La carretera principal atraviesa el pueblo abarrotado de pequeños comercios. Tras la comida china ante un magnífico panorama selvático, Dendi me sugiere que vayamos al siguiente pueblo en bus. Va llena la tartana. Al momento ya estamos subidos al techo. Me estoy imaginando un idílico paseo por un valle increíble cuando de repente suben unos con una cabra recién degollada que huele a mil demonios. Yo no sé qué cara poner. Son víctimas de los sacrificios del Dasain.
Aquí se entra y se sale por las ventanas, se sube y se baja en marcha, todo vale y en este techo no cabe ni un alfiler.
Llegamos a Khudi ya caminando y atravesamos el Marsyangdi Khola –río Marsyangdi- por un larguísimo puente suspendido a gran altura. Los viejos tablones de madera se balancean colgados de tremendos cables de acero. Entramos en nuestro te house, lo más parecido a un hotel por aquí, y empieza a llover.
Desde la terraza contemplo el atardecer. La lluvia cae en la profunda cuenca del río. Las pequeñas y austerísimas casas apenas se dejan ver entre la exuberante vegetación. El estruendo de la fuerte corriente nos acompaña en la cena. Un inesperado apagón de la luz eléctrica nos deleita con decenas de luciérnagas que vuelan por todas partes y disfrutamos del mejor momento del día.
Remontando el Marsyandi Khola
Compartimos la senda con búfalos, vacas, cabras, porteadores y lugareños con sus grandes cestos cargados a la frente. Todos saludan. El camino comunica decenas de pueblos. Dendi parece arrastrarse a primera hora, pero tras un té con leche ya no hay quién lo pare. La miel con hormigas de esta mañana parece que me ha ido bien.
Todo el tiempo se escuchan los pájaros, los insectos y el arqueado bambú que cruje. Nos cruzamos con un hombre al que acompañan dos mulos y saludamos con el habitual “namasté”, él murmulla. El hombre ha dicho que algún mulo podría caerse. Tiene razón, nosotros siempre dejamos pasar a los animales por el lado del precipicio.
Paramos en uno de los muchos pueblos a comer. La joven Mira está preparando la comida, su madre le enseña a cocinar sopa de ajo. Su padre pretende cortar un hilo enredado a la pata de una de sus palomas con unas tijeras de trocear búfalos, le presto mi pequeña multiusos y me lo agradece muy amablemente.
Seguimos remontando la corriente del Marsyangdi Khola. Sus aguas, grises por el monzón, se adentran en un valle de densa selva y vertientes desplomadas. Los pueblos cuelgan del despeñadero en la cuenca del río. Son ya las 5, oscurecerá en una hora y aceleramos el paso hacia Jagat, nuestra próxima parada.
Llegamos tras sudar hasta los cordones en un sendero pedregoso que no hacía más que subir y bajar. Ya en nuestro te house por mucho que me esfuerzo en pedir el té con leche en nepalí, el pequeño lo pide a su madre en inglés. El dhal baat es igual en todas partes, arroz acompañado de patatas y lentejas y una especie de compota muy picante. Ellos lo toman como desayuno y cena todo el año, salvo raras excepciones.
Algunas puertas son tan antiguas como pequeñas. Ahora luzco la imponente brecha recuerdo de una jácena de vieja madera. He peinado mi cabeza rapada con varias puertas, pero creo que ésta ha sido la última.
El atardecer cayó y afuera ya es oscuro cuando irrumpe el ejército maoísta en nuestro te house. Varios jóvenes, sin armas ni ropas que les identifiquen, van pasando por cada grupo para cobrar su tasa. Son 100 rupias día. Les mentimos diciéndoles que sólo estaremos 10 días y pagamos 1000. Se lo tragan, haremos 18. Muy amablemente nos dan el recibo para que no nos vuelvan a cobrar, pero con fecha, claro.
Pequeñas intrépidas
Empezamos a subir de buena mañanita. Seguimos flanqueando gargantas cada vez más profundas. La pared opuesta se desploma cientos de metros verticales. Piedra, vegetación y árboles en equilibrios imposibles, grandes cascadas y el tronar del río al fondo, muy abajo.
Caminando por estos valles selváticos parece imposible que detrás de estas montañas se levanten decenas de las moles heladas más altas del mundo. Hoy hacemos noche en Dharapani, a unos 1900m, flanqueado al este por el Manaslu, de 8156 m. y al oeste por el Annapurna II de 7937 m.
Mis botas resbalan sin remedio por las peñas húmedas. Dendi me libra de las ortigas y de despeñarme. Sabe dónde descansar y me introduce a los lugareños.
Creo que el daal bhat es mi comida perfecta, arroz para la correcta función interna, lentejas para colmarme de hierro y las patatas con verdura que le dan algo de sabor. Viendo pasar un plato de arroz frito al estilo chino con pollo y verduras se me hace la boca agua.
Dejamos el poblado de Tal en la fabulosa compañía de las encantadoras Dimala de 11 años y su hermanita, imposible acordarme de su nombre, de unos 4 o 5. Nos llevan a buen ritmo. Adelantamos a otros turistas. Dimala, por mucho que insistamos en llevarle la mochila, se niega. En las subidas pedregosas carga a su hermana a la espalda. La pequeña sube escalones grandes como ella y los baja a una velocidad trepidante. Las tenemos que acompañar a Dharapani, a unas tres horas. La pequeña va de la mano de su hermana, yo le cojo la otra y agarrándose al dedo, salta de piedra a piedra, parece que sus piernecitas no vayan a llegar. Llevado por ella me olvido del cansancio. Nos separamos en un pueblo intermedio y seguirán con alguien de su familia. En Dharapani hace más frío. Empiezo a pensar en lo que nos espera más arriba.
Ya en Dharapani aprendo nepalí con Dendi durante la cena. Las cinco maneras diferentes de decir sí pueden conmigo. Mañana cruzaremos bosques de rododendros -cuya flor es el símbolo nacional del Nepal- veremos saltos de agua, y superaremos 700 m. de desnivel, ya en el distrito de Manang. Pasaremos a 50 km. del Tíbet. Encontraremos los primeros rodillos de oración budista.
Camino de Chame
Seis y media de la mañana. Sufro un inexplicable resbalón en el baño. Diría que es lo peor que hay después de resbalar por un glaciar, teniendo en cuenta mi postura y el llevar los pantalones por las rodillas. Instintivamente intento frenarme agarrándome en un grifo que sale de la pared. Precario equilibrio. El grifo se rompe, empieza a echar agua y vuelvo a resbalar, esta vez me lo cargo del todo. Me mojo, aquello ya sale a chorro. Intento volver a poner el tubo en su sitio, parece que aguanta, pero la presión lo tira. Con una mano lo aguanto, con la otra me limpio y salgo del baño. Al contrario que con otras experiencias, creo que esta no la contaré a nadie.
Ante el apabullante paisaje que nos rodea cualquier esfuerzo parece pequeño. Intento respirar todo el oxígeno que puedo en cada exhalación. El cañón ahora está saturado de un magnífico bosque subtropical. Por poco tiempo, ya que debemos estar cerca de los 2000 m. Nos rodean enfurecidas cascadas. El agua se desploma abriendo profundas brechas en la oscura y húmeda piedra invadida de vegetación. Nos encontramos varios desprendimientos que han arrasado el camino. Son consecuencias del monzón. Ya se han ocupado de rehacerlo, cortando los grandes troncos y apartando rocas enormes testigos del brutal deslizamiento.
Creo que a mi sherpa le gusta parar a comer donde están las nepalíes más guapas. El menú es arroz acompañado de patatas con verdura y sopa de lentejas. Me lo imaginaba.
El corte de la garganta del enfurecido Marsyangdi Khola hoy apunta directamente al imponente Manaslu, mítico ocho mil. Más tarde el valle se abre y se rinde ante el Annapurna II. Pirámide inmensa. Desde nuestra altitud de 2600 m. es imposible imaginar su grandiosidad, sus casi ocho mil imponentes metros.
Pasamos numerosos controles antes de llegar a Chame. El otro día fueron los maoístas, hoy primero ha sido el ACAP -Annapurna Conservation Area Project-, nos sellan, luego firmamos con la policía y luego con el ejército.
Nos encontramos con varias estupas a lo largo del camino, también algún que otro montón de piedras labradas en tibetano. A la entrada del pueblo interminables rodillos de oración. Las mujeres jóvenes visten sus mejores galas, de colores muy vivos. Todos llevan el manchurrón rojo en la frente. Chame parece tener una única calle, en donde hay tiendas, lodges y el teléfono. Está encajonado entre las montañas. La pared de piedra se levanta al ladito mismo del pueblo. Puedo ver su pico, altísimo, parece no tener ángulo, subiendo a plomo.
Aquí ya hace bastante frío. Dendi ha salido con sus chanclas, pero se recoge pronto a nuestro te house. Mis dedos se entumecen entre una especie de hormigueo. En el interior de nuestro refugio el fuego calienta una tetera enorme. Los sherpas no se inmutan por el frío, cuando entran de la calle siempre dejan la puerta abierta de par en par. Al calor nos juntamos con un sherpa joven y otro que ha venido descalzo.
“Pisang to Manang”
Empezamos una nueva jornada caminando por un bosque ya con pocos árboles a 3300 m. El aire se ha vuelto seco y el frío intenso. Intento ir encontrando mi ritmo, mis rutinas. No obstante, mi cuerpo empieza a sentir la fatiga del esfuerzo acumulado. El Annapurna II siempre presente detrás de nosotros. En las largas caminatas me abstraigo y pienso en los buenos momentos pasados. Recuerdo lo que me decía Enric, un ciclista que conocí en Katmandú, “siempre hay un momento para preguntarse –yo que hago aquí-“.
Mi estómago al fin se revela y camino reventado por completo. Me es igual en plano, subir o bajar. Hasta ahora no conocía de verdad lo que significaba que todo te duela. Llegamos a un pueblo por completo medieval de pedregosas callejuelas. Dendi quiere comer aquí. Los 3600 m. serían más llevaderos si no me doliera el estómago, hubiera desayunado y no tuviera que parar cada poco para ir al retrete.
Ondean cientos de banderolas budistas, al fuerte viento que nos acompaña todo el camino. Ellas rezan por todos nosotros.
Bordeamos un recodo, Dendi me dice “¡Espera, espera!”. Coge una piedra bien grande del camino enfrentándose a un yak que ya hacía rato nos venía mirando fijamente. Está todo el rebaño pero ése es el más grande. De pelo muy largo y negro nos apunta con unos pitones afiladísimos. Tiene toda la intención de venir hacia nosotros. No sé si tirar la mochila o directamente tirar montaña arriba. El enorme animal empieza a andar en nuestra dirección y Dendi le disuade tirándole piedras. Seguimos, ya junto a otros más pacíficos.
Por fin llegamos a Manang ante la imponente presencia de varios siete-miles.
Celebro la insipidez de mi cena. Arroz blanco y un diminuto bol de sopa de patata que en otras circunstancias me habría parecido insípido, ahora lo encuentro delicioso y me alegra su inofensiva apariencia. Escalofríos y temblores no me impiden disfrutar de la comida.
La presencia de algunos de los picos más altos del planeta es aplastante. Parecen estar al alcance de la mano pero unos 4 o 4,5 km. en vertical nos separan de sus cimas. Justo enfrente de nosotros se alza el Annapurna I, sin que ninguna interrupción medie entre nuestro valle y sus 8091 m. A su derecha el Gangapurna, vierte sus inmensidades de hielo en un gigantesco glaciar que casi llega al valle. Luego nos acercaremos en un paseo. Al este, el A IV, nos muestra sus deslumbrantes superficies heladas.
Tras la jornada de descanso de hoy mañana saldremos temprano para intentar alcanzar los 4600 m. del Thorung Pedi High Camp. Campamento de pastores venido a campo base. El lugar más seguro para pasar la noche antes de cruzar el mítico Thorung La y sus nada despreciables 5416 m. Gran hito en nuestra ruta este collado separa los dos inmensos y profundos valles que rodean los Annapurnas.
En nuestra última noche en Manag lo peor de todo ha sido ver pasar por delante de mis narices unos filetes de yak con un aspecto más que apetitoso y tener que conformarme con mi sopa de patata con arroz y un chapati.
Mañana empezamos a subir lo que se dice de verdad. Alcanzaremos Yak Kharta, a 4018 m. sin pestañear, ya que hemos alargado un día nuestra estancia en Manang para estar descansados y aclimatados a la altitud y continuar el ascenso con seguridad. El plan inicial era haber salido hoy para Thorung Pedí High Camp. Unos 1100 m. de desnivel nada despreciables a estas alturas.
Dejo a Dendi esperando su Dhal baat, ya olvidado para mí. El sherpa no cambia, de ninguna manera. Tan solo un día se pidió lo que dice es el mejor plato para todo nepalí, una horrible masa color parduzco que se comen con la mano y viene a ser algún tipo de harina cocinado. Buenas noches.
Yaks de lomo helado
Le he ganado la batalla a la diarrea. Ahora sólo tengo que procurar que no vuelva y abstenerme de hincharme a dhal baat, con esas patatas tan especiadas y picantes. ¿Sería el rábano?
Vuelta a la rutina. Me levanto a la orden de Dendi, 6:45 h. Meo en el agujero, me lavo la cara en el grifo de la ducha mojándome de arriba abajo. Pedimos los panqueques, los hacen muy gordos, me abstengo de inundarlo de miel como de costumbre, el té sin leche ni azúcar. Como tardarán unos 20 minutos, pido agua en la cocina, le pongo el yodo para matarlo todo, me pongo crema solar, tomo las pastillas del estómago, las vitaminas y el antibiótico. Creo que Dendi piensa que me drogo. Me abrigo, que aunque hace un sol tremendo el comedor es una nevera, y nos sentamos a desayunar.
Dejamos Manang. Bordeamos las colinas por un sendero de un par de pies de ancho dejando atrás el espectacular valle. El entorno se va haciendo cada vez más seco e inhóspito. En el camino volvemos a coincidir con los de siempre, un grupo de españoles y las simpáticas Laure y Sonia entre otros. Varios de ellos nos saludan sin que me acuerde de todos.
Hemos visto ya varios helicópteros bajando valle abajo, sin duda evacuando de Thorung Phedi a los más sensibles a la altitud. A medida que vamos ganando altura por el valle dejamos atrás la falda de los Annapurnas y con la distancia y la altitud cada vez se vuelven más y más impresionantes. Paramos a comer en Yak Kharka, que significa “pradera de yak”, aunque aún no he visto ninguno. Desde esta soleada terraza observamos las montañas. Del todo increíbles, las inmensas moles blancas aparecen tras el valle desafiando toda lógica. Pardas casi negras las montañas que nos rodean, hacen parecer irreales las escarpadas inmensidades blancas que, con violencia desmedida, parecen enfrentarse al los mismísimos cielos desafiándolos con sus crestas y picos helados.
Hoy de menú toca noddles y momos al vapor: sopa de fideos china y unos grandes raviolis esta vez rellenos de patata. Continuo recordando los filetes de yak que pasaban ayer ante mí y yo con mi sopa de patata sin especias ni picante ni ninguna gracia.
Letdar está en la parte más alta del valle. Para mí es como si estuviera en los mismísimos cielos. Le ganamos a la montaña otros 700 metros de inhóspita altitud. Praderas grises y poblados de piedra de ese mismo color, más parecen un capricho del azar que un hogar habitable.
Dos Lodges y cuatro cabañas de pastores, no más. A unos pocos metros de nosotros pastan los imponentes yaks arrastrando sus largas cabelleras por la ladera. Disfruto yo también del sol y la hierba seca. Dejamos caer la tarde confortablemente contra la piedra aún caliente.
Aquí en el Himalaya se puede ver a un culi –así llaman a los porteadores- abrigado hasta los dientes al mediodía y descalzo con sus chanclas en plena noche. Hoy compartiré habitación con Laure y Sonia. Sopa de ajo para la altitud y “tortilla de patata” para sentirme en casa. Meo frente a un Marte de magnitud y brillo desmesurados.
Siete de la mañana. Yaks de lomo helado en el desolado sendero de piedra hecha añicos por el hielo.
Seguimos subiendo por lo que queda del valle. Decenas de yaks pastan en equilibrio por la empinada ladera. Más arriba, nada, sólo el sendero y el rumor del río. Alzo la vista y veo un valle que se cierra en sí mismo.
A lengua fuera y torso empapado la diabólica subida nos catapulta, o más quisiéramos, hacia el próximo objetivo. Ya se puede ver en lo alto, punto por completo inalcanzable, lo que significa nuestro próximo campamento. Estamos en Thorung Pedí. Para muchos campo base antes de pasar el gran Thorung La. Dendi mueve sus hilos para conseguir un lugar donde dormir más arriba, en Thorung Base Camp. De esta manera, a pesar de pasar la noche en ese remoto lugar, estaremos más cerca del gran collado y reduciremos un poco la larga jornada de mañana.
Tras un magnífico té continuamos trascendiendo el valle en infinito zigzagueo por una canal pedregosa. A medida que subimos se van dejando ver los picos cubiertos de hielo que nos rodean.
Thorung Phedi High Camp a 4.800 metros. Fascinación por la altura. No se comprende. Es lo más parecido a estar en la luna.
Olvidado por completo el dhal baat, quién me iba a decir que este campamento me deparaba unos estupendos espaguetis napolitana. Es gloria para el paladar. En la mesa de al lado los culis pasan el rato con los naipes. Me quedo semi-dormido sobre la mesa. Mejor no dormir, dice Dendi. Así que vamos a subir una “colina” a ver qué vemos.
Desde casi 5.000 metros de altura la visión es alucinante. Los nepalíes hacen extrañas construcciones con la piedra astillada en lo más alto de las vertientes. Disfrutamos un rato del paisaje.
Ya de vuelta, los culis se apelotonan en una mesa y algunos juegan a cartas y otros observan y comentan. Mientras, en las otras mesas, los europeos están sumidos en sus lecturas. Seguimos aislados. Mi inglés a menudo no me deja seguir las conversaciones más fluidas. Así que escribo o miro por la ventana. No puede ser, veo dos personas subiendo y no van a encontrar sitio para dormir. Son nuestras amigas francesas, poco después estamos tomando un té en nuestro refugio. Sólo han venido para ganar altitud y tener un mejor sueño en su campamento de más abajo. Hoy nos acompaña el repetitivo e interminable canto nepalí proveniente de un radio-casette. Más tarde, tras los últimos destellos de los picos, las nubes lo cubren todo.
Mañana nos levantaremos a las 4 de la madrugada para hacer la etapa más larga de cuantas llevamos. Superaremos la altura del Mont Blanc en 600 metros y caminaremos más de 10 horas. Nuestro objetivo Muktinath. Con 3800 metros de altura este extraordinario monasterio recibe cada año la visita de miles de peregrinos desde la India y otros lugares del Nepal.
Thorung La 5.440 m.
Thorung La nos acoge con un viento y frío descomunales. Imposible hacer click en mi cámara con mis ateridos dedos.
Redondeada y desolada loma azotada por el fuerte viento. Flanqueada por cumbres, sendos glaciares vierten sus hielos a 50 metros de nosotros.
Demasiado cansados tomamos las fotos de rigor con moquillo incluido, no pasarán a la posteridad. Intento guardar un buen testimonio de mi paso por aquí pero el viento me parte.
Muy pocos cruzaron por ahí después de nosotros, una gran nevada cerró el paso y bloqueó a muchos que tuvieron que ser evacuados.
Llegamos a Muktinack con las piernas entumecidas por la cruel y larguísima bajada de las nubes cuando, por lo que parecía una cínica muestra del destino, aterrizaba en una esplanada junto al monasterio un gran helicóptero con los nuevos peregrinos que no querían ensuciar sus botas ni forzar sus piernas para llegar al codiciado monasterio.
El cielo cayó durante días en forma de nieve y lluvia, luego recorrimos la despiadada planicie de la cuenca del Kali Gandaki con un viento atroz que nos azotó todo el tiempo sin parar.
Adiós Katmandú
Palabras de inmensa bondad y gestos de absoluto desprendimiento han hecho sentirme cómodo y acogido.
Hoy la tortilla y el té me han sabido especialmente buenos a pesar de la temperatura matutina. Fue sentado en Basantapur Square. Invito, ofrezco chapati a las pequeñas. Tras pedir el segundo chapati averigüé que dentro del primero había la tortilla.
Aquí en Durbar Square la gente se pone sus pusas matutinas tras adorar a las imágenes de sus dioses, que están repartidas por todos los rincones y a lo largo y ancho de Katmandú. Bendicen las vacas de la plaza, les pintan la frente y les echan pétalos en la cabeza. Santones de pega, conductores de richshaws y buscavidas acechan sus víctimas. El sol es una bendición a esta hora en los escalones de una de las múltiples pagodas de la plaza. Todo el mundo anda por aquí sentado calentándose.
En dos horas salgo para el aeropuerto. El Jhochem café me sirve, quizás, mi último té de Katmandú. Ardiendo, claro, pero dispongo el sorbo preciso para no quemarme. Le he cogido el punto igual que al tráfico. Ayer, mi disposición al relax y, sobre todo, el percance con una moto que, creo, no le gustó que corriera más que él, me dejaron plano y absolutamente al margen de cláxones, motos, camiones, perros y peatones. Una vez despreocupado de compras y visitas turísticas uno empieza a sentir que le toma el pulso a la ciudad. He de comprar mi thanka antes de irme para siempre o quién sabe. Ahora que acabo de comprender que ese movimiento dubitativo que hacen con la cabeza quiere decir “sí”.
Los niños de la calle me piden el último chapati, la última rupia. Apoyo mi cámara con despreocupación en el asiento de una moto, los niños la miran con curiosidad, y me hago la foto con el chico del hotel. Hoy el tráfico me parece fluido y sin cláxones. Katmandú pasa ante mí y pienso en las cosas que no podré volver a ver, que no podré volver a vivir.
Uno recoge sus cosas y sube al taxi con lo puesto, con todo lo puesto, y ve pasar ante sí lugares que ya no le pertenecen y aunque no lo piensa le aborda la sensación de volver a estar solo, más solo. La verdadera sensación de “tránsito” me abarca cuando facturo las maletas y dejo de estar en tierra de alguien.
Adiós a las rupias, los mapas, las caras de cada día, la habitación del Sugat, los tés. Adiós a esos pocos españoles que, sin conocerlos de nada se convierten de inmediato en buenos y queridos amigos. Adiós a las esporádicas visiones de esos gigantes nevados que te hacen imaginar aventuras colosales y crearte ilusiones de futuras expediciones. Adiós a las vacas en la calle, la basura quemándose en las esquinas, la incertidumbre de cuántas vueltas de campana va a dar el estómago tras cada comida. Adiós a las pusas de colores en la frente.
Aquí los taxis queman incienso en su interior, los dioses se adornan rodeándolos por luces intermitentes de colores, las vacas tienen joroba y disfrutan de plena inmunidad espiritual. Ahora puedo ver la luna pero esta tarde los rayos del sol eran incapaces de atravesar la espesa bruma. Ingente variedad de pintorescos vehículos. La vaca es un transeúnte más. Con su collar de flores al cuello y total parsimonia se lo piensa, cruza, a su ritmo, la abarrotada avenida. Unos y otros se paran, la esquivan, a ella no le asustan los coches. Al llegar a media avenida se lo vuelve a pensar y continúa cruzando.
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