Ayer fue el Día de la Madre, y mi hija Sophie vino a verme a Nueva York con su hija Nati. Por la razón que sea prefirió pasar con el padre el Día de la Madre. Mi mujer, Romy, tuvo una idea feliz (como de costumbre): ir todos al Jardín Botánico del Bronx. Como ya sabrán, no es nada fácil conciliar los deseos de miembros de tres generaciones. Pero el mundo natural –sobre todo plantas y flores– a todos nos atrae irresistiblemente. Se le veía a Nati la cara de júbilo ya antes de emprender el viaje.
Cogimos el tren en Grand Central Station. Tenía sólo dos paradas antes de la nuestra: Harlem y Fordham. Un trayecto breve, pero cargado de historia, ya que incluía dos grandes enclaves culturales: el afroamericano y el católico, representado éste por Fordham University, el famoso centro del saber jesuita. Dos islotes disidentes frente a la tradición mayoritaria protestante. Como soy hombre de lecturas me acordé del Lorca poeta en Nueva York, quien aquí vivió en las proximidades de Harlem. Grabados están en mi memoria versos de la “Oda al Rey de Harlem” y de la “Oda a Walt Whitman”: “Por el East River y el Bronx / los muchachos cantaban enseñando sus cinturas”.
El tren, repleto, era un microcosmos de la sociedad neoyorquina. Gentes de múltiples etnias podías verse en él. Al cabo de un rato vino el revisor.
–Parece un personaje de otros tiempos, ¿verdad? –dijo Romy.
–Sí. Eso nos pasa porque no viajamos ya apenas en tren. El revisor evoca un tiempo pasado, como la magdalena de Proust.
–¡Qué comparación más extraña!
–A mí me gusta el tren. Me lleva hoy a otro mundo aun antes de llegar a ninguna parte.
–El medio (de transporte) convertido en fin.
–Mi medio predilecto.
El tren moría en White Plains.
–¿Es en White Plains donde bajamos? –le pregunto a Romy.
Mi mujer sonrió.
–No, en Botanical Gardens.
–¡Ah, el paraíso, antes del destino final!
Allí estaban, accesibles, a dos pasos de la estación: los inmensos jardines que Lorca, que yo sepa, nunca visitó pese a tenerlos tan cerca. (Espero que alguien me desmienta algún día). Otro Nueva York en busca de un poeta.
Vamos primero al Invernadero, donde se celebra una exposición: The Glory of Dutch Bulbs: A Legacy of 400 Years. La naturaleza se hace historia; tulipanes y lirios de Holanda nos remiten a las gentes que colonizaron estas tierras. Pero de la historia nos salimos también para alcanzar la gloria pasajeramente. La gloria celestial quiero decir. Lejos, por supuesto, de los rascacielos.
El Invernadero, no obstante, muestra más que bulbos holandeses. Hay una sección prodigiosa de flora tropical y plantas de climas desérticos. Sophie se fija en unos cactos:
–Son como los que había en casa de tu madre –me dice.
La casa de Mera. Me acuerdo muy bien. Miraba al Océano. Hay más de un paraíso perdido en este mundo.
Me agrada esta mezcla de lo natural y lo culto. La mano del hombre junto a la de Dios. Civitas Dei. Leo con placer los nombres latinos de las plantas. Tengo también mis latines.
Al salir nos interroga una empleada de color:
–¿Adónde van ahora?
–A comer.
–¿Y después?
–¿Qué sugiere?
–Un paseo en el trencito (o tranvía) para conocer todo el recinto. Desgraciadamente el Jardín de las Rosas, uno de mis sitios preferidos, no abre hasta junio.
–Volveremos entonces.
Romy se atreve a decirle:
–A juzgar por su acento, usted es de Jamaica o de Barbados. ¿De dónde?
–De Jamaica.
–Pero lleva ya años en Nueva York. Noto un deje yanqui en su acento.
Lleva exactamente en Nueva York los mismos años que nosotros. Además se llama Natalie, como mi nieta.
–Es un nombre francés.
–Somos todos americanos.
En el Garden Café coincidimos todos en nuestros gustos. Nos tientan los panini, que como si fueran magdalenas proustianas nos hacen evocar –a mi mujer y a mí– días felices en Roma y Florencia. Tutto il mondo è paese. Me permito incluso tomar un poco de vino, aun sabiendo el sopor que me va a provocar.
A media comida sonó el teléfono celular de Romy. Era Jaime, nuestro hijo.
–Happy Mother’s Day!.
La llamaba desde Florida.
–¿Dónde estás ahora? –preguntó Romy.
–En la playa. ¿Y tú?
–En otra Florida.
Se aparecía ante mis ojos la bahía de Tampa, tan hermosa.
–I love you, mom.
Yo no dije nada, ya que no era mi día.
El paseo en el tram, a la sombra de árboles frondosos, fue de veras encantador. Ibamos los cuatro sentados en la misma banqueta. Partícipes todos de un gozo común, sin distinción de edades.
Pero mañana Sophie y Nati se irían. Largos meses sin vernos quizás. Sonaría un día el teléfono:
–Hi, dad. It’s me, Sophie. Happy Father’s Day!
–¿Dónde estás?
–Con mi madre. Te va a hablar Emilia (otra nieta).
–¿Y Nati?
–Fue a pasar el día con su padre.
Debo dar marcha atrás. Me temo que el tram se haya salido de su ruta. Volvamos de prisa a la Civitas Dei.
Antes de dejar el Jardín entramos (visita obligada) en la tienda de regalos. A mí, ni hay que decirlo, me atraen los libros particularmente. Paso la vista, pues, sobre otros objetos y me dirijo a la sección de librería. En la mesa de novedades se exhibe un tomazo titulado The Rose, por David Austin, nombre que –claro está– no me dice nada. La botánica no es mi campo, pero la rosa –ahí está Romy– es mi flor favorita. Y me acuerdo entonces de que escribí hace poco un trabajo sobre una obra maestra de Lorca, Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores. Ahora estoy en mi terreno.
Lorca dice que la idea de esa obra se la sugirió su amigo el poeta José Moreno Villa al contarle la historia de la rosa mutabile, que encontró en un libro de rosas del siglo dieciocho. Esta rosa (mutabilis, no mutabile) cambia supuestamente de color en el transcurso del día: “roja por la mañana, a la tarde se pone blanca y se deshoja por la noche”. Objeto de un bello romance, recitado dos veces en la obra, la rosa mudable es obvio símbolo de Rosita, la protagonista, cuya pasión se frustra a medida que pasa el tiempo.
A mí me parecía que el romance mencionado encierra más complejidad que la de ilustrar la brevedad de la vida y el goce. Pero, no sé por qué, no cuestioné suficientemente la descripción de la rosa mutabilis. Se me ofrecía ahora una oportunidad. La pequeña tienda se transformó, para mí, en una sucursal de la New York Public Library.
Fui al índice del libro del buen Austin: allí figuraba –¿cómo no?– la rosa mutabilis. Y ¿qué decía Austin de ella? Que su color cambiaba, desde luego, pero no del modo indicado por Lorca: amarilla cuando se abría, pasaba luego al color rosa y, finalmernte, al carmesí (crimson). ¡Ah, querido Federico o Moreno Villa, nos habéis informado mal! “Cuando se abre en la mañana / roja como sangre está”, escribe el poeta. No, no: roja como sangre en la última fase de su vida.
Sonreí satisfecho de mi descubrimiento. Enrojecí tal vez para hacer visible mi vida interior. En el bello libro había también una foto espléndida de la mutabilis, más exactamente Rosa chinensis mutabilis (su nombre científico) o bien Butterfly Rose (rosa mariposa, su nombre común). Uno podía ver la rosa mutando de color y aun, en un caso, una misma rosa con pétalos de distintos colores. Yo pensé entonces que Romy, Sophie, Nati y yo formábamos juntos un bouquet de rosas mudables, sino ya una única rosa mariposa. A mí, quede claro, me correspondía el color rojo vivo, que se alcanza sólo tras un largo (o arduo) proceso. Nati era aún amarilla, Sophie y Romy rosáceas.
Volvimos a Manhattan. Yo contenía mi júbilo, creo que semejante al de Nati al partir. En Grand Central cogimos el metro hasta casa. Caía la tarde. Propuse, al acercarnos a nuestra casa, llegar hasta el río, a sólo dos manzanas (o cuadras). Nadie replicó.
Estaba el River Park animadísimo. Tumbados en la hierba, muchachos y muchachas enseñaban sus cinturas junto al río Hudson. Y yo, aún no repuesto de mi descubrimiento floral, creía ver también al “viejo hermoso Walt Whitman” con su “barba llena de mariposas”, representando las diversas fases de una vida plena como si fueran colores en gradación: de la palidez a la rojez. El sol se ponía en este momento.
–Mira –dijo Romy, señalando a lo lejos.
Enmudecí un instante ante aquella visión del horizonte, rojo por el fuego del crepúsculo. Un hervor de vida recorría el parque (“Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson”). Veía al mismo tiempo desembocar el río en el Atlántico, mi océano de siempre, entre el Nuevo Mundo y el Viejo.
P.S.: Una simple búsqueda en Yahoo o Google sobre la Rosa mutabilis confirma los datos del libro de D. Austin. Me limito a citar dos entradas. Una en inglés: “Single petals darken from yellow then orange to pink to crimson as they age”. Y otra en español: “las rosas se abren casi totalmente amarillas y acaban de un rojo vivo”.
Etiquetas: 2009, Concurso, cortos, ediciones del viento, moleskin, narrativa, relatos, vagamundos, viaje
1 Junio 2009 a las 8:49 pm
me ha impresionado el romanticismo, la narrativa…y el conocer a los personajes de este relato tan emtrañable