Salvajes. Autor: Flor de Lis Epifanio Navidad

By vagamundosmoleskin

El hombre tenía un aspecto demacrado, con profundas ojeras que sugerían alguna catástrofe personal. Las autoridades del país caribeño le habían estado interrogando durante cuatro horas; después de que le permitieran adecentarse y reponer fuerzas en cierto modo, se puso a mirar al vacío, como si ya muy pocas cosas le importasen, y empezó a relatar la siguiente historia:

“La sabana estaba húmeda por las recientes lluvias, y los cuatro hombres que íbamos por ella abriéndonos paso a machetazos, deambulábamos perdidos en la isla maldita de Togo. Habíamos ido en busca de diamantes, pero hasta el momento sólo el infortunio colmaba nuestros bolsillos. Las escasas pertenencias que llevábamos encima eran una cantimplora, un rifle, una mochila con provisiones y munición suficiente para dos semanas. Yo, Fusco, guardaba en secreto una petaca en el interior de la pelliza. A los otros tres los conocía por los nombres de Joaquim, Luis y David. No tenían un origen definido, tal vez portugués, español o antillano incluso. Los cuatro éramos morenos, de barba áspera y aspecto recio; podíamos, por tanto, haber pasado por hermanos sin serlo en absoluto. Yo era también el que, de algún modo, llevaba las riendas y quien decidía a dónde dirigir los pasos, aunque de forma no muy afortunada hasta el momento, por lo que tal vez, acaso cuando los víveres empezaran a escasear, peligrase mi primacía. De hecho, David ya había expuesto algún reparo.

-No entiendo que sigamos dando rodeos sin fin. Luis está agotado y yo tengo una herida que pica como demonios.

-Eso no es decir gran cosa.

-Sí, es decir que ya basta. Detengámonos a hablar y miremos en qué situación estamos.

-Lo que yo veo, y no creo que haya que discutirlo, es que pararse

no servirá de nada. No tenemos mapas y la única ruta es seguir el camino que queda libre entre la vegetación.

Tras esta conversación volvimos a replegarnos en silencio y a continuar avanzando ¡y ya era eufemismo hablar de progreso llegados a este punto!. Habíamos recorrido varios kilómetros en círculo, puesto que la colina divisada el día anterior hoy la volvíamos a ver tan erguida y macilenta como entonces. La fatiga se extendía incluso a mí, que de vez en cuando sacaba la petaca a escondidas de los otros, hasta que David, habiéndose desviado de la senda tras un lagarto, me vio estirando el gañote. De un manotazo me aligeró la carga y yo, enardecido, le tiré contra el suelo. Luis se unió al grupo y, sin tener una noción clara de lo ocurrido, empezó a golpearme. Al final, si alguien tiene que pagar es el jefe, debió de colegir. Tras enzarzarse brevemente, puesto que yo tenía las de perder, el combate se paró y nos dimos mutua tregua. Joaquim, que se había mantenido al margen, frunció el ceño de manera poco amistosa y se dirigió a nosotros.

-No está nada bien lo que ocurre. Damos lástima, pero no tenemos a quién, al final acabaremos por matarnos unos a otros. ¿Nos estaremos volviendo como las bestias del lugar? Creo que en vez de continuar en círculo indefinidamente, deberíamos aventurarnos hacia el corazón de la isla. El riesgo que corremos aquí ya lo sabemos, morir de hambre o de sed. Cada vez encontramos menos qué comer y manantiales, excepto la lluvia caída, hay pocos. El agua de mar no parece una salida. No es tan malo querer vivir, aunque podamos perder la vida. Tenemos que ser valientes y…

Unos aplausos interrumpieron el discurso, era Luis que, por fin tenía respuesta.

-Estupendo, estupendo. Nos estábamos dejando influir demasiado por lo evidente. Ahora hagamos una incursión por lo desconocido y contribuyamos a la ciencia… como conejillos de Indias.

Yo le corté de forma rápida y me puse a favor del primero. La  baza era dividir, que tan buenos frutos ha dado en el mundo de los fuertes. Sin embargo la idea de continuar rotando ya no parecía convencer a nadie, ni siquiera al que había criticado su alternativa. Por tanto, y casi de común acuerdo, decidimos adentrarnos en el interior, que era tanto como decir en la oscuridad.

El rocío había dejado múltiples gotas sobre la hojarasca  de los árboles, lo que suponía un alivio a nuestra sed de expedicionarios.  Eran trazados angostos que en breve se perdían o difuminaban por la maleza, pero aún así parecía viable caminar por ellos sin desviarnos demasiado. Ante todo vigilábamos las ramas y los troncos de los mangles, por miedo a las serpientes, aunque las más peligrosas se deslizaban a ras de tierra. Sólo se oía el chillido de los pájaros, surgido de un temor oculto y acerado. Su estridencia contrastaba con el viento sordo del lugar. David, entonces, no pudo contenerse  y se echó las manos a la cabeza.

-Es insoportable. Si no bebo voy a morirme. Vamos a morir…

-¡Basta, he dicho basta! ¿Cuándo  has dejado de ser hombre? Tengamos paciencia y todo irá bien, si no…

-Nada va bien desde que nos embarcamos en esto, Fusco. Tú eres el que mejor lo sabes. Pero no voy a echarte la culpa y como hombre que fui, soy y seré, yo, Joaquim Dias de Branco, juro que no me doy por vencido… Pero esto, santodios, es un embudo que parece no tener salida…

Así atravesamos algunos kilómetros más hasta que unos sonidos nos pusieron en alerta. Primero sonaban lejanos y eran poco audibles. Intentamos identificarlos a base de prestar atención, mas, a pesar de su contumacia, no parecían vocablos humanos ni tampoco rugidos de fiera, sino más bien una salmodia. Comenzamos entonces a sentir un miedo vertiginoso que nos impedía movernos hacia ningún punto. David, que se detuvo a reflexionar, nos miró a los tres e intentó exponer sus sentimientos.

-Ahora que estamos en peligro… tal vez, quiero que sepáis que, llegado el momento, daría la vida por vosotros…

Yo le respondí primero con la mirada y después con escepticismo.

-La vida… Eso es mucho, pero digamos algo más nimio, un poco de agua quizá.

David bajó la cabeza y nada dijo. Sin embargo Joaquim saltó presto.

-Se refiere a que en situaciones extremas…

Le interrumpí de nuevo.

-En situaciones extremas nunca se sabe cómo se va a responder.

David se lamentó por mi rudeza de guía. Los sonidos volvieron y esta vez se hicieron más nítidos y fuertes. Eran tan simples y monótonos como el ruido de un tam-tam. Ahora pudimos reconocerlos con facilidad. Una inquietud pujante nos fue subiendo por el cuerpo oprimiéndonos el gaznate. Tan sólo el viejo Joaquim fue capaz de tomar de nuevo la palabra.

-Pienso que debemos de escapar lo más rápido posible en  dirección contraria a los tambores.

Yo intervine a mi vez alegando que huir no nos serviría de nada, llevábamos días sin comer ni beber apenas. Acaso sería mejor arriesgarnos a un encuentro. Hay tribus amistosas fue mi conclusión. De cualquier modo, la alternativa llevaba sudario y guadaña. Tan sólo Joaquim seguía porfiando en la huida, pero no quería emprenderla en solitario. David, mientras, se mesaba los cabellos tratando de desenmarañar algunas mechas que se suponían marrones. Yo, como jefe de la expedición, me decidí finalmente a espolearlos y marchar al encuentro de los otros.

El bochorno de que estaba impregnado el aire hacía más dificultosa la marcha y, unido a la fatiga y la sed y el hambre, empezaba a minar el ánimo pero también a prenderlo de insidias y desconfianzas mutuas. Según nos íbamos acercando, sentíamos los latidos de los cuatro acelerarse como si fuera el corazón de uno solo. Cuando alcanzamos la vegetación que nos separaba del poblado, los tonos monocordes redoblaban con más fuerza todavía, pero esto no evitó que el primero de nosotros, Joaquim, salvara la espesura y dirigiera sus ojos a lo que se mostraba ante sí: Un círculo de diez o doce personas bailando con gestos rituales, que parecían simiescos o felinos, alrededor de dos palos cruzados y un bulto cubierto por un lienzo negro. Iban desnudos y pintados con grandes lunares blancos y rojos en el pecho. Los demás nos unimos poco antes de que el acto final desatase el horror y el estremecimiento de todos nosotros, cuando la tela negra dejó ver un esqueleto humano, con jirones de carne putrefacta. David, que  había permanecido expectante pero silente, no pudo evitar un alarido que hizo que la tribu entera se volviese a mirar. Los cuatro corrimos tan velozmente como nos dejaba el pánico, hasta que vimos una cueva y entramos sin saber qué clase de habitantes podría refugiar. Aunque los  nativos nos tenían cercados, empezamos a hacer fuego con los rifles que produjeron más de una baja entre los salvajes. No obstante, seguían allí, agazapados pero al acecho, lo que nos impedía a los cuatro tomar la determinación de salir al aire. Apenas se filtraba luz y era difícil hacer lumbre, lo que, por el contrario, les resultaba bien fácil a los indígenas. Podíamos oír cómo sus gritos y cantos de guerra, jaleándose, ponían nuestros nervios de punta. Tan fuerte llegó a ser la tensión acumulada que al segundo día Luis explotó.

-Maldito, mil veces maldito. Estamos hambrientos, con sed, sólo nos queda media cantimplora… ¿Y ahora qué hacemos? Tú, el valiente, tú…

-Basta, Luis, así no conseguiremos nada-. Era Joaquim, el conciliador, quien trataba de poner paz en aquel tema. David, sin embargo, se quedaba en ocasiones al margen del grupo. Yo reparé en ello. David siempre había sido bastante timorato y que se alejara, aunque fuera brevemente, me resultaba extraño. Así pues, le seguí; a continuación sonaron un par de voces y un tiro. Yo regresé con un objeto en la mano.

-Es mi petaca, ¿Te acuerdas, Luis? Ese mamón la había cogido cuando la refriega. ¡Y yo que la di por perdida!

-¿Qué has hecho?, ¿Y David?…

La respuesta se hallaba tumbada boca abajo y, sin duda alguna, inmóvil. Joaquim trató en vano de reanimarle.

-¡Por una estúpida petaca! Santodios, qué nos ocurre…

-No empieces, Joa, él me la robó y nos ha estado burlando todo este tiempo. -Le atajé.

-¿Y tú, qué? Tú empezaste, recuerda.- Luis volvía sobre sus palabras. -No era motivo, ahora justamente teníamos que permanecer unidos.

-Aquí no hay lugar a traiciones, por eso mismo. Además, ahora justamente -dije recalcando las palabras- disponemos mejor de la munición.

Joaquim se llevó las manos a la cabeza, la situación se estaba tiñendo de sangre y ninguno de nosotros hubiera sido capaz de vaticinar cómo acabaría, aunque el final aparecía más próximo de lo que podría pensarse en los doce días que llevábamos en la isla. Nos sentamos sobre la roca para ahorrar esfuerzos vanos y de cuando en cuando alguno de nosotros se asomaba a pegar un tiro. La situación parecía tan apacible como el rifle recién cargado, pero lo peor era la sed de espuma que nos asomaba entre los dientes. Intentamos dormir por turnos y cuando me llegó el mío, sentí entre sueños una descarga. Desperté sobresaltado, como si un volcán hubiera entrado en erupción, mientras empuñaba el arma con fuerza. Luis me miró como un chacal, con los ojos encendidos y oblicuos, al tiempo que reconocía, abatido entre las sombras, un perfil humano y conocido. Junto al fuego nos observamos lentamente, las llamas alargaban nuestros rostros otorgándoles un aire espectral.

-Venga, Fusco, uno menos. -Me espetó.

-¿Qué ha ocurrido? -contesté con aire serio.

-Quería beberse un trago de lo poco que nos queda. Ya sabes como son estas cosas.

-Vaya, has aprendido. Ahora quedamos los dos maestros. ¿Te atreverás conmigo o esperarás a que duerma?

-Sabes que sólo tú y yo tenemos posibilidades frente a esos salvajes. Nos necesitamos.

-Sí, pero por si acaso vigilaré de cerca dónde pones el dedo. Ahora lo urgente es buscar como salir para encontrar provisiones y agua.

-Tal vez no sea necesario…”

Aquí el acusado, por decirlo de alguna manera, se detuvo y nos reveló que el final había acontecido tal como suponíamos, con un duelo a muerte entre ambos. El miedo por sobrevivir había mermado la confianza mutua.

Se ha de explicar, no obstante, que los tres cuerpos sin vida fueron descubiertos dos meses después que Fusco apareciera, desmembrados y con mutilaciones horribles. Todos dedujeron que fue obra de los aborígenes. Fusco, por su parte, declaró  que, durante el tiempo que se mantuvo el asedio, realizó algunos disparos hasta que los nativos cedieron en su vigilancia; que, una vez se hubo zafado de ellos, embarcó en un navío, llegando finalmente a este lugar. Sin embargo, una cuestión de vital importancia quedaba por esclarecer: Cómo alguien que ya no posee las suficientes fuerzas para continuar, y  faltándole todo alimento, pudo subsistir. Interrogado sobre este punto, él mismo dio una explicación oscura y sinuosa:

-”Mi propio compañero, Luis, me la facilitó holgadamente. Recuerden sus palabras: Tal vez no sea necesario… Lo fundamental me lo aportó después, al señalarme los cuerpos que yacían insepultos”.

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2 comentarios para “Salvajes. Autor: Flor de Lis Epifanio Navidad”

  1. CARMEN Dice:

    me parace macabro pero ameno….. un abrazo flor

  2. CARMEN Dice:

    hola flor, espero que te acuerdes de mi, mi móvil es el 630227994, si quieres me puedes llamar…. fuimos compañeras en el bachiller…. espero tu llamada

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