“Alejandro y yo vamos a llevar a mi mamá a Marrakech” me dijo Rosa mientras compartíamos una buena botella de vino. “Qué padreeeeeee” le dije yo con ojos de borrego, a lo que Rosa reaccionó con un “Pues ven con nosotros!”. Y como ya saben que yo soy muy seria en estas cuestiones, le tomé la palabra. Esa misma noche ya tenía comprado el boleto de avión.
Al bajar del avión, empecé a disfrutar mi primera experiencia en el continente africano, y en un país musulmán. ¿Habría que ir tapada? ¿Podría verles a los ojos a los hombres? ¿Tendríamos que decir que las tres éramos esposas de Alex? En el camino mis dudas se verían disipadas, y me surgirían otras imposibles de responder en los escasos dos días que estaríamos allí.
Marrakech significa “vete deprisa”; un nombre nada hospitalario para la ciudad más turística del actual Marruecos. Pero ese nombre se remonta a sus orígenes: empezó siendo un campamento del ejército bereber. Pero era un lugar tan estratégico, que ahí se empezó a construir una ciudad.
Tomamos un taxi y justo en ese momento empezaría el regateo. “¿Cuánto nos cobra por llevarnos a este hotel?” preguntó Alex señalando la dirección apuntada en un papel. “20 euros” contestaba el taxista. “¡Nah! Muy caro, no nos interesa, tomaremos el autobús” dijo Rosa muy decidida. Yo me preguntaba “¿Cuál autobús?” ya que no se divisaba ninguno. Por supuesto es parte de la actuación que hay que dar cada vez que preguntas un precio: hacer como que no te interesa y te vas. Muy efectivo, porque de inmediato el taxista bajó el precio y todo quedó en 150 dirhams (1 euro = 11 dirhams).
En el camino ya traía yo la cámara en la mano y me empezaba a dar cuenta que Marrakech es una ciudad roja: todas las construcciones eran de un color entre palo de rosa y ladrillo. Color tierra que sangra…
El taxi se detuvo y nos dijo algo que entendimos como “Hasta aquí puedo llegar, lo demás lo deben hacer a pie” y nos dejó en una de las entradas de la “Medina” que es el centro de Marrakech que está amurallado. Ahí sólo pueden entrar coches pequeños, motos, bicicletas y carros tirados por un burro.
Tuvimos que preguntar la dirección a un local, y de la nada salió un muchacho que nos dijo “Yo llevar” o algo así. Así que empezamos a caminar detrás de él. Nos empezó a llevar por callecitas cada vez más estrechas, volteaba a la derecha, a la izquierda, se metía en una especie de túnel; un verdadero laberinto. En mi chilanga imaginación, empezaba a temer que este chico nos estaba llevando a algún sitio tenebroso donde sus compinches esperaban para quitarnos todas nuestras pertenencias. Nada más alejado de la realidad. Llegamos a una esquina donde estaba una puerta con el número 80, y una placa dorada con el nombre del hotel. Al abrirse la puerta, también se abrió un pequeño mundo lleno de cojines de colores y gente amable.
Por supuesto, nuestro guía pidió su propina y luego se burlaba de nosotros exigiéndonos el triple de lo que le estábamos dando. Afortunadamente un huésped del hotel le dijo al chico “Es más que suficiente, tómalo y vete” y luego nos dijo que así era la cosa: siempre iban a insistir que les pagásemos más, pero había que mantenerse firmes y ya.
El hotel (en realidad era un hostal) estaba de lo más acogedor. Nuestra habitación era de dos pisos: dos camas abajo, el baño y dos camas arriba con un escritorio monísimo. En la azotea del hostal había una cafetería, una pequeña terraza con dos camastros y una magnífica vista a varias torres de las mezquitas cercanas.
Dejamos nuestras maletas y nos dispusimos a salir.
La primera parada obligada, es la Plaza Jamaar el Fna. Ahí se concentra la vida misma de Marrakech: empezando por los puestos de nueces, dátiles, almendras e higos. En el primero, el vendedor nos dio a probar de todo. Es la mejor estrategia para vender, le compramos almendras saladas, nueces y dátiles que por cierto estaban a punto de miel.
El segundo puesto, fue el de jugos de naranja, toronja o limón. El de naranja, tan sólo cuesta tres dirhams (menos de 30 céntimos de euro) y te lo sirven fresquísimo en un enorme vaso. No exagero si les digo que es el jugo de naranja más dulce y refrescante que he probado.
A los pocos pasos, una chica envuelta en varios metros de tela, le tomó la mano a Rosa, y dulcemente, delicadamente le empezó a hacer un tatuaje de henna. Yo todavía embobada, fui una víctima fácil para otra chica, que empezó a hacer lo mismo en mi mano. “Bueeeeno, pues a eso vine” dije yo. Al principio me dijo que iba a ser sólo una florecita, y que además era gratis. Pero al poco tiempo me sentó en un banquito y empezó a dibujarme todo un arbusto de flores que hubiera llegado más allá del codo si lo hubiera permitido. Al final, la chica quería 400 dirhams por su trabajo (de no más de cinco minutos). Rosa les dió 100 y le dio que era por las dos. Pero yo ya había sacado otro billete de 100, que pasó a manos de la delicada mujer en menos de un microsegundo.
En realidad me encantó mi tatuaje. Supongo que cuando se maquilla a una novia el día de su boda, se deben llevar mucho más tiempo y debe ser un trabajo mucho más elaborado y delicado (además de ser en las dos manos y los pies); pero el mío estaba estupendo.
En eso pensaba, cuando veo cerca de mi cara, la cara de una serpiente. “ORALE!” dije con un sobresalto, que casi ni se oyó porque fue ahogado por el contundente grito de terror de Rosa, pero no le pude ver la cara porque ya había pegado la carrera y estaba a medio kilómetro de ahí.
Yo me dejé acariciar por este animal, que parecía querer explorar toda mi fisionomía. “Mucha suerte, mucha suerte”, me decía el hombre de la túnica azul hasta los pies que estaba a mi lado, y que me pedía que me arrodillara. Yo obedecí dócilmente, y de verdad me sentía muy relajada cuando me puso otra serpiente en la cabeza. Era más pequeña que la otra -que ya estaba enroscándose alrededor de mi cuello- pero de un color verde muy llamativo. Pero a la hora que sacó del cestito una cobra negra de aspecto amenazante, yo me paré y dije “ya es suficiente con la suerte que me traerán las viboritas, gracias”. Le dí su propina (100 dirhams, después de que me pidió 300) y fui a donde estaban Rosa y Lupita. Afortunadamente Alex me había tomado un par de fotos, mientras yo estaba en la “viboraterapia”.
En ese momento, la tripa empezó a crujir de hambre, así que nos dirigimos a un restaurante que daba a la plaza. Cada quien pidió un “tajín”, que es un plato de cerámica con una tapa en forma de cono que se pone directamente a las brasas y el plato en cuestión se cocina adentro. El mío era de pollo con almendras y pasas, el de Alex de pollo frito, el de Rosa de carne con verduras y el de Lupita (por cierto, así se llama la mamá de Rosa) de verduras. Deliciosos, jugositos, con ese sabor que sólo una mezcla exacta de especias puede producir.
Entre las cosas que yo quería conocer, estaba la “Madrasa de Medina” que es una escuela donde enseñaban el Corán y tenía habitaciones para los alumnos (algo así como un seminario); que se encuentra justo al lado de una de las mezquitas más importantes de Marrakech.
Con mapa en mano (que no sirve para gran cosa) nos dirigimos hacia allá. En el camino íbamos preguntando a varias personas, pero a estas alturas ya sabíamos que debíamos preguntar sólo a los que están dentro de una tienda o un puesto que no van a abandonar para acompañarte y pedirte propina. Pero es inevitable que en el camino te encuentres con guías espontáneos que quieren probar suerte y bajarte unos cuantos dirhams. Uno de ellos le empezó a hacer la plática a Alex, que reaccionó enojadísimo diciéndole “La, la shukran!” que significa “no gracias”, pero al ver la insistencia del hombre, Alex le gritó “VETE YA!” a lo que el hombre contestó “Vete tú!! Regrésate a España hijo de…” y bueno, aunque el ambiente se empezó a violentar, no pasó de ahí.
Llegamos a la mezquita cercana a la Madrasa, pero ya nos habíamos dado cuenta de que en Marrakech, la entrada a las mezquitas, está prohibida para los no-musulmanes. Un chico pensó que estábamos apunto de entrar y nos dijo “No, aquí no poder entrar” y enseguida nos empezó a preguntar que de dónde éramos y a dónde íbamos. Yo, que todavía no entendía cómo se le hacía para ignorar a estas personas, le dije que buscábamos la “Madrasa”. “Es por aquí”, nos dijo señalando una callecita. “Gracias” le dije yo, y tomamos esa dirección. El chico nos empezó a seguir, y Alejandro le dijo varias veces “La shukran, la shukran ¡LA! Vete ya!”; a lo que el chico contestó molesto algo que no entendí. “No tenemos dinero para tí!” le dijo Alex y el chico se ri´ño burlonamente y dijo “¿No dinero? España BANCARROTA!”; “Sí, sí, crisis, crisis” decíamos nosotros. Seguíamos caminando sin encontrar la Madrasa y el chico continuaba detrás nuestro diciendo improperios; ahora dirigiéndose a Rosa. Error. Rosa volteó y le plantó cara mirándolo fijamente a los ojos y diciendo “¿QUÉ?”. Debió haber sido un insulto muy grande para él que una MUJER se le pusiera al brinco, porque su actitud se hizo más amenazante. Yo nada más le veía las manos, temiendo que sacara alguna navaja o algo así (ay! Qué chilanga soy, por Dios!). Pero de atrás salió otro muchacho que lo tomó del brazo y le dijo algo como para calmarlo y llevárselo de ahí. ¡FIU!
Después de dar vueltas y vueltas, encontramos la Madrasa (que por cierto, estaba JUNTO a la mezquita. El chico nos había engañado desde el principio). Pagamos la cuota y entramos a este magnífico edificio, que es la escuela del islam más importante de Maruecos. Se llama Ali Ben Youssef Madrassa en honor a ese sultán que gobernó en los años 1106-1142. Se construyó por ahí del siglo XIV y funcionó muchos siglos como escuela. Se cerró en los años 60’s para reabrirse en 1982, pero ya como un atractivo turístico.
Muy cerca, está el Museo de Marrakech, que vale la pena visitar en especial por el edificio mismo. Mosaicos en el piso y las paredes, pequeñas fuentes enmedio de patios, salitas con un enorme sofá lleno de cojines, hacen que la visita sea algo muy relajado, ideal para una tarde después de mucho caminar.
Salimos de ahí, y nos dirigimos nuevamente a la plaza principal. Queríamos pasar por el Zoco: un inmenso mercado de artesanías y especias que está junto a la plaza principal. Ahí puedes encontrar desde lámparas de latón hasta laúdes y otros instrumentos musicales, pasando por túnicas, especias, babuchas, bolsas de piel, cajitas con incrustaciones, etc. Nos detuvimos en un puesto de dulces. El vendedor nos ofreció una generosa muestra de loq ue vendía. Mmmmmm, delicioso. Sabían a almendra con flores, miel con ajonjolí, coco con limón y azúcar, higos… Además el tipo parecía de lo más carismático y empezó a coquetear con nosotras (en especial con Rosa). Le pedimos que nos dejara subir a su “estrado” para tomarnos una foto a lo que accedió encantado. Cuando subí yo, el tipo me abrazó de inmediato y a los pocos segundos sentí la mano del hombre en mi cintura, lo cual significaba que rápidamente había pasado la barrera del suéter y de mi blusa. Yo le agarré la mano y con una sonrisa le dije “¡La!”; lo bueno era que ya tenía mi foto…
Después buscamos un sitio para tomar un té de menta (el más típico de Marruecos) en alguna terraza. Encontramos una ideal, con una vista panorámica de la plaza desde donde fuimos testigos de la transformación de este lugar al caer la tarde. Mientras tomábamos el té, la plaza se iba llenando de puestos de comida y de gente. Poco a poco, iban subiendo los aromas de la más típica gastronomía marroquí. La plaza es evidentemente un centro de reunión de gente local, porque aunque habíamos muchos turistas, la mayoría era gente de ahí.
Algo que me llamó mucho la atención, fueron los gatos. Ni un solo perro callejero (vi sólo uno con su dueño), pero sí gatos por todas partes. Además son atípicamente sociales, en vez de huir cuando alguien se les acerca, ellos se quedan esperando la caricia o la comida. Como que todo mundo los trata bien, y se consideran a sí mismos los reyes del lugar. Seguro que también es porque mantienen el sitio libre de roedores y demás plagas que podrían asolar al mercado.
Terminamos el día agotados, así que nos fuimos a dormir temprano. A las 4:50 de la mañana, me despertó de golpe un ruido parecido a una alarma anti-sismo. Ya lo había escuchado durante el día anterior, pero a esas horas sin el filtro de los sonidos diurnos, se oía mucho más fuerte.
Son cinco las llamadas para rezar que hacen las mezquitas durante el día. Cada mezquita tiene altavoces que coloca en lo alto de las torres y los techos desde los cuales hacen su llamado. Supongo que para los musulmanes el sonido de las campanas de una iglesia debe ser de lo más desconcertante; porque a mí esos llamados a los rezos musulmanes me ponían la piel de gallina.
Ese día fuimos al barrio de los Curtidores. Ahí es donde se trabaja la piel con la que fabrican los bolsos, babuchas y demás cosas que se venden en el Zoco, y supongo en otros lados de Marrakech. Esta vez, para evitar ser víctimas de los falsos guías, nos fijamos de dónde venían las motos y las carretas cargadas de pieles; y además encontramos a unos turistas españoles que venían justo de ahí y nos dijeron cómo llegar. Yo les sugerí que por esta ocasión, le pagáramos a un guía y nos dejáramos llevar por sus explicaciones. Total, no teníamos ni idea de por dónde empezar, y el guía espontáneo era un señor viejito que se veía muy simpático además de que nos pedía tan sólo 20 dirhams. Nos hizo todo el recorrido explicándonos que primero se sumerge la piel una semana en agua con cal, para que se caiga el pelo. Luego unos días más para poderle separar la grasa, luego se seca al sol; después se sumerge un par de días en caca de paloma (sí, eso dijo) para suavizarla; para después teñirla de varios colores: el verde se hace con menta, el café se fabrica con canela, etc.
Es importante decir que nuestro guía nos proveyó de una ramita de menta fresca para ponerla en la nariz, ya que el olor de este lugar puede ser insoportable para nuestros urbanos olfatos.
El recorrido terminó en una tienda de “un pariente” de nuestro guía que nos quería vender bolsas por 130 euros (que la verdad no valían ni 20).
De ahí tomamos un taxi al Palacio Real, una de las residencias del rey Mohammed VI. Al llegar ahí sólo pudimos ver una enorme barda, porque no se permite el acceso ni siquiera para tomar fotos.
Así que mejor nos dirigimos al Palacio el Badii, que se supone fue un edificio bellísimo, el más lujoso de Marruecos en el siglo XVI, construido por el sultán Ahmed al Maunsor que se inspiró en la Alhambra de Granada. Desgraciadamente, al caer la dinastía Saadí, el palacio fue destruído quedando sólo el “esqueleto” de lo que fue el palacio más suntuoso de la época. Una lástima de verdad, pero que vale la pena visitar para imaginar todo aquello.
Buscando un poco de verdor, nos fuimos al Jardin de Majorell, un jardín diseñado por el pintor francés Jacques Majorelle en los años 20’s cuando Marruecos era una colonia francesa, y que cuenta con especies vegetales de todo el mundo. Hay desde nopales mexicanos hasta bambúes chinos. Un lugar precioso, muy colorido y a la vez muy relajante. Dicen que ahí están las cenizas del diseñador Yves Saint Laurent, que en vida se encargó de que este jardín, junto con un pequeño museo de arte africano que hay en su interior, se conservara.
Para la cena, fuimos -otra vez- a la plaza Jemaa el Fna, donde se puede cenar delicioso por 50 dirhams.
Terminamos el día fumando una shisha (“pipa de agua”: es como un quinqué de cristal donde se pone agua, y en la parte de arriba un poco de tabaco con sabor a alguna fruta y una pastilla de carbón. Del quinqué sale como una manguera forrada que termina en una boquilla; por ahí se aspira el humo). Yo subí a la azotea para escuchar nuevamente el llamado a rezar. Desde ahí arriba se oye más claro, porque está más a la altura de los altavoces. Otra vez, se me puso la piel de gallina. Definitivamente, tengo mucho que aprender.
Al día siguiente sólo teníamos tiempo de desayunar, tomar un taxi para irnos al aeropuerto y dejar atrás estos dos días tan intensos, tan coloridos y tan diferentes que pasamos en este país que merece que se le dedique más tiempo para poder ser disfrutado y comprendido; porque yo sólo aprendí a decir “la, shukran”…
Etiquetas: 2009, Concurso, cortos, crónica, ediciones del viento, moleskin, relatos, vagamundos, viaje
Abril 22, 2009 a las 8:05 pm
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!! EXTRAORDINARIO VIAJE!!! NO CABE DUDA QUE DESPUÉS DE LEER ESTE RELATO “YO ESTUVE AHÍ”…FELICIDADES Y OJALA QUE JOSEFINA SIGA VIAJANDO PARA QUE ME LLEVE CON ELLA POR QUE YO NO TENTO LANA PARA IR A TANTOS LUGARES ASÍ QUE DISFRUTO CONOCIÉNDOLOS ATRAVÉS DE SUS OJOS.
Abril 22, 2009 a las 8:33 pm
FELICIDADES POR EL RELATO , CREO QUE CON ESTE ESTILO SE PDORIAN PROMOCIONAR TURISTICAMENTE , SITIOS DE INTERES . LA AUTORA MANEJA MUY RELAJADO EL LENGUAJE DE FACIL COMPRENSION ; Y AYUDA LAL LECTOR A VIVIR EN SU IMAGINACION EL VIAJE DESCRITO
Abril 22, 2009 a las 9:36 pm
UNA DELICIOSA HOJEADA A MARRAKECH, EN EFECTO DOS DIAS FUERON MUY POCOS, NOS DEJASTE CON GANAS DE MAS
Abril 22, 2009 a las 9:53 pm
Hola te mandamos un abrazo desde aguascalientes, siempre es interesante leer tus relatos ,, saludos a la familia
Abril 22, 2009 a las 10:49 pm
Que bonito relato, realmente te transporta a el sitio y al momento, es como vivir la experiencia al leerte.
Mucha suerte y sigue escribiendo que nos haces soñar en esos mundos de ensueño.
Abril 23, 2009 a las 9:01 am
Es una maravilla leer tus relatos, simple y sencillamente porque nos invitas a compartir momento a momento todo lo que vives, desde que llegas al lugar, tus primeras impresiones e incluso se comparten hasta las sensaciones.
Abril 24, 2009 a las 12:18 am
Soy fan de tus crónicas de viaje. Son geniales. Es como viajar contigo. Por favor no dejes de escribir y publica crónicas de tus otros viajes. Saludos desde México!
Abril 25, 2009 a las 3:44 pm
Me encanta viajar y vivir contigo tus experiencias turísticas….
Realmente me quedé con ganas de más!!!
Me quedo en espera de la próxima aventura…
Un beso y hasta pronto!
Mayo 4, 2009 a las 2:20 am
Excelente espero seguir leyendo cosas tan interesantes.
Saludos
Mayo 4, 2009 a las 6:38 pm
A mi me ha parecido uno más entre los muchos relatos de viajes que puedes encontrar. No enseña ni aporta nada nuevo y me recuerda al diario que llevé a Marrakech cuando fui con 15 años. Se echa de menos la originalidad. Más historias amenas y menos guías turísticas. Pero claro, solo es mi opinión.
Mayo 4, 2009 a las 7:10 pm
He intentado mandar mi opinión y no me han dejado pero el relato me ha aburrido, se parece demasiado a un catálogo de viajes, le falta originalidad.
Mayo 4, 2009 a las 8:53 pm
No comprendo porqué no ponen mi comentario, porque considero que el relato está bien escrito pero aburre porque recuerda demasiado a un catálogo de viajes.
Mayo 5, 2009 a las 9:57 pm
Mi querida Finny como siempre viajo de la mano a lugares que parecen sacados de cuentos de hadas por tu manera tan sencilla y oportuna de ir describiendo paseos, costumbres y lo mas destacado de cada país. Sigue así amiga y no dejes de enviarnos tus hermosas crónicas de viaje.
Mayo 9, 2009 a las 11:49 am
Demasiado monótono y convencional. Le falta un poquito de ritmo e imaginación.
Mayo 24, 2009 a las 3:03 am
Me gustó el relato porque no se queda meramente en lo turístico sino que comparte anécdotas personales y éso lo hace especial.
La autora se ciñe a las reglas del concurso. Pues si viajó tiene que hablar de su viaje, lo que vió, lo que sintió, cuáles fueron sus impresiones personales, etc
Está, además, bien documentada sobre los sitios que recorrió. Supongo que es un viaje real así que no veo dónde cabe la imaginación.
Saludos, Josefina, y que sigas viajando y compartiendo tus relatos.
Junio 29, 2009 a las 4:28 pm
FELICIDADES A FINNY CONTINUA ESCRIBIENDO Y RELATANDO LOS VIAJES DE MANERA CASUAL Y RELAJADA DEJANDO A LA IMAGINACION DEL LECTOR LSO SITIOS VISITADOS
Junio 30, 2009 a las 6:51 pm
Finny felicidades! Me encanta la parte de los colores, fue como regresar
Agosto 2, 2009 a las 1:24 am
Me has hecho disfrutar mucho con tu relato, hay quien busca no sé el que cuando te lee. Yo viajaré por primera vez e marrakesh dentro de unos días y me has hecho sonreir imaginandome por sitios donde vosotros habeís estado.Sigue escribiendo sin modificar tu estilo.