Érase una vez una… por dónde empezar la historia…
Érase una vez una Lisboa preciosa a la que no se podía llegar con trenes ni con aviones…
Era un encantamiento blanco, un decorado embaldosado de la realidad, o una realidad derrumbada que decoraba un decorado blanco.
De color marfil y de color luna, aunque ésta evitase dejarse caer sobre ella, para no dar demasiada luz a sus calles en las pocas horas que tenía de descanso la ciudad blanca.
Era el alma en el suelo y el cuerpo en la orilla del agua, la voz en la nostalgia, y los ojos en las grandes sombras que eclipsaban su glorioso pasado.
Era un pequeño y calmo hormiguero que pisaban y aplastaban las nuevas tecnologías y las exigencias cívicas del mundo de hoy.
Érase una vez una Lisboa a la que sólo se llegaba con los corazones desgarrados de los que la habían abandonado.
Una Lisboa preciosa y prescindida desbancada eternamente de los concursos de belleza que establecen cánones universales.
Esa maldición estaba grabada en sus mujeres, en sus piedras, en sus barcos naufragados, sus viudas y sus ropas tendidas, ordenadas cuidadosamente por colores y formas.
Lisboa…
Y uno, a pesar de todos esos disparates, podía sentarse debajo de las ventanas a oír los eternos cuentos cromáticos que lavaban y secaban sus habitantes día tras día.
Construyendo un inacabable suspiro de melancolía.
Saudade, saudade, saudade…
Y debajo de las piedras, en el humilde y ridículamente orgulloso decorado de piedra, se oía la vocecita de Lisboa, atragantada, tosiendo antes de hablar y escondiéndose para que no la vieran.
La vocecita, la vocecita decía:
Las grandes y agujereadas velas del pasado filtran el aire de los nuevos siglos.
Y entonces los habitantes de esa Lisboa preciosa rezaban a dios para que no los olvidara, para que hiciera desaparecer de ellos el olor a polvo de este pueblo, a sardina, a locos, a las bragas demasiado lavadas, que Lisboa colgaba sin pudor en todas sus ventanas, porque sabía que nadie la estaba mirando.
Lloraba Lisboa, pobre Lisboa.
Y yo llovía de pena.
Pobre Lisboa.
Pobre yo, que me enamoré de ella.
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