El desierto imposible. Autor: Guillermo Ariel Tangelson

By vagamundosmoleskin

RELATO GANADOR EN LA CATEGORÍA CRÓNICA DE VIAJES 2009

El jurado lo ha elegido porque es una “Crónica de las desventuras de una pareja exploradora que viaja al desierto del Maranhao, un desierto donde abunda el agua pero que por diversas razones y desventuras no pueden apenas ver”.

Todo viaje comienza con una promesa: conocer la cascada más alta del mundo, el árbol más viejo, o alguna misteriosa piedra movediza con forma de zapato. Y el éxito de un viaje, es el cumplimiento de esa promesa. Ahora bien, con el relato de un viaje, sucede lo opuesto: su éxito depende de cuánto nos cueste alcanzar esa promesa y de cuántos obstáculos haya en el camino.

Si les contara que cierto verano fui al desierto del Maranhao y que la pasé lindo, no sólo no tendría relato alguno, sino que además estaría faltando a la verdad…

Empecemos con la promesa: el desierto del Maranhao es una rareza climática que sólo se da en esa Sabana del nordeste de Brasil. Por la enorme cantidad de agua que cae en la estación de lluvias, el desierto nunca queda del todo seco, y presenta un maravilloso paisaje de dunas que se intercalan con cristalinas lagunas que le otorgan al desierto un aire de irrealidad que promete ser inolvidable.

El primer obstáculo fue un rumor: desde la Secretaría de Turismo decían que una insólita época de sequías había dejado al Maranhao por primera vez sin sus mágicas lagunas. Romina, mi pareja por aquel entonces, no quiso dar crédito a tan oscuro vaticinio y me mostraba las increíbles imágenes de las revistas de viajes para avalar la necesidad de embarcarnos en aquella misión. Para no entrar en detalles, diré que mi patológica imposibilidad de decir que no ahora nos tenía en Jericoacoara, un pintoresco pueblo del norte de Brasil que se encuentra a unos kilómetros del Maranhao.

En este punto, podría decirles que decidimos contratar la excursión en 4 x 4 al desierto, que incluye un recorrido por las playas de Ceará y Piauí, hasta llegar al Estado de Maranhao, donde se internan en el desierto en vehículos especialmente preparados y con aire acondicionado en las cabinas. Pero, una vez más, faltaría a la verdad, porque el espíritu de aventura y el carácter algo ahorrativo de Romina, nos llevaron a contemplar un plan alternativo que podría considerarse la manera económica de llegar al desierto.

Por si no estaban atentos, acá empieza el verdadero relato y la sucesión de calamidades que hicieron de esos cuatro días que tardamos en recorrer una centena de kilómetros, los más extraños de nuestras vidas…

Nuestro “paquete económico” que, con entusiasmo, ya nos proponíamos a difundir en cuanto blog de viaje hubiera, incluía una camioneta -una F-100, para ser exactos- que recogía a los pobladores de Jericoacoará y los llevaba a sus respectivos trabajos en pueblos de la zona, a las cuatro de la mañana. Fue un sueño inquieto el de aquella noche, porque pensábamos que el posadero no nos avisaría de la llegada del camión. Por eso, a las tres y media de la mañana, ya estábamos en la calle, a la espera de la guagua… A las cinco, y con algo del frío amanecer en nuestros huesos, decidimos ir a preguntarle al posadero qué estaba pasando. Fui hasta una casilla para ver si lo encontraba y accioné el interruptor de la luz. Segundos después, toda Jericoacoara quedó a oscuras. El posadero, desde luego, no estaba allí. Nunca supe si fui yo quien dejó al pueblo sin luz, o si fue una desgraciada casualidad, pero me tranquilizó saber, tiempo después, que el sistema eléctrico de aquel municipio era de lo más precario y que esas cosas podrían haberle pasado a cualquiera.

Un rato más tarde, llega el mal dormido y malhumorado conductor de la F-100. Subimos a la caja de la camioneta y nos sentamos en uno de los tablones que constituyen sus asientos. Nuestra culpa disminuía a medida que iba subiendo la gente, indignada con el chofer y su demora.

Ahora podría decirles que ese viaje, junto a la gente de los poblados de Ceará, con el amanecer entre las dunas, fue algo precioso… y en parte sería cierto, pero, precisamente, la demora del conductor convirtió al trayecto en una travesía y a la F-100 en una montaña rusa. La primera duna casi me tira afuera de la camioneta y, desde entonces, estuve más atento…

Tras algunos engorros kafkianos y esperas de hasta diez horas en las combinaciones de los micros que nos llevaban por distintos pueblitos, llegamos a Tutoia, donde nos vimos obligados a pasar la noche, pues los micros del nordeste de Brasil redefinen el concepto de “lechero”, haciendo un verdadero servicio puerta a puerta a todos los vecinos, esperando, incluso a una que tenía que ir al mercado a comprar una sandía para sus hijos…

Se suponía que, desde Tutoia, el servicio de camionetas al desierto sería más barato; y eso era cierto. Como no podía ser de otra manera, salían tres veces por semana y nosotros estábamos en el día equivocado. Pero si tomábamos cierta camioneta al pueblo vecino, (para entonces llevábamos dos días enteros tomando ciertas camionetas) encontraríamos a unos chicos de una agencia que nos podrían llevar al desierto.

Llegamos a la ciudad de Barreirinhas. Sí, adivinaron, desde el otro pueblo los chicos de la agencia tampoco podían llevarnos al desierto, pero tomamos cierta camioneta que nos llevó a esta ciudad desde la que salen los barcos que llevan al desierto del Maranhao atravesando el delta del río Preguiças. Supuestamente, una lancha colectiva, que lleva a todos los pobladores a sus casas a lo largo del río, podría llevarnos a un lugar llamado Caburé “una lengua de paraíso en la que se encuentran el mar y el río en un paisaje de ensueño” describían las revistas de viajes, para entonces mis peores enemigas.

Después de tantos contratiempos, les gustaría escuchar que tomamos el barco y que, al fin, pudimos ver los lençois maranhenses que se hacían esperar más que Godot… pero no. Los tiempos del mar y del río hablan de subidas y bajadas y no de horas y minutos, por lo tanto, el barco colectivo salió antes de que hubiésemos llegado a la ciudad y, por cuarto día consecutivo, el desierto nos cerraba sus puertas.

Por si no lo mencioné antes, todo relato de viaje necesita también de un componente de locura… Ahí estábamos nosotros: frustrados y desahuciados ante la posibilidad de perder una noche más en Barreirinhas a la espera de la lancha que, tal vez, saldría al día siguiente, cuando un hombre nos propuso llevarnos por cincuenta Reales. “¿Contra los cinco de la lancha colectiva?”, exclamó Romina, “¡de ninguna manera!”. Fue entonces que otra persona se nos presentó bajo un extraño título de Capitán de Puerto, o algo así, y nos dijo que nos llevaría por quince Reales. Su oferta vino subrayada por una colorida tarjeta personal en la que había una lancha digna de Miami Vice (ya lo sé, delato mi edad, pero no me importa). El trato era el siguiente: nosotros esperaríamos hasta las siete de la tarde y él nos llevaría en un barco que iba a Caburé, precisamente, a llevar ladrillos para construir un puesto sanitario. Con la cálida brisa de un sereno atardecer, creímos que las cosas al fin empezaban a tomar otro color…

Se hicieron las nueve y la noche no tardó en llegar. Subieron al barco los muchachos que trabajarían en la construcción. Uno de ellos se parecía a Mike Tyson y los otros metían más miedo.

- Si me pasa algo -dijo Romina con una prudencia que llegó a destiempo- vos no hagas nada, porque ahí nos matan a los dos.

Podrían pensar que ella exageraba, pero el problema es que descubrimos, ni bien zarpamos, algo que nos inquietó: la red de un pescador furtivo se había atorado en nuestro barco y uno de los muchachos bajó a soltarla. Sus compañeros, solícitos, le ofrecieron, todos al mismo tiempo, sus cuchillos. Los cinco enormes cuchillos de cinco enormes personas en aquel diminuto barco… A decir verdad, ellos ni siquiera reparaban en nuestra presencia. Charlaban entre sí en camino al trabajo. Eso, al menos, le decía yo a Romina para tranquilizarla, mientras el barco se internaba en la espesura del delta, en medio de la noche, con el traqueteo del motor como único ruido y las luces, en los costados que se abrían paso en el corazón de las tinieblas. “Es como Apocalypse Now”, dije, en un comentario fuera de lugar.

La noche, estrellada y suave, nos serenó. Las cucarachas que corrían por la borda no nos molestaban y el capitán, muy amable, nos daba charla. Él, como Ingeniero Aambiental, o algo por el estilo, estaba a punto de empezar un emprendimiento en el pueblo de enfrente al que nosotros íbamos: se trataba de una posada que, como él decía, todavía no tenía lujos, pero a la que nos invitaba a pasar, por cinco Reales. No se le podía decir que no, sobre todo después del gesto que estaba teniendo de llevarnos hasta allá.

- ¡Qué bueno, una posada a estrenar sólo para nosotros!- exclamamos al unísono. Y, como si esas palabras hubieran estado malditas, comenzó a largarse una intensa lluvia que atrajo a varios mosquitos que se dieron un festín con todos nosotros.

- No es nada grave -dijo el Capitán- de hecho, tal vez la lluvia nos dé la posibilidad de ver algún caimán.

Lindo panorama…

De pronto, el traqueteo del barco se detuvo y quedamos en medio del río, de la noche y de la nada.

- Nunca vamos a llegar… -me dije, convencido de que alguna oscura fuerza se estaba deleitando con nuestro infortunio.

Había que esperar a que el motor se enfriara, algo que se podía remediar con un poco de agua fría y una hora de siesta bajo la lluvia.

Tres horas después de aquel viaje que debería haber durado 45 minutos, vimos a lo lejos un faro:

- El Faro de Atins. Es ahí a donde vamos -anunció el Capitán.

Los cuatro días de sufrimiento parecían haber llegado a su fin. Pero, a menos de cien metros de la orilla, el barco, por el peso de los ladrillos, encalló.

- ¿Y ahora? -preguntamos agonizantes, con nuestro destino al alcance de la mano y sin embargo tan inaccesible como la isla de Utopía.

El Capitán le dio la instrucción a los muchachos de dormirse una siestita hasta que la marea subiera, cosa que podía tardar unas tres o cuatro horas.

Por suerte, una hora más tarde, pasó un precario velerito de pescadores que nos llevó a la orilla en tandas.

Después de algunas experiencias en viajes austeros, uno deja de esperar ciertos lujos y se prepara con buen ánimo a ver lo que depara el destino. Para empezar, los cincuenta metros que separaban a su posada de la orilla, de pronto se transformaron en dos kilómetros, que recorrimos con nuestros bolsos a cuestas, bajo la lluvia, acompañados por un monótono “ya casi llegamos” que se repetía cada cien metros. En efecto, la posada no tenía lujos… ni puertas, ni ventanas, ni baños. Eran cuatro paredes con el espacio para una futura puerta y una ventana, con el desierto que se filtraba irónicamente por la entrada. Dormimos vestidos o, mejor dicho, esperamos el amanecer vestidos. A primera hora, le pagaríamos al Capitán y nos iríamos a Caburé, nuestro destino original. Para sentirme más seguro, tomé un cuchillo de cocina, que aferré con ambas manos: nunca había ido al desierto (y técnicamente aún no había llegado) pero pensé que algún alacrán o una serpiente podrían entrar a la “habitación” y tal vez el cuchillo pudiese salvarnos. Era estúpido, lo admito, pero todo este asunto había dejado de tener sentido desde hacía rato.

A la mañana siguiente cruzamos a Caburé. Y es cierto lo que dicen: es simplemente precioso. El mar es transparente, la arena blanca, no hay nadie en la playa, y sólo algunas cabañas en esa paradisíaca lengua de arena . El problema es que es que un artesano argentino, que vivía ahí desde hacía varios años, confirmó la trágica noticia: al desierto, en efecto, no le quedaba ni una gota de agua.

- ¡Tan cerca! -dije, con las dunas del desierto en el horizonte.

- Podríamos no ir… -dijo Romina, dispuesta a darse por vencida.

- Ya llegamos hasta acá -dije. Y al día siguiente ya estábamos yendo hacia el desierto.

Es cierto: no tenía lagunas de agua entre las dunas, pero la sensación de internarse en el desierto no se parece a nada de lo que uno haya experimentado: al no haber otra referencia además de la arena, el horizonte pierde nitidez y es sólo entonces que uno comprende porqué le dicen sábana al desierto: porque caminar en él es como andar sobre un lienzo de seda.

Vale el insomnio, el cansancio y el malestar del recorrido, porque el desierto, ese desierto casi imposible, es todo lo que promete y la postal de una hora en ese mar de arena es algo que se conserva para toda la vida.

Etiquetas: , ,

4 comentarios para “El desierto imposible. Autor: Guillermo Ariel Tangelson”

  1. Matilde Dice:

    me pareció fantástico tu relato pero me quedé con ganas de más desierto. Vamos Guille todavía!!!

  2. Facundo Dice:

    Sr. Tangelson. Me quedé con ganas de saber qué mas les ocurriría una vez en el desierto. Viviría Romina al menos un día allí? o sería quizás víctima de algún “infortunio” pre meditado por el autor ante la odisea del viaje creada por el afán de ahorrar unos morlacos? De cualquier manera. Me encantó.

  3. laura Dice:

    me encantó, viaje con uds. los mosquitos insoportables, la postal del desierto inolvidable..
    Felicitaciones al autor.

  4. Jose Dice:

    Estimado Guillermo: me alegro que hayas sido uno de los premiados. Por lo poco que te conoci, adverti que las letras son parte de tu vida. Lo unico que te pido, es saber como termino el viaje, el regreso, y demas anecdotas, que de hecho tendras muchas. Saludo respetuoso. Jose

Escribe un comentario